La Complejidad del Concepto de Vulnerabilidad
El término “vulnerabilidad” encierra una notable complejidad, a pesar de ser aparentemente tan comprensible y conocido. Es un concepto con múltiples significados, aplicable a ámbitos muy diversos, desde la posibilidad de un humano de ser herido hasta la posible intromisión en un sistema informático.
En primer lugar, la vulnerabilidad es una característica de lo humano que, aunque evidente desde una perspectiva antropológica, la tradición cultural más cercana a la defensa del individualismo, la autonomía y la independencia, se ha encargado de dejar en un segundo plano o, incluso, de relegar por considerarla de rango inferior.
En segundo lugar, la vulnerabilidad, en tanto que posibilidad del daño, es considerada la misma raíz de los comportamientos morales, al menos de aquellos en que el énfasis se sitúa en la protección y en el cuidado, más que en la reclamación de derechos.
En tercer lugar, la vulnerabilidad se ha ido asociando no solo con las condiciones del individuo sino, cada vez más, con las condiciones del medio (ambientales, sociales o de otro tipo) en que su vida se desarrolla. Esto ha dado lugar a la necesidad de incorporar los aspectos socioculturales en la comprensión de este concepto, hablando frecuentemente de poblaciones vulnerables para referirse a grupos de personas que, por las condiciones del medio, están en una situación de mayor susceptibilidad al daño.
Aunque la idea de vulnerabilidad no es nueva, solo recientemente ha comenzado a formar parte de los discursos bioéticos, especialmente de la mano del término “poblaciones vulnerables” y en relación con la ética de la investigación con seres humanos. Sin embargo, como afirma R. Flanigan, la bioética siempre se ha preocupado por “el vulnerable” porque su objetivo es el ser humano, que siempre, por definición, es un ser vulnerable. Lo novedoso es el énfasis en denunciar que existen poblaciones enteras cuyos miembros son más vulnerables que otros en su aproximación a la asistencia sanitaria, defendiendo la obligación de justicia de asegurar e incrementar su autonomía. Este planteamiento es coherente con la preocupación creciente por incluir los aspectos de las diferencias culturales en la bioética, que ha permitido plantear la posibilidad de una “bioética global”.

Dimensiones de la Vulnerabilidad Humana
Conviene apuntar que existen al menos dos tipos de vulnerabilidad humana: una vulnerabilidad antropológica, entendida como una condición de fragilidad propia e intrínseca al ser humano, por su ser biológico y psíquico; y una vulnerabilidad sociopolítica, entendida como la que se deriva de la pertenencia a un grupo, género, localidad, medio, condición socioeconómica, cultura o ambiente que convierte en vulnerables a los individuos.
La Vulnerabilidad Antropológica: Finitud y Fragilidad Intrínseca
Ser vulnerable implica fragilidad, una situación de amenaza o posibilidad de sufrir daño, y por tanto, ser susceptible de recibir o padecer algo malo o doloroso, como una enfermedad. También implica tener la posibilidad de ser herido física o emocionalmente, o poder ser persuadido o tentado. En esencia, significa no ser invencible, no tener absoluto control de la situación, o tener la posibilidad de que el poder se vea debilitado.
Todos estos sentidos, que muestran la polisemia del término y sus muchos matices, hacen referencia no obstante a un denominador común: el daño. El origen del término “vulnerabilidad” es el latino “vulnus”, que significa herida, golpe, punzada, y también desgracia o aflicción. El daño puede ser psíquico o emocional, abriendo la vía del sufrimiento, o moral, causado por una injusticia o desprecio que afecte a nuestra identidad como personas.
La vulnerabilidad tiene que ver con la posibilidad de sufrir, con la enfermedad, el dolor, la fragilidad, la limitación, la finitud y, principalmente, con la muerte. Es la posibilidad de nuestra extinción, biológica o biográfica, lo que nos amenaza y nos hace frágiles. Como dice J. L. Borges en "Los Inmortales", la vida y lo que en ella hay es “preciosamente precaria”, de ahí su enorme valor y fragilidad. La muerte es el límite absoluto para las posibilidades y la conciencia de dicha amenaza nos convierte en doblemente vulnerables.
