El abandono de adultos mayores se ha convertido en una silenciosa emergencia social en diversas regiones. Este fenómeno se agudiza en un contexto de profundos cambios demográficos que han experimentado los países de América Latina y el Caribe en las últimas décadas, destacando la reducción de la fecundidad y la mortalidad, así como el aumento de la esperanza de vida. Como resultado de estas transformaciones, la estructura poblacional se ha modificado de una forma radical, proyectándose que en menos de 20 años se duplicará la cantidad de personas mayores (Huenchuan, 2012).
Envejecer es un proceso natural, resultado de una serie de cambios físicos, psicológicos, biológicos, psicomotores y funcionales que se presentan de manera única y diferente en cada individuo. En otra época, el respeto y cuidado a los ancianos era un acto recíproco, fundado en el reconocimiento y agradecimiento por los cuidados recibidos en la juventud.
Definición y Manifestaciones del Abandono
La situación de desamparo de una persona mayor por alguien que había asumido la responsabilidad de cuidarla o por la persona a cargo de su custodia, es lo que conceptualizamos como abandono. De manera más simple, se entiende por abandono la falta de acción para atender las necesidades de un adulto mayor. La Suprema Corte de Justicia de la Nación (2010) se ha pronunciado en el sentido de que el Abandono de Personas se da cuando el obligado, sin motivo justificado, deja de proporcionar los medios de subsistencia.
Este abandono puede manifestarse de diversas formas, afectando directamente los aspectos psicológicos y emocionales. Un acto único o repetido que causa daño o sufrimiento a una persona de edad, o la falta de medidas apropiadas para evitarlo, que se produce en una relación basada en la confianza, puede considerarse maltrato. Este puede adoptar diversas formas, como el maltrato físico, psíquico, emocional o sexual, y el abuso de confianza en cuestiones económicas. Carola Rivero enfatiza que «lo más brutal no es sólo el abandono económico, es el abandono emocional, práctico, cotidiano».
El Abandono Hospitalario y Casos Reales
Una manifestación alarmante de este problema es el aumento de los casos de abandono hospitalario. Entre 2018 y 2025, se proyecta que más de 11.770 adultos mayores fueron abandonados tras recibir el alta médica en hospitales públicos solo en Chile. Un ejemplo crudo de esta realidad es el caso de la señora Marta, de 82 años, quien fue dada de alta después de una cirugía menor en el Hospital San José. A pesar de que la familia fue avisada, nadie fue a buscarla. Tras varios días, el equipo social del hospital debió intervenir y coordinar con la municipalidad para su traslado, ya que ningún hijo apareció.

Marta no está sola en esta experiencia. Otros casos recientes ilustran la gravedad de la situación. La señora Rosa Núñez Vera, de 98 años, fue encontrada en Viña del Mar en muy malas condiciones físicas. Ella era cuidada por un hijo que falleció al interior de la casa que compartían, dejándola en una situación de desamparo. Tras ser rescatada, llegó a la Residencia La Asunción del Hogar de Cristo, donde su estado de salud era extremadamente frágil y su cuerpo evidenciaba claros signos de abandono, según Carolina González, Jefa del área social del Hogar de Cristo Valparaíso.
En la comuna de Independencia, el fallecimiento de un adulto mayor de 94 años, cuyos restos en estado de abandono se hallaron al interior de su casa en octubre pasado, con una data de muerte proyectada en 12 meses, evidenció nuevamente este panorama. Solo unos días antes, en una habitación rodeada de basura, Carabineros de El Quisco encontró a una mujer de 87 años que presentaba indicios de desnutrición.
Factores Contribuyentes al Abandono
A las formas extremas de abandono se suman condiciones de precariedad económica. El aislamiento y la soledad en el anciano son cada vez más patentes en una sociedad inmersa en una creciente competitividad y deshumanización. Se ha observado que aproximadamente el 20 por ciento de la población experimenta la soledad y el abandono social, en un entorno de estrés y violencia que ha neutralizado los valores tradicionales que protegían a la familia y, en especial, a los adultos mayores (Flores Lozano, 2000).
Por las exigencias que impone la sociedad, la familia, y en último término el individuo, también se contribuye a que el adulto mayor se margine y se le abandone. Macarena Rojas, directora ejecutiva del Centro UC Estudios de Vejez y Envejecimiento, comenta que la vejez es una realidad heterogénea, y no todos los adultos mayores experimentan desprotección o abandono; muchos rangos etarios menores permanecen activos laboralmente. Sin embargo, en Chile, el arraigo al acompañamiento familiar se ha modificado. Las familias se han transformado, hay menos hijos para cuidar o sostener a los mayores, y a menudo viven en ciudades o regiones distintas. Además, algunas personas mayores también por voluntad propia quieren mantener su independencia.
