Proyectos de Mixtura Social en Barrios Vulnerables: Estrategias y Resultados

Diferentes políticas habitacionales que promueven la mixtura social comienzan a perfilarse en toda Latinoamérica, buscando restituir la cohesión social en barrios. Dichas medidas han sido criticadas en los países anglosajones por no cumplir con el objetivo que proponen, sugiriendo que la diversidad del vecindario es un obstáculo para la cohesión.

Este artículo ofrece una aproximación interescalar de la cohesión de barrio y un entendimiento socio-espacial de su configuración, avanzando en cinco hipótesis que ayudan a entender los efectos de las políticas de mixtura social sobre la cohesión de los barrios de la región.

Contexto y Evolución de las Políticas Habitacionales en Chile

Desafíos de las Reformas y la Producción de Vivienda Social

Este trabajo explora los resultados de los Proyectos de Vivienda de Integración Social (PIS) en Chile, los cuales buscan superar los efectos adversos ocasionados por las reformas de la política habitacional chilena implementadas entre los años 1973 y 1990. Estas reformas generaron segregación social, reducción del acceso a oportunidades y disminución de la cohesión social.

La producción masiva de viviendas sociales en Chile, que comenzó en 1990, dio inicio a una fuerte reducción del déficit de vivienda en el país, así como de los estándares de calidad (Rodríguez y Sugranyes, 2005). En efecto, el tamaño mínimo de las viviendas se redujo a menos de 40 m², se localizaron en lugares periféricos y el equipamiento comunitario fue prácticamente inexistente. Los barrios construidos con estas normas dejaron, en poco más de dos décadas, una vasta periferia urbana con graves problemas de conectividad, infraestructura de servicios, calidad de las viviendas y de los espacios públicos, y escasas oportunidades de inclusión social para su población (Sabatini, et al., 2012).

Nuevos Enfoques y Programas de Mejoramiento Urbano

Después de más de veinte años de este enfoque cuantitativo en la entrega de soluciones mínimas, las políticas de vivienda chilenas han mejorado recientemente sus estándares y ampliado su enfoque no solo en la producción de nuevas zonas residenciales, sino en la mejora del parque de viviendas sociales existente.

Una de las acciones llevadas a cabo bajo este enfoque nuevo fue el programa Quiero mi barrio (QMB), lanzado en el año 2007. El programa se centró explícitamente en mejorar el espacio público y en el fortalecimiento de la organización social en 200 barrios de todo el país identificados como vulnerables. En virtud de un proceso participativo bien planificado, el programa QMB ha construido centros de internet, parques, campos deportivos, entre otros, y promovió el fortalecimiento de las organizaciones comunitarias y la participación.

Esquema visual de la evolución de las políticas de vivienda en Chile (pre-1973, 1973-1990, post-1990, programa QMB)

Análisis Socio-Espacial y el Concepto de Barrio

La Transformación de la Condición Urbana y los "No Lugares"

La configuración metropolitana actual de muchas de las ciudades en Chile ha transformado su condición urbana tradicional. Mongin (2007) describe esta transformación como el paso de una "condición urbana I" (espacio finito con posibilidades infinitas) a una "condición urbana II" (espacio ilimitado que segmenta las prácticas sociales al interior de la ciudad). En este sentido, la primera condición urbana privilegia la permanencia y los lugares, mientras que la segunda enfatiza en el tránsito y el flujo por sobre los lugares de encuentro.

Mongin (2007) señala la necesidad de un imperativo político de recuperación del lugar para devolverle a la ciudad su sentido original. Con un argumento similar, Augé (1993) describe el concepto de "no lugar" para referirse a los espacios, principalmente urbanos, donde el lugar antropológico ya no está presente, es decir, donde el intercambio social, simbólico y comunicativo va perdiendo terreno y cediendo su lugar a relaciones funcionales.

Desde la sociología, este proceso ha sido descrito por diversos autores. Habermas (1987) se refiere a un proceso de colonización del mundo de la vida por parte del sistema. Arendt (1993) analizó la condición humana en relación con la diferenciación entre labor y work para referirse a los procesos de alienación de la vida moderna. Desde la arquitectura, Frampton (1979) retoma estas ideas para reivindicar un regionalismo crítico en la construcción del espacio habitado. Finalmente, Bourdieu (1999) redefine la manera de entender la relación entre las estructuras del espacio físico y las estructuras del espacio social en las sociedades modernas.

