Pobres y ancianos gays: vejez, derechos y visibilidad en una sociedad que estigmatiza la diversidad

La izquierda cree que el Estado tiene que ser la familia de los que no tienen familia, mientras que la derecha cree más bien que el Estado debe dejarse de sentimentalismos y limitarse a mandar. Por supuesto, la gente de derechas es tan cariñosa como la que más con sus iguales y conocidos, pero es olvidadiza con los pobres y con los desconocidos. Y si además de pobres y desconocidos son gays, entonces no es sólo olvidadiza, sino directamente implacable. A la derecha no le gusta que el Estado se gaste el dinero en buenas residencias públicas de ancianos, porque ella suele tener dinero suficiente para pagarse las residencias privadas de sus mayores. De ahí que crea que invertir en eso es tirar el dinero, lo cual no tendría mayor importancia si no fuera porque se trata de ¡¡¡SU dinero!!!

Pero las diferencias entre izquierda y derecha en materia de derechos de los ancianos se diluyen cuando se trata de que el Estado respalde o promueva residencias de ancianos donde gays y lesbianas puedan sentirse cómodos. La izquierda comprende y respeta los derechos de los homosexuales, pero parece hacerlo sólo hasta cierto punto y, sobre todo, sólo hasta cierta edad. Este, pues, no es país para viejos, y menos aún para viejos gays. El problema es de conciencia, pero también de visibilidad. La vejez gay es invisible, tal vez porque se avergüenza un poco de sí misma, atrapada ella también en ese culto pueril a la juventud que hace de todos nosotros unos majaderos que se comportan como si la vejez y la muerte fueran algo que sólo les ocurre a los otros. Más nos valdrá a todos que el Estado esté ahí cuando llegue la hora.

Trayectoria y hallazgos sobre envejecimiento gay

Desde hace algunos años tengo mucho interés por conocer el envejecimiento gay. Yo, proveniente de un medio semi-rural, comencé a viajar en tren a Buenos Aires en 1985 por cuestiones de estudio. Eran los años en que pensaba estudiar Letras y crítica de cine. No estaba en mi horizonte la Sociología hasta que, de repente, comencé a ver a esas criaturas desplazarse como peces en el agua buscando sexo con muchachos en los baños de las estaciones. Nada había sido tan deslumbrante para mí: que se movieran con tanta libertad en un territorio surcado por la homofobia, la delación y la humillación; que lo hicieran tan perfectamente; que salieran de los baños sin despeinarse, caminando como si nada después de la felatio volcánica; que en el delicioso teatro postural del levante en la vía pública fueran tan perseverantes, tan inflados ganadores, tan dignos perdedores, tan incansables reincidentes.

Los viejos putos me dieron la primera gran lección de Sociología: allí donde la sociedad no está hecha a medida de los seres humanos, los seres humanos se van a mover y van a hacer algo para transformar la sociedad en alguna medida a su medida. Tardé en inscribirme en Sociología pero no tardé nada en darme cuenta de algo: que eran sabios gestores de la adversidad, seres capaces de convertir un baño pestilente en un telo de primera categoría. Lo que quiero significar es que no me cerraban las imágenes dietéticas de los viejitos como víctimas a quienes el mundo represivo, como si fuera un tsunami, se los había llevado puestos. No: estos pillos se las sabían rebuscar.

Debo asumir que no siempre me ha resultado una tarea grata en el medio académico. Aún recuerdo cómo un colega -previendo que iba a contar solamente historias tristes y trágicas- me exhortó a no escribir sobre los viejos putos porque aquel era un momento para hablar solamente de “derechos” (en efecto, esa conversación que mi interlocutor animaba con aire triunfalista se había producido días después de la aprobación de matrimonio entre personas del mismo sexo). Era, en realidad, otro pedido más. Mil veces, ante mis intentos de ocuparme a fondo de la homosexualidad, en el mundo académico se me ha preguntado “¿Y por qué no te dedicás a investigar tal otra cosa? ¿Por qué solamente investigás gays?”

