La obra de Pablo de Rokha, galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1965, representa un hito fundamental en la poesía chilena. Con medio siglo de labor literaria y más de treinta libros publicados, de Rokha irrumpe con una obra de excepción, "Los gemidos" (1922), que lo consagra como una figura ineludible en el panorama literario. Su aporte radica en la amalgama de un desenfadado ímpetu verbal con la incorporación de materiales considerados hasta entonces antipoéticos, donde "irrumpen juntos 'el barro y las rosas'", según Pablo Neruda. Este caudaloso torrente revela un Yo hipertrofiado, arrastrando los dichos y hechos de nuestra tierra y sus hombres. Su poesía tiene la virtud de concitar la más decidida animadversión o la admiración más rendida, como lo señala el poeta Mahfud Massis al referirse al "Canto del Macho Anciano": "este es un poema que hay que leer de rodillas".
La evolución poética y vital de Pablo de Rokha
La obra de Pablo de Rokha muestra una evolución en espiral, desde un anarquismo inicial expresado en su libro de ensayos "Heroísmo sin alegría" (1927), donde definía al comunismo como "cosa de cerdos". Esta perspectiva deriva luego a un tono de epopeya popular a través de un personaje rabelesiano en "Escritura de Raimundo Contreras", que continúa en parte de su obra actual. Posteriormente, siente el impacto del comunismo y se incorpora a la lucha política, lo que se refleja en su obra especialmente a partir de "Canto de trinchera" (1933), culminando en su último libro "Estilo de masas".
El poeta telúrico y dionisíaco
Pablo de Rokha es también el cantor de las comidas y bebidas de nuestra tierra, partiendo, como él mismo ha dicho, de que "se ha bebido y comido a casi todo Chile". Su vida trashumante como vendedor de sus propios libros le otorgó un conocimiento minucioso del país, transformándolo, para el vulgo, en una especie de Gargantúa. Sin embargo, esencialmente, de Rokha es un hombre del viejo Chile central, nacido en una época todavía patriarcal, en un país que aún era "rector en América Latina", con una moneda fuerte y confianza en sí mismo, un Chile dionisíaco cuya personalidad está reflejada con originalidad en su poesía:
- "Y, ¿qué me dicen ustedes de un costillar de chancho con ajo, picantísimo, asado en asador de maqui, en junio, a las riberas del peumo o la patagua o el boldo que resumen la atmósfera dramática del atardecer lluvioso de Quirihue o de Cauquenes, / o de la guanaco en caldo de ganso, completamente talquina o licantenino de parentela?"
- "La chichita bien madura brama en las bodegas como una gran vaca sagrada, / y San Javier de Linares ya estará dorado, como un asado a la parrilla, / en los caminos ensangrentados en abril, la guitarra / del otoño llorará como la mujer viuda de un soldado, / y nosotros nos acordaremos de todo lo que no hicimos o pudimos y debimos y quisimos hacer, como un loco / asomado a la noria vacía de la aldea..."
¿Por qué leer a Pablo de Rokha?
Este gran dionisíaco estaba, no obstante, torturado por la certidumbre de que ese mundo patriarcal era un mundo en ruinas, y de que su camino debía ser otro. Abandona ese mundo, así como abandona el de la iglesia que atrapó su adolescencia, para incorporarse a una interpretación del mundo contemporáneo, tratando de abrazar todos los tiempos, países y fenómenos históricos.
La poesía épica y lírica de de Rokha
De esa poesía épica, en tono mayor (tildada de monocorde), nacen a veces grandes descripciones, como aquella de "Lenguaje del continente" (1943), cuya descripción de los EE. UU. ha sido considerada de mayor intensidad que la de "Howl" de Allen Ginsberg:
"...He mirado bajar a patadas al capitán negro con sus condecoraciones / de héroe nacional todo de luto desde los / tranvías de ajedrez del Washington infernal y asesinarlo / entre los oros pálidos de P. Street, en Dupont-Cercle, / he mirado los hoteles cósmicos de Miami albergar gangsters / y estrellas de Hollywood, / banqueros, prostitutas, obispos y diplomáticos, echando con / asco al varón de color, / y comer basura en New Orleans a los viejos judíos que / huían de Chicago acosados como estropajos por las jaurías inmundamente / borrachas del Ku-Klux-Klan, abrigándose el estómago con los poemas / de Cari Sandburg con el delirio genital religioso del Sinaí / ardiendo."
Pero este poeta épico ofrece también en ocasiones las más hermosas notas líricas, como el citado poema "Círculo":
"Estás sobre mi vida de piedra y hierro ardiente / como la eternidad encima de los muertos / recuerdo que viniste y has existido siempre / mujer, mi mujer mía, conjunto de mujeres, / toda la especie humana se lamenta en tus huesos."
El Premio Nacional de Literatura señaló y dio una suerte de inmortalidad a un poeta que recorrió todo Chile con gran amor y "ganándose la vida a patadas", haciendo de su poesía tanto su expresión vital como un arma de combate, y que, como la mayor parte de los poetas de Chile, vivió con máxima modestia.
Análisis del "Canto del Macho Anciano"

El "Canto del Macho Anciano" es un poema profundo que refleja la vejez, la soledad y la confrontación con el paso del tiempo. El hablante lírico se presenta "Sentado a la sombra inmortal de un sepulcro, / o enarbolando el gran anillo matrimonial herido a la manera de palomas / que se deshojan como congojas, / escarbo los últimos atardeceres." Esta imagen inicial evoca un estado de contemplación y melancolía ante el final de la vida.
