La obra "Un viejo que leía novelas de amor" es un libro emblemático del reconocido escritor y cineasta chileno Luis Sepúlveda, publicado en el año 1989. Esta emotiva novela, galardonada y aclamada, describe minuciosamente la intrincada relación entre los seres humanos y el vasto ecosistema de la selva amazónica, sirviendo como una profunda reflexión sobre la ecología, la soledad y la búsqueda de la belleza en la vida.

El Autor: Luis Sepúlveda
Luis Sepúlveda (Ovalle, Chile, 1949) fue un prolífico periodista, escritor y cineasta con una vida marcada por el activismo y la aventura. Recorrió casi todos los territorios posibles de la geografía y las utopías, desde el Amazonas hasta el Sahara, y de la Patagonia a Hamburgo o a bordo del barco de Greenpeace. De esa vida agitada y sus múltiples experiencias, dio cuenta en obras destacadas como Mundo del fin del mundo, Patagonia Express o Historia de una gaviota. Su obra "Un viejo que leía novelas de amor" fue incluso llevada al cine con guion del propio Sepúlveda y bajo la dirección del australiano Rolf de Heer. Lamentablemente, este enorme creador chileno falleció a causa del Coronavirus, dejando un legado literario de gran valor.
Ambientación y Protagonista: Antonio José Bolívar Proaño
La historia se desarrolla en El Idilio, un pequeño y remoto pueblo situado en la región amazónica habitada por los indios shuar. El protagonista de esta conmovedora narrativa es Antonio José Bolívar Proaño, un hombre mayor que llegó al pueblo junto a su esposa. Ella muere al poco tiempo de una grave enfermedad, dejándolo sumido en la soledad. Bolívar Proaño aprendió de los indios shuar a conocer la selva, a respetar a sus criaturas y a cazar al temible tigrillo, integrándose profundamente en el entorno.
Este personaje, junto a los shuar, aborígenes del lugar, transmiten la idea ancestral de que el hombre es solo un elemento más de la naturaleza, una perspectiva que permea toda la obra. Antonio José Bolívar Proaño siente una profunda pasión por las novelas de amor, las cuales se convierten en su refugio y en una forma de evadirse del mundo y de su propia soledad, pasando las horas del día inmerso en sus lecturas.

