La desigualdad de género es una de las problemáticas más desafiantes para todas las regiones del mundo, un aspecto que se complejiza con el contexto demográfico actual, caracterizado por una población mundial cada vez más envejecida. Esta transformación implica un aumento significativo de personas mayores, y en particular, de mujeres.
De acuerdo con las proyecciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) de 2023, para el año 2030, habrá 1.400 millones de personas de 60 años y más, representando el 16,4% de la población. Para 2060, este porcentaje ascenderá al 30%. Los datos demográficos indican que las mujeres viven más años que los varones, un fenómeno conocido como la "feminización del envejecimiento". Sin embargo, esta mayor longevidad no siempre se traduce en una mejor calidad de vida.
La intersección de género, edad y pobreza
ONU Mujeres destaca que las mujeres mayores conforman el grupo que envejece con más enfermedades crónicas, discapacidad y dependencia, y que posee menos recursos económicos. Esto se debe, en gran medida, al bajo nivel de acceso a sistemas de seguridad y protección social, como jubilaciones y pensiones, producto de una vida laboral marcada por el trabajo informal, doméstico o de cuidados no remunerados.
La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH) reconoce la existencia de "prejuicios generalizados acerca de los atributos o las características que varones y mujeres poseen o deberían poseer o de las funciones sociales que ambos desempeñan o deberían desempeñar". En consecuencia, los estereotipos de género limitan la capacidad de ambos para desarrollar sus habilidades y capacidades personales. La convivencia de los datos demográficos junto a las construcciones culturales sobre la edad y el género alerta sobre un escenario que requiere acciones concretas y urgentes.
Impacto de la pandemia en la situación de las mujeres mayores
La población de Iberoamérica es protagonista de esta revolución demográfica, con implicancias económicas, sociales y culturales particulares. La pandemia de COVID-19 generó una crisis sanitaria e intensificó la situación social y económica preexistente. Según la Comisión Económica para América Latina y El Caribe (CEPAL, 2023), se produjo "un retroceso de 18 años en la participación laboral de las mujeres en la región, viéndose afectadas también por la sobrecarga de cuidados y el aumento de la pobreza y la violencia machista".
Durante la pandemia, se pusieron en foco y en mayor tensión los modelos de protección social vigentes, las formas de redistribución y la corresponsabilidad de los cuidados a lo largo de la vida. Vivir más tiempo también plantea la ineludible necesidad de contar con sistemas y servicios de cuidados adecuados para garantizar la dignidad hasta el final de la vida. No obstante, como indica la Organización Mundial de la Salud (OMS), "si estos años adicionales están dominados por la mala salud, el aislamiento social o la dependencia de cuidados, las implicaciones para las personas mayores y para la sociedad son negativas".
Las investigadoras británicas Sara Arber y Jay Ginn remarcaron en los años noventa que el papel que juega el género en el proceso de envejecimiento no es menor, destacando la relevancia de relacionarlo con la edad, la distribución de poder, privilegios y bienestar en una sociedad.
La vulnerabilidad de las mujeres mayores y la necesidad de un enfoque interseccional
La vejez es una etapa heterogénea, multidimensional y compleja. Es fundamental aplicar un enfoque interseccional a la problemática de la desigualdad de género en la vejez para lograr un análisis más acabado y específico de las personas mayores. Esto implica promover investigaciones para la producción de datos pertinentes y abogar por la generación y gestión de acciones y políticas públicas que respondan a las necesidades de los cruces con otras variables como la discapacidad, afrodescendencia, migración, pobreza, pertenencia a pueblos indígenas y medio ambiente, entre otros.
Discriminación múltiple y desafíos en el envejecimiento
La Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores (CIPDHPM), proclamada en 2015 por la Asamblea de la Organización de los Estados Americanos (OEA), conceptualiza la discriminación múltiple. Esta se define como "cualquier distinción, exclusión o restricción hacia la persona mayor... fundada en dos o más factores de discriminación, por su posible adicional condición de mujer, padecer alguna discapacidad, poseer una determinada orientación sexual o identidad de género, ser afrodescendiente, pertenecer a un pueblo indígena o tradicional, o a un grupo étnico, racial, nacional, lingüístico, religioso o rural, ser migrante, hallarse en situación de pobreza o marginación social, carecer de hogar y/o encontrarse privada de la libertad, entre otros".
Las mujeres mayores enfrentan una triple discriminación social: por ser mujeres, por ser mayores y, si son pobres, por su situación económica, lo que conlleva un deterioro de su calidad de vida y del goce de sus derechos.

Factores que contribuyen a la pobreza en la vejez de las mujeres
Podemos identificar varias situaciones que son causa de pobreza entre las personas mayores, pero dos de las más importantes son:
- Las desigualdades se acrecientan y se acumulan a lo largo de la vida, por lo que en la vejez el impacto de estas desigualdades se radicaliza, aumentando el riesgo de pobreza o agravando una situación de pobreza ya existente.
- La discriminación por razón de edad que existe, social y estructuralmente, impide a las personas mayores ejercer sus derechos o disfrutar de bienes y servicios que les corresponden.
