El objetivo del presente artículo es reflexionar sobre la mirada hacia los jóvenes, desde dónde y cómo los acompañamos. La adolescencia es una de las etapas evolutivas más difíciles, se deben afrontar cambios en todos los niveles, físicos, emocionales, morales, de relaciones y de compromisos, en una sociedad excluyente y llena de prejuicios. Los y las jóvenes en situación vulnerable se enfrentan a la adolescencia desde una perspectiva complicada: a la condición de adolescentes se suman sus situaciones personales difíciles y conflictivas. Cuando hablamos de jóvenes en situación vulnerable, esta necesidad de huida, de confrontación, pero de búsqueda constante del adulto referente se acentúa aún más debido a la carencia de tener un referente claro. Los y las adolescentes se oponen a los adultos para reafirmarse, para demostrar que ya no son niños, que no dependen ni necesitan los adultos referentes. Los adultos que acompañan a los adolescentes deben ser cercanos, deben estar disponibles, alguien a quien puedan pedir ayuda en cualquier momento, positivos con actitud abierta y accesible, convertirse en un referente para ellos y ellas.
Irune López es psicóloga. Desde la descripción y explicación del concepto, señalando sus factores habituales y mostrando la fenomenología de la vulnerabilidad, a través de algunas cuestiones que invitan a la reflexión, este artículo se detiene especialmente en una aproximación psico-social de la vulnerabilidad de los jóvenes actuales. Vulnerabilidad es un término que ha irrumpido con fuerza últimamente en el mundo de las Ciencias Sociales. Lo encontramos en Educación, Sociología, Psicología o Desarrollo. “Vulnerabilidad es un sinónimo de inseguridad, en el sentido más profundo del término: inseguridad para la existencia; incertidumbre frente a la historia cotidiana y frente al mundo circundante”, dice Gustavo Wilches-Chaux. Podemos entender que algo o alguien es vulnerable cuando resulta incapaz de resistir y absorber, ajustándose, los efectos de un determinado cambio en el medio ambiente.

La vulnerabilidad, pues, tiene dos caras: una externa, los riesgos, presiones, condiciones a las que un objeto o sujeto se ve sometido; y una interna, la falta de estructura o recursos para afrontar la situación con éxito. Esto último es lo que solemos llamar indefensión. Hablar de vulnerabilidad es hablar de riesgos, habitualmente de tres tipos: el riesgo de verse expuesto a una situación amenazante; el riesgo de no tener capacidad para afrontarla; y el de sufrir consecuencias graves o incluso no recuperarse.
1. Antes de entrar a analizar la realidad de la vulnerabilidad en nuestra sociedad hoy, es importante entender la propia dinámica de la vulnerabilidad. ¿Qué factores entran en juego? ¿Cómo se interrelacionan? Sin ser avispados matemáticos, podemos captar que, cuánto mayor sea cualquiera de los dos factores, riesgo o vulnerabilidad, peor será el desastre y que, si uno de los dos factores es igual a 0, nunca se producirá. Lo que en nuestro contexto quiere decir que una situación sólo podremos considerarla un riesgo si se produce en una persona o grupo vulnerable a ella. Si se da esa vulnerabilidad, entonces habrá que centrarse en la probabilidad: si hay muchas posibilidades de que ocurra, tendremos que considerarla una amenaza.
La vulnerabilidad de las personas y grupos humanos no es algo estático, sino dinámico. Fluctúa según las circunstancias, al ser consecuencia de la interacción de una serie de factores internos y externos que convergen en un lugar y momento dados. Una situación de vulnerabilidad puede ser producto de múltiples factores que habitualmente se refuerzan mutuamente y van de lo “macro” o estructural a lo “micro” o personal. Cada ser humano por su propia realidad puede resultar más o menos vulnerable a determinadas situaciones. Características que suelen influir son: edad, género, etnia, religión, clase social, actividad laboral, lugar de residencia y estatus jurídico. Otro grupo de factores provienen del medio social que, a veces, genera situaciones de peligro y desprotección, favoreciendo la indefensión social.