La estructura del espacio se manifiesta en la forma de oposiciones espaciales, en las que el espacio habitado funciona como una especie de simbolización espontánea del espacio social, (donde) una parte de la “inercia” de las estructuras del espacio social se deriva del hecho de que están inscritas en el espacio físico (Bourdieu, 1999: 120). Es decir, el espacio social reificado se presenta como la distribución en el espacio físico de diferentes especies de bienes y servicios, y también de agentes individuales y grupos localizados físicamente, provistos de oportunidades más o menos importantes de apropiación de esos bienes y servicios, en función de su capital y de la distancia física con respecto a ellos. La diferenciación en el espacio, en palabras de Bourdieu (1999: 123), “consagra simbólicamente a cada uno de sus habitantes, permitiéndoles participar del capital acumulado por el conjunto de los residentes”.

El Barrio como Elemento de Cohesión y Socialización

Estas aproximaciones son importantes ya que se refieren a definiciones sobre la conformación social del espacio y la comunidad, entendidos como elementos constitutivos de una condición urbana que determina de alguna forma las posibilidades de inclusión y exclusión de sus habitantes. En este contexto, el espacio público aparece muchas veces como el antídoto para los procesos de reificación urbana.

En los orígenes de la sociología urbana, Simmel (2005) reivindica el espacio público y específicamente el espacio urbano, entendido como el lugar que da la posibilidad del encuentro con el otro. Para Wirth (1968), la heterogeneidad social y el surgimiento de una cultura urbana son unas de las características constitutivas del modo de vida particularmente urbano. El barrio, la calle y el espacio público se entienden como el elemento que articula el espacio social con el espacio físico, cuya estructura depende en gran medida de la estructura general de la ciudad (Lefebvre, 1971).

Para Mayol (1996), el barrio se erige en prácticas como saludarse, caminar de determinada manera o conocerse unos a otros en una relación de vecindad que forja poco a poco una identidad común generadora de confianza y pertenencia. El barrio sería el resultado de un imaginario colectivo, en el sentido en que reúne las ideas de comunidad de los habitantes, operando como un vínculo entre el espacio privado del hogar y el espacio anónimo de la metrópolis. El barrio aparece también como el lugar del espacio negociado donde los diferentes grupos que lo habitan intentan, más o menos explícitamente, imponer sus valores y formas de vida (Gravano, 2005).

En este sentido, el barrio se transforma en un elemento de socialización muy importante en el que se pueden construir vínculos sociales y se logra identificar las fronteras entre el "nosotros" y los "otros" (Gurvitch, 1953). Sin embargo, pareciera que la sociabilidad urbana, es decir, el proceso de interacción e intercambio, mediante el cual el encuentro con el otro se materializa, ocurre cada vez más en el espacio privado. El espacio público, barrial, urbano y metropolitano suele perder importancia como espacio de sociabilidad y estructura estructurante de comunidad.

Fotografía de un espacio público en un barrio latinoamericano que promueve la interacción social

La Erosión de la Sociabilidad Urbana

El encuentro con el otro pregonado por Simmel (2005), se ve dificultado en un escenario urbano metropolitano cada vez más genérico (Koolhaas, 2006). Así, desde el urbanismo contemporáneo, la pérdida del espacio público y la inclusión de variables nuevas, como el temor al otro y la inseguridad, van desconfigurando la definición original de la ciudad (Davis, 2001; Borja, 2003). Por otra parte, la forma que asume la sociabilidad también ha sufrido transformaciones. Para Ascher (2004), el tejido social cambia de textura, aumenta la movilidad de personas, bienes e informaciones, creando lo que este autor llama la "solidaridad conmutativa" en una nueva configuración de la ciudad y de la sociedad, entendida como hipertextualidad.