La muerte, la enfermedad y el sufrimiento son las manifestaciones de nuestra radical finitud. El ser humano no solo muere, sino que sabe que muere. F. Quevedo, en "El reloj de arena", expresa esta condición: «Bien sé que soy aliento fugitivo; ya sé, ya temo, ya también espero que he de ser polvo, como tú, si muero, y que soy vidrio, como tú, si vivo.»
Esta afirmación de la vulnerabilidad se hizo patente cuando autores como Pico della Mirandola, Petrarca o Bocaccio, en el siglo XIV, comenzaron a subrayar la importancia del ser humano frente a una cultura teocéntrica. Con ellos, se inauguró un nuevo modo de concebirlo como individuo, y con ello se abrió paso la idea de la dignidad humana, basada en la convicción de que la mente humana es capaz de autoconciencia y, por tanto, de libertad. En su "Discurso de la dignidad del hombre", Pico della Mirandola resalta cómo el ser humano tiene todas las posibilidades abiertas al carecer de determinación previa, habilitando un nuevo modo de concebir la moral como virtud que se prueba en la acción, enfatizando la autonomía moral frente a la fortuna.
Esta es la que P. Ricoeur llama “paradoja de la autonomía y de la vulnerabilidad”: suponemos que somos autónomos, pero la autonomía es una tarea, algo que hay que ganar. La vulnerabilidad antropológica, intrínseca, es entonces una constatación de la vida como un quehacer, como algo por construir, desde nuestra radical finitud. El ser humano es vulnerable y frágil por su condición corporal y mortal, pero también por su capacidad de sentir y pensar, de ser con otros y de desarrollar una conciencia moral. La vulnerabilidad no solo hace referencia a la dimensión biológica, sino también a la historia del individuo en relación con otros, al daño derivado de la relación con otros, lo que hemos llamado vulnerabilidad social.

La Vulnerabilidad Sociopolítica: El Impacto del Contexto
La vulnerabilidad ha comenzado a ser un término muy utilizado en el análisis de las condiciones de especial fragilidad en que ciertos ambientes o situaciones socioeconómicas colocan a las personas que los sufren. Así, se afirma la existencia de “espacios de vulnerabilidad”, los cuales son un “clima” o unas “condiciones desfavorables” que exponen a las personas a mayores riesgos, a situaciones de falta de poder o control, a la imposibilidad de cambiar sus circunstancias y, por tanto, a la desprotección.
En la definición de R. Chambers se observa que la vulnerabilidad tiene dos dimensiones: la exposición a contingencias y tensiones, y la dificultad de enfrentarse a ellas. Es decir, existe un elemento “externo” de riesgo y un elemento “interno” que hace referencia a la indefensión o a la ausencia de medios para contender con tales riesgos sin sufrir daño. Esto puede interpretarse como tres coordenadas que se articulan en la vulnerabilidad: la “exposición” (riesgo de ser expuestos a crisis), la “capacidad” (riesgo de no tener recursos) y la “potencialidad” (riesgo de sufrir serias consecuencias).
Este planteamiento permite entender que la vulnerabilidad social supone la vulnerabilidad antropológica, pero la amplifica notablemente en función de factores ambientales o sociales que interaccionan entre sí, haciendo muy compleja la atribución del daño a una sola causa. Los espacios de vulnerabilidad son entonces centros de confluencia de amenazas potenciales que, aun no siendo por sí mismas dañinas, se convierten en entornos deletéreos.
La susceptibilidad del individuo o de los grupos a la enfermedad es la propensión a sufrir daños, lesiones o alteraciones de salud al exponerse a un estímulo que es potencialmente nocivo. Así, la vulnerabilidad involucra tres aspectos clave en el individuo: 1) falta de competencia para proteger sus propios intereses; 2) responsabilidad para consentir un tratamiento; y 3) fragilidad de la condición física y psicológica debido a la edad, enfermedad o incapacidad. Esto muestra que no es suficiente considerar las características particulares del individuo, sino que se deben reconocer también las dimensiones social y programática para asumirlo como un sujeto susceptible. Se disminuye la probabilidad de ser vulnerables al conocer y abordar los determinantes sociales en salud.

