Contexto del Pueblo de Israel en el Desierto
El libro de los Números, que comienza con un censo de las tribus hebreas en el monte Sinaí, narra la compleja etapa del peregrinar de Israel desde el Sinaí hasta la Tierra Prometida. Este camino estuvo lleno de obstáculos y dificultades, así como de constantes quejas y rebeldías del pueblo contra Dios y contra Moisés. Los capítulos 11 al 17 de este libro nos refieren por lo menos siete episodios de rebeldía, constituyendo una larga serie de crisis.
En el capítulo 11, se mezclan varios temas, destacando la "avidez" del pueblo que exigía carne para comer en lugar del maná cotidiano. Ante esta situación, el Señor le respondió primero que escogiera 70 colaboradores y luego les anunció que tendrían carne hasta hartarse, aunque esto vendría con una advertencia.

El Mandato Divino: La Institución de los Setenta Ancianos
La marcha de los israelitas por el desierto fue una prueba para Moisés, quien se quejaba de la dura tarea que tenía que soportar, llegando incluso a desear la muerte en su desesperación (Núm 11,11-15). En este contexto de quejas y revueltas del pueblo, especialmente contra Moisés, la palabra de Dios, que siempre sale al encuentro del hombre, intenta iluminar y dar solución a este problema.
Entonces Jehová dijo a Moisés:
- "Reúneme setenta varones de los ancianos de Israel, que tú sabes que son ancianos del pueblo y sus principales; y tráelos a la puerta del tabernáculo de reunión, y esperen allí contigo." (Núm 11:16)
- "Y yo descenderé y hablaré allí contigo, y tomaré del espíritu que está en ti, y pondré en ellos; y llevarán contigo la carga del pueblo, y no la llevarás tú solo." (Núm 11:17)
Moisés debería reunir setenta ancianos sobre los que irrumpiría el espíritu de Dios para que pudieran ayudarle en su misión. La carga, al ser compartida, sería más ligera.
La Reunión y la Impartición del Espíritu
Las directrices que dio Dios fueron ejecutadas fielmente por Moisés. "Salió Moisés para decir al pueblo las palabras del Señor. Luego reunió a los 70 ancianos del pueblo alrededor de la tienda." (Núm 11:24)
El Señor descendió en la nube y le habló a Moisés; "tomó del espíritu que descansaba sobre él para ponerlo sobre los 70 ancianos. Y sucedió que cuando el Espíritu reposó sobre ellos, profetizaron; pero no volvieron a hacerlo más." (Núm 11:25). La Vulgata, siguiendo un Targum, traduce así el v. 25: "Se pusieron a profetizar y no cesaron".

La Naturaleza de la Profecía de los Ancianos
En este contexto, la profecía de los ancianos se trata ciertamente de una actividad extática, análoga a la de los "hijos de los profetas", caracterizada por un trance y palabras misteriosas o incomprensibles. Podemos pensar en lo que le ocurrió a Saúl cuando se encontró con algunos grupos de estos profetas (1 Sm 10,5-12; 19,23-24). Sin embargo, este carisma extraordinario no fue duradero, ya que los ancianos no son profetas en el sentido habitual.
Este suceso fue solo un signo dado por Dios para ratificar la elección de los 70 hombres por Moisés y para autentificar su autoridad sobre el pueblo. Al mismo tiempo, fue una demostración de ese poder del espíritu de Moisés, del que una parte solamente bastó para poner en trance a 70 personas. Hay otros textos que muestran a estos ancianos al lado de Moisés, como Ex 17,5; 18,12; Nm 16,25 y sobre todo Ex 24,1-2.9-11, durante la conclusión de la alianza.
Eldad y Medad: El Espíritu más allá del Ritual
La historia continúa luego con el relato de dos hombres que también se pusieron a profetizar, a pesar de haberse quedado en el campamento. "Se habían quedado dos hombres en el campamento; uno se llamaba Eldad y el otro Medad. El espíritu descansó sobre ellos; aunque no habían venido a la tienda, estaban entre los inscritos. Se pusieron a profetizar en el campamento." (Núm 11:26)
La fuerza del espíritu es tan grande que puede actuar a distancia, más allá del ritual previsto. El narrador señala que "Estaban entre los inscritos", lo que implica su legitimidad aunque su presencia física no fuera la esperada. Este evento provoca la reacción de Josué y la decisión final de Moisés, con que concluye el conjunto.

