Historias de Soledad y Resiliencia en la Vejez

La vejez, a menudo idealizada como una etapa de tranquilidad y sabiduría, puede traer consigo desafíos inesperados y profundas tristezas. Desde el abandono familiar hasta la lucha contra la soledad y la incomprensión social, las historias de muchos ancianos revelan una realidad compleja. Sin embargo, en medio de estas dificultades, también florecen ejemplos de resiliencia, amor incondicional y la búsqueda constante de conexión humana.

El Impacto del Aislamiento en Hogares Geriátricos: La Historia de Tandil

La pandemia de COVID-19 expuso crudamente la vulnerabilidad de las personas mayores, especialmente aquellas en hogares geriátricos. En Tandil, Argentina, la historia de Ana, de 93 años, y su hija Julia Santibañez, es un testimonio conmovedor de esta separación forzada. Durante tres meses, el vidrio que las separaba hacía difusa la imagen y apenas audible la voz, impidiendo un contacto humano esencial. Las dolorosas despedidas, con las palmas enfrentadas a través del cristal, eran una constante.

Finalmente, el martes, pudieron verse, oírse, tocarse y darse un largo y "aliviador" abrazo. Esta escena se repitió entre familiares y los jubilados internados en un geriátrico de Tandil, gracias a una innovadora solución: "un abrazador".

El "Abrazador": Un Puente Hacia la Conexión

Anahí Soulié, la administradora del hogar "Reminiscencias" en Tandil, con 48 ancianos bajo su cuidado, se inspiró en un canal europeo para crear el "abrazador". La urgencia de la idea surgió cuando una "abuela" (como Anahí y su equipo llaman cariñosamente a los residentes) se negaba a comer, explicando con tristeza que extrañaba a su hija. "Estaba triste, cuando le pregunté qué le pasaba, me dijo que extrañaba a su hija", contó Soulié.

Sin demoras, hizo instalar un pliego de tela de PVC transparente que cubre de arriba a abajo y de lado a lado las dos puertas del frente. Este material está cosido, sellado y fijado con listones de madera para evitar el paso del aire. En el centro, cuatro agujeros con mangas permiten el contacto físico. "Es un abrazo, una caricia, sentir el calor de la mano, aunque sea a través del nylon, no sobre un vidrio", explica Anahí, cuya iniciativa revolucionó Tandil.

Vandalizaron el “abrazador” de una residencia geriátrica

Desde la instalación del panel, no solo hijos y nietos visitan a sus familiares, sino que incluso el vecindario, al tanto de la tristeza de los ancianos, los saluda al pasar.

La Tristeza del Distanciamiento y los Reproches del Olvido

Anahí relata que las dos últimas semanas antes de la instalación del "abrazador" fueron "terribles", y que el distanciamiento impuesto por la cuarentena "se estaba haciendo insostenible" para los "abuelos". Llevaban tres meses sin recibir visitas, ya que Tandil había cerrado todo incluso antes de la declaración nacional de la pandemia, y hasta ese momento, no se habían registrado casos de Covid-19 en la ciudad.

Las historias de los residentes eran desgarradoras: una abuela que se negaba a comer, preguntando por qué la habían abandonado; otra de 101 años que imploraba la verdad sobre su sobrino, temiendo lo peor. "Hicimos de payaso, de pedicuras, de peluqueras, tratamos de animarlos de todas formas, pero a lo último ya no querían nada de eso", cuenta Anahí. La percepción de un mundo exterior en movimiento, mientras ellos permanecían aislados, les hacía pensar que les mentían. "Hay gente de 98, de 101 años aquí", añade, enfatizando la dificultad de la comprensión para algunos.

Estos reproches continuaron durante los primeros contactos a través de las mangas del "abrazador". Una señora, por ejemplo, le preguntaba a su hijo por qué la había abandonado, mientras él intentaba explicarle la situación. Otra le cuestionaba: "Tengo tres hijos, ¿dónde están los otros?".

