Pocas palabras generan tanto debate hoy en día como "feminismo". No se crea de cero, sino que se transforma. En el caso del feminismo ocurre algo más: no solo cambia el significado, sino que ese cambio viene impulsado por un acto de reapropiación lingüística. Es decir, cuando un grupo toma una palabra que se usaba en su contra y la convierte en bandera propia, vaciándola de su carga negativa y llenándola de identidad.

Orígenes y Evolución del Término
En 1882, la sufragista francesa Hubertine Auclert usó el término féministe en una carta dirigida al prefecto del Sena, en la que defendía el derecho de las mujeres a cuestionar las leyes locales sobre el matrimonio civil obligatorio. El término, sin embargo, tardó en popularizarse. Hasta 1891, la prensa francesa seguía refiriéndose al movimiento por los derechos de las mujeres como mouvement féminin ("movimiento femenino"). Fue a finales de ese año cuando féministe comenzó a ganar terreno en las publicaciones del movimiento y en la prensa.
En 1892, los términos "feminista", "feminismo" y "movimiento feminista" empezaron a circular por varios países europeos, incluyendo Inglaterra, Suiza y Austria, adoptados por las propias activistas para nombrar su causa. La palabra llegó al español desde el francés y no fue incorporada al Diccionario de la Lengua Española hasta 1914. Hoy, la Real Academia Española (RAE) define feminismo como el "principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre", una definición que no da pistas de todo lo que esa palabra tuvo que recorrer para llegar ahí.
Feminismo vs. Machismo: Una Distinción Clave
Quizás por eso persiste todavía una confusión muy extendida: la idea de que feminismo es lo contrario de machismo, o que ambas palabras describen lo mismo desde lados opuestos. "Riman, sí", dice Bonilla, "pero no significan lo mismo. La raíz de feminismo es femĭna, 'mujer'. La de machismo no es 'hombre', sino macho: con todo lo que esa palabra conlleva. El diccionario recoge 17 acepciones".

