Comprendiendo y Abordando la Vulnerabilidad

En los últimos meses, se ha puesto de manifiesto la importancia de ser auténticas y vulnerables. Profundizar en este tema implica no solo reconocer nuestra propia vulnerabilidad, sino también entender cómo abordar la situación cuando alguien más se muestra vulnerable con nosotros. Este artículo explora la complejidad del término "vulnerabilidad", sus dimensiones antropológicas y sociales, y ofrece pautas para una interacción empática y de apoyo.

La Complejidad Intrínseca de la Vulnerabilidad

A pesar de ser un término aparentemente comprensible, la "vulnerabilidad" encierra una notable complejidad. Es un concepto con múltiples significados, aplicables a ámbitos muy diversos: desde la posibilidad de un humano de ser herido hasta la posible intromisión en un sistema informático.

Desde una perspectiva antropológica, la vulnerabilidad es una característica inherente a lo humano. Sin embargo, la tradición cultural más cercana a la defensa del individualismo, la autonomía y la independencia, se ha encargado de dejarla en un segundo plano o, incluso, de relegarla por considerarla de rango inferior.

En tanto que posibilidad del daño, la vulnerabilidad es considerada la misma raíz de los comportamientos morales, especialmente de aquellos en que el énfasis se sitúa en la protección y el cuidado, más que en la reclamación de derechos. Además, la vulnerabilidad se ha ido asociando no solo con las condiciones del individuo, sino, cada vez más, con las condiciones del medio (ambientales, sociales o de otro tipo) en que su vida se desarrolla, dando lugar a la necesidad de incorporar los aspectos socioculturales en la comprensión de este concepto.

De ahí que se hable, frecuentemente, de poblaciones vulnerables, para referirse a aquellos grupos de personas que, a consecuencia de las condiciones del medio en que viven, están en una situación de mayor susceptibilidad al daño. La bioética, por ejemplo, siempre ha estado preocupada por "el vulnerable" porque su objetivo es el ser humano, que siempre, por definición, es un ser vulnerable. En muchos casos, específicamente, la bioética se centra en el ser humano enfermo, donde esa condición de vulnerabilidad es aún más evidente. Lo novedoso es el énfasis puesto en denunciar que existen poblaciones enteras cuyos miembros son más vulnerables que otros en su aproximación a la asistencia sanitaria, y, desde esta constatación, la defensa de una obligación de justicia de asegurar e incrementar la autonomía de estas poblaciones.

infografía sobre los tipos de vulnerabilidad humana (antropológica vs. social)

Dimensiones Fundamentales de la Vulnerabilidad Humana

Conviene apuntar que existirán al menos dos tipos de vulnerabilidad humana: una vulnerabilidad antropológica, entendida como una condición de fragilidad propia e intrínseca al ser humano, por su ser biológico y psíquico; y una vulnerabilidad socio-política, entendida como la que se deriva de la pertenencia a un grupo, género, localidad, medio, condición socio-económica, cultura o ambiente que convierte en vulnerables a los individuos.

La Vulnerabilidad Antropológica

Ser vulnerable implica fragilidad, una situación de amenaza o posibilidad de sufrir daño. Por tanto, implica ser susceptible de recibir o padecer algo malo o doloroso, como una enfermedad, y también tener la posibilidad de ser herido física o emocionalmente. La vulnerabilidad también puede entenderse como poder ser persuadido o tentado, poder ser receptor, ser traspasable, no ser invencible, no tener absoluto control de la situación, no estar en una posición de poder, o al menos tener la posibilidad de que dicho poder se vea debilitado.

Es vulnerable, según el Diccionario de la Real Academia, quien puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente. Todos estos sentidos hacen referencia a un denominador común: el daño. El daño puede ser entendido de muy diversos modos; el más evidente es la herida, el dolor. El origen del término "vulnerabilidad" es el término latino "vulnus", que significa herida, golpe, punzada, y también desgracia o aflicción. Pero también, obviamente, el daño puede ser psíquico o emocional, en cuyo caso abre la vía del sufrimiento. Y existe también un daño moral, que es el causado por una situación de maldad, una injusticia, un desprecio, o cualquier otra forma de daño que afecte a nuestra identidad como personas.