Cambios en la estructura familiar
El Abandono y la Indigencia
La salida a la calle y el consecuente rompimiento con el entorno familiar obedecen a un conjunto de factores complejos: violencia, maltrato y abuso sexual, pobreza e insuficiencia de recursos materiales, abandono, aburrimiento o sobrecarga de tareas en el hogar. Esta salida representa un fenómeno multicausal (Makowski, 2010), lejos de explicaciones simplistas que enfatizan un solo factor.
Las calles y los espacios públicos de las ciudades se han convertido en escenarios donde transitan los cuerpos de la exclusión. La indigencia es una manifestación social que se caracteriza por el desarraigo y la estigmatización de hombres y mujeres adultos que viven y satisfacen sus necesidades en las calles de las zonas urbanas, desarrollando su cotidianidad en condiciones de precariedad crónica (Rojas, 2006).
Esta realidad, visible para todos, no parece ser responsabilidad de nadie más que del propio individuo, a pesar de que los adultos mayores en situación de indigencia se ven obligados a crear una nueva forma de vida, adecuándose a la calle y extrayendo los beneficios que esta les puede otorgar para su supervivencia. Construyen una nueva forma de vivir y socializar en un entorno mediático y discriminatorio, lo cual no es una opción, sino una obligación.
Makowski (2010) señala que el abandono es otro de los signos que marcan la experiencia de la exclusión, donde las vivencias originarias se reactualizan en la intemperie. El descuido familiar se resemantiza en el abandono de instituciones que no logran retenerlos, resultando tan expulsivas como sus propios hogares. Finalmente, se experimenta el abandono social: ser una persona de la calle implica no tener casi ningún lugar, ya que las instituciones de asistencia social y privada a menudo solo se hacen cargo de los menores de 16 años.
Causas como la discriminación por edad, la violencia y el maltrato en sus propios hogares, llevan a que las personas que viven en la calle sean portadoras de historias personales de abandono familiar, de maltrato y abuso sexual, y de privación afectiva, sin haber tenido un lugar en la familia o en los afectos. El abandono hace visible el déficit de funcionamiento de las instancias sociales y familiares, pero también alude a la deriva individual, al dejarse ganar por el sufrimiento y no poder trascender la intemperie.
Analizando el concepto de indigencia en adultos mayores, se puede afirmar que el Estado no cumple con lo estipulado en la Ley, ya que los indigentes crean condiciones de vida en las calles sin protección ni programas de índole alimenticio, de salud o económico, a pesar de ser un grupo vulnerable. Esta realidad eleva también los riesgos en seguridad social, exposición a delitos y daño en la salud mental al vivir en soledad.
La exclusión tiene múltiples facetas. Desde una dimensión tecno-económica, las personas excluidas se ubican en sectores económicamente débiles o al margen de la transformación tecnológica. Desde una dimensión sociopolítica, las personas sin protección social a menudo carecen de acceso a una vivienda digna y un trabajo estable. El problema de la falta de una pensión que garantice una efectiva seguridad social para los adultos mayores es una situación que enfrentan la mayoría de las naciones. Las recomendaciones de los organismos internacionales a menudo resultan difíciles de atender para los gobiernos locales, traduciéndose en programas sociales que buscan paliar la falta de cobertura universal.
Marco Legal y Desafíos en la Protección del Adulto Mayor
La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) establece derechos fundamentales para todo individuo: a la vida, la libertad y la seguridad (art. 3); a la seguridad social y a la realización de todos los derechos económicos, sociales y culturales esenciales para el desarrollo de su personalidad (art. 22); y a participar en actividades culturales y contar con un seguro para la vejez (art. 27).
A pesar de estos marcos, los estudios han demostrado que la gran mayoría de los adultos mayores desconocen sus derechos, lo que limita su exigibilidad y propicia actos de discriminación, abandono y maltrato. Los resultados de la Encuesta Nacional sobre Discriminación en México (ENADIS) 2010 muestran que los adultos mayores son el cuarto grupo de población vulnerable a la discriminación, entendida como toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en la edad adulta mayor que anule o disminuya la igualdad ante la ley o el reconocimiento y ejercicio de derechos humanos (Conapred, 2010).
En el Estado de México, la Ley del Adulto Mayor promulgada en 2008 tiene como finalidad otorgar derechos a los adultos mayores domiciliados o de paso por la entidad. El artículo 5 de esta ley establece que los adultos mayores deben ser sujetos de programas de asistencia social en caso de desempleo, discapacidad y pérdida de sus medios de subsistencia, así como tener acceso a casas hogar, albergues u otras alternativas de atención integral si se encuentran en situación de riesgo o desamparo.
La legislación también impone obligaciones a la familia. El artículo 33 de la Ley del Adulto Mayor del Estado de México, en referencia al Código Civil (Art. 4.135), menciona la obligación de la familia de otorgar "alimentos extraordinarios", que incluyen todo lo necesario para el sustento, habitación, vestido, atención médica y hospitalaria. El artículo 4.131 del mismo Código Civil hace mención expresa de que los hijos están obligados a dar alimentos a los padres.