Sin embargo, en "Reminiscencias", el clima cambió radicalmente tras la llegada del "abrazador". "Están felices, no los tenemos que abandonar a ellos, a los abuelos no los podemos abandonar", afirma Anahí. "Si sos de buena madera, los querés. Hace 18 años que trabajo en esto y verlos llorar, tan emocionados en esos reencuentros, me llena el corazón".

Julia Santibañez, hija de Ana Musse (Nené), describió su breve reencuentro con su madre: "Para una es tranquilizador, porque en medio de todo esto uno piensa cuándo va a poder darle un abrazo. Y para ella también, estábamos muy emocionadas, yo era la que hablaba más. Nos pudimos tocar, aunque sea con ese nylon y guantes, realmente muy movilizador, emocionante, es darse 'un cierto abrazo', lo que hizo Anahí es maravilloso". Vio a su madre, a sus 93 años, "muy bien", con sus collares y maquillada, lista para recibir visitas.

Abandono en la Ciudad: El Caso de Hilda y Hugo en Rosario

El 6 de junio del año pasado, en Rosario, Argentina, se vivió una conmovedora historia de abandono. Hilda y Hugo, este último recientemente afectado por un derrame cerebral, fueron desalojados de su departamento por no poder pagar el alquiler. Uno de sus hijos, quien vivía con ellos, los llevó a un bar, prometiendo regresar tras la comida. Sin embargo, nunca volvió.

María Inés, dueña del Megabar, notó que los ancianos llegaron con solo unas bolsas de pertenencias. Al percatarse del abandono, contactó a las autoridades. Los ancianos "no tenían teléfono, estaban muy débiles, sucios y tenían solo las bolsas con ropa y perchas. Ella (Hilda), por ejemplo, tenía pis encima". El caso conmovió a Rosario, y se inició una colecta para pagarles una noche de hotel. Finalmente, fueron trasladados a un asilo de ancianos, donde recibieron atención.

Raúl, otro hijo de la pareja, comentó entre lágrimas: "Con mi hermano Hugo no tenemos contacto hace mucho tiempo, por eso me sorprendió todo lo que pasó porque desconocía que fuera tan grave. Pero por lo menos hoy tienen dónde dormir y un plato de comida". Detalló que su hermano sufre de problemas mentales y que su madre temía por su vida tras el incidente. A pesar de su edad, el matrimonio tenía momentos de lucidez donde hablaban con Raúl sobre el abandono sufrido. Gracias a la viralización de su caso, Hugo e Hilda encontraron contención, lo que se considera un "final feliz" dentro de la tristeza de la situación inicial.

La "Extraña Sensación de Estar Ausente": La Soledad en la Pandemia

Una abuela anónima compartió su experiencia de soledad durante la pandemia, una etapa marcada por una "extraña sensación de estar ausente". Después de dedicar tres años plenamente a sus nietos, dejando que sus "huellas" (manchas de comida) en el coche se volvieran recuerdos preciosos, la pandemia impuso un freno abrupto.

Al inicio de marzo de 2020, tuvo que dejar de ver a esas "personitas que ensuciaban mi auto". Sus primeras preocupaciones fueron la seguridad de sus hijos y nietos, sintiéndose como parte del "grupo más vulnerable", pero solo importaba que ellos estuvieran bien. Los primeros tres meses los vivió reforzando que no salieran, asegurándose de que tuvieran todo lo necesario.

Sin embargo, a partir del cuarto mes, una "soledad enorme" comenzó a invadirla. Sus hijos, inmersos en el teletrabajo frente a "monstruosas pantallas", apenas tenían tiempo para responderle. Al quinto mes, la tristeza era profunda, solo escuchando "noticias aterradoras" y sin saber cuándo terminaría todo, se encerró en sí misma.

Al sexto mes, las llamadas de sus hijos se centraban en si "yo tenía compras, si yo no había salido", aterrorizándola más para que no saliera. Llegó a pensar en cortar árboles para cocinar con leña por miedo al contagio del señor del gas. Al séptimo mes, decidió que las historias del señor del gas eran más entretenidas que las noticias, comenzando a hacer "nuevas amistades" con quienes le ofrecían servicios a domicilio, obteniendo una "visión más real de cómo estaba el mundo".

