El Mensaje del Papa Francisco: La Dignidad y Misión de los Ancianos

El Papa Francisco ha dedicado gran parte de su pontificado a reflexionar sobre la importancia de la ancianidad, viéndola no como una carga o una enfermedad, sino como una etapa de la vida plena de significado, sabiduría y gracia. Sus mensajes, especialmente en el marco de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores, invitan a toda la sociedad y a la Iglesia a reconocer el valor de quienes han caminado un largo trecho, y a combatir la “cultura del descarte” que tan a menudo los margina.

La Ancianidad: Don y Bendición en la Vida Cristiana

Superando la "Cultura del Descarte"

La ancianidad, para muchos, genera miedo, siendo vista como una especie de enfermedad con la que es mejor no entrar en contacto. Esta mentalidad lleva a considerar a los ancianos como ajenos a nuestras preocupaciones, prefiriendo que estén lo más lejos posible, en instalaciones donde sean cuidados, para así evitar la responsabilidad de sus necesidades. Esta es la manifestación de la “cultura del descarte”, una mentalidad que nos hace sentir diferentes de los más débiles y ajenos a sus fragilidades, autorizando a imaginar caminos separados entre “nosotros” y “ellos”.

Sin embargo, una larga vida, como enseña la Escritura, es una bendición. Los ancianos no son parias de los que hay que tomar distancia, sino signos vivientes de la bondad de Dios, que concede vida en abundancia. El Papa Francisco enfáticamente declara: “¡Es feo ver a los ancianos descartados, es una cosa fea, es pecado! ¡No nos atrevemos a decirlo abiertamente, pero se hace! Hay algo vil en este acostumbrarse a la cultura del descarte.” También ha dicho: “El anciano no es un extraterrestre. El anciano somos nosotros: dentro de poco, dentro de mucho, inevitablemente, aunque no pensemos en ello.”

Ilustración de personas de diferentes edades interactuando, rompiendo barreras

La Vejez como Fuente de Esperanza y Alabanza

La ancianidad no es una estación fácil de comprender, ni siquiera para quienes ya la viven. A pesar de que llega después de un largo camino, a menudo nos toma por sorpresa. Las sociedades más desarrolladas invierten mucho en esta edad de la vida, pero no ayudan a interpretarla; ofrecen planes de asistencia, pero no proyectos de existencia. Esto dificulta mirar al futuro y vislumbrar un horizonte hacia el cual dirigirse. El final de la actividad laboral, la autonomía de los hijos, la declinación de las fuerzas o la aparición de una enfermedad pueden poner en crisis nuestras certezas.

No obstante, el salmo 92 nos ofrece una buena noticia, un verdadero “evangelio”: “en la vejez seguirán dando frutos” (v. 15). El mismo salmo nos invita a seguir esperando: al llegar la vejez y las canas, Dios seguirá dándonos vida y no dejará que seamos derrotados por el mal. Confiando en Él, encontraremos la fuerza para alabarlo y descubriremos que envejecer no implica solamente el deterioro natural del cuerpo o el ineludible pasar del tiempo, sino el don de una larga vida.

Por ello, debemos aprender a llevar una ancianidad activa también desde el punto de vista espiritual, cultivando la vida interior por medio de la lectura asidua de la Palabra de Dios, la oración cotidiana, la práctica de los sacramentos y la participación en la liturgia. Esto nos ayudará a no sentirnos meros espectadores, sino a seguir siendo parte activa en el mundo.

La Misión Transformadora de los Mayores

Custodios de la Humanidad y Maestros de Paz

La ancianidad no es un tiempo inútil para hacerse a un lado, sino una estación para seguir dando frutos. Hay una nueva misión que nos espera y nos invita a dirigir la mirada hacia el futuro. El Papa Francisco subraya: “La sensibilidad especial de nosotros ancianos, de la edad anciana por las atenciones, los pensamientos y los afectos que nos hacen más humanos, debería volver a ser una vocación para muchos.” En un mundo marcado por conflictos, la generación que vivió las guerras del siglo pasado está desapareciendo, y necesitamos un cambio profundo, una conversión que desmilitarice los corazones.

Los abuelos y mayores tienen una gran responsabilidad: enseñar a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo a ver a los demás con la misma mirada comprensiva y tierna que dirigen a sus nietos. Habiendo afinado nuestra humanidad haciéndonos cargo de los demás, hoy podemos ser maestros de una forma de vivir pacífica y atenta con los más débiles. Uno de los frutos que estamos llamados a dar es el de proteger el mundo, teniendo en nuestras rodillas, con ayuda concreta o al menos con la oración, a todos aquellos nietos atemorizados que huyen de la guerra o sufren por su causa. El Papa Francisco afirma que “la vejez es un don para todas las edades de la vida. Es un don de madurez, de sabiduría.”