Vulnerabilidad como Apertura y Desafío Ético
La palabra “vulnerabilidad” remite a la capacidad de ser «herible», no al hecho realizado de esa herida. La herida, el riesgo de ser herido, es condición de posibilidad de un tipo de relación interpersonal que aspira a la profundidad, a la “vida buena”. La vulnerabilidad humana podría ser comprendida como la capacidad de ser permeables para dejarse afectar por otros y por otras, por lo otro, por El Otro.
En un sentido general, vulnerabilidad significa apertura, permeabilidad, relacionalidad, transformación y comunicación. Su dimensión positiva es la de una invitación y una llamada a relaciones responsables: el reconocimiento, la solidaridad, la protección, el amor y el respeto por el otro vulnerable. En su dimensión negativa, es la capacidad inherente de cada ser humano de ser herido o invisibilizado, finalmente, la posibilidad de que alguien o algo nos quite la vida.
Dicha comprensión de la vulnerabilidad es acorde con la antropología bíblica, donde se puede vislumbrar la vulnerabilidad formulada como la apertura a la transformación y a la devastación. La vulnerabilidad, la capacidad de convivir, de amar y de sufrir al otro, es una parte ineludible de los vínculos humanos. En esta perspectiva, la vulnerabilidad se manifiesta no solo en grandes eventos de riesgo o dolor y muerte, sino en el quehacer cotidiano, en la apertura para recibir a los dolientes y marginados, en la capacidad de crear una comunidad con la que compartir una misión.
Así, la vulnerabilidad implica un riesgo: pone en cuestión la susceptibilidad del ser humano integral al daño en relación con todas sus dimensiones y dentro de contextos sistémicos y sociales. La violencia puede ser ejercida desde la vulnerabilidad y hacia la vulnerabilidad, de muy diversas formas. Pero la condición humana ultrajada es de todas formas la misma. La vulnerabilidad vulnerada es ultraje siempre, y atenta contra la dignidad de la persona humana. Esta violencia no se da solo en las relaciones intersubjetivas, sino que tiene también una dimensión social, estructural, en sistemas creados y mantenidos por seres humanos que modelan a estos mismos. Estructuras o sistemas sociales como el racismo, la xenofobia, la negación de derechos de la mujer o el maltrato infantil son violencias naturalizadas.
¿sabes que es una poblacion vulnerable?
La Ética de la Razón Cordial y el Reconocimiento Recíproco de Adela Cortina
Desde la ética de la razón cordial, una propuesta de Adela Cortina que hunde sus raíces en la ética del diálogo de Apel y Habermas, se argumenta que argumentación y emoción andan entreveradas, siendo posible distinguirlas, pero no separarlas con un bisturí. Las personas no somos individuos aislados, sino que estamos en vínculo con otras, en una relación básica de reconocimiento recíproco, intersubjetividad e interdependencia. Esta es la clave de la teoría de la acción comunicativa, que permitió aportar un camino para poner fin al imperio de la razón instrumental, aludiendo a una racionalidad comunicativa que insta a construir la vida desde el diálogo y el entendimiento mutuo de quienes se reconocen como interlocutores válidos.
La experiencia del rechazo en la infancia, por ejemplo, apunta a una ética vigorosa, tejida de sentimiento y razón. En la vivencia del rechazo afloran la conciencia de vulnerabilidad y de injusticia, dos emociones que abren el mundo moral, porque la humillación es inaceptable cuando se sufre y cuando, a la vez, se tienen razones para defender que nadie debería padecerla. Las virtudes de la ética comunicativa son, entonces, la justicia que se debe a los seres que son autónomos, capaces de hacer su propia vida, y la solidaridad, sin la que no podrían llevarla adelante como seres vulnerables.
En tiempos de emotivismo y desinformación, urge recordar que las exigencias de justicia son morales cuando entrañan razones que se pueden explicitar y sobre las que cabe deliberar abiertamente. El criterio para discernir cuándo una exigencia es justa no es la intensidad del griterío, sino comprobar que satisface intereses universalizables, no solo los de un grupo o una mayoría. Como apuntaba Apel, quien argumenta en serio sobre normas justas ya ha reconocido que sus interlocutores son personas y que sus intereses tienen que ser tenidos en cuenta dialógicamente. La comunidad de hablantes se compromete a conservar una comunidad real de comunicación, por lo que tiene la corresponsabilidad solidaria de ayudar a mantenerla, respetando la dignidad de cada ser humano, ya que entre ellos existe un vínculo de reconocimiento recíproco.
