La zoofilia, también conocida como bestialismo, es un tema complejo que genera intensos debates y divisiones en cuanto a su ética, legalidad y el bienestar animal. Las personas que experimentan esta atracción son comúnmente referidas como zoófilos, zoofílicos o zoosexuales. La complejidad de este asunto exige una comprensión matizada que considere tanto las graves preocupaciones éticas y de bienestar animal como los aspectos psicosociales y legales implicados.
La discusión y el tratamiento de la zoofilia deben abordarse con sensibilidad y un enfoque integral que busque entender las raíces de esta atracción, al tiempo que se protegen los derechos y el bienestar de todos los seres vivos involucrados.

La Zoofilia como Parafilia y su Impacto en la Salud Mental
La sexualidad humana es amplia y compleja, con una gran diversidad en los estímulos que provocan el deseo de los individuos. Por norma general, el objeto de deseo o aquello por lo que nos sentimos atraídos es un ser humano con suficiente capacidad y madurez física y psíquica para establecer relaciones. Sin embargo, existen personas cuya vivencia de la sexualidad incluye un objeto de deseo atípico, en algunos casos incluso ilegal y dañino para sí mismo o para otros.
La zoofilia es una de las parafilias más conocidas. Este trastorno de la inclinación sexual supone la existencia de una atracción sexual consistente a lo largo del tiempo hacia animales no humanos. En los casos en que el sujeto consuma sus fantasías, se le denomina bestialismo. Este trastorno tiene graves efectos en quienes lo sufren, pero, de manera crucial, también en los animales implicados.
Al igual que ocurre con otras alteraciones como el trastorno de personalidad antisocial, en la zoofilia el problema no reside tanto en el malestar que sufre la persona que ha desarrollado la psicopatología, sino en el dolor que esta inflige en los demás, en este caso, en los animales.
El nivel de atracción y el ser objeto de deseo puede ser muy variable. Existen personas zoofílicas que presentan una fijación con una especie en concreto y otras que se sienten atraídas por diversas especies. En algunos casos, las prácticas zoofílicas pueden ser llevadas a cabo de manera sustitutoria ante la imposibilidad de acceder al objeto de deseo verdadero, que son las personas.
Prevalencia y Contexto
Aunque no se conoce su prevalencia exacta (quienes tienen una parafilia no suelen admitirla), este trastorno, catalogado como parafilia no especificada, no es frecuente en la población general. Al igual que ocurre con el resto de parafilias, se ha propuesto que puede deberse a una asociación casual entre excitación sexual y animal.
Las prácticas zoofílicas suelen darse en zonas aisladas y de difícil acceso, generalmente en ámbitos rurales. En este tipo de ambientes, el contacto humano puede llegar a estar muy limitado, mientras que el acceso al ganado y otros animales es relativamente sencillo. Una de las características comunes entre las personas con zoofilia es, precisamente, la soledad y el aislamiento.
Si a todo ello se añade la unión emocional que existe entre un animal doméstico o de granja y su dueño o la persona que los cuida, es posible que la persona sienta una conexión especial que puede derivar en un principio de deseo sexual, e incluso humanizar al animal.
Abordaje Psicológico
El tratamiento de una parafilia como la zoofilia es complejo y está sujeto a debate. Muchos de estos pacientes consideran que con las prácticas zoofílicas no hacen daño a nadie, equiparando su situación a la de otros colectivos históricamente perseguidos y alegando una supuesta incomprensión basada en prejuicios.
Otro de los motivos por los que el tratamiento resulta complicado es que la mayor parte de sujetos que padecen zoofilia ocultan este hecho, debido a la vergüenza o al miedo al juicio social. Una de las mejores formas de tratar este problema pasaría por el tratamiento psicológico.
Teniendo en cuenta que las personas con zoofilia son generalmente individuos solitarios con poco contacto social, un tratamiento efectivo se basaría en ayudar al sujeto a aumentar su autoestima y sus habilidades relacionales con humanos, así como en el análisis de sus fantasías y de qué elementos de estas son apetecibles e inducen a la excitación sexual.
Impacto Legal de la Zoofilia
La zoofilia es una práctica penada por ley en múltiples países, debido al abuso que se comete con el animal en cuestión. Además de las implicaciones éticas y de maltrato, el mantenimiento de relaciones sexuales con animales puede provocar la transmisión de enfermedades severas, apareciendo infecciones de transmisión sexual como el linfogranuloma venéreo y otras alteraciones que pueden causar grandes problemas en la calidad de vida de la persona.

