El Patito Feo: Un Clásico Inmortal sobre la Aceptación

La historia de El Patito Feo, creada por el célebre escritor danés Hans Christian Andersen, es un cuento universal que ha trascendido generaciones, ofreciendo profundas lecciones sobre la diversidad, la autoaceptación y la resiliencia. Este relato atemporal narra la difícil travesía de un pequeño ser que, por ser diferente, sufre el rechazo y la incomprensión de su entorno, hasta que finalmente descubre su verdadera identidad.

El Nacimiento en la Granja: Un Inicio Inesperado

¡Qué lindos eran los días de verano! Era agradable pasear por el campo y ver el trigo amarillo, la verde avena y las parvas de heno apilado en las llanuras. Sobre sus largas patas rojas iba la cigüeña, y circundaban los prados grandes bosques con profundos lagos. A pleno sol, se alzaba una vieja mansión solariega rodeada por un profundo foso; desde sus paredes hasta el borde del agua crecían unas plantas de hojas gigantescas, tan grandes que un niño pequeño podía pararse debajo de ellas. Aquel lugar, tan enmarañado y agreste como el más denso de los bosques, fue el elegido por una pata para construir su nido. Estaba empollando sus huevos y comenzaba a impacientarse, pues los demás patos preferían nadar en los canales antes que charlar con ella.

Por fin, uno tras otro, los huevos comenzaron a romperse. «¡Pío, pío!», decían los patitos mientras asomaban sus cabezas por el cascarón. «¡Cuac, cuac!», dijo la mamá pata, y todos se apresuraron a salir tan rápido como pudieron, dedicándose enseguida a escudriñar entre las verdes hojas. «¡Oh, qué grande es el mundo!», dijeron los patitos. «¿Creen acaso que esto es el mundo entero?», preguntó la pata. «Pues sepan que se extiende mucho más allá del jardín, hasta el prado mismo del pastor, aunque yo nunca me he alejado tanto».

La mamá pata se percató de que aún faltaba el más grande de los huevos. «¡Ah, pero si todavía falta el más grande! ¿Cuánto tardará aún?», se quejó, volviéndose a sentar a empollar. Una vieja pata, que había venido de visita, se mostró escéptica. «¡Te apuesto a que es un huevo de pava! Así fue como me engatusaron cierta vez a mí. ¡El trabajo que me dieron aquellos pavitos! Le tenían miedo al agua y no había forma de hacerlos entrar en ella». A pesar de la advertencia, la pata decidió quedarse sobre él un ratito más.

Ilustración de la mamá pata empollando sus huevos, con uno de ellos notablemente más grande

Al fin, el enorme huevo se rompió. «¡Pip, pip!», dijo el pequeño, volcándose del cascarón. Era grande y muy feo, y la pata exclamó: «¡Dios mío, qué patito tan enorme! No se parece a ninguno de los otros». Sin embargo, para confirmar su naturaleza, decidió llevarlo al agua al día siguiente. El sol resplandecía en las verdes hojas gigantescas y, uno tras otro, los patitos se fueron abalanzando tras su madre al foso. El agua se cerraba sobre sus cabezas, pero enseguida resurgían flotando magníficamente. Movíanse sus patas sin el menor esfuerzo, y a poco estuvieron todos en el agua.

«¡No, no es un pavo!», dijo la pata. «Fíjense en la elegancia con que nada, y en lo derecho que se mantiene. Sin duda que es uno de mis pequeñitos. Y si uno lo mira bien, se da cuenta enseguida de que es realmente muy guapo. ¡Cuac, cuac! Vamos, vengan conmigo y déjenme enseñarles el mundo y presentarlos al corral entero. Pero no se separen mucho de mí, no sea que los pisoteen».

