La Realidad de los Jóvenes Egresados del SENAME

La experiencia de vida de los niños, niñas y adolescentes que crecen bajo la tutela del Servicio Nacional de Menores (SENAME) en Chile, a menudo concluye con una abrupta transición a la adultez marcada por la desprotección y la exclusión. El caso de Andrés, un joven de 19 años que pasó la mayor parte de su vida en diversos hogares del sistema, ilustra vívidamente las profundas cicatrices y desafíos que enfrentan estos individuos al egresar.

Un joven sentado solo en la calle, con expresión pensativa, en un entorno urbano desolado

El Caso de Andrés: Una Vida Institucionalizada

Andrés, quien cumplió 18 años en plena pandemia, es un joven moreno, alto y fornido, con una notable dificultad de pronunciación. Actualmente, pernocta en un albergue municipal para personas en situación de calle en Ancud. Los diecisiete años, 11 meses y 29 días de su vida institucionalizada, antes de cumplir la mayoría de edad, él los percibe como un plazo fatal que lo condujo directamente a la indefensión.

Primeros Años y Desarraigo

Andrés se crió en hogares del SENAME desde que era un bebé. Al salir del sistema, no le quedó "otra solución" que vivir en la calle. Su paso por diversos centros incluye hogares de menores en Quellón, Ancud, Puerto Varas y Osorno, y tiene un conocimiento superficial de Valdivia y Puerto Montt, pero nunca ha visitado Santiago, lo que denota la limitación geográfica de su experiencia.

Educación y Dificultades de Aprendizaje

Su trayectoria educativa es igualmente desoladora. Andrés nunca superó el primer año de enseñanza básica y, tras repetir segundo, abandonó los estudios para dedicarse a "puro hacer la cimarra". Expresa la dificultad que le representa retomar su educación: "No estudié nunca más. Quizás porque me cuesta y ahora me va a costar mucho más si es que quiero retomar estudios. Leer me cuesta caleta. Escribir también."

A pesar de las adversidades, Andrés recuerda con cariño un único amigo verdadero de su infancia, Jesús, a quien conoció en un hogar de Puerto Varas. "Me daba sus galletas y siempre me acuerdo de él. Cuando me fui de ese Hogar no lo vi nunca más." Juntos, a los 12 o 13 años, jugaban a "puras imaginaciones", simulando ser militares, zombis o miembros de fuerzas especiales, compartiendo una amistad que describe como buena.

Esquema de las diferentes etapas de un niño en un sistema de protección y los puntos críticos de salida

Un Vínculo Roto: Familia y Apoyos Frustrados

La percepción de sus propias capacidades por parte de Andrés es extremadamente baja. Afirma: "Yo no sirvo ni para arreglar ni una silla, nada. Ustedes me pueden mandar a arreglar algo, pero lo único que van a conseguir es que lo eche todo a perder. Se puede decir que yo soy así; alguien de poca fe." Esta falta de autoconfianza se extendió incluso a su fe religiosa: "Yo soy católico, pero he ido perdiendo la fe, incluso en Dios. Hay un gran motivo por el que yo dejé de creer y es que en mi vida he tenido puras desgracias."

El relato de Andrés, aunque no detalla los abusos más truculentos y sangrientos que a menudo se asocian con el sistema, estremece por la magnitud de su desamparo, reflejando lo que Paulo Egenau, director social del Hogar de Cristo, denomina "lucidez transitoria".

La Decepción Familiar

Su familia, en particular su madre, representa una "tremenda decepción". "Cuando pienso en ella, quisiera que la mataran. Le di veinticinco oportunidades de acercarse, pero las desperdició todas." Andrés atribuye su situación actual a la falta de un entorno familiar adecuado: "Yo creo que por culpa de mi familia, estoy en esta situación. Si hubiera tenido otra familia, estaría en otro lugar, en otro estado. Estaría leyendo bien, estaría escribiendo bien, estaría modulando bien, porque me cuesta mucho decir algunas cosas, hablar."

Andrés nunca recibió un apoyo real y consistente. Aunque algunas personas se acercaban con intenciones de ayudar, "pasaban tres días y ya no venían más, me habían olvidado." Consciente de que algunos lo consideran un "quejumbroso", lamenta que, a sus 19 años, próximo a los 20, nadie parezca reconocer su falta de estudios y sus dificultades de aprendizaje.

La Promesa Incumplida del SENAME

Culpa tanto a su familia como al SENAME por su situación. Recuerda que le decían: "Tú debes exigirle al Sename, ellos son tus protectores, tienen que darte apoyo, ellos deben enseñarte a leer, a escribir, educarte", pero a él no le brindaron "nada de eso. Todo lo contrario." Al cumplir los 18 años, el sistema lo despidió con un "feliz cumpleaños, comimos torta y listo, chao." Esta experiencia lo llevó a no querer celebrar más sus cumpleaños.

La residencia Catalina Keim de Carabineros, donde pasó su cumpleaños 18, fue un lugar de "peleas, trago. Era como el infierno... Abusos, de todo lo que usted pueda pensar, había en ese lugar. La última vez me salvé de una puñalada."

Un intento de reunificación familiar con su abuela también fracasó. "O te vas con tu abuela o te vas con tu abuela", le dijeron. Aunque lo intentó, la situación terminó con la intervención de carabineros y el enojo de sus tíos, quienes lo acusaron falsamente de amenazar a su abuela. Andrés recibe una pensión de 193 mil pesos mensuales del Estado por una supuesta discapacidad, un diagnóstico que él mismo cuestiona: "Yo tengo brazos y piernas buenos, tengo mi cerebro bueno, y no sé por qué me hicieron ese diagnóstico." Sin embargo, reconoce que esa pensión lo "salva".

