El sentido de pertenencia en los barrios vulnerables es un fenómeno complejo y multifacético, profundamente influenciado por las políticas urbanas, las condiciones socioeconómicas y las dinámicas sociales. Comprender este concepto es crucial para abordar la inclusión y exclusión de sus habitantes, así como para diseñar intervenciones urbanas y sociales efectivas.

Impacto de las Políticas de Vivienda en Chile y la Configuración Barrial
La historia de las políticas de vivienda en Chile ha modelado significativamente la conformación de sus barrios vulnerables y, con ello, el sentido de pertenencia de sus residentes. La producción masiva de viviendas sociales, iniciada en 1990, buscó reducir el déficit habitacional, pero a menudo lo hizo a expensas de la calidad y el equipamiento comunitario.
La Reducción de Estándares y la Periferización
Durante este periodo, el tamaño mínimo de las viviendas se redujo a menos de 40 m², se localizaron en lugares periféricos y el equipamiento comunitario fue prácticamente inexistente (Rodríguez y Sugranyes, 2005). Los barrios construidos bajo estas normas generaron, en poco más de dos décadas, una vasta periferia urbana con graves problemas de conectividad, infraestructura de servicios, calidad de las viviendas y de los espacios públicos, y escasas oportunidades de inclusión social para su población (Sabatini, et al., 2012).
Cambios en el Enfoque y el Programa "Quiero mi Barrio"
Después de más de veinte años de este enfoque cuantitativo, las políticas de vivienda chilenas han mejorado sus estándares y ampliado su visión hacia la mejora del parque de viviendas sociales existente. Una de estas acciones fue el programa Quiero mi Barrio (QMB), lanzado en 2007. Este programa se centró en mejorar el espacio público y fortalecer la organización social en 200 barrios vulnerables de todo el país. A través de un proceso participativo, QMB ha construido centros de internet, parques, campos deportivos y ha promovido el fortalecimiento de las organizaciones comunitarias.
Evolución de la Vivienda Colectiva en Chile
Dentro de la trayectoria de las políticas de vivienda en Chile, las edificaciones de habitación colectiva representan una solución experimental aplicada en periodos acotados. Las primeras surgieron en la década de 1930 para sindicatos obreros o trabajadores estatales (MINVU, 2004). Hacia la mitad del siglo XX, la edificación colectiva se masificó con grandes conjuntos que adoptaron las definiciones de la "buena vivienda moderna", aumentando las dimensiones de los edificios, la proporción de áreas verdes y las circulaciones peatonales (Raposo, 2001). Estos barrios, bajo un incipiente Estado de Bienestar, se enfocaron en satisfacer las demandas de agrupaciones de trabajadores que, a través de organizaciones comunitarias, velaban por la mantención de las áreas comunes (Forray, Márquez y Sepúlveda, 2011).

El Giro Post-1973 y sus Consecuencias
El golpe militar de 1973 provocó un giro radical en el Estado chileno, desmantelando el Estado de Bienestar y reestructurando la política de suelo urbano y de vivienda hacia un modelo subsidiario. Esto tuvo graves consecuencias sobre el precio del suelo y la segregación residencial socioeconómica (Sabatini, 2000). El déficit habitacional fue enorme, y la vivienda social pasó a ser responsabilidad del sector privado, premiando a las empresas con menores costos de proyecto (Rodríguez y Sugranyes, 2005). La mercantilización y la abolición del límite urbano llevaron a que los proyectos de vivienda social se "periferizaran" en busca de reducir el costo del suelo (Hidalgo, 2005; Sabatini, 2000).
La edificación colectiva, antes para clases medias, se aplicó masivamente como solución genérica para grupos socioeconómicos bajos. Los nuevos conjuntos fueron una versión empobrecida de los anteriores: bloques homogéneos de tres o cuatro pisos, carentes de diseño de calidad, con viviendas de menos de 40 m² (MINVU, 2004). Se suprimieron las organizaciones que velaban por los espacios comunes, llevando a su deterioro o abandono. Estos nuevos barrios se convirtieron en un motivo de vergüenza y catalizador para la reestructuración de las políticas públicas de intervención urbana (Rodríguez y Sugranyes, 2005).
Las viviendas de dimensiones acotadas en edificios rígidos dificultaron el crecimiento familiar y la tenencia de automóviles. Ante la problemática y la ausencia de gestión de espacios comunes, las familias ampliaron sus viviendas hacia el exterior. Según Rodríguez y Sugranyes (2011), un 40% de los residentes de departamentos aumentó sus residencias, creando un panorama de grandes agrupaciones densamente edificadas, con poca luz natural, áreas comunes ocupadas y circulaciones peatonales bloqueadas. La localización periférica de estos conjuntos aumentó la segregación residencial y acentuó el aislamiento, privándolos de acceso a servicios urbanos. En este periodo se edificaron los conjuntos Vicente Huidobro y Villa San Francisco de Asís, localizados al sur de Santiago, en la comuna de El Bosque, en el límite con La Pintana, ambos con departamentos de menos de 40 m².