La Crueldad del Corral: El Patito Feo Sufre el Rechazo

Así fue como entraron en el corral de los patos, donde se había organizado un tremendo escándalo por una cabeza de anguila. La mamá pata les indicó: «¡Vean! ¡Así anda el mundo! Anden ligeros y no dejen de hacerle una bonita reverencia a esa anciana pata que está allí. Es la más fina de todos nosotros. Tiene en las venas sangre española; por eso es tan regordeta. Fíjense, además, en que lleva una cinta roja atada a una pierna: es la más alta distinción que se puede alcanzar. Es tanto como decir que nadie piensa en deshacerse de ella, y que deben respetarla todos, los animales y los hombres. ¡Anímense y no metan los dedos hacia adentro! Los patitos bien educados los sacan hacia afuera, como mamá y papá…».

Los patitos hicieron lo que se les dijo, pero los demás los miraron con desdén. «¡Vaya! ¡Como si ya no fuésemos bastantes! Ahora tendremos que rozarnos también con esa gentuza. ¡Uf!… ¡Qué patito tan feo!», decían. Un pato se abalanzó y le picoteó en el cuello. «¡Déjenlo tranquilo!», dijo la madre. La anciana pata de la cinta roja comentó: «¡Qué lindos niños tienes, muchacha! Todos son muy hermosos, excepto uno, al que le noto algo raro». La mamá pata intentó defenderlo: «No es hermoso, pero tiene muy buen carácter y nada tan bien como los otros, y me atrevería a decir que hasta un poco mejor. Espero que tome mejor aspecto cuando crezca y que, con el tiempo, no se le vea tan grande. Estuvo dentro del cascarón más de lo necesario, por eso no salió tan bello como los otros».

Pero el pobre patito que había salido el último del huevo y era tan feo recibió picotazos, empujones y burlas, tanto por parte de los patos como de las gallinas. «¡Qué feo es!», decían todos, y el pavo, que había nacido con las espuelas puestas y se consideraba por ello casi un emperador, infló sus plumas como un barco a toda vela y se le fue encima con un cacareo, tan estrepitoso que toda la cara se le puso roja. El pobre patito no sabía dónde meterse; estaba muy triste de ser tan feo y de ser la burla de todo el corral. Así pasó el primer día, y en los siguientes, las cosas fueron de mal en peor. El patito sufrió la persecución de todos, incluso sus hermanos se portaron muy mal con él y no paraban de decirle: «¡A ver si te agarra el gato, espantajo!». Y su madre misma decía: «¡Qué lástima que no se pierda por el campo!». Finalmente, su propia madre acabó convencida de que era un pato feo y tonto. «¡Vete, no quiero que estés aquí!».

La Huida y las Penurias del Viaje

El pobre patito, harto de todo y sintiéndose muy triste al oír esas palabras, huyó del corral. Saltó revoloteando sobre el seto, y los pajarillos que estaban en los arbustos salieron volando espantados. «¡Es porque soy tan feo!», pensó el patito, cerrando los ojos. Siguió corriendo hasta que, por fin, llegó a los grandes pantanos donde viven los patos salvajes, y allí se pasó toda la noche abrumado de cansancio y pesadumbre.

Por la mañana, los patos silvestres alzaron el vuelo y observaron al nuevo compañero. «¿Quién eres tú?», preguntaron, y el patito hizo reverencias a todos lados. «¡Eres más feo que un espantapájaros!», dijeron los patos salvajes. «Pero a nosotros nos trae sin cuidado, con tal de que no pretendas casarte con alguna de nuestras hermanas». El pobre patito no tenía la más mínima intención de contraer matrimonio; solo quería que lo dejasen estar tranquilo entre los juncos y tomar un poquito de agua del pantano.

