La figura de Sedequías, el vigésimo y último rey de Judá antes de su destrucción a manos de los babilonios, es central en la narrativa bíblica del período final del Reino de Judá. Su reinado estuvo marcado por la desobediencia a Dios y la rebelión contra el poder babilónico, lo que finalmente llevó a consecuencias catastróficas para Jerusalén y su pueblo. Paralelamente, la presencia y el rol de los ancianos, tanto en el contexto político-religioso de Judá como en la instrucción de los exiliados y en la iglesia primitiva, ofrecen una perspectiva sobre la sabiduría, la autoridad y el liderazgo espiritual a lo largo de los tiempos bíblicos.
El Reinado de Sedequías: Entre la Rebeldía y la Caída de Judá
Sedequías, cuyo nombre original era Matanías, fue hijo de Josías y de su esposa Hamutal. Tenía veintiún años cuando comenzó a reinar en Jerusalén, un período que duró once años. Su nombre, "Yahvé es mi justicia" o "Yahvé es justo", contrasta fuertemente con las acciones de su reinado, ya que "hizo lo malo ante los ojos del Señor su Dios".
Ascenso al Trono y Desafíos Iniciales
Cuando su padre, el rey Josías, fue mortalmente herido durante su intento de hacer retroceder a las fuerzas egipcias bajo el faraón Nekoh en Meguidó (c. 629 a. E.C.), Sedequías tenía aproximadamente nueve años de edad. Su sobrino, Joaquín, era entonces de unos seis años. El pueblo nombró rey al hermano carnal de Sedequías, Jehoacaz, que tenía veintitrés años. La gobernación de Jehoacaz duró meramente tres meses, puesto que el faraón Nekoh lo depuso de su cargo y lo reemplazó con Eliaquim (bajo el sobrenombre de Jehoiaquim), que tenía veinticinco años de edad y era medio hermano de Jehoacaz y Sedequías. Al morir Jehoiaquim, Joaquín, su hijo, empezó a gobernar como rey. En ese tiempo, los ejércitos babilonios bajo el rey Nabucodonosor estaban sitiando Jerusalén. Después de haber reinado durante tres meses y diez días, Joaquín se rindió ante el rey de Babilonia (617 a. E.C.).
Nabucodonosor II, rey babilonio, nombró a Sedequías rey vasallo, cambiándole su nombre de Matanías a Sedequías, y "le hizo jurar en el nombre de Jehová", comprometiéndolo a una lealtad incondicional. Durante los once años de su reinado, Sedequías "continuó haciendo lo que era malo a los ojos de Jehová", según 2 Reyes 24:17-19, 2 Crónicas 36:10-12 y Jeremías. No se humilló ante el profeta Jeremías, quien le hablaba por mandato de Jehová, y además, "endureció su cerviz y obstinó su corazón para no volver a Jehová Dios de Israel", siguiendo las abominaciones de las naciones y contaminando la casa de Jehová.
La Rebelión contra Babilonia y sus Consecuencias
Aproximadamente en el cuarto año de su reinado, Sedequías envió a Babilonia a Elasá y a Quemarías, aunque la razón no se especifica en la Biblia. También fue personalmente a Babilonia para presentar un tributo y reafirmar su lealtad como rey vasallo, acompañado por Seraya, a quien Jeremías había confiado un rollo con el juicio de Jehová contra Babilonia.
Sin embargo, en el sexto mes del sexto año de su gobierno (612 a. E.C.), Ezequiel tuvo una visión que reveló las prácticas idolátricas en Jerusalén, incluyendo la adoración de Tamuz y del Sol. Aproximadamente tres años más tarde (c. 609 a. E.C.), Sedequías se rebeló contra Nabucodonosor, buscando ayuda militar de Egipto, en contra de la palabra de Jehová por medio de Jeremías y de su propio juramento. Esto provocó que los ejércitos babilonios bajo Nabucodonosor sitiasen Jerusalén, comenzando "en el año noveno, en el décimo mes, el día diez del mes".
Durante el sitio, Sedequías consultó a Jeremías, quien le informó que la ciudad sería destruida y que el rey sería llevado a Babilonia, donde moriría en paz. En un intento de ganar el favor de Dios, Sedequías y sus príncipes hicieron un pacto para liberar a sus esclavos hebreos, pero luego lo quebrantaron. Sedequías demostró ser un gobernante débil, cediendo ante los príncipes que querían dar muerte a Jeremías. A pesar de esto, accedió a la solicitud de Ébed-mélec de rescatar a Jeremías.