Marco Legal en Perú
En el contexto peruano, el juez Jeans Velazco Hidalgo ha asegurado que, si bien no existe el delito de zoofilia como tal, puede ser considerado un acto de crueldad extrema, ya que muchas veces puede ocasionar la muerte del animal. Por ello, los actos de zoofilia (atracción sexual por una especie animal) pueden ser comprendidos en el delito de maltrato animal y sancionados hasta con cinco años de prisión si el animal fallece a consecuencia del abuso sexual que ha sido víctima.
El magistrado afirmó que así lo estipula el artículo 206-A del Código Penal, el cual señala que está penalmente sancionado el abandono y la crueldad contra un animal doméstico y silvestre. En el caso de crueldad animal, el agresor puede ser condenado con pena privativa no mayor de tres años, con cien a ciento ochenta días multa y la inhabilitación, que consiste en la incapacidad temporal o definitiva para la tenencia de un animal.
Sin embargo, esta pena se agrava si, como consecuencia de los actos de crueldad -en el caso de violación sexual-, el animal muere. En este escenario, el presunto violador podría ser condenado a una pena no menor de tres ni mayor de cinco años, con 150 a 360 días multa y la inhabilitación. Velazco Hidalgo explicó: “Van a haber casos donde quizá el abuso sexual es de carácter continuado ocasionado la muerte del animal, ello podría llevar a que el juez ordene la pena máxima y, ello, implicaría una pena efectiva de la cárcel”.
Precedentes en Perú
Velazco Hidalgo también ha asegurado que en Perú ya se han dictado dos sentencias por casos de zoofilia. La sentencia más reciente fue dictada por el Cuarto Juzgado Penal Unipersonal Transitorio de Carabayllo, que condenó a un año y cinco meses de prisión suspendida y 120 días multa a Roberto Huayllas Huamán por el delito de actos de crueldad contra animales domésticos y silvestres, debido a la violación de la mascota “Kyra”.
El juez penal también señaló que la Ley 30407 de protección y bienestar animal contempla el tema de explotación sexual en animales, prohibiendo la utilización de estos en espectáculos públicos y privados con fines de entretenimiento.
La Polémica en España y la Ley de Bienestar Animal
La zoofilia ha sido a lo largo de la historia uno de los mayores tabúes sociales. Este controvertido tema ha vuelto a la palestra en España con la reciente ley de bienestar animal que introduce cambios en el Código Penal.
El texto legal antes de la reforma castigaba a quien "por cualquier medio o procedimiento maltrate injustificadamente, causándole lesiones que menoscaben gravemente su salud o sometiéndole a explotación sexual". Ahora, la nueva ley sustituye dicho artículo, eliminando el término "explotación sexual" y cambiándolo por "actos de carácter sexual", con la diferencia de que se especifica que el animal debe tener lesiones que requieran la visita del veterinario.
Al castigar solo los "actos de carácter sexual con lesiones", se dejan en el aire algunas penas por zoofilia. Algunos especialistas y juristas señalan que el término "explotación sexual" estaba sujeto a distintas interpretaciones y que, aunque existen casos en los que se ha condenado por lucro económico, también hay otros en los que no. Es importante destacar que ni el actual Código Penal ni la reforma recogen, de forma literal, el término "zoofilia" y, por lo tanto, tampoco se trata de una "despenalización" o una "legalización" explícita.
En un incidente en Valparaíso, a pesar de que los testigos alertaron a Carabineros de un delito de esta índole, la policía se habría negado a intervenir, lo que ilustra una posible falta de claridad o aplicación en la ley.
Hay una discusión en la sociedad respecto a si estas "aberraciones sexuales" -el deseo de tener relaciones sexuales con animales, la zoofilia o la bestialidad-, cuando se materializan, son o no crueldad o maltrato animal. Algunos argumentan que era necesario avanzar para enfrentar este fenómeno con toda su crudeza y con toda su repulsa, proponiendo una agravación de la conducta y una tipificación directa para erradicar todo maltrato animal.
Otros, sin embargo, creen que el debate equivocado. Proponen que no sirve de nada aumentar las sanciones si nunca se aplican y sugieren una medida más "inteligente": tener un registro público de personas que incurren en estas aberraciones, de modo que el registro y la vergüenza de pertenecer a él sean un disuasivo suficiente.