La Dureza de la Calle y Sueños Rotos

La vida en la calle es "igual de horrible que el Sename", con noches frías tanto en verano como en invierno. Andrés ha sido robado, asaltado y golpeado. A pesar de estos traumas, ha desarrollado una estrategia de afrontamiento basada en consejos previos: "Aléjate. Escucha música. Evita los problemas." La palabra "apoyo" es la que más resuena en su mente, junto con el deseo de estudiar, como sus únicas necesidades.

Aspiraciones Profesionales y Obstáculos

Andrés soñaba con ser bombero o entrar a la Armada, pero es consciente de que sus sueños son inalcanzables debido a su falta de educación. "El nivel mío no es tan alto para llegar a eso: a tener una casa, un hijo, una familia." No terminó ni su segundo año de enseñanza básica y tiene grandes dificultades para leer y escribir. Intentó ingresar al servicio militar, pero le exigieron el cuarto medio, un requisito que lo obligaría a estudiar por años, prolongando su situación de vulnerabilidad laboral. "Para tener un trabajo ahora, te piden cuarto medio. O sea, ¿dónde voy a poder trabajar? Nadie me va a dar apoyo."

Reportajes 24: Sename, el infierno infantil | 24 Horas TVN Chile

Análisis Experto: Vulneración de Derechos Continuada

Claudine Litvak, psicóloga y jefa del área de desarrollo de la dirección social del Hogar de Cristo, con amplia experiencia en residencias de protección, escuchó la entrevista de Andrés. Su análisis es contundente: "Este joven ha tenido una vida entera de derechos denegados. El derecho al cuidado, a la estimulación continua, a tener un referente significativo, a la educación… Su vida ha sido una larga y permanente vulneración de derechos básicos."

Las "Ventanas de Oportunidad" Perdidas

Litvak destaca cómo la falta de enseñanza en lectura, escritura y habilidades matemáticas ha afectado gravemente la capacidad de Andrés para administrar su dinero. Hace hincapié en la "primera ventana de oportunidad": los primeros mil días de vida, incluyendo la etapa intrauterina, fundamentales para el desarrollo cognitivo y emocional. La educación inicial, el cariño y la presencia de figuras significativas son esenciales. Andrés fue institucionalizado a los dos años, perdiendo esta etapa crítica de aprendizaje intensivo hasta los cinco años. "Cuando eso no pasa, todo el desarrollo se ve mermado. Hoy escuchamos a un joven con una discapacidad cognitiva que no sabemos si fue producto de esta falta de estímulo, de esa carencia de derechos plenos o de una condición genética."

La "segunda ventana de desarrollo", entre los 8 y los 12 años, antes del octavo básico, también fue desaprovechada. Es un periodo crucial donde muchos adolescentes en pobreza abandonan el sistema educativo.

La Falla Institucional

La especialista critica la inacción del Estado al no haber puesto a Andrés en adopción o en una familia de acogida cuando era pequeño. "Un niño no puede pasar 16 años de su vida institucionalizado, menos antes de los 12 años de edad. En su caso, la falla de las instituciones fue total. Que hoy esté viviendo en la calle es consecuencia lógica de todo lo que se le negó. ¡Qué otra trayectoria iba a tener si apenas sabe leer!"

Litvak subraya la falta de herramientas de Andrés para la vida independiente: "no tiene un oficio, estudios básicos; carece de redes. Él mismo siente que es incapaz de hacer algo bien. Esa merma en su autoestima no es trivial." La exigencia de valerse por sí mismo a los 18, cuando carece de redes y apoyo, es un fracaso del sistema. "Si a los jóvenes criados al amparo de una familia no se les lanza solos a la vida independiente a los 18, con mayor razón no tiene sentido que se actúe así con los más vulnerables, pero así es como opera el sistema." La psicóloga concluye, apesadumbrada, que el caso de Andrés no es una excepción, y que su deseo de no cumplir más años refleja el miedo a que su precaria protección se acabara, pavimentando su camino a la exclusión y la situación de calle.

Gráfico estadístico mostrando la duración de la permanencia de niños en el sistema de protección

Cifras y Contexto Histórico del SENAME

Estadísticas de Egreso y Permanencia

Según el anuario estadístico del SENAME de 2020, un total de 6.295 niños, niñas, adolescentes y adultos egresaron de la línea de atención de cuidado alternativo. De ellos, el 43,6% (2.744 usuarios) permanecieron entre "1 a 2 años", y el 26,8% (1.689 usuarios) permanecieron "más de dos años" antes de su egreso. En promedio, los egresados durante 2020 permanecieron 629,4 días en el sistema. Andrés, con casi 6 mil días de su vida en una residencia "de protección", es un claro ejemplo que eleva significativamente este promedio.

Un Problema Histórico sin Resolver

La situación del SENAME tiene raíces históricas profundas. Ya en 1990, el organismo implementó un proyecto para erradicar a los niños de las cárceles, donde convivían con menores infractores de ley. Se crearon los Centros de Tránsito y Distribución para niños más pequeños y vulnerados. Sin embargo, la situación no se resolvió completamente, y en muchas regiones, los niños continuaron siendo alojados en secciones de cárceles de adultos. En aquel entonces, la pregunta era: "¿por qué las juezas/es suponían que un niño estaba más seguro en la cárcel que en la calle?". Hoy, décadas después, estas interrogantes persisten.

La justicia ha enfrentado desafíos para sancionar casos de vulneración, como lo demuestra un caso de más de 10 años, ya sobreseído una vez, donde aún no hay culpables. La Reforma Penal Adolescente no ha logrado solucionar el problema de raíz. Es imperativo que el Estado ponga fin al estigma asociado con haber "pasado por el Sename", una demanda que ya se hacía insistentemente a comienzos de los años 90 y que sigue siendo una asignatura pendiente.

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