La presencia de conductas agresivas y desafiantes en personas con discapacidad intelectual (DI) es una realidad compleja que requiere una comprensión profunda y estrategias de manejo adecuadas. Estas situaciones pueden alterar la convivencia diaria, generar tensión en el entorno y poner en riesgo tanto el bienestar del propio usuario como la seguridad de quienes le rodean.
Comprendiendo las Conductas Desafiantes en la Discapacidad Intelectual
Muchas veces se entiende por conducta desafiante todas aquellas que suponen agresiones o conductas violentas, incluyendo las autolesiones, donde la persona se causa daño a sí misma. Las conductas disruptivas hacen referencia a aquellas en las que se interfiere de forma voluntaria en las tareas o actividades de otras personas, perturbando el entorno. Es fundamental destacar que las conductas desafiantes no son un aspecto que se vincule inherentemente con la discapacidad intelectual, sino que pueden ser una manifestación de otras necesidades o dificultades.

¿Qué es una Crisis de Conducta?
Antes de saber cómo actuar en una crisis de conducta en personas con discapacidad, conviene entender qué se entiende por este término. Una crisis de conducta es una alteración significativa en el comportamiento habitual de la persona que puede manifestarse mediante agresiones hacia otros, autolesiones, destrucción de objetos o conductas desadaptativas repetitivas.
En ocasiones, y en determinados contextos, nos encontramos con algunas personas con discapacidad intelectual y del desarrollo que presentan conductas complejas como son agresividad, bloqueos o autolesiones, que impactan y limitan en cuanto a la participación en el entorno.
Se calcula que hasta el 60% de las personas con DI pueden presentar problemas de conducta. Estos pueden ser un síntoma de un trastorno psiquiátrico, donde será necesaria una evaluación psicológica y psiquiátrica esmerada para determinar el diagnóstico. Por ejemplo, si una persona con DI agrede a los demás, grita o rompe cosas, es esencial una valoración exhaustiva.
Enfoques Terapéuticos y Evidencia de Intervención
Los avances en la investigación han permitido desarrollar y evaluar diversas intervenciones para el manejo de la agresividad en personas con discapacidad intelectual. Una versión actualizada de estudios en esta área comprende quince estudios incluidos y 921 participantes.
Tipos de Intervenciones Estudiadas
La actualización añade nuevas intervenciones, tales como:
- La formación de los progenitores (dos estudios).
- El apoyo conductual positivo basado en la consciencia plena (ACPBCP) (dos estudios).
- El entrenamiento en imitación recíproca (EIR) (un estudio).
- La terapia conductual dialéctica (TCD) (un estudio).
También se añadieron dos nuevos estudios sobre el Apoyo Conductual Positivo (ACP). Se realizaron comparaciones entre diferentes intervenciones y grupos de control:
- Cuatro estudios compararon el control de la ira basado en la terapia cognitivo-conductual con un grupo de control en lista de espera o ningún tratamiento (n = 263).
- Dos estudios compararon el ACP con el tratamiento habitual (n = 308).
- Dos estudios compararon la formación de los cuidadores en consciencia plena y ACP con ACP solo (n = 128).
- Dos estudios incluyeron formación de los progenitores en enfoques conductuales comparada con un control en lista de espera o con tratamiento habitual (n = 99).
- Un estudio de consciencia plena la comparó con un control en lista de espera (n = 34).
- Un estudio de terapia dialectal conductual adaptada la comparó con un control en lista de espera (n = 21).
- Un estudio de EIR lo comparó con un control activo (n = 20).
- Un estudio de relajación modificada la comparó con un grupo de control activo (n = 12).
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Resultados de las Intervenciones
La evidencia de los estudios mostró diferentes grados de certeza sobre la efectividad de las intervenciones:
- Hubo evidencia de certeza moderada de que el control de la ira podría mejorar la gravedad de la conducta agresiva después del tratamiento (DM -3,50; IC del 95%: -6,21 a -0,79; p = 0,01; un estudio; 158 participantes).