La vulnerabilidad tiene que ver, pues, con la posibilidad de sufrir, con la enfermedad, con el dolor, con la fragilidad, con la limitación, con la finitud y con la muerte. Principalmente con esta última, tanto en sentido literal como metafórico. Es la posibilidad de nuestra extinción, biológica o biográfica, lo que nos amenaza y, por tanto, lo que nos hace frágiles. Como dice Jorge Luis Borges, la vida y lo que en ella hay es "preciosamente precaria", de ahí su enorme valor, pero también su fragilidad. La muerte es el límite absoluto para las posibilidades, el fin de los proyectos y las esperanzas. Por eso es la amenaza más poderosa, la que nos hace vulnerables. Y la conciencia de dicha amenaza, siempre presente, nos convierte en doblemente vulnerables por ser sabedores de nuestra finitud: el ser humano no solo muere, sabe que muere. Francisco de Quevedo, en su "Reloj de arena", también expresa esta fragilidad: "Bien sé que soy aliento fugitivo; ya sé, ya temo, ya también espero que he de ser polvo, como tú, si muero, y que soy vidrio, como tú, si vivo."

La enfermedad que nos limita y trunca, el dolor que nos inclina, la ausencia y el vacío, en sus muchas facetas, el sentimiento de impotencia, son manifestaciones de nuestra vulnerabilidad. El ser humano es, por tanto, vulnerable y frágil por su misma condición corporal y mortal, pero también por su capacidad de sentir y pensar, de ser con otros y de desarrollar una conciencia moral. La vulnerabilidad no solo hace referencia a la dimensión biológica sino también a la historia del individuo en relación con otros, al daño derivado de la relación con otros, lo que se ha llamado vulnerabilidad social.

La Vulnerabilidad Social y Contextual

La vulnerabilidad ha comenzado a ser un término muy utilizado en ciertos ámbitos, especialmente en los problemas éticos derivados de la investigación en poblaciones vulnerables (grupos culturales diferentes en países en vías de desarrollo, mujeres, niños). Pero también en el análisis de las condiciones de especial fragilidad en que ciertos ambientes o situaciones socio-económicas colocan a las personas que los sufren. Así, el análisis de las condiciones de las víctimas de los desastres naturales, las situaciones de marginalidad y delincuencia, la discriminación racial o de género, la exclusión social, los problemas de salud mental, etc. llevan a la afirmación de que existen "espacios de vulnerabilidad".

Estos espacios serían algo así como un "clima" o unas "condiciones desfavorables" que exponen a las personas a mayores riesgos, a situaciones de falta de poder o control, a la imposibilidad de cambiar sus circunstancias, y por tanto, a la desprotección. En la definición de R. Chambers, se puede observar que la vulnerabilidad tiene dos dimensiones: la exposición a contingencias y tensiones, y la dificultad de enfrentarse a ellas. Es decir, existe un elemento "externo" de riesgo, del que es sujeto la persona, y un elemento "interno" que hace referencia a la indefensión, a la ausencia de medios para contender con tales riesgos sin sufrir daño. Esto puede interpretarse también como tres coordenadas que se articulan en la vulnerabilidad: la "exposición", o riesgo de ser expuestos a situaciones de crisis; la "capacidad", o riesgo de no tener recursos necesarios para enfrentarse dichas situaciones; y la "potencialidad", o riesgo de sufrir serias consecuencias como resultado de las crisis. Este planteamiento permite entender que la vulnerabilidad social supone la vulnerabilidad antropológica, pero la amplifica notablemente en función de factores ambientales o sociales, que interaccionan entre sí hasta el punto de hacer muy compleja la atribución del daño a una sola causa. Los espacios de vulnerabilidad son entonces centros de confluencia de amenazas potenciales que, aun no siendo por sí mismas dañinas, se convierten en entornos deletéreos.

Abordando la Vulnerabilidad Interpersonal

Cuando una persona es honesta con nosotros, abriendo su corazón y expresando sus sentimientos, no implica necesariamente que esté buscando que le resolvamos sus problemas. En la mayoría de los casos, solo necesita compartir y revelar auténticamente lo que está experimentando. Incluso puede estar compartiendo porque ya ha trabajado en ello lo suficiente como para sentirse libre de expresarlo. La vulnerabilidad es parte integral de nuestra experiencia humana. No somos seres "perfectibles" y no necesitamos resolver todo ni buscar constantemente mejorar. Pretender eliminar la vulnerabilidad sería negar nuestra propia humanidad.

Si te encuentras en la situación confusa de no saber si la persona realmente desea recibir una recomendación, puedes preguntarle directamente si le gustaría recibir un consejo o si está interesada en escuchar tu perspectiva. Además, es esencial reflexionar sobre nuestras propias reacciones al escuchar la vulnerabilidad del otro y cuestionarnos por qué sentimos la necesidad de resolverla.

