La Realidad de las Residencias Infantiles en el Contexto del Sename

La afirmación de Rolando Melo, director del Sename, de que «Las residencias no son el infierno que algunos han querido mostrar» es una metáfora que, por sí misma, no permite ser contrastada directamente. Para acercarse a la vivencia real del niño dentro de estas residencias, se propone analizar la experiencia desde su ingreso y permanencia, considerando los desafíos y particularidades del sistema.

El Ingreso a la Residencia: Una Experiencia Desconocida y Desorientadora

Esquema de las etapas del ingreso de un niño a una residencia infantil

Desde el momento en que un niño ingresa a un hogar, se ve confrontado a una de las mayores ansiedades que puede experimentar una persona, cualquiera sea su edad. El niño debe ser separado de sus progenitores e ingresar a un hogar que le resulta completamente desconocido. Sea cual sea la experiencia de vulneración de derechos previa, el niño se incorpora a un sistema o a una red de personas que le es absolutamente ajena y no tiene, en un comienzo, buenas razones para confiar en esta.

Una de las primeras ansiedades infantiles es perderse, y esta es la experiencia real por la que pasa un niño que ha sido internado. A menudo, un adulto, en nombre de su protección, invita al niño a vivir en un nuevo hogar. En otras ocasiones, son llevados por carabineros, quienes les dicen que se trata solo de un pequeño paseo. Son retirados de sus casas y no se llevan con ellos más que su ropa; ningún objeto, ninguna pertenencia les acompaña (por ejemplo, una fotografía), pues el hogar les proveerá de todo lo estrictamente necesario. Así, se los hace partir del lugar en que vivieron sin ningún objeto, ningún recuerdo de su existencia previa.

El niño se siente perdido porque en muy raras ocasiones existen adultos que le explican, en el momento en que se produce la separación y muchas veces durante el periodo de internación, las razones por las cuales habrá de vivir en un nuevo hogar.

Impacto Psicológico y Emocional en la Vida Diaria

Carencias Afectivas y Problemas de Salud

Una vez ingresado al hogar, el niño se encuentra con una multitud de adultos quienes tienen por misión protegerlo. Sin embargo, la persona que lo recibe con esta intención ya no estará en la noche o el primer fin de semana, debido al sistema habitual de turnos que tienen los hogares. El niño, en su primera noche y en las que le siguen, despertará alarmado, con ansiedad de saber dónde está y de no saber por qué no están quienes lo cuidaron durante el día.

Al día siguiente y en los que siguen, el niño buscará la ropa con qué vestirse y verá lo difícil que será encontrar sus propias prendas de vestir. Su dormitorio será compartido con 10 o más niños, en caso de que sean pequeños, quienes por la noche lo pueden despertar con sus propios llantos o sus llamados de auxilio producto de la situación de desamparo psíquico.

Al carecer de un financiamiento suficiente, los cuidados deben ser distribuidos entre cuatro a ocho niños por cuidadora. Esto implica necesariamente que el niño experimentará la carencia afectiva y, como lo muestra hasta el sentido común, el afecto para un niño es tan importante como el alimento. Mientras son pequeños, al interior de los hogares los niños sufren frecuentemente de enfermedades a la piel y problemas respiratorios. En periodos de debilidad física, el niño que se siente aún más desvalido, difícilmente cuenta con la preocupación y cuidados suficientes por parte de un cuidador que sigue a cargo de cuatro o más niños.

Fotografía de un grupo de niños en una sala común de residencia infantil

Pérdida de la Memoria Biográfica y la Intimidad

Un niño que vive un periodo de tiempo en una institución corre el serio riesgo de perder los registros y las huellas de su historia personal. Sin esta memoria, su identidad se vuelve más difícil de constituir, dado que no puede integrar en ella los distintos momentos y objetos que han sido importantes en su historia.