El Factor Asco y el Razonamiento Moral
El sexo con animales de otras especies es un tabú. Históricamente, este tabú aparece asociado con otras prácticas sexuales como la homosexualidad, el fetichismo y otras actividades no reproductivas. Sin embargo, mientras la mayoría de estas prácticas son cada vez más aceptadas, la zoofilia sigue siendo ampliamente rechazada.
Este rechazo puede explicarse, para algunas personas, por la tendencia humana a distanciarse de los demás animales en todos los ámbitos de su actividad, incluido el sexual. Algunos autores, como Nussbaum, han defendido que todos los seres humanos y solo ellos poseen una dignidad inherente que los hace superiores, por lo que relacionarse sexualmente con seres con un estatus inferior socavaría la dignidad humana. A pesar de esto, como señala la autora, "niega un hecho que debería resultar evidente para cualquiera que pensara con claridad sobre esta cuestión, a saber: el hecho de que nuestra dignidad no es sino la dignidad de un cierto tipo de animal."

El fenómeno conocido como “factor asco” (o “yuck factor” en inglés), que consiste en interpretar nuestra reacción visceral en contra de una práctica como evidencia de que hay algo de errado con ella, juega un papel significativo en la percepción de la zoofilia. Si bien el asco se ha desarrollado evolutivamente para alejarnos de situaciones potencialmente dañinas, no siempre es una guía confiable para el razonamiento moral. De hecho, se ha demostrado una fuerte correlación entre el asco y la reproducción de prejuicios sobre grupos sociales vulnerables, siendo fácilmente manipulable para fomentar actitudes antisociales.
Por tanto, la sensación de asco no parece ser, en general, una buena guía para juzgar una práctica, sea sexual o de otro tipo. Ello no significa, obviamente, que no pueda haber buenas razones para oponerse a prácticas que nos generan asco. En el caso de la zoofilia, esto nos obliga a pensar en las razones por las que puede ser o no rechazable, más allá de cómo nos sintamos intuitivamente al respecto, iniciando así el razonamiento moral.
El Debate sobre el Consentimiento
Las razones invocadas más comúnmente para oponerse a la zoofilia tienen que ver con el potencial daño que presenta para los animales. Ciertas prácticas sexuales que mantienen algunos seres humanos con animales de otras especies resultan, a menudo, en un enorme sufrimiento físico y psíquico y, en ocasiones, en la muerte del animal en cuestión. En otras palabras, son casos de abuso sexual que, como mínimo, constituyen maltrato animal.
A esto se suman las conexiones que se han evidenciado entre la explotación sexual de mujeres, niños y animales domesticados. Más allá del conocido papel que juega la amenaza o muerte efectiva de un animal de compañía como forma de establecer o mantener el control sobre víctimas de abuso, se ha documentado también el uso sexual de animales no humanos en los propios actos de abuso sexual de mujeres y niños. Tales prácticas, para ciertas autoras como Elizabeth V. Spelman, son sintomáticas de lo que llaman “somatofobia”, es decir, la hostilidad hacia los cuerpos despreciados y desprovistos de derechos, como lo son los cuerpos de mujeres, niños y demás animales en la cultura patriarcal.

Daño vs. Consentimiento
Sin embargo, hay que reconocer que el daño no tiene por qué producirse en todas las prácticas zoofílicas concebibles. Es importante clarificar a qué nos referimos exactamente con “zoofilia” y distinguir cómo se manifiesta en prácticas sexuales muy diferentes entre sí.
No todas estas prácticas presentan el mismo riesgo de daño para los animales no humanos y, por lo tanto, no todas pueden ser rechazadas, desde este enfoque, en la misma medida. Mientras la bestialidad sádica y homicida constituyen un claro atentado contra la integridad física y psicológica de los animales no humanos, esto no es cierto del juego de rol zoosexual, la zoofilia romántica, la fantasía zoofílica o, incluso, la zoofilia táctil.
Por otra parte, mientras la zoofilia fetichista siempre presentaría un daño para los animales en cuestión (ya que presupondría la extracción de una parte de su cuerpo y, casi siempre, su muerte), el daño de las prácticas zoofílicas oportunistas, regulares y exclusivas dependerá de los actos sexuales específicos que se lleven a cabo y el riesgo oscilará, según los casos, entre alto y nulo.