El Papa Francisco y la sabiduría de los ancianos frente a los sufrimientos

La Revolución de la Ternura a través de la Oración

Muchos mayores han madurado una sabia y humilde conciencia de que no nos salvamos solos, y que la felicidad es un pan que se come juntos. Es un testimonio valioso para aquellos que se engañan pensando encontrar realización personal y éxito en el enfrentamiento. En este mundo, los ancianos están llamados a ser artífices de la revolución de la ternura. El instrumento más valioso y apropiado para esta edad es la oración.

El Pontífice nos invita: “Convirtámonos también nosotros un poco en poetas de la oración: cultivemos el gusto de buscar palabras nuestras, volvamos a apropiarnos de las que nos enseña la Palabra de Dios.” Nuestra invocación confiada puede hacer mucho, acompañar el grito de dolor del que sufre y contribuir a cambiar los corazones. “¡Es un gran don para la Iglesia, la oración de los abuelos y de los ancianos! La oración de los ancianos y abuelos es un don para la Iglesia, ¡es una riqueza!”

El Desafío de la Soledad y el Abandono

Múltiples Raíces de la Soledad

Con mucha frecuencia, la soledad es la amarga compañera de la vida de los mayores. El Santo Padre ha compartido su experiencia como arzobispo de Buenos Aires, donde visitaba residencias de ancianos y notaba la escasez de visitas. Esta soledad tiene múltiples causas: en diversos países, sobre todo en los más pobres, los ancianos están solos porque sus hijos se han visto obligados a emigrar. En situaciones de conflicto, muchos se quedan solos porque los hombres han sido llamados a combatir y las mujeres dejan el país con los hijos.

Francisco también alude a una falsa creencia, arraigada en algunas culturas, que genera hostilidad hacia los ancianos, acusándolos de brujería o de “robar el futuro a los jóvenes” al hacer pesar sobre ellos el costo de la asistencia que requieren. Esta mentalidad, que ve la supervivencia de los ancianos como una amenaza para los jóvenes, es una percepción distorsionada de la realidad y debe ser combatida y erradicada. El Papa subraya: “La contraposición entre las generaciones es un engaño y un fruto envenenado de la cultura de la confrontación.”

La Contrarrevolución Individualista

La soledad y el descarte no son casuales ni inevitables; son fruto de decisiones -políticas, económicas, sociales y personales- que no reconocen la dignidad infinita de toda persona. Esto sucede cuando se pierde el valor de cada uno y las personas se convierten en una mera carga onerosa. Hoy, muchas personas buscan la propia realización personal llevando una existencia lo más autónoma y desligada de los demás que sea posible. El pasaje del “nosotros” al “yo” es uno de los signos más evidentes de nuestro tiempo.

La familia, que es la primera y más radical oposición a la idea de que podemos salvarnos solos, es una de las víctimas de esta cultura individualista. Pero cuando se envejece, a medida que las fuerzas disminuyen, el espejismo del individualismo, la ilusión de no necesitar a nadie y de poder vivir sin vínculos se revela tal cual es: uno se encuentra necesitando de todo, pero ya solo, sin ayuda, sin alguien con quien contar. El Pontífice puntualiza que la soledad y el descarte se han vuelto elementos recurrentes, con raíces en una exclusión programada o incluso en una decisión propia disfrazada de elección autónoma. “Estamos perdiendo cada vez más el sabor de la fraternidad” (Carta enc. Fratelli tutti, 33).

La Alianza Intergeneracional: Clave para el Futuro

El Ejemplo de Rut y la Promesa de un Nuevo Camino

Vivir solos no puede ser la única alternativa. El Papa Francisco encuentra en el libro de Rut una enseñanza fundamental, cuando ella no se separa de Noemí y le dice: “No insistas en que te abandone.” A la súplica “¡no me abandones!”, es posible responder “¡no te abandonaré!”. Rut nos enseña que la libertad y la valentía pueden trastocar lo que parece una realidad inmutable. Rut, quien se quedó acompañando a la anciana Noemí, fue bendecida con un matrimonio feliz y una descendencia, siendo un antepasado del Mesías. El Santo Padre nos incentiva a recorrer este camino nuevo, junto a esta joven mujer extranjera y a la anciana Noemí, sin miedo de cambiar nuestras costumbres y de imaginar un futuro distinto para nuestros ancianos.

Nuestro agradecimiento se dirige a todas esas personas que, aun con muchos sacrificios, han seguido efectivamente el ejemplo de Rut y se están ocupando de un anciano, o sencillamente muestran cada día su cercanía a parientes o conocidos que no tienen a nadie.

Los Abuelos como Sabiduría y Memoria Viva

La vida de la Iglesia y del mundo solo se comprende en la sucesión de las generaciones. Abrazar a un anciano nos ayuda a comprender que la historia no se agota en el presente, ni se consume entre encuentros fugaces y relaciones fragmentarias, sino que se abre paso hacia el futuro. El libro del Génesis relata el conmovedor episodio de la bendición dada por Jacob, ya anciano, a sus nietos, animándolos a mirar al futuro con esperanza. Si la fragilidad de los ancianos necesita del vigor de los jóvenes, la inexperiencia de los jóvenes necesita del testimonio de los ancianos para trazar con sabiduría el porvenir.