Marco Teórico: El Espacio, la Comunidad y el Sentido de Pertenencia
Diversos autores han analizado cómo la conformación del espacio influye en la experiencia urbana y en la creación de comunidad, elementos clave para el sentido de pertenencia.
De la Condición Urbana I a la Urbana II
Mongin (2007) describe la transformación de la condición urbana de I (espacio finito con prácticas infinitas) a II (espacio ilimitado que segmenta las prácticas sociales). La primera privilegia la permanencia y los lugares, mientras la segunda enfatiza el tránsito sobre los lugares de encuentro. Se señala la necesidad de recuperar el lugar para devolver a la ciudad su sentido original.
El Concepto de No-Lugar y la Colonización del Mundo de la Vida
Augé (1993) describe el concepto de no-lugar para referirse a espacios urbanos donde el intercambio social, simbólico y comunicativo pierde terreno en favor de relaciones funcionales. Desde la sociología, Habermas (1987) habla de la colonización del mundo de la vida por parte del sistema, llevando a una racionalización unilateral y cosificación de las relaciones sociales. Arendt (1993) analizó la condición humana en relación con la diferenciación entre labor y work, refiriéndose a los procesos de alienación de la vida moderna.
La Estructura del Espacio Físico y Social
Frampton (1979) reivindica un regionalismo crítico en la arquitectura para vincular una perspectiva social y espacial en el habitar urbano. Bourdieu (1999) redefine la relación entre las estructuras del espacio físico y las del espacio social, afirmando que el espacio habitado funciona como una simbolización espontánea del espacio social, donde parte de la "inercia" de las estructuras sociales está inscrita en el espacio físico. Esto se manifiesta en la distribución de bienes y servicios, y de agentes individuales y grupos, con oportunidades de apropiación en función de su capital y distancia física. La diferenciación en el espacio, dice Bourdieu (1999: 123), "consagra simbólicamente a cada uno de sus habitantes, permitiéndoles participar del capital acumulado por el conjunto de los residentes".
El Espacio Público como Antídoto y sus Desafíos
Estas aproximaciones son cruciales para entender cómo la conformación social del espacio y la comunidad determinan las posibilidades de inclusión y exclusión. En este contexto, el espacio público se presenta a menudo como un antídoto contra la reificación urbana. Simmel (2005) reivindica el espacio urbano como lugar de encuentro con el otro, y Wirth (1968) destaca la heterogeneidad social y la cultura urbana como características del modo de vida urbano.
El barrio, la calle y el espacio público articulan el espacio social y físico (Lefebvre, 1971). Para Mayol (1996), el barrio se forja en prácticas cotidianas que construyen una identidad común, confianza y pertenencia, operando como un vínculo entre el espacio privado y el anónimo de la metrópolis. También es un espacio negociado donde los grupos intentan imponer sus valores (Gravano, 2005), transformándose en un elemento clave de socialización que construye vínculos sociales e identifica fronteras entre el "nosotros" y "los otros" (Gurvitch, 1953).
Sin embargo, la sociabilidad urbana parece trasladarse cada vez más al espacio privado, perdiendo importancia el espacio público barrial y metropolitano como estructurante de comunidad. El encuentro con el otro se dificulta en un escenario urbano metropolitano cada vez más genérico (Koolhaas, 2006). El urbanismo contemporáneo ve la pérdida del espacio público y la inclusión de variables como el temor al otro y la inseguridad desconfigurando la definición original de la ciudad (Davis, 2001; Borja, 2003).
La sociabilidad también ha cambiado. Ascher (2004) habla de una nueva textura del tejido social, con mayor movilidad de personas, bienes e información, creando una "solidaridad conmutativa" en una configuración hipertextual de la ciudad y la sociedad.
¿QUÉ ES UN NO LUGAR?
El Resurgimiento del Barrio y sus Desafíos
Esta nueva fase de desarrollo urbano ha provocado el resurgimiento del barrio como unidad de intervención urbana. Valores asociados al barrio como unidad territorial identificable han sido promovidos desde mediados del siglo pasado. Lynch (1960) destacaba sus características morfológicas, y Jacobs (2011) enfatizaba su capacidad para que los habitantes se reconocieran e intercambiaran información, construyendo capital social comunitario (Coleman, 1989). Lefebvre (1971) y Mayol (1996) colocan el concepto de barrio en el centro de la producción y reproducción del espacio social.