La Analogía con la Pedofilia
A pesar de lo anterior, se defiende con frecuencia que la mayoría de las prácticas zoofílicas están claramente injustificadas por razones distintas al potencial daño infligido. La noción clave para abordar la discusión sobre la zoofilia, se diría, no es el daño, sino el consentimiento (o la falta de él). El argumento normalmente procede por analogía con la pedofilia. Del mismo modo que pensamos que hay algo gravemente errado con la pederastia, incluso en aquellos casos concebibles que no implicarían un daño físico o psicológico a los niños, lo mismo deberíamos pensar respecto de la zoofilia, dado que la imposibilidad de consentimiento por parte de niños y animales no humanos es similar. Por tanto, en ausencia de consentimiento, todo acto sexual con animales no humanos es, en un sentido fundamental, abuso.
Sin embargo, alguien podría argumentar que muchos animales no humanos, a pesar de no poder dar consentimiento verbal explícito, consienten de otras maneras, incluyendo los casos obvios de animales que buscan explícitamente iniciar una actividad sexual con un ser humano (como el típico perro o gato persiguiendo la pierna humana más cercana). Por tanto, dirían, la ausencia de consentimiento verbal explícito no equivale necesariamente a abuso.
Contra esto se podría responder que, dado que no hay un entendimiento genuino sobre lo que supone el sexo con un ser humano, el aparente consentimiento de un animal no humano, incluso cuando es explícito, es necesariamente deficiente, igual que ocurre en el caso de los niños. Los animales no humanos son especialmente vulnerables, ya que no hay ningún mecanismo mediante el cual puedan adquirir conocimiento sobre la cuestión sexual en el futuro y, por lo tanto, no tienen la posibilidad de quejarse sobre ningún aspecto de su actividad sexual presente o pasada con seres humanos, identificando aquellos actos sexuales a los que eventualmente no hayan consentido.
Además, la interacción sexual entre seres humanos es un proceso continuo de aprendizaje personal y social, mediante el cual los errores personales y los errores de los demás funcionan como reguladores de nuestra conducta, configurando progresivamente la narrativa sobre cómo debemos relacionarnos sexualmente entre nosotros de manera cuidadosa y respetuosa.
Implicaciones del Análisis del Consentimiento
Es importante señalar dos implicaciones de este análisis. En primer lugar, apelar a la ausencia de consentimiento animal no permite excluir todas las prácticas zoofílicas, en particular la fantasía zoofílica, la zoofilia romántica y el juego de rol zoosexual, ya que ninguna de ellas supone una interacción sexual efectiva con un animal no humano.
Pero, más importante aún, apelar a la ausencia de consentimiento animal implica rechazar una serie de prácticas con animales no humanos que se llevan igualmente a cabo sin su consentimiento, pero que están socialmente normalizadas. Esto es, las prácticas asociadas con la explotación animal. Parece evidente que, si los animales no humanos no consienten a tener sexo con seres humanos, tampoco consienten a morir y sufrir en sus manos para otros fines.
La Zoofilia en la Ficción y la Fantasía
A lo largo de la historia, el sexo entre especies, si bien ha constituido un tabú, ha sido tema recurrente en la producción artística, desde el arte pictórico hasta la ciencia ficción. Un ejemplo famoso es el grabado japonés de Hokusai (1814), conocido como El sueño de la esposa del pescador (“Tako to Ama”), donde se observa un pulpo gigante practicando cunnilingus a una mujer, mientras otro pulpo más pequeño la besa en la boca y la envuelve con sus tentáculos.
La existencia de numerosas representaciones zoofílicas en la ficción en todo el mundo y a lo largo de la historia sugiere que la dimensión de la fantasía zoofílica es mucho mayor de lo que podríamos pensar. Incluso tiene sentido inferir de esto que el juego de rol zoosexual estará mucho más presente en las prácticas sexuales entre humanos de lo que normalmente se asume.
Esto plantea la pregunta: ¿hay algo de errado con una práctica sexual que, aunque evoca sexo con animales no humanos, no supone una real interacción con sus cuerpos y, por tanto, no supone ningún daño o violación de su consentimiento? La respuesta a esta cuestión ya no es tanto de naturaleza moral, sino empírica, ya que dependerá de si es cierto o no que la fantasía sexual tiende a desencadenar la conducta correspondiente en los individuos. Mientras ciertas personas tenderán a pensar que permitir y alimentar una fantasía sexual que resultaría inaceptable si fuera llevada a cabo en el mundo real aumenta las probabilidades de que se convierta en una práctica efectiva, otras pensarán todo lo contrario.