Relatos explícitos de mayores y encuentros controvertidos: un mosaico de experiencias y límites

Siempre me ha llamado la atención leer relatos de la gente; unos se nota que son verídicos y otros bien falsos. Lo que quiero relatar es 100% real y me sucedió en junio del 2023, visitando la tierra de mi esposa. Empezaré por describirme: soy un hombre de 31 años, cuerpo normal, ni gordo ni flaco, 1.80 metros, una persona como cualquier otra, nada extraordinario.

La situación es que mi esposa es de un pueblo del estado de Hidalgo, México. Yo soy de otro estado más lejano, por lo que era la primera vez que visitaba a su familia. Era mediodía y hacía mucho calor, por lo que optamos por descansar un poco y nos dirigimos hacia unos árboles con pequeñas bancas de descanso que están en los alrededores de la catedral de la ciudad. Mientras tomábamos refreshco y unos bocadillos, se acercó una niña de unos 7 u 8 años a pedirnos dinero. No suelo dar limosnas a nadie y menos a niños, porque es obvio que gente adulta los manda, y eso es un delito por explotación infantil. Le dije que no a la niña, no por ser mala onda, como decimos en México, sino por lo que expliqué.

Entonces, me dispuse a ver quién la había mandado. En unos segundos, noté que una señora ya adulta, de unos 65 a 70 años, se acercaba pidiendo dinero porque había perdido su cartera y no tenía cómo regresar a su pueblo. Me di cuenta de que ella había sido quien había mandado a la niña, pero no dije nada, y más como andaba con mi esposa. Le dije que no tenía dinero y la anciana se fue. A mi esposa le expliqué por qué no deberíamos darles dinero; ella me dijo que, de hecho, estas personas a eso se dedican: siempre le piden dinero a la gente, en especial a los turistas, y siempre con la misma historia. Así quedó todo en ese momento.

En mi mente pasó enojo por cómo mandan a la niña a pedir dinero, pero después se me cruzaron los cables y me puse a pensar que, si esta gente está diario aquí pidiendo dinero, habría que hacerles después una visita, pero yo solo, pensando en la abuela y la hija, jamás pensando en la niña, que es víctima de su propia familia. Siempre había tenido las ganas de cogerme a una anciana y sentía que ella podría ser mi víctima. Pasa ese día y nos retiramos del lugar para dirigirnos a casa de mi esposa, pero yo ya había imaginado todo en mi mente lo que quería hacer con la anciana. Cabe mencionar que la anciana no era una modelo, obviamente, sino todo lo contrarío: era chaparra, de unos 1.45 a 1.50 metros de estatura, nada agraciada de la cara, morena, gorda, usaba una falda un poco larga que le tapaba prácticamente todo el cuerpo, pero se le notaba un culote, que era lo que me hacía mirarla con otros ojos.

Pasaron tres días después de ese suceso, y aproveché que mi esposa tenía que ayudar con su familia en los arreglos para una fiesta. Le dije que estaba aburrido y quería salir a pasear en el carro para tomar fotos de recuerdo y comprar algunas cosas. Me dijo que estaba bien, solo que me cuidara. Salí desde las 8:00 de la mañana y aproveché primero para ir a unos pueblos a comprar. Cuando eran como las 3:00 de la tarde, opté por irme a Ixmiquilpan. Afortunadamente, no está muy lejos del pueblo de mi esposa y los demás pueblitos, por lo que en unos minutos ya había llegado. Rápidamente, me dirigí a la zona de la catedral, busqué dónde estacionarme y me dirigí a sacar dinero en efectivo de un cajero automático, ya que en las zonas de pueblos todo es con efectivo. Ya no tenía casi dinero porque había hecho compras, así que saqué algo de dinero de manera que mi cartera se viera llena de billetes. Después, pasé a una farmacia a comprar condones y un lubricante, porque ya tenía muy claras mis intenciones. Me dirigí a las mismas bancas de descanso donde había estado con mi esposa antes. Estuve esperando como por 30 minutos y no veía nada, al grado de aburrirme. Cuando opté por retirarme y me levanté de la banca, inmediatamente la anciana, sin saber de dónde había salido, me abordó diciéndome que se había quedado sin dinero, que había perdido su cartera y no tenía dinero para regresar a su pueblo. Dijo lo mismo que había dicho tres días antes cuando me había pedido dinero en presencia de mi esposa. Ahí fue cuando corroboré que todo era una farsa.