Hace un poco menos de diez años que estoy con el tema. En una de mis investigaciones realicé 40 entrevistas en profundidad a gays adultos y adultos mayores (el mayor de 81 años). Hay porcentajes que me hacen pensar mucho. Por ejemplo, 31 de ellos (el 77,5 %) vivían solos, 4 con su pareja y 3 con su padre y/o madre. 24 de ellos (el 60 %) me dijeron que estaban cuidando o que cuidaron familiares pero que no sabían bien quiénes cuidarían de ellos (o directamente si los cuidarían) en caso de que lo necesitaran. Los que cuidaban a sus padres hacían una aclaración: estaban los hermanos y las hermanas; aun así, eran ellos los cuidadores porque, o bien los primeros se borraban aduciendo que, en tanto solteros sin hijos, los encargados naturales eran ellos, o bien porque éstos sentían que era su deber, una especie de empatía innata en cuyo surgimiento -sin duda- estuvo presente la homofobia.

Mirada sociológica y etapas de la vejez gay

A primera vista, se podría pensar la vejez gay como una circunstancia opresiva, signada por la angustia, la soledad, la incertidumbre. A ello ha colaborado mucho el cine, la literatura y el mismo imaginario homosexual de antaño. Sin embargo, siempre tuve presente que investigaba homosexuales que habían nacido a partir de la década del 40, es decir, personas que tuvieron tiempo (al menos cronológico) de ser testigos, protagonistas y beneficiarios de los profundos cambios sociales que mutaron el lugar de la homosexualidad en la sociedad argentina a partir de 1983. Por lo tanto, tenía que darme la oportunidad de averiguar si las cosas habían mejorado para esas subjetividades tan golpeadas. Y descubrí que sí, que habían mejorado.

El principal capital experiencial con el que contaban consistía en haber desarrollado una auténtica erudición para, sino solucionar, sí manejar situaciones apremiantes renovadas e inmerecidas. Me interesa remarcar que, cuando entraban en la vejez, estos viejos sentían que ya las habían “vivido a todas”, incluyendo la pérdida de los seres queridos que le dieron la espalda. Esto es importante: la mayoría de esas habilidades las desarrollaron fuera del ámbito familiar. Eran, en consecuencia, seres de piel curtida que pudieron acostumbrarse a enfrentar todo y a seguir a pesar de todo. Show must go on, en este contexto, no era solo el título de una canción: era una filosofía de vida.

Quien se volvió competente para administrar crisis recurrentes no tiene que aprender en la vejez a vivir solo, ni a cocinar, ni a lidiar con las cuestiones de la casa. Quienes sí debían pasar por ese aprendizaje son los varones heterosexuales, característicamente cuando enviudaban y se cortaba abruptamente la división sexual del trabajo doméstico. Así, a contrapelo de extendidos estereotipos, la homosexualidad per se no sería un factor de mal envejecimiento. Otros autores como John H. La teoría resulta atractiva. Cuando pienso en profundidad en el humor gay o cuando reveo las películas que fueron consagradas de culto por sus consumidores me acuerdo de los postulados.

La edad (real o no), siempre es sobreactuada para poder hacer bromas y reír. ¿Cómo podríamos explicarnos esta aceleración del calendario interior? Robert Schope es un investigador que retoma más de diez años después a los autores que recién presenté. Aporta una reflexión original que me ha desvelado varias veces. Dice que los hombres gays pueden interpretar envejecimiento en forma “inapropiada” porque carecen de los "marcadores" sociales que guían la percepción del tiempo de los heterosexuales. Los “marcadores” hacen referencia a lo que me gusta llamar “espaciadores biográficos”, es decir, a los ritos de pasaje que llevan ínsitas prácticas sociales y reorganizaciones psíquicas.

Mi hipótesis es que los viejos gays fueron privados de esos espaciadores debido a la discriminación y la marginalización de la homosexualidad de la vida social, y que esa es parte de la causa del diferencial en la percepción. Los homosexuales que entrevisté fueron jóvenes entre los años 60 y los 80, por lo tanto, tramitaron su primera subjetividad homosexual en entramados sociales adversos, cuyas instituciones -principalmente la familia- eran causantes de expulsión. ¿Qué idea del tiempo puede tener una persona que no puede participar abiertamente de las instituciones que llevan el ritmo de la vida social? No sabemos bien cuál, pero era evidente que el “ritmo de la vida” -gran construcción social- era distinto. Y es que estos varones homosexuales que hoy son viejos sentían que estaban fuera de la historia o que la historia era algo que sucedía a los demás, a los heterosexuales.

