Por qué las personas obesas sienten más hambre: una perspectiva neurohormonal y metabólica

Las personas con obesidad suelen describir un apetito insaciable, donde los primeros bocados desencadenan un intenso deseo de seguir comiendo, incluso sin hambre real, y experimentan una sensación prolongada de hambre insatisfecha después de las comidas. El hambre es un mecanismo fisiológico crucial que indica la necesidad de alimentos. Sin embargo, una alteración patológica de esta señal puede conducir a enfermedades metabólicas graves. La regulación del apetito y la saciedad es un proceso complejo que involucra una intrincada interacción entre los sistemas nervioso y hormonal.

Regulación fisiológica del apetito y la saciedad

El papel del sistema nervioso central

En la regulación de los antojos de comida y la sensación de saciedad participan el hipotálamo, las regiones límbicas y la corteza cerebral. Todas las señales relacionadas con el apetito se integran en el hipotálamo, que se coordina con el tronco del encéfalo, los centros corticales superiores y el sistema límbico. Dos vías importantes en el núcleo arqueado del hipotálamo regulan la ingesta de alimentos:

  • Las neuronas orexigénicas, que estimulan el apetito a través de la proteína relacionada con el neuropéptido Y/Agouti.
  • Las neuronas anorexigénicas, que inhiben el hambre y promueven la saciedad a través de la prohormona pro-opiomelanocortina.

Estas neuronas envían señales a otros núcleos hipotalámicos y a los sistemas de recompensa en otras partes del sistema nervioso central. Cuando el cuerpo percibe que se consumen más calorías de las necesarias o que el exceso se almacena como tejido graso, las señales hormonales activan mecanismos anti-apetito en el hipotálamo.

Influencia hormonal en el apetito

Hormonas como la insulina, la leptina, la grelina, el péptido 1 similar al glucagón (GLP-1), el péptido YY (PYY) y la colecistoquinina (CCK) son cruciales en el control de la saciedad y el apetito, actuando en coordinación con el sistema nervioso central. Carel Le Roux, un experto en obesidad, identificó en 2001 que el PYY se vincula con la sensación de llenura y la grelina con el hambre. Este descubrimiento marcó un hito al demostrar cómo el intestino se comunica con el cerebro para influir en nuestras sensaciones de hambre y saciedad.

Esquema de las hormonas clave en la regulación del apetito y su interacción con el cerebro

El eje intestino-cerebro y la microbiota

Recientemente, se ha demostrado que los microbios que residen en el tracto gastrointestinal también juegan un papel importante en la regulación del apetito. Estos microbios influyen en el equilibrio energético y en las conductas alimentarias al afectar el eje intestino-cerebro. Algunos metabolitos microbianos, como el butirato, regulan las hormonas que controlan la saciedad. Otros productos de la microbiota intestinal, como los neurotransmisores, afectan directamente a las neuronas del hipotálamo, que coordina el hambre con los mecanismos hormonales intestinales y la microbiota.

Desequilibrios en la obesidad

Resistencia a la leptina

La leptina, una hormona producida por las células de grasa (adipocitos), envía señales de saciedad al cerebro. El descubrimiento de la leptina en los años 90 supuso un cambio de paradigma, al reconocer la grasa como un órgano endocrino. Sin embargo, en la obesidad, el mecanismo de la leptina se altera, dando lugar a la resistencia a la leptina. Los pacientes con obesidad producen mucha leptina, pero esta hormona deja de promover la saciedad, lo que explica por qué no se sacian fácilmente a pesar de tener altos niveles de la hormona. Por lo tanto, el tratamiento con leptina exógena no resulta eficaz; la meta es recuperar los sistemas naturales del organismo para controlar la ingesta y el balance energético.

Alteración de la grelina

La grelina, conocida como la “hormona del hambre”, se secreta principalmente en el fundus del estómago y aumenta en periodos de ayuno para estimular el apetito. En pacientes obesos, la grelina puede aumentar de manera compensatoria mientras disminuye la sensibilidad a sus efectos, lo que no produce la esperada disminución del apetito.

Neurotensina y el placer de comer

En la obesidad, se ha observado una disminución de neurotensina, una molécula que modula las señales entre las regiones cerebrales implicadas en el placer. Esta disminución podría estar relacionada con el exceso de grasa corporal. Curiosamente, en estudios con animales, la restauración de la neurotensina mediante una dieta regular o artificialmente en el cerebro de ratones obesos, restauró la conducta de alimentación hedónica y moderó el aumento de peso. Esta pérdida del gusto por comer no solo afecta el bienestar emocional, sino que puede reforzar un círculo vicioso: al no obtener satisfacción, se busca mayor cantidad o intensidad de sabor, lo que lleva a consumir más calorías sin resolver el déficit de placer.

