Las reflexiones de El Principito sobre las personas mayores

Una obra atemporal y su crítica a la visión adulta

La obra "El Principito", escrita por Antoine de Saint-Exupéry, fue publicada en abril de 1943. En 2022 se cumplieron 89 años de la publicación de esta famosa obra, cuyo autor desaparecería un año después, en 1944, con su avión, en una misión en la Segunda Guerra Mundial. Traducido a más de 250 lenguas y dialectos, es considerado uno de los mejores libros de la historia.

Este libro es un paseo por los valores universales de la humanidad como la esperanza, el esfuerzo, el compromiso, el amor y la felicidad. A pesar de que su protagonista es un niño que ya tiene casi 90 años, su visión del mundo puede trasladarse a la actualidad sin perder ni un ápice de sus valores. El texto contiene frases que pueden aplicarse en el día a día para hacernos ver la vida como ‘un principito’, haciendo pensar y reflexionar, y que nos hacen ver a los demás de otra forma. De este modo, "El Principito" se ha consolidado como una novela corta que siempre ha sido entendida como dirigida a todas las edades.

Portada de la primera edición de El Principito con la ilustración del Principito en su planeta

La perspectiva del Principito: Frases clave sobre los adultos

El corazón de las enseñanzas de El Principito sobre las personas mayores radica en la pérdida de la perspectiva infantil y la incomprensión de lo verdaderamente esencial en la vida.

"Todas las personas mayores fueron primero niños. (Pero pocas lo recuerdan)"

Esta es una de las frases más conocidas de "El Principito" y, probablemente, una de las que más sentido tiene en la actualidad. Crecer, según Antoine de Saint-Exupéry, no siempre significa avanzar; a veces, implica olvidar. Se refiere a olvidar cómo mirábamos el mundo, cómo nos sorprendían las cosas o cómo éramos capaces de disfrutar sin pensar demasiado. Esta frase cobra una gran relevancia en el contexto actual, pues en pleno siglo XXI, la hiperconectividad y la sobreestimulación han provocado que, sin darnos cuenta, perdamos la capacidad de observar con atención el mundo que nos rodea. Poco a poco, nos olvidamos de la mirada más simple y curiosa propia de la infancia para sumergirnos en un bucle de hábito (señal, rutina y recompensa) que automatiza nuestros comportamientos diarios.

Cuando Saint-Exupéry afirma en esta frase que todos fuimos niños pero pocos lo recuerdan, no se refiere únicamente a la infancia como etapa vital, sino a una forma de mirar el mundo. Los más pequeños observan sin filtros, se asombran con facilidad, preguntan y viven el presente sin necesidad de explicarlo todo.

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La incomprensión de lo esencial

Una de las primeras lecciones sobre la visión adulta se encuentra en el primer capítulo de la obra, donde el narrador relata una experiencia de fracaso infantil. Cuando era chico, los adultos no veían otra cosa que un sombrero en su dibujo de una boa digiriendo un elefante, y nunca le creyeron por culpa de su vestido, porque "las personas grandes son así". Para el narrador, los adultos no pueden ver lo esencial y por ello necesitan una explicación. Es irónico cómo aparece acá invertido el rol de los niños y los adultos, siendo estos últimos a quienes hay que explicar el mundo. El narrador, ante el fracaso de sus dos primeros dibujos, abandonó a la edad de seis años lo que pudo haber sido una brillante carrera de pintor.

Cuando el narrador encontraba alguna persona grande que le parecía algo lúcida, realizaba la prueba de su dibujo número 1, preguntando si verdaderamente comprendería su dibujo. Sin embargo, siempre le respondían: «Es un sombrero». Desde ese momento, no les hablaba de serpientes boas, ni de bosques vírgenes, ni de estrellas, sino que se ponía a su alcance, hablándoles de bridge, de golf, de política y de corbatas. En contraste con esta actitud adulta, se afirma que "cuando les habláis [a los adultos] de un nuevo amigo, no os interrogan jamás sobre lo esencial", porque "las personas grandes nunca comprenden nada por sí solas".

La percepción adulta de la importancia y la realidad

A lo largo de su viaje, el Principito conoce a varios hombres que actúan de manera ridícula. Ninguno de ellos parece comprender la verdad detrás de su realidad o su verdadero propósito. Cada vez que el chico percibe el sinsentido de estos hombres repite: "Las personas mayores son muy extrañas". El narrador también observa que "las personas mayores (...) siempre se imaginan que ocupan mucho sitio". De hecho, piensa que si se juntara a todas las personas mayores, no ocuparían más que una isla, enfatizando así los delirios de grandeza que tienen los adultos.

En este sentido, "El Principito" sentencia una gran verdad: "Sólo los niños saben lo que buscan". Sin embargo, también aboga por la indulgencia, afirmando que "los niños deben ser muy indulgentes con las personas grandes".

