El debate sobre los sistemas de pensiones: Lecciones de Suecia y el caso chileno

Las polémicas propuestas de reforma tributaria y de pensiones, presentadas en los últimos meses por el Gobierno de Gabriel Boric, abrieron la conversación, el pasado 6 de diciembre, en el último encuentro de Crítica&Política. En este evento, los académicos de la Universidad del Desarrollo y doctores en Economía, Klaus Schmidt-Hebbel y Pablo Paniagua, advirtieron sobre los riesgos y desventajas que podría traer para el país la posible aprobación de ambas reformas.

La experiencia de Suecia y el riesgo de los sistemas de reparto

Klaus Schmidt-Hebbel explicó que la propuesta tributaria de La Moneda se ha aplicado ya, sin mayor éxito, en países desarrollados como Suecia y otros países escandinavos, dando como resultado la fuga del gran capital y bajas en la recaudación. «Son dos reformas que van en contra de la mejor experiencia de los países que han logrado desarrollarse», precisó el economista.

El académico se mostró preocupado por el camino que está tomando el país, enfatizando en que se optó por fórmulas ya fracasadas como los sistemas previsionales de reparto. Schmidt-Hebbel advirtió: «Lo que se propone es básicamente un sistema de reparto que va a dominar los primeros 30 o 40 años, y después una promesa de algo que Marcel llama “de capitalización” pero que son cuentas nacionales con un reparto disimulado».

Infografía comparativa: sistemas de pensiones de reparto vs. capitalización individual

Schmidt-Hebbel concluyó exponiendo que la promoción de una buena política pública sobre el sistema tributario y el sistema previsional debe ser prioridad para las autoridades de Gobierno, mandatándolos a hacer cambios en ambas reformas que considera sumamente perniciosas. «Ni Allende tuvo un proyecto de reforma tributaria tan expropiatoria y tan sesgada contra el capital», sentenció.

Consecuencias del socialismo: El caso venezolano

El dictador venezolano Nicolás Maduro admitió implícitamente hace poco que PDVSA, la empresa de petróleos venezolana, ha sido completamente destruida por el control que de ella ha hecho el socialismo chavista. No es para menos si se considera que -en sus tiempos “neoliberales”- esta llegó a producir 3,5 millones de barriles diarios, para desplomarse a apenas 700 mil hoy, a pesar de contar con las mayores reservas de petróleo del mundo.

Los estragos del socialismo venezolano no se detienen ahí, por supuesto. Más de un 80% de la población viviendo en la pobreza, una contracción del PIB de un 70%, una de las tasas de homicidios más altas del mundo y la migración de más de 4 millones de personas son algunos de sus “logros”. Y es que, cuando los socialistas afirman que algo será del Estado o del “pueblo”, en realidad lo que quieren decir es que será de ellos. Ya sabía Orwell que un verdadero socialista no puede serlo sin vivir con privilegios y lujos, hoy por hoy mansiones, primera clase, autos con choferes y vacaciones en el extranjero, pues todos esos son medios necesarios para llevar a cabo la revolución y defenderla de sus eternos enemigos. De ahí que no exista prácticamente ningún solo caso en la historia de un líder socialista que no haya vivido en la opulencia. Ya sean Mao, Castro, Chávez, Allende, Stalin, Lenin u otro, todos ellos compartieron una afición por el lujo.

Mapa comparativo de indicadores económicos de Chile, Suecia y Venezuela

El "neoliberalismo" como motor de progreso: El ejemplo de Chile

En cambio, el malvado “neoliberalismo” es realmente la fuerza que democratiza la riqueza. Cuando hace cinco décadas Venezuela se encontraba entre los países con mayor libertad económica de la región, era uno de los más prósperos. Chile, que con Allende siguió el camino chavista, pasó de ser uno de los países más miserables de la región, con casi un 60% de pobreza, al más avanzado.

Solo entre 1990 y 2015 el ingreso del 25% más pobre creció un 439% versus un 208% para el 25% más rico. La clase media, que en 1990 era de un 23% de la población, alcanzó un 57,8% en 2013, mientras los sectores vulnerables y pobres se redujeron de un 34,5% a un 25,8% y de un 38,6% a un 7,8%, respectivamente.

El famoso índice Gini cayó fuertemente, de 0,57 a 0,46, situando a Chile cerca del promedio de América Latina en términos de desigualdad y mejor que países como Brasil, México, Costa Rica y Paraguay, entre otros mucho menos “neoliberales”, pero bastante más pobres y desiguales. Por si todo lo anterior fuera poco, un informe de la OCDE de 2017 sitúa a Chile como el país con mayor movilidad social de toda la OCDE.

Esto significa que para un chileno del 25% más pobre es más fácil llegar al 25% más rico que para un alemán, un sueco, un estadounidense, un francés y así sucesivamente. El sistema de pensiones chileno, en tanto, se encuentra entre los diez mejores del mundo, según el prestigioso ranking de Melbourne Mercer, y se acusa de injusto a pesar de que el 70% de todo lo acumulado para los pensionados es rentabilidad de las AFP y no contribución de ellos.

Gráfico de evolución del índice Gini y reducción de la pobreza en Chile

Gasto social y productividad: Desafíos y comparaciones

Y si de gasto social se trata, en los últimos treinta años este ha crecido 5,4% real per cápita anual, contra un 3,4% de crecimiento del ingreso. Y es que ese es parte del problema: un Estado capturado por grupos de interés y corrupción cada vez más galopante que parasita a quienes crean valor real para la sociedad.

Por supuesto, nadie dice eso y tampoco que la productividad por hora promedio en Chile es la más baja de la OCDE -a excepción de México-, alcanzando 26,9 dólares, contra 50,50 dólares promedio en la organización. Países con los que nos gusta compararnos, como Noruega, tienen 82,7 dólares, Dinamarca 69,73 dólares, Francia 67,17 dólares, Suecia 60,54 dólares y así sucesivamente.

Gráfico comparativo de productividad por hora en países de la OCDE, incluyendo Chile y Suecia

Advertencias sobre el cambio de modelo

Por lo tanto -nos dicen-, debemos cambiar el modelo “neoliberal” con una nueva Constitución, porque -claro- una nueva Constitución de seguro nos dará mejores pensiones, educación, mayores ingresos, empleo, salud, etc., todo ello sin importar el nivel de nuestra productividad, eficiencia estatal y desarrollo económico. Y así, guiados por una tropa de charlatanes, demagogos y algunos ingenuos, nos encaminamos a arruinar definitivamente, al más clásico estilo latinoamericano, lo que hemos construido hasta ahora y la única base que nos permitiría dar un nuevo salto de progreso. ¿Será que tendremos que hacerlo para terminar, como Maduro, pidiendo que vuelvan los “neoliberales” a resolver la catástrofe estatista? Es de esperar que no, pero, así como vamos, no sería raro que en una década quienes lo denostaron, tanto a la izquierda como a la derecha, estén llorando el “neoliberalismo”.

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