La memoria y el pasado como carga
El poema describe una lucha constante con el pasado. El hablante lanza "los peñascos inexorables del pretérito / contra la muralla negra," sugiriendo un intento fútil de enfrentar los recuerdos y las decisiones tomadas. La frase "Y como ya todo es inútil, / como los candados del infinito crujen en goznes mohosos, / su actitud llena la tierra de lamentos" expresa una profunda desesperanza y la sensación de que el destino ya está sellado.
El recuerdo se convierte en una obsesión. El hablante busca "los musgos, las cosas usadas y estupefactas, lo postpretérito y difícil, arado de pasado e infinitamente de olvido, polvoso y mohoso como las panoplias de antaño, como las familias de antaño, como las monedas de antaño, con el resplandor de los ataúdes enfurecidos, el gigante relincho de los sombreros muertos". Esto denota una inmersión en un pasado que se desmorona, lleno de objetos y figuras que evocan una gloria perdida y ahora marchita.
La desintegración del yo y la confrontación con la muerte
La vejez y la decadencia física son temas recurrentes. "Fallan las glándulas / y el varón genital intimidado por el yo rabioso, se recoge a la medida / del abatimiento." El cuerpo traiciona, y la felicidad perdida se busca entre los escombros de la memoria. La inmortalidad, antes anhelada en la juventud, "se arrastra / como una pobre puta envejeciendo." El hablante se describe como "definitivamente viudo, definitivamente solo, definitivamente viejo, y apuñalado de padecimientos," abrumado por el autoretrato de lo heroico de la sociedad y la naturaleza.
La muerte se presenta como una presencia constante y ruidosa: "Escucho el regimiento de esqueletos del gran crepúsculo, / del gran crepúsculo cardíaco o demoníaco, maníaco de los enfurecidos ancianos, / la trompeta acusatoria de la desgracia acumulada, / el arriarse descomunal de todas las banderas, el ámbito terriblemente pálido / de los fusilamientos, la angustia / del soldado que agoniza entre tizanas y frazadas...". Esta visión apocalíptica de la muerte es tanto personal como social, fusionando el cataclismo individual con la ruina de ciudades y civilizaciones. La muerte "ruge con la cabeza ensangrentada y sonríe pateándonos," y el hablante se siente "solo, terriblemente solo, medio a medio de la multitud que amo y canto."
La poesía como refugio y militancia
A pesar de la desolación, la poesía emerge como un último bastión. El hablante afirma: "aunque existo porque batallo y 'mi poesía es mi militancia'," lo que subraya el carácter combativo y vital de su creación. La poesía es una "gran máquina negra" a la que se aferra cuando todos los demás significados le fallan, representando la salvación y la expresión de su ser.
El poema también reflexiona sobre la inutilidad de la existencia y la búsqueda de sentido: "Ha llegado la hora vestida de pánico / en la cual todas las vidas carecen de sentido, carecen de destino, carecen de / estilo y de espada, / carecen de dirección, de voz, carecen / de todo lo rojo y terrible de las empresas o las epopeyas o las vivencias ecuménicas, / que justificarán la existencia como peligro y como suicidio; un mito enorme, / equivocado, rupestre, de rumiante / fue el existir."
La experiencia dionisíaca y trágica
De Rokha, en este poema, se muestra como un ser dionisíaco y trágico, atrapado en un "enorme atado de lujuria en angustia". El "garañón desenfrenado y atrabiliario" de su juventud, dueño de la pasión y el deseo, se transforma en un "cazador de leones decrépito y dramático," azotado por la tormenta de las pasiones acumuladas. La sexualidad se vuelve "pornográfica" y repugnante, y el amor se diluye en la eternidad, dejando solo el lamento. Sin embargo, el viejo es también "de intuición y ensoñación e imaginación cínica como el niño o el gran poeta a caballo en el espanto, / tremendamente amoral y desesperado."
La rebeldía del anciano y la resistencia del espíritu
Contrario a la imagen de una "ancianidad agropecuaria y de égloga," el anciano se está vengando y "creando su pirámide." Los abuelos sonríen, no como "gangochos enmohecidos," sino con un "rol marchito, pero con fuego adentro del ánimo." El hablante proclama: "Sabemos que tenemos el coraje de los asesinados y los crucificados por ideas, / la dignidad antigua y categórica de los guerreros de religión." A pesar de la desintegración física y espiritual, el espíritu busca "restableciendo lo inaudito de la juventud, el ser rebelde, insurgente, silvestre e iconoclasta."
El "Canto del Macho Anciano" concluye con una imagen de desolación y anhelo: "He llegado adonde partiera, cansado y sudando sangre como el Jesucristo de los olivos, yo que soy su enemigo; y sé perfectamente que no va a retornar ninguno de los actos pasados o antepasados, que son el recuerdo de un recuerdo como lloviendo años difuntos del agonizante ciclópeo, porque yo siendo el mismo soy distinto, soy lo distinto mismo y lo mismo distinto; todo lo mío ya es irreparable." Es un lamento por lo irrecuperable y la conciencia de una identidad fragmentada por el tiempo. El "dolor del error" es la fuente de donde "salió la poesía," transformando la angustia individual en un acto de resistencia y creación.