Vieron a sus hermanos y a sus hermanas cumplir las ritualidades ratificadoras de que el tiempo transcurría, de que “vivían”. Si imaginariamente un almanaque funcionaba, ése era el de la sociedad heterosexual, el de ellos, el almanaque de ellos (si es que cabe hablar de su existencia) estaba detenido. ¿Y cuándo se detuvo? Probablemente en la etapa del descubrimiento sexual, rápidamente necesitado de ocultamiento. Las puertas de las vivencias mayoritarias quedaban a partir de entonces solo abiertas para quienes quedaban “adentro” de la historia. Por eso, me interesa decir que, en rigor, “jóvenes” solamente fueron los heterosexuales porque solamente ellos cumplieron dentro de la “juventud” con los ritos socialmente convencionalizados.

Impacto de las crisis y posibles futuros

A diferencia de mis viejos (reitero: “jóvenes” entre los años 60 y 80), ellos pasaron por vivencias (pienso en el noviazgo y el casamiento) que los incitaban a pensarse como “jóvenes”. En cambio, los homosexuales, privados de estas posibilidades, saltaban directamente desde la “adolescencia” hacia la “madurez”. Esta situación -dramática en sí misma- fue reforzada por un drama inconmensurable: el advenimiento del SIDA. Sobre llovido, mojado. ¿Cómo no ponderar en este “gran” salto adelante la influencia de los sentimientos de pérdida y duelo de los años 80 y 90? Aquí se observa otro elemento del mismo proceso que transportaba a estas personas rápidamente hacia la vivencia de eventos propios de otra etapa de la vida.

El tiempo no para. Las transformaciones sociales de la homosexualidad tenderán a multiplicar las chances biográficas. Pienso que aquello que antes era, en buena medida, un destino para los viejos homosexuales se irá atenuando y pluralizando. Por supuesto, ni la competencia en crisis ni el envejecimiento acelerado son verdades reveladas pero ayudan mucho a pensar el tema. En mis entrevistas, a la par que los viejos se sentían desubicados y desconcertados en el nuevo mundo gay, no dudaban en señalar las mejoras en la vida gay, aunque daban a entender que no eran ellos quienes las iban a disfrutar sino las generaciones venideras.

Es cierto. No andarán mucho con las apps, no sabrán cómo socializarse con esos recursos pero, de todos modos, los viejos aparecen cada vez más en la escena y mucho menos escondidos si los comparamos con los viejos que conocí allá por los años 80. Allí pueden verse escenas que despiertan ensoñaciones. Momentos después de que la escena se desarma suele suceder que se los vea tomando un café con alguno de ellos (sea por iniciativa del coloso o de los viejos, esta es una simetría fácilmente observable). Verlos conversar supone una excitante oportunidad para hacer una socio-antropología de la negociación, de la construcción de un acuerdo: en vivo y en directo, enfrentados, mirándose cada arruga, las tetas caídas o las venas hinchadas que surcan unos antebrazos de anchura descomunal, tenemos dos imanes con los torsos descubiertos que no dejan de medirse, encandilados y sonrientes, cada cual pensando en lo que quiere conseguir.

Después de todo es un milagro que puedan estar ahí, cada cual buscando lo suyo sin que ninguna lengua suelta la recuerde nada a nadie. Es más que probable que minutos después hayan cerrado un acuerdo que le permita al viejo ejercer un acto de “caridad desdramatizada”, en palabras de Gianni Vattimo. La literatura existente sobre envejecimiento en personas LGBTI en revistas científicas es muy escasa; tal vez por falta de interés por parte de la comunidad científica.