Al octavo mes, uno de sus hijos finalmente la invitó a almorzar. Salió de casa "como un astronauta", sintiéndose en "otro planeta", observando una ciudad que ya no reconocía. Después de esta "salida de campo", decidió que, si bien debía cuidarse, necesitaba conectar con sus nietos. Se activó en el mundo digital, descubriendo una nueva faceta, reemplazando las huellas de los helados por los "insultos" cariñosos de sus nietos a través de las pantallas. "Abuela si me escuchas?", "abuela pon compartir pantalla..aigg no entiendes nada", "abuelaaaaa, mamiiii por qué no puedes si es fácil, es más fácil que bordar", eran la "nueva música para mis oídos".

Ahora, feliz, entendió que "la ausencia no es física, es mental". A pesar de todo lo aprendido y sufrido, su mayor preocupación es el impacto en las nuevas generaciones. Cada Zoom con sus nietos es motivo de risas, y ella es quien les "agenda" las citas virtuales. Espera que, al final, haya logrado enseñarles el valor de la familia, la solidaridad y el disfrute de las "ruidosas cenas", las "huellas" y la "música" de la vida.

Historias de Abuelos y Nietos: Un Vínculo Especial

fotografia de ancianos leyendo cuentos a sus nietos

La literatura infantil ofrece valiosas perspectivas sobre la relación entre abuelos y nietos, abordando temas de amor, compañía y, en ocasiones, la vejez y la pérdida.

  • "Abuelos": Manuel y Manuela, una pareja que muestra la belleza de vivir enamorados hasta la vejez, con una estructura acumulativa y prosa versada.
  • "Cosas que me gustan de mis abuelos": Trata las emociones de manera sencilla, conectando con los niños a través de situaciones cotidianas y el vínculo especial con los abuelos.
  • "Te quiero abuela": De la colección Bruño, destaca por su texto simple y bellas ilustraciones, ideal para abuelas cuentacuentos.
  • "Abuela": Cuenta las aventuras de Rosalba y su abuela en la isla de Manhattan, explorando la imaginación de la niña.
  • "Abuelas. Manual de instrucciones" y "Abuelas de la A a la Z": Resaltan la diversidad de las abuelas y su importancia en la vida de los nietos.
  • "Este libro es de mi abuela" y "Mis abuelos y yo": Álbumes interactivos para que los niños recopilen información y fotografías de sus abuelos, conociendo su historia.
  • "Brazos largos": Una tierna historia sobre una abuela y su nieta que aborda la demencia senil, mostrando cómo el cariño y los cuidados pueden llevar a la recuperación.
  • "Mi abuelo" de Marta Altés: Una conmovedora historia sobre el amor incondicional de un nieto hacia su abuelo, incluso cuando está muy viejito y apenas se mueve.
  • "La abuela durmiente": Con maravillosas ilustraciones, narra la historia de una abuela que se queda dormida para no despertar más.
  • "Qué raro está el abuelo": Un ejemplar de Crececuentos que trata el difícil tema del Alzheimer desde la perspectiva de un niño.
  • "El jardín del abuelo": Un álbum ilustrado sobre un abuelo que diseña formas en los setos de su jardín, reviviendo episodios de su pasado, y aborda el tema del Alzheimer.
  • "La abuela necesita besitos": Fomenta el respeto hacia las personas mayores y ayuda a los pequeños a comprender el envejecimiento y las enfermedades degenerativas como algo natural.
  • "Abuelo, ¿dónde estás?": La historia de un niño que busca a su abuelo, y su madre le explica delicadamente que se ha marchado y no regresará.
  • "El ángel del abuelo": Un álbum ilustrado que aborda la muerte de una manera divertida, a través de la vida del abuelo y cómo ha logrado sobrevivir a sus experiencias.