El Patito Feo

Allí pasó dos días enteros, hasta que llegó una pareja de gansos silvestres, muy impulsivos. «¡Oye, compañero!», dijeron. «Eres tan feo que nos caes bien. ¿Te vienes con nosotros a otras tierras? Aquí, en el pantano de al lado, viven unas preciosas gansas silvestres, todas solteras, que saben graznar espléndidamente». Pero antes de que pudieran decidir, «¡Bang, bang!» -retumbó de pronto por encima de ellos, y los dos gansos silvestres cayeron muertos entre los juncos, tiñiendo el agua con su sangre. Volvieron a retumbar en el aire nuevos disparos y bandadas de gansos salvajes se elevaron. Era una cacería en toda regla; los cazadores rodeaban el pantano y el humo azul se elevaba por entre los oscuros árboles.

Por el lodo del pantano llegaron chapoteando los perros de caza. Aquello aterrorizó al pobre patito feo, que ya se disponía a ocultar la cabeza bajo el ala cuando apareció junto a él un enorme y espantoso perro: la lengua le colgaba fuera de la boca y sus ojos miraban con brillo temible. El perro lo olfateó, mostró sus agudos dientes y, para sorpresa del patito, se marchó sin tocarlo. «¡Uf, menos mal!», suspiró el patito. «¡Soy tan feo que ni siquiera el perro tiene ganas de comerme!». Se estuvo muy quieto, mientras los perdigones silbaban y los disparos atronaban el aire. Hasta bien entrado el día no volvió a quedar todo en calma, y el patito no se atrevió a levantarse; esperó varias horas antes de salir del pantano con toda la rapidez que pudo. Corrió por campos y prados, luchando contra el fuerte viento.

Un Refugio Temporal: La Cabaña de la Anciana

Hacia el anochecer llegó a una pobre cabaña campesina, tan miserable que ni siquiera sabía de qué lado caerse. El viento soplaba tan ferozmente en torno al patito que tuvo que sentarse sobre su propia cola para no ser arrastrado. En eso notó que una de las bisagras de la puerta se había caído, y que la hoja colgaba con una inclinación tal que le sería fácil filtrarse por la estrecha abertura. Y así lo hizo. En la cabaña vivía una anciana con su gato y su gallina. El gato, a quien la anciana llamaba «Hijito», sabía arquear el lomo y ronronear, y hasta era capaz de echar chispas si lo frotaban a contrapelo. La gallina tenía unas patas tan cortas que le habían puesto por nombre «Chiquitita Piernascortas»; era una gran ponedora y la anciana la quería como a su propia hija.

Por la mañana, el gato y la gallina no tardaron en descubrir al extraño patito. «Pero, ¿qué pasa?», preguntó la vieja, mirando a su alrededor. Su vista no era buena, así que se creyó que el patito feo era una pata gorda que se había perdido. «¡Qué suerte!», dijo. «¡Ahora tendremos huevos de pata, con tal de que no sea macho! Le daremos unos días de prueba». Así que al patito le dieron tres semanas de plazo para poner, al término de las cuales, por supuesto, no había ni rastros de huevo. Ahora bien, en aquella casa el gato era el dueño y la gallina la dueña, y siempre que hablaban de sí mismos solían decir: «nosotros y el mundo», porque opinaban que ellos solos formaban la mitad del mundo, y lo que es más, la mitad más importante.

Dibujo de la anciana, el gato, la gallina y el patito en la cabaña

El patito pensaba de otra manera, pero la gallina no le permitió expresar su opinión. «¿Puedes poner huevos?», le preguntó la gallina. «No». «Pues entonces, guárdate tus opiniones cuando hablan las personas sensatas». El gato añadió: «¿Sabes encorvar el lomo, ronronear y echar chispas?». El patito tuvo que admitir que no. «Entonces no tienes que opinar cuando habla la gente sensata». El patito se sentó en un rincón, muy desanimado; pensó en el aire fresco y en la luz del sol. Le acometió un extraño antojo de flotar en el agua, hasta que al fin no pudo más y se lo contó a la gallina. «¡Pero es tan sabroso nadar en el agua!», dijo el patito feo. «¡Tan sabroso zambullir la cabeza y bucear hasta el mismo fondo!».