- También hubo evidencia de certeza muy baja de que el control de la ira podría mejorar la capacidad autoinformada de control de la ira (DM -8,38; IC del 95%: -14,05 a -2,71; p = 0,004; I2 = 2%; tres estudios, 212 participantes), el funcionamiento adaptativo (DM -21,73; IC del 95%: -36,44 a -7,02; p = 0,004; un estudio, 28 participantes) y los síntomas psiquiátricos (DM -0,48; IC del 95%: -0,79 a -0,17; p = 0,002; un estudio, 28 participantes) después del tratamiento.
- Se encontró evidencia de certeza muy baja de que el control de la ira no mejora la calidad de vida después del tratamiento (DM -5,60; IC del 95%: -18,11 a 6,91; p = 0,38; un estudio, 129 participantes) ni reduce el uso de servicios y los costes a los 10 meses (DM 102,99 libras esterlinas; IC del 95%: -117,16 a 323,14; p = 0,36; un estudio, 133 participantes).
- Por otro lado, hubo evidencia de certeza moderada de que el ACP podría reducir la conducta agresiva después del tratamiento (DM -7,78; IC del 95%: -15,23 a -0,32; p = 0,04; I2 = 0%; dos estudios, 275 participantes).
- Sin embargo, hubo evidencia de certeza baja de que el ACP probablemente no reduzca la conducta agresiva a los 12 meses (DM -5,20; IC del 95%: -13,27 a 2,87; p = 0,21; un estudio, 225 participantes).
Contexto de los Estudios
La mayoría de los estudios se llevaron a cabo en la comunidad (14 estudios), y uno en un servicio forense hospitalario. Once estudios incluyeron solo a adultos. Los estudios restantes incluyeron niños (un estudio), niños y adolescentes (un estudio), adolescentes (un estudio), y adolescentes y adultos (un estudio). Un estudio incluyó a niños varones con síndrome X frágil.
Geográficamente, seis estudios se realizaron en Reino Unido, siete en EE. UU., uno en Canadá y uno en Alemania. Solo cinco estudios describieron las fuentes de financiación.
Estrategias para la Prevención y Manejo de Crisis
Reconocer las señales que anticipan una crisis es esencial para intervenir a tiempo y minimizar su intensidad. Aunque resulta inevitable que en ciertos momentos se produzca una crisis, trabajar la prevención reduce significativamente su frecuencia e impacto.

Antes de la Crisis: Identificación y Prevención
Los profesionales deben aprender a identificar no solo las señales de la persona, sino también los factores del entorno que pueden generar tensión. El análisis del entorno y del propio sujeto es primordial, incluyendo el control de espacios y el conocimiento de las características clínicas de manejo del usuario/a. La información que tengamos del sujeto es imprescindible, y el vínculo que tengamos con él será un elemento clave. También es importante no bajar la guardia, teniendo en cuenta situaciones similares que hayan sucedido en el pasado.
Es fundamental recordar que cada crisis de agresividad se desarrolla de forma diferente, y no existen dos patrones iguales que nos permitan tener un "A, B, C" preestablecido de las conductas. Debemos estar preparados/as para cualquier tipo de respuestas y ser conocedores/as de la posible situación que se puede producir.
Durante la Crisis: Actuación y Contención
Cuando la crisis ya está en curso, es indispensable actuar con calma, respetando siempre la dignidad de la persona y priorizando su seguridad y la del entorno. También es importante coordinarse con el resto del equipo para actuar de manera coherente y evitar contradicciones que puedan confundir a la persona.
El propio comportamiento de conducta agitada puede dar lugar a una posible agresión física o heteroagresión, por lo que la secuencia de intervención debe partir de iniciar una contención emocional para llegar a controlar el comportamiento. Esta puede empezar con una comunicación efectiva y una escucha activa, analizando siempre nuestra comunicación verbal y no verbal.
Durante una crisis, se pueden dar varios supuestos que debemos gestionar, tales como evasión, defensa y escape, conducción, protección, agresión, etc., por lo que debemos ser conscientes de todo el rango de posibilidades.