La Triste Realidad de la Vejez en México

Según el INEGI, basado en la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (ENADID) 2018, en México residen 15.4 millones de personas de 60 años o más. De estas, 1.7 millones viven solas. Un dato aún más preocupante es que casi tres millones (2,993,653) de adultos mayores (20%) no están afiliados a ninguna institución de servicios de salud. La Ciudad de México destaca con el índice de envejecimiento más alto del país, con 90 adultos mayores por cada 100 niños menores de 15 años.

Historias del Centro de Nuestra Señora de Guadalupe Casa Hogar para Ancianas

En el Centro de Nuestra Señora de Guadalupe Casa Hogar para Ancianas, ubicado en una casa del siglo XVI en el Centro Histórico de la Ciudad de México, se palpa el vacío, el dolor, la soledad y el abandono. Las residentes, con "manos y pies cansados", permanecen en el patio, recibiendo el sol y "esperando que pase el tiempo y que 'el señor se las lleve'".

Victoria: Una Vida de Desgracias y Soledad

Victoria, con voz pausada y dificultosa debido a un derrame cerebral sufrido hace años, recibe a los visitantes con una sonrisa. "No tengo familia, me quedé huérfana como a los 14 o 15 años, no tengo hermanos, no tengo tíos ni primos, estoy sola, completamente sola", cuenta con una mirada triste.

Desde la muerte de su abuela, su vida estuvo marcada por desgracias, lo que la lleva a preguntarse: "¿Qué habré hecho mal para vivir esto tan doloroso?". Trabajó "como sirvienta limpiando casas", sin haber tenido oportunidad de ir a la escuela, pero fue feliz con patrones que la querían como a su familia. A los 18 años, ya en la Ciudad de México, una señora en la escuela donde trabajaba como conserje la convenció de aprender a leer y escribir. Aunque aprendió los números y a leer, no aprendió a escribir. Ahora se arrepiente de haber regresado a Villa Hermosa: "no sé por qué lo hice, de lo contrario hubiera podido superarme, pero no fue así".

Devota de Dios y de la Virgen de Guadalupe, Victoria confiesa su deseo de morir: "Estoy aburrida, ya me quiero morir, pero no me muero todavía, por eso le pregunto a Dios que ¿por qué no me quiere recoger ya? Porque yo ya no quiero estar aquí, pero no quiere, quizá hice algo mal que aún tengo que pagar".

Su relato se detiene para limpiar sus ojos y respirar. "Perdí un niño, me dejaron pasar el parto y nació muerto", recuerda con los ojos cerrados. Más tarde, otro embarazo terminó en pérdida debido a problemas de vejiga y medicamentos fuertes. Desde entonces, ha estado "sola, completamente sola, sin nadie, así que no tengo familia, no tengo nada de nada".

Virginia: La Soledad como Peor Compañera

Virginia llegó al asilo hace 11 años, llevada por el hermano de su ex esposo al ver el deterioro de su salud. "Al principio no me querían porque no había doctores ni enfermeras y yo ya tenía varios padecimientos", relata. Ha sufrido endoscopias, un derrame cerebral hace cinco o seis años, y padece de problemas de circulación que le causan "muchísimo" dolor en las piernas.

Con lágrimas en los ojos, Virginia pregunta: "¿Que si me siento sola?, claro que me siento sola, mi vida ha sido así desde muy chamaca y mírame, aquí sentada en una silla de ruedas". En el asilo viven 11 ancianas, muchas de ellas no reciben visitas, o solo "de vez en cuando". "Los hijos se desentienden de ellas. Para qué sirve que tengas hijos si no te toman en cuenta", reflexiona.

La palabra muerte no asusta a las mujeres en el asilo; de hecho, están tan cerca de ella que "a veces la llaman a gritos". "Aquí se han muerto muchos, para nosotras ya es muy normal", comenta. "Yo siento cansada porque tengo muchas enfermedades, ya no quiero seguir viviendo, pero Dios no me quiere recoger todavía".

Cuando se le preguntó qué se le antojaba en ese momento, Virginia deseó "una coca y una pizza", ya que los fines de semana comen pollo rostizado. Debido a la pandemia de Covid-19, las residentes no han podido salir del inmueble en dos años, solo mirando la puerta sin cruzarla.