A pesar de estas características, varios autores señalan la erosión de las relaciones comunitarias como producto de la nueva pobreza urbana y la constitución periférica de nuevos espacios barriales metropolitanos, especialmente aquellos de mayor vulnerabilidad asociados a la intervención pública. Kaztman (2001) sugiere que el proceso de consolidación de los barrios vulnerables en América Latina limita el potencial de la escala barrial, convirtiéndola en un elemento más de aislamiento social de los pobres urbanos. Para el caso de Santiago de Chile, esto ocurre especialmente en los barrios surgidos de las políticas habitacionales de las últimas décadas.
Hallazgos de la Encuesta Longitudinal Social de Chile (ELSOC)
La Encuesta Longitudinal Social de Chile (ELSOC), con su Módulo Territorial, proporciona datos valiosos sobre la desigualdad urbana, los conflictos barriales, la estigmatización territorial y los niveles de cohesión social en el país.
Desigualdad y Estigmatización Territorial
El profesor Ernesto López, del Departamento de Urbanismo e investigador del Centro de Estudios del Conflicto y la Cohesión Social (COES), analizó los resultados de la ELSOC. Un cuarto de los encuestados considera que su barrio está estigmatizado. La estigmatización territorial es preocupante porque los atributos negativos del barrio se traspasan automáticamente a sus habitantes. Las sociedades funcionales requieren confianza, cooperación, identificación, arraigo y sentido de pertenencia.
La ELSOC muestra importantes desigualdades territoriales. En las regiones de Tarapacá, Antofagasta, Atacama y Coquimbo, un 34% de los habitantes percibe sus barrios como estigmatizados, en contraste con un 17% en la zona centro-sur (incluye Santiago) y un 19% en la zona sur. En niveles de confianza entre vecinos, apego al barrio, sociabilidad y apoyo social, la zona norte muestra resultados muy por debajo del promedio. Esto se relaciona con la intensa explotación minera, el crecimiento desregulado de ciudades, una población laboralmente activa pero temporaria y con poco arraigo, sumado a la inmigración internacional reciente que enfrenta racismo y acentúa la proliferación de campamentos.
La estigmatización barrial también afecta a hogares chilenos con bajos ingresos, educación y capital social: un 37% de hogares de ingresos bajos la experimenta, frente a un 7% de ingresos altos. Los hogares con solo educación básica y bajo capital social también perciben mucha mayor estigmatización (34% y 29% respectivamente).
El Mito del "Barrio Pobre, Solidario y Cohesionado"
Los resultados de ELSOC sugieren que el mito del “barrio pobre, solidario y cohesionado” se derrumba en las comunas más carenciadas, especialmente en las grandes ciudades de Chile. Esto es consecuencia de décadas de políticas habitacionales segregadoras, promesas incumplidas de servicios básicos y bienes públicos, y conjuntos residenciales deficientemente diseñados. Los sentimientos de inseguridad y criminalidad son mucho más altos en ciudades grandes que en pequeñas, al igual que la estigmatización barrial.
Pese a esto, el Gran Valparaíso muestra los niveles de inseguridad percibida más bajos (21%), comparado con Santiago (27%) y Concepción (26%). Esto podría explicarse por los niveles de cohesión, confianza entre vecinos y apego al barrio, que son más altos en Valparaíso que en las otras dos principales áreas metropolitanas chilenas.
Tenencia de Vivienda y Cohesión Barrial
La ELSOC también considera la tenencia de la vivienda, relevante en un país donde la inversión rentista y el arriendo son cada vez más predominantes. Los datos muestran una situación desmejorada para los hogares que arriendan su vivienda, entre quienes la confianza con los vecinos es mucho menor (36% arrendatarios versus 49% propietarios). Sin embargo, para los sectores más acomodados, la realidad es diferente: en los barrios donde vive el 16% de la población más rica, hay una percepción de muy alta reputación, escasas experiencias de criminalidad y bajos sentimientos de inseguridad. Un 23% de los más ricos disfruta de altos niveles de apoyo social y participación, alto apego, mucha confianza en vecinos, sociabilidad, lazos sociales fuertes y arraigo al barrio. La cohesión barrial y el bajo nivel de conflicto urbano son atributos por los que los hogares más pudientes "pagan" al momento de elegir su residencia.

El Valor Duradero del Sentido de Pertenencia en Barrios Vulnerables
A pesar de las condiciones de precariedad y los desafíos estructurales, el sentido de pertenencia y el apego al lugar persisten de manera significativa en los barrios vulnerables.