«Me parece que te has vuelto loco», dijo la gallina. «Pregúntale al gato, ¡no hay nadie tan listo como él! ¡Pregúntale a nuestra vieja ama, la mujer más sabia del mundo! ¿Crees tú que se le ocurre flotar en el agua y meter la cabeza?». El patito dijo: «¡No me comprendes!». La gallina respondió: «Claro que no te comprendo, ni sé quién te podrá entender; no pretenderás nunca ser más listo que el gato y que la señora, por no hablar de mí misma. ¡No seas tonto, muchacho!, y da gracias por todas las cosas buenas que has conseguido hasta ahora. Pero veo que eres un tonto y no resulta divertido que permanezcas aquí. Te digo cosas desagradables por tu propio bien, pues solo los verdaderos amigos dicen las verdades, porque te quieren. Lo que has de hacer es poner huevos y aprender a ronronear y a echar chispas». «Creo que me iré al ancho mundo», dijo el patito. «Pues vete», dijo la gallina. Y el patito se marchó; se zambulló en el agua, buceó, pero los demás animales no le hacían caso por lo feo que era.

El Invierno Cruel y la Esperanza de la Primavera

Pronto llegó el otoño. Las hojas en el bosque se tornaron amarillas o pardas; el viento las arrancó y las hizo girar en remolinos, y los cielos tomaron un aspecto hosco y frío. Las nubes colgaban bajas, cargadas de granizo y nieve, y el cuervo, que solía posarse en la tapia, graznaba de frío. Cada mañana hacía más frío, y al patito le costaba mucho entrar en calor. Se veía forzado a nadar incesantemente para impedir que el agua se congelase en torno suyo. Pero cada noche el hueco en que nadaba se hacía más y más pequeño. Vino luego una helada tan fuerte, que el patito, para que el agua no se cerrase definitivamente, ya tenía que mover las patas todo el tiempo en el hielo crujiente. Por fin, debilitado por el esfuerzo, quedose muy quieto y comenzó a congelarse rápidamente sobre el hielo.

Patito congelado en el hielo, representando la dureza del invierno

A la mañana siguiente, muy temprano, lo encontró un campesino. Rompió el hielo con uno de sus zuecos de madera, lo recogió y lo llevó a casa, donde su mujer se encargó de revivirlo. Los niños querían jugar con él, pero el patito feo tenía terror de sus travesuras y, con el miedo, fue a meterse revoloteando en la paila de la leche, que se derramó por todo el piso. Gritó la mujer y dio unas palmadas en el aire, y él, más asustado, metiose de un vuelo en el barril de la mantequilla, y desde allí lanzose de cabeza al cajón de la harina, de donde salió hecho una lástima. ¡Había que verlo! Chillaba la mujer y quería darle con la escoba, y los niños tropezaban unos con otros tratando de echarle mano. Fue una suerte que la puerta estuviese abierta. El patito se precipitó afuera, entre los arbustos, y se hundió, atolondrado, entre la nieve recién caída.

Sería demasiado cruel describir todas las miserias y trabajos que el patito tuvo que pasar durante aquel crudo invierno. Sólo, muerto de frío y a menudo muerto de hambre también. Pero a pesar de todo logró sobrevivir y por fin llegó la primavera. Los días pasaron a ser más calurosos y llenos de colores. Una tarde en la que el sol empezaba a calentar, el patito decidió acudir al parque para contemplar las flores, que comenzaban a llenarlo todo. Fue entonces cuando probó sus alas: el zumbido que hicieron fue mucho más fuerte que otras veces, y lo arrastraron rápidamente a lo alto.

El Glorioso Descubrimiento de su Verdadera Identidad

Casi sin darse cuenta, se halló en un vasto jardín con manzanos en flor y fragantes lilas, que colgaban de las verdes ramas sobre un sinuoso arroyo. ¡Oh, qué agradable era estar allí, en la frescura de la primavera! Y en eso surgieron frente a él de la espesura tres hermosos cisnes blancos, rizando sus plumas y dejándose llevar con suavidad por la corriente. El patito feo reconoció a aquellas espléndidas criaturas que una vez había visto levantar el vuelo, y se sintió sobrecogido por un extraño sentimiento de melancolía.