Ilustración de El Principito hablando con el Rey

La pérdida de la mirada infantil en la vida adulta

Los adultos, en cambio, tendemos a anticipar, racionalizar y controlar, lo que nos lleva a vivir en «piloto automático», actuando por inercia, hábitos y rutinas sin plena conciencia. Este proceso causa desconexión emocional, estrés y falta de propósito.

Olvidar el asombro y vivir en "piloto automático"

En la era de la hiperconectividad, parar y prestar atención a lo importante no siempre es fácil. Vivimos rodeados de estímulos, de información y de ruido, y eso hace que poco a poco vayamos perdiendo esa capacidad de asombro que teníamos de niños. Sin darnos cuenta, dejamos de mirar para empezar a funcionar en automático. Según Manuel Coronado, autor del libro "En busca de lo esencial", "perdemos la capacidad de asombrarnos cuando nos dejamos llevar por los esquemas de una sociedad que nos impulsa al desenfreno y nos hace vivir en piloto automático, sin cuestionarnos siquiera por qué hacemos lo que hacemos".

A medida que crecemos, incorporamos normas, rutinas y expectativas. Aprendemos lo que "toca hacer" y lo que "es razonable". Pero, tal y como señala Coronado, ahí es donde empieza el problema: "tratamos de explicar la realidad por medio del sombrero de la lógica y los prejuicios, ignorando la parte esencial de las cosas". Este cambio de mirada hace que confundamos lo razonable con lo importante, y que prioricemos cumplir con lo esperado frente a preguntarnos si eso realmente tiene sentido para nosotros. El resultado es una vida cada vez más rápida, más exigente y, en muchos casos, más desconectada.

Infografía sobre la diferencia entre la perspectiva infantil y adulta

Consecuencias en la comprensión de la vida y el bienestar emocional

Cuando desaparece esa capacidad de asombro, también dejamos de comprender la vida. El adulto que no comprende la vida tampoco comprende a los niños y se vuelve serio y exigente, corriendo de un lado para otro, sin tiempo para nada. Además, empezamos a valorar más lo superficial, dando más importancia a lo que aparentamos que a lo que sentimos, y aumentando contactos, pero no necesariamente vínculos.

Recuperar la mirada del niño que fuimos tiene un efecto poderoso en nuestro bienestar emocional, ya que permite dejar a un lado los formalismos y recuperar una mayor flexibilidad y alegría de vivir. Este cambio se traduce en reír más, sentirse más ligero, dejar de tomarse todo tan en serio y, sobre todo, recuperar la calma, algo cada vez más necesario en un entorno marcado por la prisa constante.

Volver a esa mirada no solo cambia cómo vemos las cosas, también cambia cómo nos sentimos. Recuperar esa conexión con uno mismo permite vivir con más autenticidad, posicionándonos en lo que somos y no en lo que nos impone el sistema. Además, implica dejar a un lado actitudes muy presentes en la vida adulta, como el orgullo o la necesidad de aparentar. Los niños no buscan impresionar ni compiten por reconocimiento; simplemente viven. En una sociedad que impulsa a consumir, competir y compararse constantemente, se genera una sensación de insatisfacción permanente, con consecuencias claras como "más frustración, más impaciencia y una mayor sensación de vacío". También dificulta algo fundamental: valorar lo que tenemos, pues cuando todo es inmediato y cambia rápido, perdemos la capacidad de esperar, de apreciar y de disfrutar.

La invitación a recuperar la mirada del niño

A pesar de todo, es posible recuperar esa mirada. La clave, según Manuel Coronado, es sencilla en teoría: parar. Esto significa "hacer una pausa para reflexionar, hacerse preguntas y contemplar la belleza del momento". Puede ser algo tan simple como observar una puesta de sol, caminar sin prisa o dedicar unos minutos al silencio. Implica dar valor a las relaciones, al tiempo compartido y a lo que nos hace sentir bien. También significa cuestionar lo que damos por hecho y atrevernos a vivir de una forma más coherente con lo que somos.

La frase de "El Principito" no habla de nostalgia, sino de conciencia. Nos invita a recordar quiénes fuimos para entender quiénes somos, y a recuperar una forma de mirar que nos permita vivir con más calma, más sentido y más conexión. Quizá por eso esta frase sigue teniendo tanto sentido, porque nos recuerda algo sencillo, pero fácil de olvidar: que, antes de ser adultos, fuimos niños.

La frase "Todas las personas mayores fueron al principio niños" pertenece a la dedicatoria de "El Principito", donde Antoine de Saint-Exupéry se lo dedica a su gran amigo León Werth. La educación de los niños y niñas es un tema importante, pues educarlos en la tolerancia y la solidaridad depende de cómo queramos que sean cuando se hagan mayores. La educación, para la mayoría, significa intentar que el niño se parezca al adulto típico de su sociedad, aspirando a que sean (más o menos) buenos.

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