La razón principal por la que esta memoria biográfica se puede perder tiene relación con la estructura institucional habitual. Para hacer su trabajo, se implementa una verdadera fragmentación de los distintos roles y funciones que cumplen los adultos, a diferencia de un entorno familiar habitual. Además, vivir dentro de una institución priva al niño de la posibilidad de tener pertenencias que se conviertan en objetos que permanecen en el tiempo y que lo acompañen en las transformaciones y cambios vividos en el lapso que permanece en ella. Si bien existen ciertas prácticas que buscan que un niño tenga algunos objetos propios, es muy difícil que este los pueda conservar por demasiado tiempo. Las instituciones, por lo general, no disponen de lugares para almacenar las pertenencias del niño; los juguetes que recibe prácticamente nunca se vuelven una posesión.

El niño poco a poco irá teniendo una experiencia de pérdida de toda posibilidad de intimidad, lo que le ocurre ya no será un dominio de la experiencia privada, y de ahora en adelante casi ninguna experiencia será personalmente vivida. Se acostumbrará a habitar espacios comunes, porque habitualmente los espacios privados en los hogares se encuentran cerrados. Los funcionarios suelen andar con llaves para ser solo ellos quienes abran y cierren las puertas. Los baños son colectivos, los comedores, los salones para ver TV e incluso el lugar de las visitas es compartido.

Visitas Familiares y Continuidad de Cuidados

Cuando los padres lo van a visitar, deberán sortear una serie de pruebas previas. El encuentro con el niño ya no será una experiencia íntima: estará vigilado o supervisado por alguien del hogar. El niño podrá ser visitado en los lugares especialmente acondicionados para ello: la sala o el patio de las visitas. Los padres o familiares, cualquiera sea su característica, ya no podrán conocer su dormitorio, ya no lo podrán acompañar a las labores de baño y limpieza, y les será prohibido darles o acompañarlos a comer (a pesar de que se las arreglan la mayor parte de las veces para llenarlos de golosinas y dulces).

Habitualmente, nadie se preocupa de que el niño que ingrese al hogar pueda prolongar las experiencias de cuidado que fueron satisfactorias para él previo a su ingreso. Pocos se preocupan por mantener los objetos -que tan importantes son para los niños- que han sido parte de su experiencia cotidiana. A ningún padre se le pregunta sobre el tipo de cuidado exitoso que tuvo previo a su ingreso, pues en la vida, estos padres, por muy negligentes que hayan sido, tuvieron la oportunidad de conocer algunas particularidades del niño que le permitieron acomodarse a sus necesidades y preferencias. No hay una experiencia de continuidad, porque se quiere romper con todo el pasado del niño.

Con cierta frecuencia, los niños verán que a sus padres les será prohibido sacarse fotos con ellos, aun cuando la mayoría desoiga una prohibición tan absurda como esa. Los horarios de visitas serán francamente limitados y en los periodos de fiestas (Navidad, 18 de septiembre, feriados, vacaciones) muchos hogares se encuentran cerrados a las visitas por la falta de personal o bien por las actividades que le son propias. Los hogares promueven en los niños una experiencia religiosa sin importar si el niño o su familia de origen tienen la propia, no la han decidido o incluso no la tienen.

Desafíos Estructurales y Consecuencias en la Infancia

Agresiones y Fugas

En síntesis, la experiencia habitual de un niño en estas residencias se parece a lo que se ve a través de un caleidoscopio: múltiples fragmentos reunidos al azar. La memoria está amenazada, y se pierde la noción de intimidad. Si por desgracia el niño se encontrara con un adulto que, en lugar de ejercer las labores de cuidado, lo agrediera, amenazara y violentara, la experiencia le confirmará que los adultos que le han prometido cuidarlo, otra vez han faltado a la palabra. Es evidente que para el niño no le será tarea fácil denunciar al agresor, pues verá en ellos una complicidad.

Es frecuente que cuando el niño crece se “fuga” del hogar, pues traspasar las puertas dejará de ser una simple salida y será ahora un egreso prohibido. En sus “fugas”, los niños habitualmente van a la casa de sus progenitores, lo que no deja de llamar la atención, pues la experiencia de internación no ha logrado mostrar ser mejor que la vivida con sus propios padres; de lo contrario, los niños no volverían a casa. En otros casos, simplemente salen a pasear por la ciudad, van a malls, a “happyland”, plazas, centros de juegos, experiencias de las que se encuentran privados la mayoría de las veces.