La Identidad Feminista y la Resistencia al Término
Más de un siglo después, la palabra sigue generando debate. La escritora y teórica feminista británica Sara Ahmed ha señalado que el feminismo no solo representa un conjunto de ideas políticas, sino también un espacio de identidad social que puede generar resistencia o distancia en algunas personas, incluso entre quienes comparten los principios de igualdad. Esto se refleja en quienes defienden la igualdad, pero dudan en llamarse feministas, ya sea porque consideran que el término se ha vuelto demasiado político o porque no se identifican con determinadas corrientes del movimiento.
Desde el punto de vista lingüístico, esto no es nuevo. Las palabras que nombran movimientos sociales suelen estar en disputa. Cambian de significado, se cargan de nuevos matices y se reinterpretan con el tiempo. La palabra feminismo nació como los síntomas de una enfermedad, pasó a ser un insulto y terminó siendo el nombre de una de las luchas sociales más importantes de la historia contemporánea. Las palabras cambian. Se transforman. Y a veces… se rebelan. Feminismo es una de ellas.
El Envejecimiento y el Género: Una Perspectiva Feminista
En 1970, la académica y feminista estadounidense Susan Sontag publicó un famoso artículo titulado “El doble standard del envejecimiento”. En él, denunciaba la mayor discriminación a la que se ven sometidas las mujeres mayores, doblemente por razón de su género y edad. Si en 1949 Simone de Beauvoir había inaugurado la segunda ola del feminismo moderno con "El segundo sexo", en 1970 publicaba también "La Vejez", un ambicioso estudio sobre el hecho de hacerse mayor en diferentes culturas alrededor del mundo.
Al igual que Sontag y Beauvoir, Betty Friedan se hizo famosa con su libro "La mística de la feminidad" (1963), que denunciaba el papel claramente secundario de las mujeres en la sociedad occidental. Años más tarde publicaría también "La Fuente de la edad" (1993), dedicado igualmente a denunciar la discriminación social sufrida por las personas mayores.
Controversias y Perspectivas Cruzadas
A pesar de las coincidencias entre estas tres autoras, sobre todo su ideario feminista así como un interés compartido por el tema de la edad en sus años de madurez, resulta sorprendente que en "La Vejez" Beauvoir critique abiertamente los supuestos de Sontag, argumentando que son los varones, y no las mujeres, quienes sufren más por envejecer. Aun reconociendo la mayor invisibilidad erótica a la que las mujeres mayores se ven abocadas, la teórica francesa sostenía, desde una óptica marxista, que el varón tiene más dificultades de adaptación a la “tercera” edad al ser considerado no solo obsoleto desde el punto de vista laboral, sino también prescindible desde la perspectiva social y familiar.
Si, argumentaba Beauvoir, la mujer estaba ya acostumbrada a ser relegada al papel de madre y esposa (y, finalmente, al de abuela) en la esfera privada, el varón maduro perdía su identidad en la esfera pública para pasar a convertirse en poco más que un estorbo en la esfera privada. Si bien los supuestos de Beauvoir se refieren a un contexto histórico-social que puede considerarse ya ampliamente superado, "La Vejez", al igual que el texto posterior de Friedan, continúan siendo relevantes como recordatorios de que, primero, el hecho de envejecer afecta tanto a varones como a mujeres y, segundo, influye en ambos géneros pero de manera diferente.
El Proyecto Europeo "Gendering Age" (MASCAGE)
Demostrar estas diferencias es precisamente el objetivo del proyecto europeo “Gendering Age” (acrónimo MASCAGE), financiado con 1 millón de euros por el programa Gendernet Plus Era-Net Cofund de la UE que dirijo en colaboración con otros cuatro socios europeos (Irlanda, Suecia, Austria y Estonia), además de Israel. Con una duración prevista de 3 años (2019-2022), el proyecto pretende analizar la relación entre envejecimiento y género, incidiendo en los problemas específicos a los que se enfrentan los varones de distintos países en su madurez.
En este sentido, destaca por su carácter colaborativo y transnacional, incluyendo cinco países europeos distintos más Israel, lo que contribuirá sin duda a una amplia e interesante perspectiva comparada más allá del contexto español. Igualmente, la originalidad del estudio radica en su multidisciplinariedad. Si la mayoría de estudios de género se han centrado en las mujeres, y si bien gran parte de los trabajos sobre gerontología carecen de una perspectiva de género, este proyecto busca aunar los estudios de género con los estudios sobre edad y envejecimiento.
Enfoque Interdisciplinar y sus Implicaciones
Con ello, se contribuye a abrir un diálogo interdisciplinar que ayude a entender mejor las similitudes pero también diferencias que afectan a varones y mujeres al envejecer, especialmente en relación a los temas de salud, inclusión y exclusión social, relaciones afectivas y estereotipos de género. A diferencia de otros estudios, derivados de enfoques puramente sociológicos o biomédicos, este proyecto está basado en un enfoque interdisciplinar, que busca además conciliar las ciencias sociales y las humanidades, explorando las intersecciones entre construcciones sociales y representaciones culturales, literarias y fílmicas, de envejecimiento.
Se pretende demostrar no solo cómo las representaciones culturales de género y edad beben del contexto social, sino también cómo las mismas representaciones culturales influyen en su (de)construcción social. Para ello, el estudio se nutre de un amplio corpus textual y fílmico procedente de los cinco países europeos analizados, además de Israel, lo que debería proporcionar un mapa bastante detallado de lo que significa envejecer, tanto para varones como mujeres, en distintos contextos nacionales, sociales y culturales.

Retos y Objetivos Finales del Estudio
En última instancia, el estudio busca entender mejor la influencia del género en los procesos de envejecimiento pero también, y sobre todo, mejorar las vidas de las personas mayores, hombres y mujeres, en estos países. Sabemos, por ejemplo, que las mujeres viven de media 10 años más que los varones, y que las tasas de suicidio masculino superan ampliamente al femenino, sobre todo en edades avanzadas. Sabemos, también, que los varones mayores acuden al médico con mucha menos frecuencia que las mujeres. Saber por qué constituye un auténtico reto que debemos abordar tanto a nivel científico como social, ayudados tanto por los estudios de edad como de género. La masculinidad constituye un problema urgente de salud pública.