¡Cuán a menudo nuestros abuelos han sido para nosotros ejemplo de fe y devoción, de virtudes cívicas y compromiso social, de memoria y perseverancia en las pruebas! “Los abuelos son la sabiduría de la familia, son la sabiduría de un pueblo,” afirma el Papa. Y añade: “Las palabras de los abuelos tienen algo de especial para los jóvenes. Y ellos lo saben.” Los abuelos tienen una gran capacidad para comprender las situaciones más difíciles. El Papa invitó a los nietos a escuchar a sus abuelos, la “memoria del mundo” de la que pueden aprender valiosas lecciones, como el horror de la guerra, que le transmitió su propio abuelo.

Foto de un abuelo y un nieto conversando animadamente

La Iglesia frente a la Ancianidad

Un Llamado a la Revolución de la Gratitud y el Cuidado

El Jubileo, desde sus orígenes bíblicos, ha representado un tiempo de liberación. Considerando a las personas ancianas desde esta perspectiva jubilar, también nosotros estamos llamados a vivir con ellas una liberación, sobre todo de la soledad y del abandono. La fidelidad de Dios a sus promesas nos enseña que hay una bienaventuranza en la ancianidad, una alegría auténticamente evangélica, que nos pide derribar los muros de la indiferencia que con frecuencia aprisionan a los ancianos.

Frente a esta situación, es necesario un cambio de ritmo, que atestigüe una asunción de responsabilidad por parte de toda la Iglesia. Cada parroquia, asociación, grupo eclesial está llamado a ser protagonista de la “revolución” de la gratitud y del cuidado. Esto ha de realizarse visitando frecuentemente a los ancianos, creando para ellos y con ellos redes de apoyo y de oración, entretejiendo relaciones que puedan dar esperanza y dignidad al que se siente olvidado. El Papa Francisco ha instado: “No nos atrevamos a marginar a los ancianos porque la marginación corrompe todas las estaciones de la vida.” También ha elogiado a quienes se dedican al cuidado de los ancianos en todos los ambientes.

La Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores

La Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores es una ocasión para decir, con alegría, que la Iglesia quiere festejar con aquellos a los que el Señor les ha concedido “una edad avanzada”. El Santo Padre invita a anunciar esta Jornada en parroquias y comunidades, a ir a visitar a los ancianos que están más solos, en sus casas o en las residencias. Tener alguien a quien esperar puede cambiar el sentido de los días de quien ya no aguarda nada bueno del futuro; y de un primer encuentro puede nacer una nueva amistad.

La esperanza cristiana nos impulsa siempre a arriesgar más, a pensar en grande, a no contentarnos con el statu quo. Por eso, el Papa Francisco quiso que esta Jornada se celebrase sobre todo yendo al encuentro de quien está solo. Quienes no puedan ir a Roma en peregrinación, «podrán conseguir la Indulgencia jubilar si se dirigirán a visitar por un tiempo adecuado a los […] ancianos en soledad, […] como realizando una peregrinación hacia Cristo presente en ellos (cf. Mt 25, 34-36)» (Penitenciaría Apostólica, Normas sobre la Concesión de la Indulgencia Jubilar, III).

Afiche o infografía de la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores

Perseverar en la Fe y el Amor en la Vejez

El libro del Eclesiástico afirma que la bienaventuranza es de aquellos que no ven desvanecerse su esperanza (cf. 14,2). Aunque nuestra vida sea larga y el físico esté débil, nada puede impedirnos amar, rezar, entregarnos, y ser los unos para los otros, en la fe, señales luminosas de esperanza. Tenemos una libertad que ninguna dificultad puede quitarnos: la de amar y rezar.

El amor por nuestros seres queridos -por el cónyuge con quien hemos pasado gran parte de la vida, por los hijos, por los nietos que alegran nuestras jornadas- no se apaga cuando las fuerzas se desvanecen. Estos signos de vitalidad del amor, que tienen su raíz en Dios mismo, nos dan valentía y nos recuerdan que «aunque nuestro hombre exterior se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día» (2 Co 4,16). Por eso, especialmente en la vejez, perseveremos confiados en el Señor. Dejémonos renovar cada día por el encuentro con Él, en la oración y en la Santa Misa. Transmitamos con amor la fe que hemos vivido durante tantos años, en la familia y en los encuentros cotidianos; alabemos siempre a Dios por su benevolencia, cultivemos la unidad con nuestros seres queridos, que nuestro corazón abarque al que está más lejos y, en particular, a quien vive en una situación de necesidad. El pasaje bíblico también nos recuerda: “Hijo mío, socorre a tu padre en su vejez y no le causes tristeza mientras viva. Aunque pierda su lucidez, sé indulgente con él; no lo desprecies, tú que estás en pleno vigor.” (Sirac 3, 12-14).

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