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La Caída de Jerusalén y el Destino de Sedequías
Finalmente, en el año undécimo de Sedequías (607 a. E.C.), en el mes cuarto, el día nueve del mes, se abrió una brecha en los muros de Jerusalén. Sedequías y los hombres de guerra huyeron de la ciudad durante la noche, pero fueron alcanzados en las llanuras desérticas de Jericó y llevados ante Nabucodonosor en Riblá. Allí, los hijos de Sedequías fueron ejecutados delante de sus ojos. Puesto que entonces Sedequías solamente tenía treinta y dos años, los muchachos no podían haber sido muy mayores. Después de haber sido testigo de la muerte de sus hijos, fue cegado, atado con grilletes de cobre y llevado a Babilonia, donde murió en la casa de custodia. Según el historiador William F. Albright, el reinado de Sedecías comenzó en 606 a. C., mientras que E. R. Thiele apoya como fecha el 597 a. C. Ambos concuerdan en que la caída de Jerusalén se produjo en 586 a. C. o 587 a. C.
Luego, "incendiaron la casa de Dios y derribaron la muralla de Jerusalén". A los sobrevivientes de la espada, "los llevó cautivos a Babilonia, y fueron hechos esclavos del rey y de sus hijos hasta el establecimiento del reino de Persia, para que se cumpliese la palabra de Jehová por boca de Jeremías, hasta que la tierra hubiera disfrutado de su reposo". La tierra "disfrutó de su descanso sabático todo el tiempo que estuvo desolada, hasta que se cumplieron setenta años".
El Papel de los Ancianos en la Biblia
El término "anciano" aparece recurrentemente en las Escrituras, denotando a menudo individuos de sabiduría, experiencia y autoridad, tanto en el contexto del Antiguo como del Nuevo Testamento.
Ancianos en el Exilio Babilónico y la Profecía de Jeremías
En el contexto del exilio babilónico, los ancianos desempeñaron un papel crucial. El profeta Jeremías envió una carta desde Jerusalén "al resto de los ancianos del destierro, a los sacerdotes, a los profetas y a todo el pueblo que Nabucodonosor había llevado al destierro de Jerusalén a Babilonia". En esta carta, Jeremías les instruyó: "Edificad casas y habitadlas, plantad huertos y comed su fruto. Tomad mujeres y engendrad hijos e hijas, tomad mujeres para vuestros hijos y dad vuestras hijas a maridos para que den a luz hijos e hijas, y multiplicaos allí y no disminuyáis. Y buscad el bienestar de la ciudad adonde os he desterrado, y rogad al SEÑOR por ella; porque en su bienestar tendréis bienestar".
Jeremías también advirtió contra los falsos profetas en el exilio, mencionando específicamente a Acab, hijo de Colaías, y a Sedequías, hijo de Maasías, quienes profetizaban mentiras en el nombre de Dios, y serían entregados a Nabucodonosor. Además, se menciona el castigo a Semaías el nehelamita por "predicar rebelión contra el SEÑOR".

Los Ancianos en el Nuevo Testamento y la Iglesia Primitiva
En los restantes libros del Nuevo Testamento, los ancianos siguen apareciendo, aunque de forma menos destacada, en las cartas de Santiago, Pedro y Juan. En Santiago 5:14 se anima a los enfermos a "llamar a los ancianos de la congregación para que oren por ellos". Como Santiago no dice nada sobre la estructura de la iglesia, no se sabe si con "congregación" se refiere a la iglesia del hogar o a la iglesia de la ciudad, siendo posible que se refiera a ambas. En el primer caso, Santiago se refiere a hermanos mayores, sabios y respetados (cf. 1 Timoteo 5:1).
Pedro también habla de los "ancianos" en su carta, y se llama a sí mismo "compañero anciano" (1 Pedro 5:1,5). Según la costumbre judía, un "anciano", como demuestra el contraste con "joven" (vs.5), se refiere a un creyente sabio de más edad, cuyo liderazgo debe respetarse y seguirse.
Por otra parte, el apóstol Juan utiliza el término "anciano" en el saludo de dos de sus cartas para designarse a sí mismo: "el anciano de..." (2 Juan 1; 3 Juan 1). El hecho de que lo haga en dos cartas a un grupo diferente de creyentes muestra que con "anciano" indica una dignidad que no se limita a una congregación (casa). Es el anciano (conocido), el apóstol, que gozaba de gran respeto y autoridad en varias congregaciones. Esto concuerda con el uso del término en la comunidad judía y también con la observación de que el término anciano empieza a utilizarse solo cuando se habla de la congregación a nivel de ciudad y regional.