La imagen de una anciana sentada en una mecedora evoca una estampa de tranquilidad y nostalgia, a menudo asociada con cuentos y recuerdos de antaño. Sin embargo, en el contexto de esta historia, la mecedora se convierte en el epicentro de una búsqueda angustiante y un testimonio de resiliencia frente a la adversidad.

El Viaje hacia la Verdad: La Historia de Jaime Cifuentes Salazar
El relato comienza con el acercamiento a una puerta, donde los ladridos de los perros del barrio delatan la presencia del narrador. La búsqueda se centra en la madre de Jaime Cifuentes Salazar, quien un día antes se había negado a hablar, exigiendo documentos y una explicación detallada de lo sucedido. Este encuentro marca el inicio de una inmersión profunda en una historia de pérdida, incertidumbre y la lucha por encontrar respuestas.
Un Encuentro Cargado de Ansiedad
Al entrar a la casa, la anciana ofrece un asiento y un vaso de jugo. Se sienta en una mecedora, y su mirada, cargada de ansiedad, nerviosismo y miedo, refleja la tensa atmósfera. El narrador intenta aliviar la tensión hablando del calor y de la nieta de la anciana, quien juega en un rincón. Sin embargo, la madre sigue esperando, la verdad sobre el menor de sus hijos, a quien llamaban Junior.
El Misterio de los Cuerpos No Reclamados en el SML
Mientras la anciana espera, el narrador introduce el sombrío panorama de los cuerpos no reclamados en el Servicio Médico Legal (SML). En Chile, de las cerca de 85.500 muertes anuales, alrededor de 10.500 llegan a las salas de autopsia del SML. Sin embargo, no existen estadísticas sobre la cantidad de cuerpos que esperan ser reclamados. Solo en Santiago, al 14 de octubre, había 77 cuerpos sin reclamar: 28 identificados y 35 aún no reconocidos. A la madre de Jaime Cifuentes, sin embargo, solo le interesa saber qué pasó con su hijo.

El Entierro Múltiple y la Identificación de Jaime
Se le informa a la madre que el nombre de Jaime apareció en un pequeño artículo de El Mercurio, el 10 de abril, que hablaba de un entierro múltiple en el Cementerio General. Trece cuerpos habían llegado allí desde el SML de Santiago, permaneciendo casi todo el 2007 sin ser reclamados. El más antiguo estaba allí desde 2001. Doce de ellos fueron identificados, y Jaime estaba en esa lista.
La Ruta de los Cadáveres sin Dueño
Los cadáveres llegan al SML en una camioneta, ya sea de la calle, un hospital o una casa. Pueden estar vestidos o desnudos, y pueden ser desde una anciana que sufrió un paro cardíaco hasta un joven involucrado en una riña o un hombre que bebió hasta morir. Algunos llegan identificados, otros como N.N. En promedio, el SML de Santiago recibe 10 cuerpos diariamente. Muchos permanecen allí hasta tres días, aunque la mayoría solo pasa 24 horas antes de ser reclamados por sus familiares en la avenida La Paz, un lugar de dolor y espera.
La Larga Espera de Jaime en el SML
Jaime Cifuentes no tuvo un funeral ritual. Murió en un accidente el 2 de junio de 2007 y su cuerpo permaneció 10 meses en una cámara del SML, refrigerado a -4ºC, un espacio destinado a los muertos que nadie reclama y con capacidad para 112 cuerpos. De los 77 cuerpos sin reclamar que había al 14 de octubre, el que llevaba más tiempo había llegado siete años antes.
Según el artículo 139 del Código Sanitario, ningún cadáver puede permanecer insepulto por más de 48 horas, a menos que el Servicio Nacional de Salud lo autorice, o cuando haya sido embalsamado o se requiera una investigación científica o judicial. Sin embargo, en muchos casos, a pesar de estar reconocidos, nadie reclama los cuerpos, y el SML no les da "cristiana sepultura". Permanecen en una lenta espera hasta que la mitad de las cámaras se llena. Se le informa a la madre que su hijo y los otros 12 cuerpos no reclamados fueron enterrados en el Patio 129 del Cementerio General.
"¿Y cómo murió?": La Verdad Revelada
Sin dejar de mirar al narrador, la madre pregunta: "¿Y cómo murió?". La mayor de sus hijas, recién llegada, la apoya con la mirada. El certificado de defunción revela la causa: "electrocución". La madre lo lee y se contiene.