Yendo más allá de Apel, el vínculo entre quienes se reconocen como interlocutores válidos puede entenderse en dos sentidos: como vínculo lógico en la argumentación, y como vínculo entre participantes en un diálogo que ponen en juego su capacidad de argumentar y otras capacidades como la de estimar valores, el sentido de la justicia y la capacidad de compadecer. Ambas formas de vínculo se unen de tal modo que sin la segunda, es difícil que las personas dialoguen en serio o se interesen por normas válidas que favorezcan a los peor situados.
Atender a esa dimensión experiencial del reconocimiento recíproco es ineludible para querer dialogar en serio sobre la justicia de las normas. A este tipo de reconocimiento podemos llamar reconocimiento cordial o reconocimiento compasivo, porque es la compasión, entendida como la capacidad de compadecer la alegría y el sufrimiento de los que se reconocen como autónomos y a la vez vulnerables, la que nos lleva a preocuparnos por la justicia. El descubrimiento de este vínculo (ligatio) lleva a una obligación (obligatio) más originaria que el deber.
El vínculo comunicativo no descubre solo una dimensión argumentativa, sino también una dimensión cordial y compasiva. Argumentar en serio sobre lo justo carece de sentido si esa exigencia no brota de una razón cordial, íntegra, porque conocemos la verdad y la justicia no solo por la argumentación, sino también por el corazón. Por eso, la virtud humana por excelencia es la cordura, en la que se dan cita la prudencia, la justicia y la kardía, la virtud del corazón lúcido. Este fragmento proviene de ‘La ética cosmopolita’ de Adela Cortina.
Adela Cortina ha destacado que "hay que desprendernos de la convención de que la dependencia es frustrante; todos somos hijos del cuidado, debemos reconocernos recíprocamente como iguales, dotados de dignidad y necesitados de ayuda." Para ella, el ethos es indispensable para que una sociedad funcione bien, siendo la educación la clave para forjar el carácter en un país. La democracia confiable se crea desde un entorno político con valores éticos compartidos. El progreso de la humanidad necesita del desarrollo tecnológico y social, así como entablar diálogos para entenderse, lo cual requiere de una base cultural común ética. En nuestras sociedades cada vez más cosmopolitas, existe una mezcla saludable y una apertura al mundo, rasgos que permiten reconstruir el cosmopolitismo, incluso en un contexto de conflictos globales.
¿sabes que es una poblacion vulnerable?
La Vulnerabilidad en la Salud y la Bioética
En el ámbito de la salud, la vulnerabilidad puede ser entendida como un "estado natural y normal de riesgo inherente a la existencia humana", que conlleva la posibilidad de ser herido o recibir una lesión de carácter físico o moral. Al respecto, es importante distinguir: quien es vulnerable está en riesgo, pero sin afectación; quien es frágil no cuenta con los recursos para enfrentarse a los riesgos, y la persona susceptible ya ha sido dañada.
Masferrer y García mencionan que la legislación está llamada a reconocer y proteger los derechos humanos, en particular de los que pueden parecer más vulnerables, porque esta es parte inherente de la condición humana. Mientras el principialismo bioético considera la no maleficencia, la beneficencia, la autonomía y la justicia, la visión europea se ocupa de autonomía, integridad, dignidad y vulnerabilidad. Esta última propuesta define la vulnerabilidad como un principio expresado desde la fragilidad y finitud del ser humano, que conlleva la amenaza de su autonomía, dignidad o integridad.
Las investigaciones sobre vulnerabilidad, mayormente cualitativas, asumen el concepto desde la perspectiva de riesgo de que el ser humano presente o desarrolle una enfermedad, trastorno o lesión. Estudios centrados en grupos poblacionales vulnerables, expuestos a una enfermedad, señalan que este aumento de probabilidad es producto de tres dimensiones interrelacionadas: lo individual, lo social y lo programático. Esto resalta la existencia de rasgos que pueden causar problemas de salud, como la ubicación geográfica, la cultura o la situación migratoria, además de un mayor nivel de exposición a aquello que puede dañar a las personas.
