Teorías sociales sobre el cuidado de personas vulnerables

El término caracteriza relaciones entre personas cuidadoras y personas receptoras de cuidado en situación de dependencia: niños y niñas, personas con discapacidad o enfermedades crónicas, y personas adultas mayores. Debido a las desigualdades sexo-género de la división social del trabajo y a segmentaciones en el mercado de trabajo, son mayoritariamente las mujeres quienes proveen cuidados, sea de forma no remunerada en los hogares o remunerada en el ámbito laboral. En este marco, en América Latina el cuidado se desarrolla en condiciones de alta desigualdad, y es una esfera en la que se reproduce y amplifica la desigualdad socioeconómica y de género.

En un contexto marcado por profundos cambios culturales y demográficos, que incluyen la incorporación de las mujeres al trabajo remunerado, cambios de las estructuras familiares, los tradicionales arreglos de cuidado se resienten y agotan. Ello en circunstancias en que el envejecimiento progresivo de la población requiere complejas y mayores necesidades de cuidado, y en que se amplía la noción del cuidado como un derecho a ser demandado. Pese a su relevancia, la traducción del cuidado en políticas y su implementación ha sido relativamente escasa y lenta en la región. De allí que la División de Desarrollo Social, mediante el desarrollo de investigación y de asesoría técnica, busca posicionar al cuidado como un pilar de la protección social y las políticas públicas.

Perspectiva de derechos y fundamentos ético-políticos

Se postula que la perspectiva de derechos debe abarcar tanto la condición de los sujetos de cuidado como de las personas cuidadoras; por otra parte, el derecho a cuidar, a ser cuidado y autocuidarse es indispensable para ejercer otros derechos humanos. En el caso de la infancia temprana, debe buscarse dar un salto en el desarrollo de las destrezas y capacidades infantiles mediante intervenciones tempranas que son críticas para el desarrollo cognitivo, y que pueden disminuir las desigualdades sociales. En el caso de las personas adultas mayores vulnerables y dependientes y de las personas con discapacidad, el cuidado debe promover su actividad y autonomía y actuar contra su aislamiento social. Las políticas de cuidado deben formularse en estricto apego a un enfoque de derechos y a los principios de igualdad, universalidad y solidaridad, y requieren abordar cuestiones normativas, económicas y sociales vinculadas con la organización social del trabajo de cuidado, que considere aspectos asociados con los servicios, el tiempo y los recursos para cuidar, en condiciones de igualdad y solidaridad intergeneracional y de género.

Pensar el cuidado implica, ciertamente, afrontar diversas dimensiones que le son constitutivas, tales como el hecho de que cuidar es atender un ámbito de inquietud que nos moviliza por entero. Y en esto, cuidar es un hacerse cargo de lo otro que nos exige reconocernos responsables de ello, es decir, identificarnos como sus respondientes. Tal reflexividad y responsabilización se deja ver en todos aquellos comportamientos que son movilizados por algo o alguien que nos abre a un ámbito de inquietud y que nos demanda una atención particular y que exige que, mediante nuestra acción, nos hagamos cargo de ello de una u otra manera. En cada uno de estos casos, el cuidado es aquel comportamiento atencional y práctico que asume una tarea en el ser movilizado por la presencia inquietante de lo otro, el libro y sus contenidos, la montaña y sus senderos.

Ética del care y vulnerabilidad

Con la publicación de In a Different Voice de la psicóloga moral Carol Gilligan (1982), se inician los desarrollos de las éticas del care (solicitud, cuidado) que pondrán en el centro de la discusión la cuestión de la vulnerabilidad humana. Gilligan plantea que el dilema moral no se reduce a principios abstractos, sino que se sitúa en el marco de nuestras relaciones personales que llevan la marca de la interdependencia y de la persistencia de estas. La ética del care, por su parte, reivindica en primer lugar la atención a las relaciones personales con el fin de delimitar, en contexto, nuestras responsabilidades o deberes con los otros, próximos o lejanos, siendo estas relaciones pensadas como relaciones con otro del que debemos asumir un cuidado y al que debemos asegurar las condiciones de existencia y desarrollo.

Así, el care se concibe como una capacidad que consiste en aprender a ver al otro y a sus necesidades, sus vulnerabilidades, y como una forma de responder con lucidez al otro para volverlo autónomo o restituirle, cuanto sea posible, la autonomía perdida. Es, por tanto, una respuesta acomedida a la solicitud del otro que, por su fragilidad o vulnerabilidad, se impone. Con todo, una cuestión central es qué se entiende por vulnerabilidad y cómo se articula con la autonomía. La vulnerabilidad no es solo una condición individual, sino una realidad social que emerge en contextos de estructuras económicas, políticas y culturales que facilitan o dificultan el cuidado y la protección de quienes requieren apoyo.