El Testimonio de Luis Cárdenas
Luis Cárdenas, dueño de una confeccionadora de ropa de trabajo en Independencia, conoció a Jaime en La Vega. Jaime, con una imagen precaria pero una buena dicción, se presentó como cesante y con problemas. Era de Los Ángeles, había dejado su trabajo como vigilante sin finiquitarlo y dormía en una hospedería de General Velásquez. No tenía cédula de identidad ni certificado de antecedentes, pues su mochila había sido robada.
Luis, conmovido, lo invitó a ayudarle a construir una pared en su casa por $20.000. Mientras trabajaban, Jaime se mostraba entusiasmado con la idea de sacar sus papeles y encontrar un trabajo. Era hermético sobre su vida privada, llegando a decir: "-¿Sabe, don Luis? A mí no me gusta que me pregunten sobre mi vida privada-".
El Trágico Accidente
Mientras Luis arreglaba una fuga en la mezcla de la pared, escuchó un grito. Salió y vio a Jaime temblando en medio de la mezcla con agua, sosteniendo una galletera eléctrica. Luis intentó ayudarlo, pero la corriente lo repelió. Logró desenchufar la máquina, y Jaime cayó, quejándose y con dificultades para respirar. Tras intentar primeros auxilios, una vecina los llevó al hospital J. J. Aguirre. A las 17:15 de ese sábado 2 de junio, Jaime Cifuentes murió. Carabineros llegó al hospital para tomar declaración a Luis Cárdenas, quien intentó recuperar el cuerpo, pero no pudo debido a una investigación fiscal. En mayo de este año lo intentó de nuevo, pero le informaron que ya lo habían retirado, creyendo que había sido su familia.
La Dualidad de Jaime: Mitómano e Incomprendido
La madre y su hija siguen mirando al narrador. Se les explica que Luis Cárdenas no comprende por qué Jaime tomó la galletera, ya que no la estaban usando. Solo entonces la madre habla, afirmando que conocía a su hijo lo suficiente como para estar segura de que lo hizo a propósito.
Infancia y Adolescencia de un Carácter Complejo
El 30 de mayo de 1998, Jaime Cifuentes Salazar se iba a graduar del servicio militar en Los Ángeles. A pesar de las 22 cicatrices en su cabeza y sus manos agrietadas, y de ser conocido como Jimmy o Jaimito, en casa le llamaban Junior, como su padre. Sus padres no pudieron asistir a la ceremonia. Después de la graduación, Jaime no regresó a casa, algo que no extrañó a la familia, pues solía desaparecer sin avisar. Desde niño, Jaime mostraba un comportamiento inquieto y arriesgado: desaparecía constantemente, se subía a los techos y a los eucaliptos, se lanzaba "a lo Tarzán" y una vez disparó el arma de su padre, apuntándose a la frente.
-Le encantaba llevar las cosas al límite-, dice la madre. Ella reconoce que la atención de la casa giraba en torno a él, dedicándole un 95% de su tiempo. Por eso, al no regresar del servicio militar, ella lo buscó incansablemente. A los militares, Jaime les había dicho que no era querido en casa, que su madre era su madrastra y que lo habían maltratado toda su vida.
El Actor y el Mitómano
En casa, todos recordaban sus dotes de actor. Un día, su madre lo encontró sentado en la puerta de un almacén, pidiendo pan y diciendo que no tenía comida. -A todos los convenció. Le encantaba dar la apariencia de no ser querido por la familia-, relata. De adolescente, Jaime siguió siendo hiperactivo y despreocupado. No se bañaba, hasta que su hermana mayor le enseñó a cuidarse. Gastaba todo su dinero en golosinas y juegos electrónicos. Tras llevarlo al psiquiatra, descubrieron que Junior era mitómano.
Vagando sin Rumbo Fijo
Junior estuvo dos años fuera de casa. Regresó con una hija, a quien no veía desde hacía un tiempo. El reencuentro fue breve. La madre afirma que Jaime nunca tuvo proyectos. Se interesó por las faenas agrícolas y estuvo en un colegio especializado, pero abandonó los estudios en segundo medio, pues su idea era vagar. Contó que pasó un año recorriendo el país con el circo Las Águilas Humanas. Su hija y la madre de esta se fueron a vivir con la familia de Jaime, pero él las acompañó solo un tiempo y volvió a desaparecer. Se sabía que trabajó de copero y de guardia, pero nunca tenía dinero y dormía en pensiones.