Cuando nos enfrentamos a una crisis, es importante recordar la cadena de valor de la contención emocional, centrada en mostrar interés hacia la persona siempre que sea posible, clarificar y pedir información, parafrasear, resumir la información que nos va proporcionando y reflejar los sentimientos y emociones que la otra persona nos expresa con relación a una determinada situación, problema o vivencia. Todo esto lo utilizaremos para prevenir la aparición de violencia, informando del carácter transitorio de la crisis que sufre la persona con el propósito de disminuir la ansiedad, la hostilidad y la agresividad en ella. Es prioritario que, si la persona está confusa o muy desorientada, la orientemos en el tiempo y el espacio antes de iniciar cualquier tipo de intervención.
El Rol del Entorno y el Bienestar Profesional
En la sociedad, tratar a las personas con dignidad y respeto, desde la comprensión, es un mínimo para tener una vida plena y de calidad. Desde una perspectiva individual, podemos cambiar el enfoque, comprendiendo estas conductas como el reflejo de un entorno que debe mejorar sus apoyos. En definitiva, este tipo de conductas pueden ser desafiantes, pero realmente son una puerta abierta para comprender y acompañar mejor a la persona.
Adaptación del Entorno y Habilidades Personales
Una de las estrategias más utilizadas es la adaptación del entorno, a fin de crear un ambiente ajustado a las necesidades, intereses y capacidades de la persona con DI. Este ambiente debe ayudarles a planificar el espacio y el tiempo, a anticipar, a favorecer la comunicación y a fomentar su autonomía. Es crucial trabajar la entrada de información a través de diferentes sentidos.
Es relevante incidir en expresar las emociones que sentimos, desarrollar empatía hacia el otro, comprender las normas socialmente aceptadas y las relaciones interpersonales y emocionales, para favorecer una mejor comprensión y poder dar una respuesta ajustada a la interacción con su entorno.
Por último, es necesario ayudar a la persona con DI a elaborar estrategias relacionadas con la identificación de las emociones y sus consecuencias en las diversas situaciones sociales, así como a reconocer los indicadores o señales de alerta que avisan de la aparición de un problema.
Apoyo a los Profesionales
Un aspecto que a menudo se pasa por alto es el impacto emocional que estas crisis tienen en los profesionales. El bienestar del personal es un requisito para poder cuidar adecuadamente a los demás. Trabajar con personas con problemas de salud mental y discapacidad puede ser un desafío emocional y físico.
El propio control personal, es decir, la situación vivida por cada uno de nosotros cuando nos encontramos con distintas crisis de agresividad, es crucial. Cómo las interpretamos, cómo las vivimos y cómo reaccionamos ante ellas se podría explicar de forma técnica aludiendo a la contratransferencia que nos genera la situación de agresividad vivida. Analizando, por tanto, el tipo de respuesta que damos a la situación per se, daremos una u otra, desde: parálisis, búsqueda de ayuda, protección, defensa, contención emocional, física, etc. Todas ellas están vinculadas al sentido que damos a la situación de agresividad vivida y a cómo creemos que podemos enfrentarnos a ella. En situaciones de mucho estrés y bajo condiciones no óptimas de trabajo se puede dar cualquiera de las respuestas anteriormente citadas. El tema principal parte de analizar qué tipo de respuesta creemos que podemos dar o hemos dado.
Los actuales métodos de intervención parten de un enfoque centrado en la persona, donde se tiene en cuenta a su grupo social más cercano. Es importante para los centros de atención contar con planes claros y bien diseñados para intervenir ante situaciones complejas, así como con formación especializada para que los equipos sepan cómo actuar de manera profesional, respetuosa y ajustada a la normativa vigente.

Consideraciones Finales sobre el Tratamiento
En conclusión, los problemas de conducta en personas con discapacidad intelectual pueden mejorar significativamente con atención psicológica y, dependiendo del caso, con tratamiento farmacológico. Es fundamental que cualquier plan de tratamiento se mantenga en continua revisión para poder ajustarlo en función de la evolución de la persona.
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