Movilidad Espacial, Identidad y Nostalgia
El interés del profesor Ernesto López por el tema nació al atender pacientes en la población La Legua y trabajar con jóvenes en proceso de reinserción. Estas experiencias le mostraron que el contexto de los pacientes era muy protagonista en sus vidas. Un estudio revela cómo la movilidad espacial, cruzada con la movilidad social, permite "tomar perspectiva" sobre el barrio de origen. Esa experiencia de "salir de uno mismo" genera procesos de identificación y cuestionamientos profundos sobre la identidad.
La investigadora Dra. María Luisa Méndez, quien lideró el proyecto, y la Dra. Ropert, señalan que, pese a la precariedad y a que la política pública los llama "barrios críticos", se advierte mucho apego en las narrativas de las personas. La movilidad social urbana puede generar nostalgia por el lugar de origen, ya que representa la casa, la infancia y los recuerdos. Incluso en entornos marcados por la violencia, el vínculo con el barrio persiste gracias a funciones psicosociales grupales.
Rompiendo el Estigma de la Meritocracia
Este sentido de pertenencia se observa también en las trayectorias de los jóvenes que, a pesar de aspirar a estudios y mejores empleos, sienten la necesidad de volver para "devolver la mano". La Dra. Ropert advierte que esto "rompe el estigma de la meritocracia en Chile, que supone que una vez que la gente asciende en la escala económica y social es mucho más feliz. No es verdad que las personas solo quieran huir de sus barrios vulnerables, sino que muchas veces sienten un genuino cariño y orgullo por el mismo".
Apego al Lugar tras Desastres
Los resultados también advierten que las relocalizaciones tras desastres -terremotos, mega incendios o inundaciones- pueden fracasar si se reducen solo a lo material. La tesis doctoral de la colega Lais Pinto de Carvalho, “Lo político del apego al lugar: subjetividades especializadas en Chaitén sur, un territorio inhabitable”, documenta cómo los vecinos del sur de Chaitén, tras la erupción del volcán, regresaron a sus viviendas y colocaron banderas negras en señal de luto y negativa a trasladarse. “Decían ‘de aquí no nos movemos’ -recuerda Ropert- y esto es porque los espacios no son inocuos”. Este ejemplo subraya que el espacio físico está cargado de significado y conexiones emocionales.
¿QUÉ ES UN NO LUGAR?
La Relevancia del Barrio y la Proximidad en Tiempos Recientes
La pandemia de COVID-19 y la experiencia de confinamiento han intensificado la centralidad de los cuidados y la importancia del arraigo al lugar como espacio material para el desarrollo de las relaciones sociales.
Refuerzo de la Proximidad y la Identidad Social
Un estudio cualitativo con entrevistas en profundidad en dos barrios de Barcelona (Sant Antoni y Montbau) tuvo como objetivo estudiar la relevancia de lo local, del barrio, como manifestación territorializada en la que los hogares, vecinos y la comunidad organizan las rutinas de la vida cotidiana. Los resultados ponen de manifiesto el refuerzo de la proximidad y la importancia de la escala barrial en la provisión de bienestar. El barrio se configura como el espacio donde se desarrolla el sentido de pertenencia, se conforman lealtades y se construye una identidad social compartida. El estallido de la COVID-19 incrementó esta solidaridad barrial, afianzando anclajes.
La densidad de las relaciones sociales, la propiedad de la vivienda y el nivel de satisfacción con los vínculos sociales y el barrio son los elementos que consolidan el arraigo. Este hallazgo resalta que, a pesar de la hipermovilidad y la globalización, la crisis sanitaria acrecentó la importancia del arraigo al lugar.
Investigación y Enfoques Metodológicos
A partir de estas aproximaciones, se pretende evaluar la relación entre las estructuras del espacio físico y las estructuras de sociabilidad de los habitantes de dos barrios vulnerables en proceso de consolidación en Santiago de Chile. La metodología corresponde a una perspectiva socioespacial, de análisis de la configuración de los conjuntos de vivienda, así como de las redes personales, entendida como una buena forma de conocer la estructura de los vínculos sociales en el espacio urbano contemporáneo (Marques, 2012).
La hipótesis general de esta aproximación es que el espacio físico y la configuración del barrio en sectores vulnerables que han sido sometidos a procesos de mejoramiento físico y organizacional (como los barrios del QMB) actúan como una estructura que permite el mejoramiento de las relaciones al interior del barrio, pero que muchas veces inhibe la expansión de la sociabilidad. El espacio público en este contexto tiene una doble condición: por un lado, articula al barrio con el exterior y sirve de espacio para la sociabilidad local, mientras que, por otro, genera desconfianza y un encadenamiento al lugar (Bourdieu, 1999).
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