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Problemas de Financiamiento y Licitaciones

Muchas de las dificultades anteriormente mencionadas tienen que ver con un problema tan básico como lo es el financiamiento. Es sabido que el Estado no les da el dinero suficiente a los hogares, ni siquiera para la mantención de las necesidades básicas. Resulta increíble que el Estado crea legítimo y hasta válido que para mantener el sistema de protección de niños se pueda recurrir a la caridad y beneficencia pública.

Efectivamente, las residencias no podrán ser el infierno que muchos han querido hacer creer, y la experiencia descrita en rigor no se llama así. Es cierto también que existen buenas residencias en donde se ha logrado superar la mayoría de estos vicios propios de los sistemas totales, pero se puede asegurar que son las menos y que se hace a costa de grandes esfuerzos. El Estado no provee de lo mínimo en un sistema de licitaciones (¡como si se tratara de una empresa de servicio!) que impone la lógica del niño atendido por día, en vez de una organización destinada a objetivos que van mucho más lejos y que apuntan a la restitución de los derechos y su reparación cuando han sido vulnerados.

Estadísticas y Contexto de la Crisis del Sename

Infografía: Datos clave sobre el Sename y residencias en Chile

En abril de 2016, salió a la luz pública la muerte de una niña en una residencia del Servicio Nacional de Menores. Este hecho motivó la conformación de una comisión investigadora de la Cámara de Diputados para indagar y analizar en profundidad lo que ocurría al interior del Servicio.

En Chile hay 298 residencias, de las cuales 287 fueron creadas y son administradas por instituciones de la sociedad civil (OCAS). Solo 11 hogares son de administración directa del Sename (CREAD). Cerca de 8.000 niños viven en hogares, de los cuales el 70% presentan patologías psiquiátricas complejas, por lo que necesitan atención especializada.

En los últimos 10 años, «1.313 niños murieron en programas del Sename». Sin embargo, de estos casos solo el 16% estaba en hogares; el resto participaban en programas ambulatorios, por lo que estaban bajo el cuidado de sus familias. En términos de financiamiento, el Estado solo aporta $290.000 por niño de los $700.000 que se requieren mensualmente para cubrir tanto sus gastos básicos, es decir, vivienda, alimentación, vestuario, educación, salud y recreación, como el apoyo de un equipo profesional multidisciplinario.

Hacia un Nuevo Enfoque en la Protección de la Infancia

La experiencia antes descrita no significa que no deban existir sistemas residenciales. Muy por el contrario, deben existir tanto instituciones de corta estadía como familias de acogida especializadas que se dediquen a la atención de niños que requieren de un tipo de cuidados más específicos y sensibles respecto de cualquier otro niño que no ha vivido una experiencia de vulneración de derechos. La discusión en Chile parece terminar en que el niño regrese a una familia que le dé el cuidado y protección que se merece.

No solo se requieren recursos económicos para las residencias, también se requiere de una discusión ideológica y política acerca de la infancia y de lo que la sociedad espera de ella. También hace falta una discusión técnica seria que permita enfrentar los problemas ya conocidos en una vasta bibliografía sobre el tema.

Lo preocupante de la afirmación del director del Sename es que su negación no va aparejada de una defensa irrestricta de los derechos de los niños, situación que debe partir, en primer lugar, por escuchar lo que los niños dicen, cualquiera sea la metodología por las que se les hace hablar. Y también porque el desafío del Sename es exigirle a la administración pública y a la sociedad entera que le entregue los recursos que son necesarios para brindarle a los niños una experiencia de calidad, protectora y reparadora.

La crisis del sistema de protección de infancia es compleja porque requiere para su solución un trabajo mancomunado de los Ministerios de Justicia, Desarrollo Social, Educación y Salud, que brinde atención integral y coordinada a los niños vulnerados. Para hacer frente a esta realidad, se están tramitando tres leyes que son fundamentales para lograr el trabajo interministerial que se requiere.

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