«¡Volaré hasta esas regias aves!», se dijo. «Me darán de picotazos hasta matarme, por haberme atrevido, feo como soy, a aproximarme a ellas. Pero, ¡qué importa!». Y así, voló hasta el agua y nadó hacia los hermosos cisnes. «¡Sí, mátenme, mátenme!», gritó la desventurada criatura, inclinando la cabeza hacia el agua en espera de la muerte. Pero, ¿qué es lo que vio allí en la límpida corriente? ¡Era un reflejo de sí mismo, pero no ya el reflejo de un pájaro torpe y gris, feo y repugnante, no, sino el reflejo de un cisne!

Patito feo transformado en un hermoso cisne, viéndose reflejado en el agua

Poco importa que se nazca en el corral de los patos, siempre que uno salga de un huevo de cisne. Se sentía realmente feliz de haber pasado tantos trabajos y desgracias, pues esto lo ayudaba a apreciar mejor la alegría y la belleza que le esperaban. Y los tres cisnes nadaban y nadaban a su alrededor y lo acariciaban con sus picos. En el jardín habían entrado unos niños que lanzaban al agua pedazos de pan y semillas. «¡Sí, hay un cisne nuevo!», exclamaron, y batieron palmas y bailaron, y corrieron a buscar a sus padres. «¡El nuevo es el más hermoso!». Y los cisnes viejos se inclinaron ante él. Esto lo llenó de timidez, y aunque escuchó muchos elogios alabando su belleza, él nunca acabó de acostumbrarse. Desde aquel día, el patito tuvo toda la felicidad que hasta entonces la vida le había negado.

El Legado de El Patito Feo: Reflexiones y Enseñanzas

«El patito feo» fue publicado por primera vez en 1844 por Hans Christian Andersen en su libro Nueve Cuentos (Den grimme ælling era su título en danés). Es una historia cargada de valores que narra la dura vida, desde su nacimiento, de un patito al que todos despreciaban porque era grande y feo. Este patito feo sufría lo que hoy, con un lenguaje moderno, denominaríamos bullying.

No era ni mejor ni peor que el resto de sus compañeros: era simplemente feo, lo cual suponía un estigma en una sociedad (sea de patos u humana) que prima la belleza y castiga la fealdad y todo aquello que se aparte del canon de respetabilidad. 173 años después de su publicación, el cuento sigue siendo un referente a favor de la diversidad y supone una puerta abierta para aquellas personas que se consideran un patito feo, bien sea porque no se sienten agraciadas físicamente o porque su carácter no encaja con el entorno social.

El Patito Feo

«El patito feo» es, en definitiva, un gran cuento que debería hacernos reflexionar sobre nuestros prejuicios y la forma en que tratamos a quienes consideramos diferentes a nosotros. Con esta historia, los niños (y adultos) pueden aprender valores fundamentales como:

  • Respeto a la diversidad y tolerancia: El cuento muestra cómo el patito feo es rechazado por los demás, incluso por su mamá, por ser diferente de sus hermanos. Nos enseña a no dar la espalda, no juzgar ni ignorar a las personas por ser diferentes.
  • Confianza en sí mismo y la autoaceptación: Nuestro patito sigue su camino y empieza a descubrir su propia belleza y a aceptarse, dándose cuenta de que su valor no depende de la opinión de los demás.
  • Perseverancia y resiliencia: Pese al rechazo y las innumerables dificultades que sufrió, el patito sigue adelante, buscando su lugar en el mundo. Los obstáculos no lo paralizan, sino que lo fortalecen hasta encontrar su verdadero hogar.

El cuento de Hans Christian Andersen nos recuerda que la verdadera belleza reside en el interior y que la aceptación de uno mismo es el primer paso hacia la felicidad.

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