El Doctor Rubicundo Loachamín y el Abastecimiento Literario
El vínculo de Antonio José Bolívar con la literatura se establece a través del excéntrico doctor Rubicundo Loachamín, el odontólogo que visitaba El Idilio dos veces al año. Tal como lo hacía el empleado de Correos, que raramente llevaba correspondencia para algún habitante (solo papeles oficiales para el alcalde o retratos descoloridos de los gobernantes de turno), Loachamín era el encargado de proveerle las ansiadas novelas. El doctor Loachamín, hijo ilegítimo de un emigrante ibérico, heredó de él una tremenda bronca hacia toda autoridad y odiaba al Gobierno, a todos y a cualquier Gobierno, aunque los motivos de aquel odio se le extraviaron en alguna juerga de juventud, transformando sus monsergas de ácrata en una verruga moral que lo hacía simpático. Vociferaba contra los Gobiernos de turno de la misma manera como lo hacía contra los gringos.
La llegada del dentista implicaba un viaje complejo por el río. La breve tripulación del Sucre cargaba racimos de banano verde, costales de café de grano, cajas de cerveza, aguardiente Frontera, sal y bombonas de gas que temprano habían desembarcado. El Sucre, antigua caja flotante impulsada por la decisión de su patrón mecánico y un viejo motor diésel, remontaba las aguas del río Nangaritza para desembocar en el Zamora, llegando al puerto fluvial de El Dorado tras cuatro días de lenta navegación. El barco no regresaría hasta pasada la estación de las lluvias que se anunciaban en el cielo encapotado.
El dentista y el viejo solían sentarse sobre bombonas de gas a orillas del río, intercambiando la botella de aguardiente Frontera y fumando cigarros de hoja dura. En una ocasión, el dentista exclamó: «¡Caramba, Antonio José Bolívar, dejaste mudo a su excelencia! No te conocía como detective. Lo humillaste delante de todos, y se lo merece. Espero que algún día los jíbaros le metan un dardo.» A lo que Antonio José Bolívar respondió: «Lo matará su mujer. Está juntando odio, pero todavía no reúne el suficiente. Eso lleva tiempo.» Luego, el dentista añadió: «Mira. Con todo el lío del muerto casi lo olvido. Te traje dos libros.» Al viejo se le encendieron los ojos y preguntó: «¿De amor?». El dentista asintió, pues Antonio José Bolívar Proaño leía novelas de amor y en cada uno de sus viajes, el dentista le proveía de lectura. El viejo inquiría: «¿Son tristes?». «Para llorar a mares», aseguraba el dentista. «¿Con gentes que se aman de veras?». «Como nadie ha amado jamás». «¿Sufren mucho?». «Casi no pude soportarlo», respondía el dentista.
Sin embargo, el doctor Rubicundo Loachamín no leía estas novelas. Cuando el viejo le pidió el favor de traerle lectura, indicando muy claramente sus preferencias -sufrimientos, amores desdichados y finales felices-, el dentista sintió que se enfrentaba a un encargo difícil de cumplir. Pensaba que haría el ridículo entrando a una librería de Guayaquil para pedir: «Déme una novela bien triste, con mucho sufrimiento a causa del amor, y con final feliz». Lo tomarían por un viejo marica. La solución la encontró de manera inesperada en un burdel del malecón, donde conoció a Josefina, una esmeraldeña que, al igual que Antonio José Bolívar, sentía predilección por las novelas de amor. A partir de aquella tarde, Josefina alternó sus deberes de dama de compañía con los de crítico literario, seleccionando cada seis meses las dos novelas que, a su juicio, deparaban mayores sufrimientos, las mismas que más tarde Antonio José Bolívar Proaño leía en la soledad de su choza frente al río Nangaritza.

La Selva como Personaje y la Vida Cotidiana del Viejo
En la novela del chileno Luis Sepúlveda, la selva amazónica no es solo un escenario, sino un personaje más que se destaca a lo largo de toda la obra. A través de ella, se desarrolla la historia particular de Antonio José Bolívar Proaño, un hombre viejo, con profundos valores éticos y ecológicos que reflejan su respeto por la naturaleza.
Con las primeras sombras de la tarde se desataba el diluvio, y el viejo se tendía en la hamaca, mecido por el violento y monocorde murmullo del agua omnipresente. Antonio José Bolívar Proaño dormía poco, a lo más cinco horas por la noche y dos a la hora de la siesta. El resto del tiempo lo dedicaba a las novelas, a divagar acerca de los misterios del amor y a imaginarse los lugares donde acontecían las historias. Al leer acerca de ciudades con nombres lejanos y serios como París, Londres, Ginebra, Praga o Barcelona, tenía que realizar un enorme esfuerzo de concentración para imaginárselas. Solo una vez visitó Ibarra, su mayor referencia del mundo, de la que recordaba calles empedradas, casas bajas y blancas, y una plaza de Armas. En su viaje a la Amazonía junto a Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo, pasaron fugazmente por Loja y Zamora.
Pero, sobre todo, le gustaba imaginar la nieve, que de niño vio como una piel de cordero en el volcán Imbabura. Cuando no llovía, abandonaba la hamaca de noche y bajaba hasta el río para asearse. Luego cocinaba porciones de arroz, freía lonjas de banano verde, y si disponía de carne de mono, acompañaba las comidas con buenos pedazos. Los colonos no apreciaban la carne de mono, sin entender que esta carne dura y apretada proveía muchísimas más proteínas que la carne de cerdos o vacas alimentadas con pasto elefante, y que, al requerir ser masticada largo tiempo, entregaba la sensación de haber comido mucho sin cargar innecesariamente el cuerpo.