Esta nueva fase de desarrollo urbano ha resultado en el resurgimiento del barrio como unidad de intervención urbana. Los valores asociados al barrio y entendidos como partes de una unidad territorial identificable han sido promovidos desde mediados del siglo pasado. Lynch (1960) hacía hincapié en sus características morfológicas particulares, mientras Jacobs (2011) enfatizaba la capacidad de permitir que sus habitantes se pudiesen reconocer e intercambiar información entre ellos, construyendo un capital social comunitario (Coleman, 1989).

Para Lefebvre (1971) y Mayol (1996) el concepto de barrio aparece en el centro de la producción y reproducción del espacio social. Sin embargo, a pesar de las características anteriores, varios autores acusan la erosión de las relaciones comunitarias como el producto de la nueva pobreza urbana y la constitución periférica de nuevos espacios barriales metropolitanos, específicamente aquellos de mayor vulnerabilidad y asociados a la intervención pública. Kaztman (2001) sugiere que el proceso de consolidación de los barrios vulnerables en América Latina parece limitar el potencial atribuido a la escala barrial, convirtiéndola muchas veces en un elemento más de aislamiento social de los pobres urbanos. Para el caso de Santiago de Chile, esto sucede especialmente en los barrios surgidos de las políticas habitacionales de las últimas décadas.

Caso de Estudio: Villa Las Araucarias

Metodología y Objetivos del Estudio

A partir de estas aproximaciones, se pretende evaluar la relación entre las estructuras del espacio físico y las estructuras de sociabilidad de los habitantes de dos barrios vulnerables en proceso de consolidación en Santiago de Chile. La metodología corresponde a una perspectiva socioespacial de análisis de la configuración de los conjuntos de vivienda, así como de las redes personales, entendida como una buena forma de conocer la estructura de los vínculos sociales en el espacio urbano contemporáneo (Marques, 2012).

La hipótesis general de esta aproximación es que el espacio físico y la configuración del barrio en sectores vulnerables que han sido sometidos a procesos de mejoramiento físico y organizacional (como los barrios del QMB) actúan como una estructura que permite el mejoramiento de las relaciones al interior del barrio, pero que muchas veces inhibe la expansión de la sociabilidad. El espacio público en este contexto tiene una doble condición: por un lado, articula al barrio con el exterior y sirve de espacio para la sociabilidad local, mientras que, por otro, genera desconfianza y un encadenamiento al lugar (Bourdieu, 1999).

Se empleó como caso de estudio el conjunto habitacional Villa Las Araucarias, compuesto por sectores medios-bajos y vulnerables, ubicado en La Serena, Chile. El estudio se basa en una estrategia metodológica mixta, que aplica una encuesta a 105 personas, entrevistas a 12 habitantes del lugar y un levantamiento físico-espacial del barrio.

Resultados de los Proyectos de Vivienda de Integración Social (PIS)

Entre los resultados obtenidos, se encontró que este PIS contribuye a aumentar la heterogeneidad educativa del sector, pero no la de los ingresos. Por otro lado, existiendo una apropiada dotación de equipamientos básicos en el sector, dentro del conjunto habitacional hay una desigual distribución de estos. Todo lo anterior genera conflictos y malestar entre los vecinos, socavando así la cohesión social.

Historia de la Edificación Colectiva en Chile

Orígenes y Masificación (Pre-1973)

Dentro de la trayectoria extensa de las políticas de vivienda en Chile, las edificaciones de habitación colectiva representan una solución experimental aplicada en periodos de tiempo acotados. Bajo una influencia tímida del movimiento de arquitectura moderna, las primeras edificaciones colectivas emergieron en la década de 1930 en pequeños conjuntos construidos para alojar a sindicatos obreros o trabajadores de dependencias del Estado (MINVU, 2004). Hacia la mitad del siglo XX, la edificación colectiva se masificó mediante grandes conjuntos que tomaron a cabalidad las definiciones de la “buena vivienda moderna”. En los complejos nuevos aumentaron las dimensiones de los edificios y la proporción de las áreas verdes, además se edificaron pasarelas y circulaciones peatonales (Raposo, 2001).

Bajo el impulso de un incipiente Estado de Bienestar, estos barrios estaban enfocados a satisfacer nuevamente las demandas de agrupaciones de trabajadores que, a través de organizaciones comunitarias, velaban por la mantención de las áreas comunes (Forray, Márquez y Sepúlveda, 2011).