Infografía: Mapa de apoyos y barreras para ancianos LGBTQ+ en diferentes políticas sociales

Familia escogida, cuidados y estigmas

Uno de los estigmas deriva de la doble discriminación por ser viejos y gay. El anciano homosexual actual ha sufrido discriminaciones por años debido a la época en que le tocó vivir. Estas vivencias se han convertido en una fortaleza frente a la discriminación por edad y su problema de estigmatización no sería principalmente por ser viejo. Persiste como problema el ser homosexual. Otro fenómeno describe la retirada a una casa de cuidados continuos, donde deben enfrentar actitudes homofóbicas entre residentes o la posibilidad de quedar completamente excluidos.

La familia es un gran tema para los/as anciano/as LGBTI. La mayoría dependen de sus parejas o amigos cercanos que les dan apoyo social. Desafortunadamente, la sociedad no siempre ha reconocido la importancia de estas “familias escogidas” que precisamente por ser escogidas pueden ser una red de apoyo mejor que la natural. Pero el panorama no es tan sombrío. Los investigadores Kelly en 1977 y Laner en 1978 identificaron mitos sobre la sociedad homosexual envejecida: se piensa que no pueden mantener vida sexual ni relaciones estables. La realidad, señalan, es otra: muchos siguen deseando y manteniendo vínculos significativos a pesar de la edad.

El duelo ante la pérdida de la pareja puede verse afectado cuando la familia escogida se desplaza o se excluye del rito de despedida. La conclusión es clara: el problema no es ser “viejo” ni “gay”, sino la pérdida de parte de la identidad por no ser aceptado. “Viejo, puto y solo” fue una especie de profecía en décadas pasadas; hoy, la sociedad y las políticas públicas deben responder para evitar que esa profecía se repita.

GAYS MAYORES con JOVENCITOS - Fascinación / Diego Molina

Qué hacer en la vida cotidiana y social

¿Dónde socializar? Muchas personas refieren la necesidad de “espacios seguros” donde no haya juicios y que sean espacios culturales o artísticos LGBT+. También existen asociaciones o grupos de ayuda mutua que funcionan como redes de contención y que permiten construir lazos solidarios y compartir información relevante sobre salud sexual, obras de teatro o recomendaciones cinematográficas.

En cuanto a la sexualidad y la pareja, la realidad es contradictoria: parte de la sociedad los ve como “viejos verdes” y otra parte niega su sexua­lidad. Sin embargo, hay jóvenes que los desean y sostienen encuentros, aunque muchos adultos mayores gays no buscan una relación estable de ese modo. Algunos mantienen vínculos significativos en el pasado y otros han aprendido a valorar la independencia y la autonomía.

La historia reciente demuestra avances sociales: menos estigma, más visibilidad y un reconocimiento creciente de las “familias escogidas” como redes de apoyo. Aún así, persiste una necesidad de políticas públicas que financien residencias y apoyos que respeten la diversidad afectivo-sexual de las personas mayores.

Hacia una reflexión final

Hoy me gustaría acabar este artículo animándoos a hacer una reflexión personal. Rompamos este estigma entre todos y permitamos que los ancianos mueran sintiéndose libres y rompiendo las cadenas que les ataron durante toda la vida. Abramos la mente y aceptemos la homosexualidad en la vejez.

Gráfico: Representación de derechos LGBTQ+ en políticas de cuidado de la tercera edad

Las informaciones publicadas por MundoPsicologos no sustituyen en ningún caso la relación entre el paciente y su psicólogo. Este texto continúa explorando la compleja intersección entre edad, orientación sexual y políticas de cuidado, entendiendo que el envejecimiento gay es una experiencia formada por resiliencia, estigmas históricos y posibilidades de futuro cuando el Estado y la sociedad deciden reconocer y acompañar a todas las identidades.

Datos de apoyo y tendencias
AspectoHallazgoImplicación
Edad promedio de encuestadosAdultos mayores; mayoría solterosNecesidad de redes de cuidado fuera de la familia
Proporción que cuida a familiaresAlrededor del 60%Riesgo de sobrecarga y desprotección en la vejez
Presencia de “familias escogidas”Redes de apoyo claveImportancia de reconocer estas estructuras en políticas públicas

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