El sistema de recompensa y la adicción a la comida

El consumo de alimentos ricos en azúcar y grasas, especialmente la comida chatarra, parece estimular el sistema de recompensa dopaminérgico a través de señales del hipotálamo y otras partes del cerebro. Este sistema también es activado por sustancias adictivas como la cocaína y el alcohol. Este fenómeno lleva a considerar los antojos de comida como una posible adicción, un punto de vista que altera los enfoques tradicionales para el control de la conducta alimentaria y la obesidad. Marilyn Walsh, una mujer con obesidad, compara su lucha con la de un alcohólico o fumador, reforzando la idea de una adicción subyacente. En humanos, se ha observado una menor disponibilidad de receptores dopaminérgicos D2 en personas con exceso de grasa corporal, lo cual se ha relacionado con una menor sensibilidad al placer alimentario.

Fotografía de un plato de comida chatarra frente a un cerebro con actividad cerebral resaltada

Enfoques y soluciones

Estrategias dietéticas

La transición a hábitos alimentarios más saludables, eliminando la comida chatarra y reintroduciendo dietas orgánicas ricas en verduras, frutas y alto contenido de proteínas, es una estrategia eficaz para frenar el apetito insaciable. Estudios demuestran que las dietas ricas en proteínas y fibra pueden elevar los niveles de hormonas anorexigénicas como GLP-1, CCK y PYY, disminuyendo el apetito. Al mismo tiempo, pueden reducir los niveles de grelina. Además, las proteínas ejercen una mayor termogénesis inducida por la dieta en comparación con los carbohidratos y las grasas. La fibra dietética también promueve el mecanismo anorexigénico a través de hormonas relacionadas, incluidas GLP-1 y CCK.

Enfoques psicológicos

Los enfoques psicológicos ofrecen beneficios significativos para abordar los problemas de hambre en personas obesas que buscan controlar su peso. La alimentación intuitiva, que se centra en el pensamiento racional y las emociones para controlar el apetito, es uno de los mejores enfoques. La terapia de grupo también ayuda a reducir el hambre durante el control de peso, de manera similar a su éxito en el tratamiento de las adicciones. Otras técnicas como la atención plena se han utilizado ampliamente últimamente.

Intervenciones quirúrgicas y futuras terapias

La cirugía bariátrica, como el bypass gástrico, ha mostrado resultados drásticos en la modificación del apetito y las preferencias alimentarias. En el caso de Marilyn Walsh, la operación no solo redujo drásticamente el tamaño de su estómago, sino que también cambió su gusto, eliminando el deseo por lo dulce y grasoso. La psiquiatra Samantha Scholtz ha investigado cómo el cerebro responde a diferentes tipos de comida, encontrando que los pacientes obesos tienen una actividad cerebral considerable en áreas asociadas con la recompensa y la adicción. Sin embargo, después de un bypass gástrico, la actividad cerebral de estos pacientes cambia radicalmente, modificando su reacción a la comida con muchas calorías. Aunque la cirugía gástrica es una intervención drástica, la investigación sugiere que en el futuro podría ser posible replicar sus efectos mediante métodos menos invasivos, como inyecciones o pastillas que alteren la respuesta cerebral a la comida.

Conozca los riesgos en la operación de bypass gástrico

Investigación de mecanismos moleculares

El grupo de investigación en Diabetes y Enfermedades Metabólicas Asociadas (Diamet) está investigando intensamente el desarrollo de fármacos que aumenten la sensación de saciedad. Recientemente, han demostrado un mecanismo que explica cómo las células de la grasa producen leptina, donde el succinato, un metabolito con múltiples funciones, juega un papel crucial. Los pacientes con obesidad tienen este sistema hiperactivado, con mucho más succinato y su receptor en las células de la grasa, lo que podría ser una de las razones por las que producen más leptina. Este hallazgo podría convertirse en una futura diana terapéutica para el desarrollo de fármacos.

La obesidad como enfermedad compleja

La obesidad es una enfermedad metabólica e inflamatoria que afecta a todo el organismo y no es simplemente un problema de fuerza de voluntad o elecciones personales. El cerebro está "programado para resistir la pérdida de peso", considerándola una amenaza a la supervivencia. Nuestro cerebro tiene mecanismos intrincados que detectan cuánta energía almacenamos y ajustan el apetito. Por ejemplo, el cerebro genera NPY en situaciones estresantes, como el hambre, para estimular la alimentación. En ratones, se descubrió que las células cerebrales no solo producen NPY, sino que también sensibilizan otras partes del cerebro para potenciar el apetito. Existen factores ambientales y heredados que contribuyen al sobrepeso, pero estos pueden modificarse, ya que la obesidad no es una condena inevitable.

tags: #personas #con #mayor #obesidad #tienen #mas