Cuando alguien se muestra honesto y vulnerable, es un gran regalo para nosotros. Vivimos en un mundo lleno de superficialidad, donde los encuentros auténticos, humildes y honestos son escasos. Agradece la oportunidad de escuchar y estar presente en ese momento único. Permítele a tu mente y cuerpo habitar ese momento presente, sin saturar a la persona con consejos o guiarla hacia lo que debería hacer. A medida que trabajemos en esto, podremos crear entornos donde sea seguro expresarnos. Esto nos permitirá volver a conectar con nuestra humanidad y crecer juntos.

APRENDE a ESCUCHAR: Técnica de "Escucha activa"

Vulnerabilidad en Contextos Específicos: Niños y Adolescentes

La vulnerabilidad se manifiesta de manera aguda en grupos específicos, como los niños y adolescentes, especialmente en situaciones de crisis. Durante períodos como una pandemia, niños y adolescentes pueden estar sometidos a una transformación radical de sus vidas: dejan de ir al colegio, no pueden ver a sus amigos, algunos tampoco ven a sus abuelos y en ciertos casos no han podido estar con el padre o madre que no vive con ellos. Además, les afecta el estrés propio de sus familias, muchas veces derivado de problemas económicos. Aunque se viva una situación extraordinaria, hay problemas que pueden venir de antes: separación de los padres, estrés, hacinamiento y violencia intrafamiliar.

Conceptos como distanciamiento social, cuarentena y confinamiento tienen en común apuntar a la limitación radical del encuentro con otros. El contacto afectivo es lo más importante en la vida del ser humano, es irremplazable e insustituible, y la pandemia puede reducir ese contacto. Para muchos adultos, el confinamiento es estrés, cesantía, insomnio y angustia, y eso afecta la crianza. En este contexto, aparecen normalmente emociones de miedo, tristeza o enojo. Pero lo importante es entender que las emociones no son buenas o malas en sí mismas, ya que todas tienen un sentido adaptativo y nos guían hacia objetivos. El problema surge cuando las emociones nos "toman" y sentimos en nuestro interior "bucles emocionales", que son pensamientos obsesivos que comenzamos a rumiar.

Las emociones obedecen a tres sistemas principales:

  • Sistema rojo: Aparece el miedo, la ira, el asco, que son emociones que preparan nuestro cuerpo para huir del peligro y protegernos de situaciones amenazantes. Este sistema nos defiende.
  • Sistema azul: Donde aparecen emociones ligadas al entusiasmo, la competencia y el logro, que nos impulsan a la acción, a metas y éxito.
  • Sistema verde: Con emociones que nos hacen sentir en confianza, calmados, seguros.
infografía sobre los tres sistemas emocionales (rojo, azul, verde) y su función

Los adultos y la sociedad en general debemos garantizar el derecho de niños y adolescentes a poder comunicarse con sus padres y abuelos. En el caso de aquellos que no viven con alguno de sus progenitores, padre o madre, el régimen comunicacional no puede verse interrumpido. Para abordar estas situaciones, se recomienda:

  • Cuidar que el espacio dentro de la casa no sea más gravoso para la salud mental de niños y jóvenes.
  • Cuidar el vínculo entre padres e hijos.
  • Permitir la socialización de los adolescentes y jóvenes.
  • Potenciar la relación familia-escuela, reconociendo la enorme labor educativa de los profesores.

El objetivo es reflexionar sobre la mirada hacia los jóvenes, desde dónde y cómo los acompañamos. La adolescencia es una de las etapas evolutivas más difíciles, donde se deben afrontar cambios en todos los niveles (físicos, emocionales, morales, de relaciones y de compromisos) en una sociedad excluyente y llena de prejuicios. Los y las jóvenes en situación vulnerable se enfrentan a la adolescencia desde una perspectiva complicada: a la condición de adolescentes se suman sus situaciones personales difíciles y conflictivas. Cuando hablamos de jóvenes en situación vulnerable, esta necesidad de huida, de confrontación, pero de búsqueda constante del adulto referente se acentúa aún más debido a la carencia de tener un referente claro. Los y las adolescentes se oponen a los adultos para reafirmarse, para demostrar que ya no son niños, que no dependen ni necesitan los adultos referentes. Los adultos que acompañan a los adolescentes deben ser cercanos, deben estar disponibles, alguien a quien puedan pedir ayuda en cualquier momento, positivos con actitud abierta y accesible, convirtiéndose en un referente para ellos y ellas.

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