En el Hotel Hilton Diamante, un anciano yacía en su tumbona junto a la piscina, cuando tuvo la visión fulminante de lo que le pareció "una belleza virginal y perfecta". Una niña de quizás trece años, enfundada en un sutil (que él consideró "obsceno y casi insoportable") bikini de color rosa, transparentaba todas sus gracias. Se había despojado con toda la tranquilidad y conciencia de su hermosura de un bañador blanco a rayas y se exhibió gloriosa frente a aquel hombre que ya debía pasar de los setenta años. El anciano la vio mirarlo de reojo y ella accedió a reciprocarle la mirada y una casi sonrisa. Luego se paseó de ida y vuelta frente a esos ojos aterrados de deslumbramiento. Entró "como una Venus primigenia", pensó el anciano, en la piscina y, al salir, se mostró aún más desnuda (para él) que antes, volviendo a pasearse frente al hombre, que no podía disimular su pasmo.

El viejo se escondió tras un libro, apartándolo una y otra vez ligeramente para mirarla. Ella, cada vez más consciente del aturdimiento que suscitaba en el anciano, volvió a pasar al frente. El hombre le preguntó en varios idiomas: "¿English, french, italian?". Ella denegó. Finalmente, dijo "russian". El hombre inmediatamente buscó un nombre ruso para asignárselo: Sonia, como un personaje de Dostoyevski.
Súbitamente apareció una mujer de mediana edad, bella pero deteriorada por los años, y le dijo al viejo: "Es el colmo hasta donde ha llegado tu perversidad, es solo una niña". El hombre se reservó todos sus razonamientos y justificaciones y clavó la vista en el libro. Sin embargo, siguió mirando a la niña, mientras su mujer (la bella, algo deteriorada por los años), desde el otro lado de la piscina, le espiaba con poco disimulo. La niña bailaba al ritmo de la música escénica y seguía sonriendo, entre burlona e insinuante, pero de ninguna manera asustada.

Se acercó a la niña una mujer entrada en carnes, de atuendo visiblemente extranjero, levemente rubia, que le dijo algo incomprensible, quizás "ya vámonos". A partir de entonces, la niña estuvo todas las tardes en el mismo rumbo de la tumbona, luciendo frente al viejo un bikini tan sutil como el primero, pero de color diferente. El hombre (viejo) y la mujer (entrada en años pero bella) se alternan para cuidar a la nieta. Cuando la mujer sale a nadar, el viejo se queda a cuidar a la nieta.
La relación del anciano con la joven rusa
La nena tiene apenas diez años y es una auténtica visión. A pesar de que se han cuidado como beduinos, ya están cambiando de color el hombre y la mujer. Las relaciones entre el hombre y la mujer han sufrido menoscabo desde que ella lo vio hablando con la adolescente rusa. Ya todo el mundo en el hotel se enteró de que es rusa. "¡Pero si yo sólo le pregunté la nacionalidad!", se dijo el hombre. Poco faltó para que la vieja me llamara pederasta. Que la verdad algo debo de tener, algo constitucional, ajeno a la moral y a la voluntad, piensa el hombre, porque me trastornan las adolescentes y preadolescentes, sobre todo cuando son sublimemente bellas como Sonia. Cuyo nombre, de paso, ya recordé: aparece en Crimen y Castigo: pertenece a una criatura pobre, abnegada y dispuesta a sufrir por el mal ajeno. Pero más allá de la admiración obsecuente, obnubilada y a veces francamente descarada, nunca me atrevería a aventurar algún tipo de movimiento peligroso hacia una criaturita semejante.

Las debilidades del anciano y su esposa
La gran diversión de la mujer (bella, entrada en años) aparte de trotar, nadar y mantener su cuerpo airoso y su piel diáfana, es ir a centros comerciales a poner en peligro no solo sus finanzas sino las del hombre. Ya el viejo ha declarado lapidariamente: "¡Ni una compra más!", pero ella siempre está dispuesta a caer. El hombre también tiene sus debilidades: ayer vio un reloj Ohsen sofisticadísimo, con cronómetro y otros mil artilugios y estuvo a punto de comprarlo.
El hombre sigue su lectura: lee "Lejos de Veracruz". Y piensa: "Me seduce y me hace suponer que si yo escribiera, escribiría algo diferente. Mi conciencia es como un espejo que tiro al suelo y que después vuelvo a pegar, organizándolo más por capricho del azar que llevado por la necesidad de su lógica interna. Su idea es que todo lo que escribiría (si escribiera) tendría un centro: yo. Este sería sin duda el libro de un ególatra. ¿Qué tanto interés puede tener esto para ese fantasma llamado lector?".

Tanto tira y afloje emocional con mi mujer me ha hecho pensar que lo mejor es que mi próximo regreso a la caverna de león debo hacerlo en íngrima compañía. Andar con la mujer es como andar con un juez que califica mis actos uno a uno (una mujer es como una rueda de molino colgada al cuello, escribe Tolstói). Además, ya no se presta a los deleites del cuerpo. Y yo todavía, cuando siento a mi nieta en mis rodillas.
Reflexiones sobre la vida y el paso del tiempo
Ayer me levanté a las cinco de la mañana y fui a nadar. Nadé desde el embarcadero hasta el primer muelle, aproximadamente cuatro kilómetros, bordeando la playa. Soy un viejo pero cada mañana reverdezco. Vi cardúmenes de peces azules y de peces casi transparentes. Traté de perseguirlos. Desaparecieron como fantasmas. Son como la vida que se va (como la vida que se me va).
"Soy el rey de Francia y cuando yo hablo Dios me escucha", me gusta esa frase. La gente viene al mar a tomar sol, a beber y ver cuerpos fugaces. No a leer. Y un pensamiento tenebroso (tembloroso, aterrorizante) ha comenzado a hacerle sombra a la niña rusa. Mi nieta. Tiene siete años pero poco a poco se acerca a la edad de Sonia. No diré ni una palabra más.