Impacto del Golpe Militar y la Era Neoliberal (1973 en adelante)

El golpe militar de 1973 trajo consigo un giro radical en el Estado chileno, y la forma de abordar las políticas urbanas y habitacionales. El Estado de Bienestar se desmanteló y se transformó en uno subsidiario, reestructurando la política de suelo urbano y de vivienda, con consecuencias sobre el precio del suelo y la segregación residencial socioeconómica (Sabatini, 2000).

Durante este periodo, el déficit habitacional fue muy grande y la vivienda social pasó a ser una responsabilidad del sector privado, con cuotas anuales establecidas por el aparato central. En el proceso de postulación, se evaluaban los costos del proyecto de vivienda, premiando a las empresas que prestaran los menores valores (Rodríguez y Sugranyes, 2005). Como consecuencia del proceso de mercantilización y de otras políticas urbanas como la abolición del límite urbano, los proyectos de vivienda social se “periferizaron” en una búsqueda de los privados por reducir el costo del precio de suelo (Hidalgo, 2005; Sabatini, 2000).

Asimismo, la edificación colectiva, tradicionalmente construida para las clases medias organizadas, se aplicó masivamente como una solución genérica para los grupos socioeconómicos más bajos. En términos edificatorios, los conjuntos nuevos representaron una versión empobrecida de los construidos con anterioridad. Los edificios se simplificaron en bloques homogéneos de tres o cuatro pisos, carentes de cualquier diseño de calidad, mientras que el tamaño de la vivienda se redujo a una superficie máxima posible de 40 m² (MINVU, 2004).

Durante este periodo también se suprimieron las organizaciones que velaban por la mantención de los espacios comunes en los conjuntos. Los viejos complejos modernos cayeron en su mayoría en procesos de obsolescencia (Greene y Soler, 2004), en cambio, los nuevos nunca tuvieron la oportunidad de gozar de un espacio común mantenido y de calidad. No existía una capacidad organizativa ni suficientes recursos económicos para cuidar las áreas comunes, razón por la cual, terminaron como áreas deterioradas y/o abandonadas. Los nuevos barrios se transformaron finalmente en un motivo de vergüenza y de reestructuración de las políticas públicas de intervención urbana (Rodríguez y Sugranyes, 2005).

Infografía comparativa de la vivienda colectiva chilena antes y después de 1973 (tamaño, calidad, espacios comunes)

Consecuencias de la Vivienda Colectiva Periférica

La vivienda de dimensiones acotadas en edificios rígidos dificultó el crecimiento de las familias, la tenencia de automóviles particulares, entre otros. Ante la problemática y la ausencia de una entidad que gestionara los espacios comunes de los conjuntos, las familias ampliaron sus viviendas hacia el exterior de la edificación. De acuerdo con Rodríguez y Sugranyes (2011), un 40% de los residentes de departamentos aumentó sus residencias, creando un panorama que se observa hasta hoy en la vivienda colectiva chilena: grandes agrupaciones de edificios densamente edificados, con poca luz natural, áreas comunes ocupadas y circulaciones peatonales bloqueadas.

Además, la localización periférica de estos conjuntos aumentó la segregación residencial a gran escala, y acentuó el aislamiento y la fragmentación metropolitana de los conjuntos al privarlos de prácticamente cualquier tipo de acceso a los servicios urbanos.

En este periodo crítico de la política habitacional chilena se edificaron el conjunto Vicente Huidobro y la Villa San Francisco de Asís. Ambos, construidos a finales de la década de 1980, están localizados al sur de la ciudad de Santiago, en el suroriente de la comuna de El Bosque, en el límite con la comuna de La Pintana. Los dos barrios se encuentran en manzanas contiguas y tienen un área aproximada de 22.500 m² cada uno. Vicente Huidobro ocupa una manzana completa y San Francisco de Asís cubre la mayor parte de la manzana vecina. Ambos conjuntos están compuestos por departamentos de menos de 40 m².

Mapa de Santiago de Chile señalando la ubicación de los conjuntos Vicente Huidobro y Villa San Francisco de Asís

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