La madre lo buscaba incansablemente. La última vez que lo vio fue hace cuatro años. Junior pasó un tiempo en casa, pero la madre, harta de la situación, le dijo que no le daría más dinero. Él, sin enojarse, solo dijo "chao" y se fue. Era diciembre. A finales de ese mes, llegó una carta anunciando su despido por no volver al trabajo. Sus hermanas lo volvieron a ver en la calle, pero él se escondió.
-Toda mi vida pensé que iba a terminar mal-, dice la madre. -Porque él era así. Lo más probable es que haya tomado la herramienta y se haya metido a la mezcla de adrede para saber qué se siente. Solo que no esperaba que el golpe de corriente fuera tan fuerte-.
Reflexiones Finales y la Tumba 713
La madre tiene nuevas dudas y quiere saber si el narrador vio la foto de Jaime y si está seguro de que el cuerpo era el de su hijo. Ya ha oscurecido. Antes de partir, el narrador le dice que la tumba de Jaime es la 713 en el patio 129 del Cementerio General. Su madre dice que lo dejará ahí mismo.
La historia de Jaime Cifuentes Salazar, un "muerto de nadie" para las instituciones, es un reflejo de la ruta de los cadáveres sin dueño. Los familiares de Jaime se enteraron por CIPER de que llevaba meses muerto y enterrado. Nadie se había preocupado de notificar a los parientes. El Servicio Médico Legal, la Policía de Investigaciones y las fiscalías se endosan mutuamente la responsabilidad de notificar a los familiares de las personas que permanecen en la morgue sin ser reclamadas. Al final, nadie cumple la misión, y los cadáveres son diseccionados y refrigerados por meses o años.
La Mecedora: Un Ícono de Confort y Tendencia
En el imaginario popular, la imagen de la abuela sentada en una mecedora, cosiendo o tejiendo, es una estampa "de cuento" en la que la mecedora es una pieza clave. Este asiento, con sus patas unidas por arcos, es el epítome del relax y ha sido un icono del descanso durante mucho tiempo. El suave vaivén de una mecedora invita a cerrar los ojos y descansar, al igual que un columpio o el mecer de las olas.
Regreso al Diseño Moderno
Actualmente, los mejores interioristas están recuperando las mecedoras para sus espacios, ya sea con preciosas piezas antiguas o vintage, o con nuevas versiones. Muchos diseñadores y grandes firmas incluyen modelos de mecedoras en sus catálogos, e incluso muchas incorporan la versión rocking chair de sus modelos de sillas. Esto ha ocurrido desde los orígenes de las mecedoras, desde las clásicas sillas Windsor, las Thonet o la famosa Adirondack, hasta las sillas iconos del diseño que han tenido su versión balancín.

Orígenes e Historia
El origen concreto de las mecedoras no está del todo claro. Muchos creen que las inventó Benjamin Franklin a mediados del siglo XVIII, aunque no está documentado. Se acepta que las primeras mecedoras comenzaron a usarse en el siglo XVIII en Inglaterra, y en el siglo XIX se pusieron de moda en las colonias, a menudo como mueble de exterior para porches, terrazas o jardines.

En 1962, una mecedora formó parte del mobiliario del despacho oval en la Casa Blanca, donde se veía a Kennedy sentado en ella.
Un Clásico Siempre en Tendencia
En realidad, la mecedora nunca ha dejado de estar de moda. Siempre ha sido considerada un clásico en el mobiliario de cuartos infantiles, e incluso muchas firmas la identifican como sillón de lactancia. Sin embargo, su valor como asiento para el descanso es mucho mayor que el de los aparatosos y antiestéticos sillones de relax que se pusieron de moda hace unos años. Los mejores interioristas lo saben y recurren a la mecedora como asiento complementario, quedando perfectas en cualquier estilo.
Existen modelos para todos los gustos, desde la icónica mecedora de madera curvada y rejilla de Thonet, hasta la famosa rocking chair de la Plastic Chair de los Eames, producida por Vitra. También hay muchos nuevos modelos, inspirados en sencillas butacas de estilo nórdico, diseños futuristas o asientos de estilo romántico. Una de las virtudes de este mueble es que suele colocarse solo, en una esquina del dormitorio o completando una zona de estar, por lo que no es necesario que se adapte al estilo decorativo del conjunto. Incluso se propone jugar al contraste e introducir una mecedora como elemento discordante, lo cual puede resultar en un gran acierto decorativo.