Para estudiar e identificar focos de vulnerabilidad, se han definido diferentes tipos, todas estrechamente interconectadas entre sí. Tras los dos puntos anteriores, probablemente se habrá llegado a una conclusión bastante evidente: No hay dos vulnerabilidades iguales. Todos somos vulnerables a algo, pero cada persona o colectivo, en función de sus circunstancias, es susceptible a determinadas situaciones y con un grado propio...
Cuando el objetivo es prevenir, lo mejor es elaborar en cada caso perfiles de vulnerabilidad, analizando la presencia de los diversos factores y tipos de vulnerabilidad y los puntos fuertes y débiles de la persona o grupo. A partir de este perfil, podremos identificar situaciones que resulten un riesgo, detectando de entre ellas las que, al ser más probables, puedan convertirse en una amenaza real. Esta es la pregunta fundamental relacionada con la vulnerabilidad. ¿Se puede evitar el daño? ¿Hay algo que podamos hacer? ¿En qué hemos de incidir? Recordemos la ecuación: si logramos que cualquiera de los dos factores tienda a cero, el desastre deberá tender a cero.
Se intenta evitar que se produzcan las realidades hacia las que determinadas personas o grupos son vulnerables o que se vean expuestos a ellas. Se habla de eliminación, control, reducción, precauciones. Se busca reducir la impotencia de las personas o grupos, ayudándoles a desarrollar estrategias de evitación o afrontamiento, haciéndose más flexibles y fuertes. Cuando se valora que, a pesar de las medidas de prevención y/o mitigación, el desastre se puede producir o por simple prevención, se prepara a la persona o grupo para saber afrontarlo de la mejor manera posible; es decir, reducir la magnitud del sufrimiento individual y/o colectivo y acelerar la reconstrucción. Guarda mucha relación con la prevención secundaria. Lógicamente la actuación más eficaz en general es la que articule medidas de los tres tipos; pero resulta complejo y a veces innecesario. La pista nos la puede dar en cada caso el perfil de vulnerabilidad. En la mayoría de ocasiones lo que sí conviene es incidir de forma coordinada en el aspecto estructural (macro) y en el particular (micro). Algo que aún hoy resulta difícil de conseguir.
No. Vulnerable es la persona o colectivo que vive de forma bastante normalizada, aunque con riesgo de deslizarse a una situación precaria, situándose en esa zona límite entre la estabilidad/integración y el desequilibrio/exclusión. Según los factores y tipos de vulnerabilidad que converjan, el perfil será más alarmante. Son dos tipos de vulnerabilidad diferentes. Hay vulnerabilidades que tienen causas claramente sociales o comunitarias, pero hay situaciones de vulnerabilidad individual, fruto de carencias o circunstancias personales. Bien es verdad que en ocasiones una lleva a la otra; sin embargo, muchas veces es sólo de un tipo. La vulnerabilidad social es una situación de fragilidad fruto de los factores sociales que hemos llamado anteriormente condicionantes estructurales. Podemos pensar en personas, hogares, colectivos e incluso países que quedan expuestos a sufrir alteraciones bruscas y significativas en sus niveles de vida e integración social. Por el contrario, la vulnerabilidad personal es consecuencia de características personales.
Pero, además de esta vulnerabilidad intrínseca, siguiendo a Rafael Fayos (2005), podemos hablar de diferentes niveles de vulnerabilidad personal. Los dos primeros son externos al individuo: Un primer nivel, producto de no considerar a una persona como tal, sino como un objeto, con lo que corre un serio riesgo de que se la dispense un trato infrahumano. Un segundo nivel, cuando se cuestiona la condición de persona a alguien que no es capaz de ejercer su capacidad de raciocinio y libertad (los primeros o últimos estadios de la vida, ciertas discapacidades o enfermedades). El entorno decide sobre ellas, su forma de vida e incluso su vida misma. Son los eslabones más vulnerables de nuestra sociedad. En ambos niveles, para evitar consecuencias funestas ha de incidirse fundamentalmente sobre el entorno, pues la situación tiene raíces ideológicas. Un tercer nivel es fruto de nuestra condición biológica: el riesgo de enfermar corporal y mentalmente. Los siguientes dos niveles proceden de nuestro interior, de nuestra forma de enfrentarnos a la realidad. La vulnerabilidad existencial que surge de la incertidumbre y fragilidad que experimentamos frente a nuestro proyecto vital (sufrimiento, frustración, conciencia de la muerte…). Y, por último, una vulnerabilidad psicológica o incompetencia para afrontar las dificultades y estresores de la vida. Hay personas a las que todo les afecta de forma especial, aún lo más insignificante. Cambios habituales en la vida activan en ellas sentimientos perturbadores y son vividas como un trauma. Se caracterizan por un estilo de pensamiento negativo y sentimientos de indefensión y desesperanza; en resumen, pérdida de la confianza básica en sí mismas y la vida.