Las éticas del care destacan dos dimensiones: 1) la atención al otro, tanto en su sentido perceptivo como en su sentido de hacerse cargo; 2) la dimensión práctica del care, cuyo fin es el otro y su vulnerabilidad. Ellas señalan que el cuidado debe descansar en la relación interpersonal y en la responsabilidad solidaria de una sociedad que asegure condiciones de existencia y desarrollo para quienes no pueden responder por sí mismos. El fundamento del acomedimiento hacia el otro se halla en la relación interpersonal y en la vulnerabilidad que llama a responder, no como obligación universal abstracta, sino como compromiso situacional y relacional.

Teorías sociológicas sobre envejecimiento y vulnerabilidad

Las teorías de envejecimiento se agrupan en tres generaciones según la clasificación de Bengston, Burgess y Parrot. Las de primera generación (1949-1969) incluyen la actividad, la desvinculación, la modernización y la vejez como subcultura. Las de segunda generación (1970-1985) abarcan la continuidad, la rotulación social, el intercambio social y la estratificación de edad, sumadas a la economía política de la vejez. Las de tercera generación (a partir de 1980) incorporan el construccionismo social, el curso de vida, teorías feministas del envejecimiento, economía política del envejecimiento y gerontología crítica.

La teoría de la desvinculación propone que la participación social de las personas mayores se reduce gradualmente al avanzar la edad para abrir espacio a las generaciones más jóvenes. Ha recibido críticas por homogenizar a las personas mayores y por ignorar contextos culturales y estructurales. En contraposición, la teoría de la actividad sostiene que la participación y las actividades son esenciales para la satisfacción en la vejez, y que la desvinculación puede ser resultado de las limitaciones impuestas por la sociedad. La teoría de la modernización vincula el mayor desarrollo con una menor valoración social de las personas mayores, debido a cambios como urbanización, industrialización y cambios en la estructura familiar. La teoría de la vejez como subcultura señala la formación de una cultura propia entre las personas mayores, con normas y valores propios, pero ha sido criticada por promover estereotipos y separar a las cohortes de edad de otros grupos.

La continuidad, la rotulación social y el intercambio social exploran cómo las trayectorias de vida, las percepciones de estatus y las dinámicas de beneficio y reciprocidad influyen en la experiencia de la vejez. Estas teorías, junto con la economía política de la vejez, permiten entender las tensiones entre autonomía, vulnerabilidad y acceso a recursos. En la actualidad, estas perspectivas se usan para analizar la demanda de servicios por parte de las personas mayores y para orientar políticas públicas orientadas a la protección social y a la autonomía de las personas en la tercera edad.

Implicaciones para políticas y prácticas

Las teorías sociológicas y las éticas del care convergen en la necesidad de políticas de cuidado que prioricen la protección de la vulnerabilidad y la promoción de la autonomía. Esto implica un enfoque de derechos, igualdad, universalidad y solidaridad, con atención a la organización social del trabajo de cuidado, servicios disponibles, tiempo para cuidar y recursos necesarios. La intervención social, guiada por principios éticos y normativa de derechos, debe identificar necesidades y diseñar proyectos que reduzcan la vulnerabilidad y eviten la exclusión social, especialmente entre infancia, discapacidad y envejecimiento.

La medición de vulnerabilidad social utiliza indicadores como empleo, educación, vivienda, pobreza, salud e identidad (edad, género, nacionalidad). En España, por ejemplo, los informes de vulnerabilidad social señalan índices elevados de riesgo de pobreza y señalan la necesidad de mecanismos de protección y de certificación de vulnerabilidad para acceder a ayudas y servicios. La intervención social, por su parte, debe respetar la confidencialidad y la discreción ante colectivos vulnerables, manteniendo la dignidad y promoviendo la inclusión en la sociedad.

Mapa conceptual de las dimensiones del cuidado y la vulnerabilidad

En suma, las teorías sociales sobre el cuidado de personas vulnerables articulan una visión integrada de derechos, ética del care y dinámicas de envejecimiento y vulnerabilidad. Estas perspectivas señalan que cuidar es una responsabilidad social que emergen de la interdependencia entre individuos y de la necesidad de sostener la autonomía de quienes requieren apoyo, articulando aspectos normativos, económicos y sociales para construir sociedades más justas e inclusivas.

¿QUE SON LAS POLITICAS PUBLICAS Y PARA QUE SIVEN?

Tabla resumen: conceptos clave y teorías discutidas

ConceptoTeoría o enfoqueImplicación política
CuidadoÉtica del care; atención a otros y vulnerabilidadPolíticas de protección social; autonomía
VulnerabilidadDimensión social y relacional; interdependenciaProgramas de apoyo y acceso equitativo
AutonomíaRelación con vulnerabilidad y cuidadoMedidas que promuevan independencia
EnvejecimientoTeorías de desvinculación, actividad, continuidad, subculturaPolíticas adaptadas al ciclo de vida

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