De este modo, el individuo está bajo la exposición y la sensibilidad: la primera determinada por su naturaleza humana y el grado al cual se expone a un riesgo y, la segunda, entendida como el nivel de afectación que sufre o puede llegar a sufrir. Los estudios relacionados con las causas internas del individuo o el grupo se asocian a la fragilidad del cuerpo humano, entendida como la dificultad para desencadenar respuestas ante el peligro.
Los determinantes sociales en salud son cruciales para entender la vulnerabilidad, incluyendo: a) las características particulares de las comunidades; b) el acceso a recursos para la protección; c) la probabilidad de exposición a un daño físico o moral; y d) la posibilidad de adquirir una enfermedad después de dicha exposición. No todas las personas que presentan algún grado de discapacidad física o mental son vulnerables o corren mayor riesgo de vulnerabilidad; las dimensiones social y programática se establecen como factores protectores o de riesgo que impactan la autonomía en la toma de decisiones.
En el ámbito de los profesionales de la salud, el cuidado requiere la articulación entre la salud y las condiciones personales y sociales. Feito distingue dos tipos de cuidado: de dominio público (basado en la justicia e imparcialidad en una vulnerabilidad común que exige igualdad de derechos) y personal (de carácter único de relaciones basado en la diferencia de susceptibilidades y necesidades, que exige una atención particular). En este sentido, el cuidado del otro implica solidaridad como una forma de justicia frente a la fragilidad del mundo y la vulnerabilidad de la vida, lo que "nos ha llevado a la necesidad de afirmar un compromiso moral que denominamos responsabilidad, y que es la clave ética de nuestro tiempo."
El concepto de vulnerabilidad(es) emerge como un conjunto de características individuales, sociales y programáticas que generan que un individuo o grupo pueda padecer una alteración de salud o ser lesionado. "Al reconocerse como vulnerables, las personas comprenden la vulnerabilidad del otro, así como la necesidad del cuidado, de la responsabilidad y de la solidaridad, y no la explotación de esa condición por parte de otros."

La Ciudadanía Ética y el Abordaje de la Vulnerabilidad
El reconocimiento de las particularidades de los sujetos es fundamental, pues no deben ser vistos únicamente como titulares de derechos que se reducen a su condición de vulnerables, negándoles su autonomía. En el contexto latinoamericano, la problemática radica en los determinantes sociales que influyen en el estado de salud de las personas vulnerables, lo que requiere un enfoque basado en los principios de solidaridad y justicia para comprender cómo viven su vulnerabilidad en salud en cuanto a acceso, cuidados y las condiciones generales para preservarla.
La reflexión en ciencias sociales vislumbra la necesidad de políticas de gobierno que hagan frente a los riesgos a los que están expuestos el ser humano y el ambiente, es decir, que propendan por la dignidad de las personas vulnerables. Un ejemplo de esto es el proyecto para mejorar la empleabilidad de personas en situación de vulnerabilidad de la Comunidad de Madrid, que atiende a 120 personas con cobertura de alimentos y cursos para acceder al mercado laboral. Se considera que el pleno empleo es el primer paso para disminuir las desventajas de ciertas personas.
Las aproximaciones a la vulnerabilidad, especialmente desde la bioética, buscan apoyar la toma de decisiones de los comités ético-científicos, tanto en el ámbito profesional como en el colectivo, con el fin de garantizar el derecho a la autonomía. Esta postura, cercana al principialismo europeo, aplica sus principios en el contexto del cuidado de los otros, lo que implica no solo la protección de las personas que no pueden actuar de forma autónoma, sino también la aceptación de la vulnerabilidad inherente del ser humano.
En definitiva, la vulnerabilidad no solo se refiere a padecer una alteración de salud, sino a cómo esta genera consecuencias inmediatas que afectan la calidad de vida de la persona en su ciclo vital, así como su autonomía y capacidad en la toma de decisiones. Entendida como las características que diferencian a un grupo de personas en relación con la salud, la cultura y la visión asumida de normalidad, la vulnerabilidad posiciona a agrupaciones humanas como "perjudicadas" frente a otras. Por ello, el abordaje de la vulnerabilidad demanda una comprensión profunda que integre todas sus dimensiones y una acción ética basada en el reconocimiento, la solidaridad y la justicia para construir una ciudadanía más plena y equitativa.

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