La Reacción de Josué y la Visión de Moisés
"Corrió un joven a anunciárselo a Moisés y le dijo: «Eldad y Medad están profetizando en el campamento»." (Núm 11:27). Ante esto, Josué, hijo de Nun, que servía a Moisés desde su juventud, tomó la palabra y dijo: "Moisés, señor, ¡impídeselo!" (Núm 11:28).
La respuesta de Moisés fue una lección de magnanimidad y una visión anticipatoria de un profetismo más amplio: "¿Acaso sientes celos por mí? ¡Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos!" (Núm 11:29).
EXÉGESIS PROHIBIDA de MOISÉS: El Líder que Dudó de DIOS (y el Precio de su FE)
Este final es una clara antítesis del comienzo, donde Moisés se quejaba de la dura tarea y deseaba la muerte. Solo ahora se alegra y desea que todos sean profetas. Moisés ha entendido el verbo compartir. Su actitud es digna de encomio al comprender que el poder de los otros no es merma para su propio poder, sino una común participación en la misma misión. Moisés no se siente ofendido porque ha entendido qué es "compartir".
Interpretaciones y Significado Teológico
El Simbolismo del Número 70
El número 70 es el producto de 7 y 10, dos números que representan la totalidad y el poder legal. Cuando se combinan, se obtiene un número que a menudo representa el mundo entero y sus juicios. En el pensamiento judío tradicional, se creía que había 70 naciones en el mundo, con un total de 70 idiomas y 70 ángeles que las custodiaban. La tradición dice que la Biblia hebrea se tradujo por primera vez al griego por 70 (a veces 72) rabinos, que presentaron traducciones idénticas. Moisés nombra a 70 ancianos para servir como jueces. Dios condena a Israel a 70 años en cautiverio en Babilonia. El profeta Daniel dice que Jerusalén sufrirá 70 veces 7, o 490 años, por sus transgresiones.
La Compartición del Espíritu de Dios: Una Realidad Continua
Un aspecto clave en este texto es la novedad: es el Señor quien da su espíritu en vez de repartir entre los demás el de Moisés. Sin embargo, el pasaje de Números 11 es fundamental para refutar la creencia errónea de que el espíritu de Dios no fue compartido entre los hombres hasta que Cristo vino y luego se fue. Aquí encontramos que el Espíritu de Dios fue compartido entre 71 individuos (Moisés y los 70 ancianos) mil trescientos años antes del nacimiento de Jesús.
Este hecho trastorna las ideas tradicionales sobre las instituciones de Israel, según las cuales el Espíritu del Señor se reservaba a los jefes (primero a los jueces, y luego a los reyes). Esta perspectiva del don del espíritu del Señor a todo el pueblo no aparecerá plenamente hasta Ezequiel y sobre todo con Joel.
Los versículos de Números 11 señalan que el Espíritu tuvo que ser tomado de Moisés, aunque no se nos explica cómo ocurrió exactamente. Al menos, esto significa que Moisés y estos 70 compartirían el mismo espíritu, el mismo Espíritu Santo. La idea de que el Espíritu puede ser depositado sobre los hombres y repartido entre ellos era un concepto ya presente en el pensamiento hebreo antiguo, mucho antes de José y María.

Los rabinos y sabios de la antigüedad debatieron sobre cómo pensar en un Dios que es Uno (Echad) y sin embargo se manifiesta de más de una manera: la Palabra (Memra en hebreo, Logos en griego) siendo una de ellas, y el Espíritu Santo (Ruach) otra. Estos temas sobre la esencia de Dios no fueron la fuente de nuevos argumentos expuestos por la religión cristiana, sino que ya eran parte de la erudición judía establecida. El concepto de la Palabra divina, que existía desde el principio, es un principio judío arraigado que Juan simplemente afirmó, no inventó.
Institución y Proyecciones Históricas
La tradición judía leyó en Números 11 la institución de los ancianos del pueblo, viendo en ellos el origen de la futura gran asamblea (sinagoga) de Esdras y más tarde el Sanedrín, con sus 70 miembros en torno al sumo sacerdote. En los relatos bíblicos, estos ancianos son una especie de regidores o munícipes con una misión muy importante en la vida sociopolítica y religiosa del pueblo, representando a los habitantes de la ciudad (Dt 21,3-8) y dedicados a tareas de justicia (Dt 19,12; 22,15-19).
En cuanto a la tradición cristiana, desde la Traditio Apostolica de Hipólito (siglo III) se cita este texto para basar la existencia de un colegio de presbíteros o ancianos alrededor del obispo: "Tú añadiste a Moisés unos ancianos y les llenaste de tu Espíritu, que habías concedido a tu siervo". La espera esperanzadora de un profetismo universal de Moisés se realiza con la venida de Jesús de Nazaret, y en la nueva comunidad, el Espíritu sopla también sobre aquellos que moran "fuera del campamento", fuera de la Iglesia, un viento divino que no se puede retener.
La actitud de Moisés de desear que "todo el pueblo del Señor fuera profeta" resuena con el concepto de sinodalidad ("caminar juntos") en la Iglesia actual. Aquellos setenta ancianos nos pueden enseñar mucho sobre cómo la tarea puede ser llevada entre todos, especialmente cuando se trabaja de forma mancomunada y armoniosa.
Las Quejas del Pueblo y la Preparación para la Carne
En el mismo capítulo 11 de Números, la segunda queja del pueblo fue que quería carne, cansados de comer maná. El Señor, con ira provocada, respondió: "Les daré carne. Tanta carne que los hará vomitar." (Núm 11:18-20).
Como preparación para recibir la carne, se le dijo al pueblo que se santificara. "Santificaos para mañana, y comeréis carne; porque habéis llorado en oídos de Jehová, diciendo: ¡Quién nos diera a comer carne! ¡Ciertamente mejor nos iba en Egipto! Jehová, pues, os dará carne, y comeréis." (Núm 11:18).
La palabra hebrea utilizada es Hitkaddesh, que es el acto físico de bañar el cuerpo y lavar la ropa. Una vez que esto sucedía, se aplicaban todas las reglas de pureza ritual, lo que significaba que si uno tocaba un cuerpo muerto perdía la pureza necesaria. No se permitía ninguna relación sexual hasta después de que el evento para el cual el proceso de santificación fue ordenado fuera completado; de otra manera, la pureza era profanada. Este término se aplica solo a los laicos, a diferencia de los baños rituales sacerdotales (rahats o taher). Esta forma de santificación es un esfuerzo santo, pero es una auto-santificación puramente física, hecha en devoción a Dios.

Aunque la santificación espiritual que solo puede ser aprehendida por la confianza en Yeshua (una obra de Dios) es la única que salva, esto no niega la necesidad de una santificación del comportamiento (obediencia a la Ley) que, por definición, es un asunto físico. El Señor preguntó a Moisés: "¿Acaso se ha acortado la mano de Jehová? Ahora verás si se cumple mi palabra, o no." (Núm 11:23), reafirmando su poder para proveer incluso en las circunstancias más desafiantes.