Tampoco podemos dejar de mencionar también a determinadas personas o grupos que generan su propia vulnerabilidad por victimización. Sí. Como se puede deducir de lo anterior, todos mantenemos respecto a lo que nos sucede ciertos pensamientos- la mayoría “automáticos” - que hemos elaborado o absorbido del entorno. Estas ideas, cuando están distorsionadas o no responden a una filosofía de vida sana, favorecen la vulnerabilidad psicológica. Entre ellas están las llamadas por la Psicoterapia cognitiva creencias irracionales. ¿Hay sociedades que en su conjunto son más susceptibles de tener problemas? ¿La cultura, ideología o estilo de vida imperante puede hacer que los miembros de una sociedad desarrollen personalidades más vulnerables?
Nuestra sociedad es llamada habitualmente sociedad del bienestar. ¿Este bienestar nos hace más fuertes y resistentes? En la UE hay un suicidio cada nueve minutos y un 11% de sus ciudadanos sufre alguna forma de enfermedad psíquica. Socioeconómicamente vivimos mucho mejor que en épocas pasadas, pero se observa un aumento progresivo de desestructuraciones personales (depresiones, suicidios, adicciones, rupturas familiares…). Si volvemos a la ecuación, teniendo en cuenta que los riesgos en nuestra sociedad tienden bastante a cero, podemos concluir que es el otro factor, es decir, la vulnerabilidad, el que provoca los desajustes. Vivimos en lo que se ha dado en llamar el Estado Postsocial, caracterizado por el individualismo, búsqueda de la riqueza, minusvaloración de la autoridad, una escasa vida familiar, relativismo y falta de valores, incertidumbre con respecto al futuro, debilitamiento de las relaciones sociales, gran influencia de los mass media, etc. Quizá no tanto, pero sí de personalidades resistentes al estrés. En esta línea se ha escrito mucho últimamente sobre la resiliencia. Concepto proveniente de la Física que denomina la capacidad de un material de recobrar su forma original después de haber sido sometido a altas presiones.

“Lo que no te mata te hace más fuerte” se suele decir. Y es que muchas veces el sentirse vulnerable es un acicate para la superación personal. Otras, el comprender el significado del peligro, puede reducir su impacto. Otras, pasar por una situación puede promover recursos o convertirse en una especie de antídoto. Otras el superarlo, es fuente de autoafirmación. Otras el vivirlo acompañado de adultos puede dar pautas de afrontamiento. Así pues, vivir una situación de riesgo puede convertirse en factor de protección. Todo niño, adolescente o joven es vulnerable por el sólo hecho de serlo. ¿Acaso no es la infancia un período de dependencia total del entorno y las personas adultas? Los más jóvenes son el eslabón más débil porque precisan del resto de la comunidad para subsistir; pero también porque tienen toda una existencia aún por construir y todo lo que vivan ahora influirá en su futuro. Por ello, el quid de la vulnerabilidad infantil y juvenil está en el ambiente. Son los factores estructurales los que modelan a niños y adolescentes, ayudándoles a configurar sus capacidades personales y sus sistemas de vida.