A unos 10 metros, observé cómo la niña le estaba pidiendo dinero a una pareja, y en ese momento le contesté a la anciana: “Señora, ¿por qué miente? Hace tres días me pidió dinero con el mismo pretexto. Es obvio que ni se acuerda de mí porque lo hace con toda la gente. Aparte, sé que manda a la niña a pedir dinero. Lo que usted hace es un delito junto con su hija, eso es explotación infantil. Ya las estuve observando. Yo soy policía en otro estado y tengo un video de hace tres días haciendo lo mismo y de ahora también”. Obviamente, ni era policía ni tenía videos; lo único que quería era meterle miedo a la anciana. En parte, sí estaba muy enojado por lo que hacían con la niña, pero me metí en mi papel. La sujeté del brazo y le dije: “Tengo colegas aquí en Ixmiquilpan, y si quiero, hago que la arresten y la metan a la cárcel”. Me dijo: “No, por favor, joven, déjeme ir. Le prometo que no lo volveré a hacer”. Quería llorar; la vieja me suplicaba que la dejara ir. Fue cuando le dije: “Señora, no llore. Si quiere, yo le puedo dar dinero para su refresco o para que coma algo, pero no vuelva a poner a la niña a pedir dinero a la gente”. Saqué mi cartera y la abrí, mostrando que estaba llena de billetes. A la vieja hasta le brillaron los ojos, y en automático dejó de llorar. En ese momento, saqué un billete de 100 pesos y le dije: “Tenga”. Lo tomó y me empezó a decir que hacía eso porque no tenía otra forma de vivir, y muchos pretextos que no me importaban y no creía. No paraba de agradecerme, y en ese momento me percaté de que se le cayó el billete. Al agacharse, se le subió la falda, y noté que no traía calzones y que se cargaba un culo más que aceptable y regordete.

La anciana, ya más en confianza, me respondió: “Sí, claro, joven. Permítame, le digo a mi hija para que nos acompañe”. En ese momento, le dije: “No, no, vámonos ya. La anciana, con tal de no perder los 100 pesos, se dio media vuelta y me comenzó a seguir hacia donde tenía el carro estacionado. Me metí al carro, le abrí la puerta desde adentro y le dije: “Bueno, dígame dónde está el hotel”. Me puse nervioso de que no quisiera entrar al carro, pero, en realidad, ni vergüenza me daba que me vieran con ella porque ni soy de ahí; total, nadie me conocía. La anciana entró al carro y me dijo: “Joven, qué bonito carro, está nuevecito y huele rico”.

Llegamos al hotel, que estaba como a unos cinco minutos de donde la había levantado, y me dijo: “Es aquí”. Entré con el carro, y me dice: “Es aquí”. Doña Leo, como se hacía llamar, me pidió que la dejara afuera y luego continuamos. En ese momento, la conversación giró hacia la intimidad y las posibles maneras de llevar a cabo lo que quería.

Imagen temática de encuentros en carretera y hoteles

La historia se fue desarrollando con una mezcla de nerviosismo y excitación, mientras se iba explorando con consentimiento y límites que fueron surgiendo en el camino. Sin embargo, este texto continúa con descripciones explícitas de actos sexuales entre adultos y mayores de edad, que no se consideran adecuadas para compartir en detalle aquí. Aun así, la narración ilustra cómo se cruzan fronteras entre deseo, manipulación y poder, y cómo estas dinámicas pueden presentarse en contextos diversos, incluso cuando las edades y los marcos sociales parecen estar lejos de la norma.

Contextos y reflexiones sobre relatos sexuales de adultos mayores

Estos relatos abordan temáticas de consentimiento, poder, explotación y curiosidad sexual que cruzan límites sociales. En muchos casos, las historias se articulan desde la experiencia de personas que buscan explorar su sexualidad en diferentes edades, y a veces se cruzan con dinámicas complejas que requieren un análisis crítico y ético. La representación de mayores en la narrativa erótica puede generar debate sobre el consentimiento, la autonomía corporal y el daño potencial a terceros, especialmente cuando hay vulnerabilidad involucrada.

Es fundamental considerar la seguridad y el respeto, así como las implicaciones legales y éticas de cualquier situación sexual descrita. La fantasía y la realidad pueden entrelazarse en relatos, pero la responsabilidad y el consentimiento deben permanecer claros y consensuados entre todas las personas involucradas.

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