La Cultura del Abandono y la Falta de Valores

María Eugenia Rosales, directora del Centro de Nuestra Señora de Guadalupe Casa Hogar, subraya la importancia de fomentar una cultura de respeto hacia los adultos mayores. "Debemos tener una cultura donde estemos conscientes que nuestros padres llegan a una edad que requieren de nosotros así como ellos nos cuidaron, pero la realidad es otra y muchas veces los abandonan".

Para un abuelo, "no quieren lujos, lo que quieren es amor y es lo que nos falta, desgraciadamente es la cultura que se vive hoy día ante la falta de valores". Destaca que "nadie está preparado para la vejez y quien diga lo contrario, está mintiendo". Vicky, quien considera el asilo su hogar, se siente tan enferma y sola que ha perdido el deseo de vivir. Siete de cada diez (69.4%) personas de edad que viven solas presentan algún tipo de discapacidad o limitación.

Prejuicios y Discriminación en la Vejez

A menudo, las personas mayores enfrentan prejuicios y discriminación que limitan su participación y expresión en la sociedad.

La Nadadora de 77 Años

Una mujer de 77 años, nadadora apasionada desde los 8, describe la natación como algo que la relaja y la hace sentir activa, parte de su identidad. Mientras nadaba en una piscina, dos niños de 11 años la señalaron y comentaron a sus amigos: "Miren, la vieja está nadando", como si fuera un "alien". Esto la lleva a reflexionar sobre la ignorancia y la mentalidad negativa hacia el envejecimiento. "¿Será que creen que a nuestra edad no estamos aptas para adentrarnos en una piscina?", se pregunta, cuestionando si aún no se entiende que el envejecimiento no tiene por qué ser negativo.

La Paciente Hospitalizada: "Una Vieja Enferma"

Tumbada en la cama de un hospital, una mujer puede oír y ver, pero no moverse ni contestar. Se siente "cansada y débil" y cree ser una "carga para sus finanzas". Los peores momentos son las comidas: las enfermeras le ponen el plato lejos y, al no poder alcanzarlo, la regañan: "¡Ahh con qué no vas a comer?, pues que mimada y princesa eres", llevándose el plato lleno. Se convence de que "no importa tanto", y espera que su hijo le traiga algo de comer si puede salir del trabajo. Ha perdido su nombre y se ha convertido en "solo una 'vieja enferma'". Anhela lavar su cabello y visitar el salón de belleza, algo que no ha hecho en 15 días. Irónicamente, solía trabajar en ese mismo hospital como enfermera, y quienes la atienden fueron sus colegas. Este relato subraya la deshumanización y la pérdida de autonomía que a menudo acompañan a la vejez y la enfermedad.

Discriminación en el Consumo y Espacios Sociales

Una mujer mayor relata cómo en su país, la gente piensa: "¿Para qué esta abuelita necesita ropa nueva?". Las vendedoras en las tiendas la "escanean de pies a cabeza" intentando adivinar su edad y le dicen: "Señora, nos parece que esto no es apropiado para su edad, eso es para jóvenes". Esto le genera estrés, ya que está "consciente de lo que me gusta vestir y de los colores que amo", pero siente que cada vez estas situaciones "se vuelven peores".

En otra ocasión, buscando un café con una amiga, encontraron una mesa vacía. Al acercarse, el mesero les dijo que estaban "llenos". "¿A qué te refieres con llenos? si esa mesa está vacía", preguntó la mujer, sintiendo "confusión, sorpresa y vergüenza". Mientras pensaba en la evidente discriminación, dos mujeres jóvenes entraron y se sentaron en la mesa libre. Estas historias, que no son inventadas, nos recuerdan que hablar de personas de 60, 70, 80 o 90 años es hablar de nuestro propio futuro, un futuro que "llegará antes de lo que crees". Estas mujeres, que han trabajado, amado y llorado, "lo siguen haciendo".

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