Según Dellutri (2008), “el ser humano tiene un período de gestación intrauterina que dura nueve meses, pero un período mucho más amplio de gestación extrauterina donde se forma la personalidad, y es la familia quien tiene que actuar como útero de contención”. No hay estudio que no destaque la importancia transcendental de una familia estable, afectuosa y con criterios educativos y éticos claros para la correcta estructuración de la persona. Según Elzo (2008): nuestro modelo mayoritario (50%) es la familia nominal. Padres e hijos “coexisten pacíficamente”, aunque con poca comunicación, sobre todo por falta de implicación parental. El siguiente factor protector por su importancia es la cultura y el éxito académico. Los conocimientos nos hacen competentes, unas calificaciones adecuadas son factor clave de autoestima y la cualificación profesional, un pasaporte a la integración social. Además en la escuela se desarrollan habilidades sociales y personales fundamentales para la vida.

3.1. En este mundo globalizado no podemos olvidar que la primera amenaza que se cierne es la no-supervivencia. Según UNICEF, alrededor de 150 millones de menores sufren desnutrición, 11 millones mueren al año por enfermedades fácilmente evitables, 300 millones están expuestos a la violencia y explotación y el reclutamiento de niños soldados y ataques en tiempos de guerra han empeorado. Centrándonos en nuestra sociedad, la primera amenaza, por su especial repercusión, es la exclusión social: la imposibilidad de participar de adultos en la vida económica, social y cultural de una forma normalizada. Conductas muchas veces promovidas por ideologías e intereses adultos, pueden conllevar un detrimento de la salud: adicciones y sus consecuencias fisiológicas, enfermedades de transmisión sexual, muertes en carretera…Son especialmente vulnerables a la violencia: maltratos, abusos, violaciones, acosos… como víctimas y como agresores. Una de las mayores amenazas es también el no encontrar razones para vivir y esto les impida tener proyectos ilusionantes sobre su presente y su futuro. Como el período de la juventud se ha alargado tanto en nuestra sociedad que, a diferencia de otras, no tiene ritos de paso que incorporen a los jóvenes a la adultez, muchos jóvenes buscan vivir esas sensaciones que necesitan (éxito, acompañamiento emocional, integración) en el riesgo mismo o tienden a anestesiarse para huir de la frustración.
3.2. Cuando se aplican criterios generales sobre la vulnerabilidad a los más jóvenes, no se cumplen tan linealmente por la propia etapa evolutiva. 3.3. En estos momentos, con una crisis económica en estado incipiente, no existen datos muy concluyentes que nos iluminen; pero con anterioridad, diversas instituciones han llamado la atención sobre un llamativo fenómeno de juvenilización de la pobreza. Según Cruz Roja (2006) el 44,1% de los pobres en España son menores de 25 años (en la pobreza extrema más del 65%). Del conjunto de niños y jóvenes que se encuentran en situación de vulnerabilidad social en nuestro país, más del 84% son españoles, el 58% menores de 12 años y, a mayor edad, mayor proporción de varones respecto a mujeres.
- En estado de desprotección: Existe una tendencia marcada al incremento de... En el horizonte se avizoran algunas políticas públicas que pretenden acercar a las instituciones de educación a la vida integral de los estudiantes y ya existen algunos planes de apoyo estudiantil en algunas universidades. Buenas señales y suma en la lógica de brindar oportunidades reales a los estudiantes, que miren más allá del puro rendimiento académico y promuevan el desarrollo de sus potencialidades.
Los niños, niñas y adolescentes en mayor situación de vulnerabilidad, es decir, que viven en pobreza, que tienen discapacidad, que han tenido que migrar de su país de origen, entre otros, corren más riesgo de abandonar el sistema educativo. Con el objetivo de evitar que esto suceda y asegurar que todos los niños accedan y culminen su educación, el sistema educativo cuenta con normativas que eliminan las barreras en el acceso y promueven la inclusión. El aprestamiento es un periodo de preparación, adaptación y acompañamiento para los estudiantes que han ingresado al año lectivo de manera tardía. En Ecuador, la falta de requisitos no impide el acceso al sistema educativo en ningún caso.