Sin embargo, existen vacíos legales y dificultades en la aplicación. «No existen registros de deudores, no hay sanciones, no hay retenciones automáticas. Chile ha avanzado en mecanismos legales robustos para asegurar el pago de pensiones alimenticias a favor de hijos menores, como ocurre con la Ley Papito Corazón. Sin embargo, el abandono familiar de los padres no es un problema privado», esgrimió Carola Rivero. En busca de patrocinio, la propuesta de la "Ley Hijito Corazón" será presentada formalmente a las autoridades competentes en las próximas semanas, con el objetivo de equiparar estas responsabilidades.
En el ámbito penal del Estado de México, la ley otorga protección a los adultos mayores cuando sus derechos son quebrantados o violados por actos u omisiones de sus familiares u otras personas. Se considera abandono de personas cuando el obligado, sin motivo justificado, abandona a sus descendientes, ascendientes, cónyuge, concubina, concubinario o acreedor alimentario, sin recursos para atender sus necesidades de subsistencia, aun cuando estos se vean obligados a allegarse recursos por cualquier medio. La conducta que se despliega es la de omitir el auxilio cuando la persona es incapaz de cuidarse.
A pesar de la existencia de dichos ordenamientos, en la realidad, los derechos de los ancianos son transgredidos por quienes tienen la obligación o el resguardo, y a menudo, el adulto mayor se niega a denunciar o demandar debido a la relación sentimental con la persona que tiene el deber (Consejo Estatal de la Mujer y Bienestar Social, 2014). En muchas ocasiones, temen las consecuencias que podría tener esa denuncia, tanto para ellos como para los posibles agresores. Por el contrario, cuando existen condiciones de vida digna, los adultos mayores son protagonistas de nuestra vida comunitaria: participan en clubes, en talleres, en organizaciones sociales, votan, acompañan nietos y sostienen redes de apoyo.
El Estigma Social y sus Consecuencias
Las personas en situación de calle deben sumar a sus precarias condiciones de vida una estigmatización que los señala como culpables de su destino e individuos peligrosos. Los griegos crearon el término "estigma" para referirse a signos corporales con los cuales se intentaba exhibir algo malo y poco habitual en el estatus moral de quien los presentaba. Un estigma social es una desaprobación social severa de características o creencias personales que son percibidas como contrarias a las normas culturales establecidas.
Erving Goffman (1963) define el estigma como el proceso en el cual la reacción de los demás estropea la "identidad normal", trabajando a partir de las interacciones en un grupo con un sujeto "estigmatizado" (social o históricamente). El término "estigma" se utiliza para hacer referencia a un atributo profundamente desacreditador, aunque lo que se necesita es un lenguaje de relaciones, no de atributos. La exclusión de las personas en indigencia se alimenta de la estigmatización social, debido a que sus condiciones de vida, apariencia, actividades productivas y ubicación geográfica los lleva a ser calificados como "peligrosos", "delincuentes", "improductivos" o "vagabundos", lo que justifica acciones de represión y, por ende, de exclusión social.
Este proceso de exclusión, sostenido en la estigmatización, se conjuga con el desarraigo que han experimentado en sus historias de vida particulares. Por diversos factores, estas personas sufren una constante pérdida de vínculos y redes sociales, tales como su familia, su círculo de amigos o el trabajo, acentuando su vulnerabilidad.

Hacia una Conciencia Social y Acciones Concretas
Carola Rivero hace un llamado transversal a la sociedad civil, al Congreso y al Gobierno: «Es tiempo de asumir el abandono como lo que es: una forma de violencia familiar invisible. No podemos seguir mirando hacia el lado».
Según datos del Censo, los hogares conformados por personas de 65 años o más aumentaron desde el 4,3% en 1992 al 11,6% en 2024, proyectándose que un número significativo corresponderá a viviendas unipersonales habitadas por este segmento. Por otra parte, el Censo Poblacional 2010 del INEGI advierte sobre la concentración de la población adulta mayor en la entidad mexiquense: en 10 municipios se concentra el 54.8 por ciento del total de adultos mayores, y el 45.2 por ciento restante se encuentra repartido entre los 115 municipios restantes.
Como se puede observar en las cifras, la población adulta mayor es un sector que debe considerarse, puesto que cada día es notorio observar su presencia en los hogares y comunidades. Sin embargo, este sector sigue posicionado entre los más vulnerables, con leyes que les permitan tener una vida plena aún escasas o de indefinida exigibilidad. Es crucial apreciar que el fenómeno del maltrato y el abandono está presente en la población adulta mayor, por parte de quienes tienen su resguardo o la responsabilidad de cuidarlos.