Política de educación inclusiva
Entrevistas Jóvenes en condiciones de vulnerabilidad: la necesidad de replantear las estrategias de formación para el trabajo. Entrevista con Enrique Pieck Gochicoa. Este trabajo discute la formación para el trabajo, la calidad de los programas, la necesidad de ampliar contenidos y vinculación con el autoempleo, y la importancia de la coordinación interinstitucional para financiar proyectos. Se señalan aulas móviles como ejemplo de oferta limitada y se proponen currículos ampliados que habiliten trayectorias múltiples entre trabajo y estudio. Se enfatiza la necesidad de acompañamiento y de programas de becas para facilitar la educación superior y la continuidad educativa.
Con el ardor misionero de Don Bosco, encontramos hoy a niños, adolescentes y jóvenes que viven en condiciones de exclusión social. Hay que interpretar estas palabras más allá de su mero significado económico, al que tradicionalmente se refiere el concepto de pobreza. Los educadores viven con los jóvenes una relación de cercanía y amistad, con la familiaridad y amabilidad de la presencia salesiana (amorevolezza). El Equipo que anima el Sector de los “Jóvenes en Contexto Vulnerable” acompaña la vida de las Comunidades que elaboran proyectos para la educación, evangelización, acompañamiento, promoción integral de los niños, niñas, adolescentes y jóvenes que se encuentran en situación de vulnerabilidad.
Dinámica de vulnerabilidad y factores prototípicos
El marco teórico resume que la vulnerabilidad es compleja, multicausal y dinámica, con impactos que se traducen en probabilidades de riesgo y necesidad de respuestas integrales. Factores como la familia, la cultura, la educación y las políticas públicas co-crean condiciones que pueden favorecer o disminuir la vulnerabilidad de jóvenes en contextos educativos vulnerables. La calidad de la formación para el trabajo, la articulación entre educación media superior y empleo, y la inclusión financiera son componentes clave para ampliar las trayectorias formativas y laborales de los jóvenes.
- La familia estable y afectuosa emerge como factor protector fundamental para la estructuración de la persona.
- La educación y el éxito académico son rutas de integración social y autoestima.
- La coordinación interinstitucional y el acceso a financiamiento facilitan el autoempleo y la empleabilidad.
- Las políticas públicas deben promover una educación técnica valorizada y acompañamiento docente comprometido.
Implicaciones para la práctica educativa
Entre las prácticas recomendadas destacan: elaborar perfiles de vulnerabilidad para cada grupo, vincular la capacitación con proyectos comunitarios y desarrollo de emprendimientos, y fortalecer la tutoría y el acompañamiento a lo largo de la trayectoria educativa. La resiliencia se presenta como un recurso dinámico: vivir una situación de riesgo puede convertirse en motor de desarrollo si se cuenta con apoyo adecuado y experiencias de aprendizaje significativas.
En el plano institucional, es imprescindible profesionalizar los servicios de formación para el trabajo, impulsar bachilleratos tecnológicos, y fomentar la inclusión social a través de becas, pasantías y apoyos financieros que reduzcan las barreras para el acceso y la continuidad educativa.

Tabla: aspectos clave de intervención educativa en jóvenes vulnerables
| Aspecto | Acción recomendada | Resultado esperado |
|---|---|---|
| Identificación de vulnerabilidad | Elaborar perfiles individuales | Prevención más precisa |
| Calidad educativa | Profesores comprometidos; currículos pertinentes | Mejores resultados y empleabilidad |
| Vinculación con empleo | Programas de formación para el trabajo con acompañamiento | Transiciones más fluidas al mercado laboral |
| Apoyo financiero | Becas, financiamiento a fondo perdido | Mayor continuidad educativa |
| Participación comunitaria | Aulas móviles y alianzas interinstitucionales | Mayor acceso y pertinencia local |
El texto concluye que la vulnerabilidad de los jóvenes en contextos educativos es una realidad compleja que exige respuestas multiactores, coordinadas y basadas en evidencia, que prioricen la calidad, la inclusión y el desarrollo de capacidades para la vida y el trabajo. Todo ello, bajo un marco de derechos y dignidad que reconozca a cada joven como protagonista de su propio proyecto de vida.
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