Como consecuencia, se encuentran altos niveles de pobreza entre las personas mayores, especialmente entre las mujeres mayores y las personas de edades más avanzadas. Las desigualdades de género y la discriminación que enfrentan las mujeres a lo largo de toda la vida para acceder a un trabajo digno tienen un impacto muy negativo en la seguridad económica de las mujeres mayores.
Según el informe "El mapa de la pobreza severa en España" de EAPN, el 4,4% de las personas jubiladas en España está en pobreza severa, y la práctica totalidad de sus ingresos está determinada por el importe de sus pensiones. Esto indica que las personas mayores están en pobreza severa por una cuestión puramente estructural que no pueden modificar por sí mismas.
El documento de la OCDE "Old-age income poverty" señala que, en promedio, el nivel de pobreza entre las personas de 66 a 75 años es del 11%, mientras que el de las personas mayores de 75 años asciende hasta el 15%. Además, solo alrededor del 20% de las personas mayores de los países de renta baja tienen acceso a una pensión, y las mujeres mayores tienen aún menos probabilidades de acceder a una pensión que los hombres mayores.
La carga de los cuidados no remunerados
El cuidado es una labor tradicionalmente asociada a las mujeres. Desde la infancia, aprenden que atender a los demás es parte de su rol. Sin embargo, cuando la vejez y la pobreza se cruzan en su camino, esta carga se convierte en un lastre que las empuja al olvido social. Muchas mujeres mayores dedican sus días a cuidar de un marido enfermo, de un hijo con discapacidad e incluso de sus nietos, sin ayuda y sin descanso. Se privan de comer, de descansar y de cuidar su propia salud para garantizar la de quienes dependen de ellas.
Esta situación las lleva a una doble vulnerabilidad: la falta de reconocimiento y el escaso apoyo institucional. A pesar de la importancia de su labor, reciben poco o ningún reconocimiento. Las ayudas económicas son escasas y los recursos sociales insuficientes. Los datos muestran que la falta de apoyo social es crítica y constituye una de las necesidades más desatendidas entre las personas mayores que viven en situación de pobreza. Las cuidadoras mayores suelen sufrir problemas de salud mental como ansiedad y depresión, y presentan mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares y musculoesqueléticas, pero la mayoría no busca ayuda médica por no poder permitírselo o por falta de tiempo.
La salud en la vejez: vivir más, pero peor
Si bien es sabido que las mujeres viven más que los hombres, también enferman más y su calidad de vida es peor en la vejez. Sus morbilidades resultan de largos años de desatención a sus necesidades específicas de salud, mala nutrición, repetidos embarazos, partos y abortos, desgaste emocional y vivencia de violencias, entre otros. Es decir, su mayor longevidad va acompañada casi siempre por la enfermedad crónica y la necesidad de asistencia.
El Estudio Nacional de Salud y Envejecimiento en México 2001 (ENASEM) reporta que, en las áreas urbanas, una mayor proporción de hombres que de mujeres de 60 años y más informa haber sido diagnosticado con enfermedad cardiovascular o pulmonar, mientras que una mayor proporción de mujeres reporta alta presión arterial y diabetes.
Pobreza en Latinoamérica - Informe #DNEWS
Discapacidad y género
El hecho de que las mujeres tengan vidas más largas no se traduce necesariamente en vidas más sanas. La probabilidad de desarrollar discapacidades aumenta con la edad, por lo que la proporción de mujeres con problemas de salud y discapacidad es también mayor. Existen determinantes económicos, sociales, políticos y culturales que influyen en la manera en que las mujeres envejecen, con consecuencias inimaginables para su salud y calidad de vida, que se traducen en un incremento de los costos para los sistemas de salud.
Datos del ENASEM para México revelan que, entre las personas de 60 años y más, una mayor proporción de mujeres que de hombres informa tener limitaciones con actividades de la vida diaria (como comer, bañarse, caminar, usar el excusado, ir a la cama), pero solamente en las áreas urbanas (8% para hombres y 14% para mujeres).
Inequidad de género en la seguridad social y económica
La vejez, al caracterizarse por la disminución de actividades laborales, implica también una disminución de los ingresos. En los países en desarrollo, solo una minoría de los ancianos cuenta con los beneficios de un sistema de jubilación. La inseguridad económica afecta a todos los ancianos, pero particularmente a aquellos que desarrollaron actividades laborales en el sector informal y no cotizaron para recibir una jubilación o pensión. Las mujeres ancianas están sobrerrepresentadas en este grupo que no recibe ingresos, debido a los roles de género tradicionales que les otorgan menos probabilidad de trabajar para generar ingresos y ahorros que les permitan solventar sus necesidades económicas en la vejez.
En México, según el ENASEM, el 45% de los hombres de 60 años y más que viven en zonas urbanas cuenta con ingresos por jubilación o pensión, mientras que en las zonas rurales, solo el 16% recibe este beneficio. La proporción de mujeres que recibe este tipo de ingresos se reduce considerablemente a 26% en zonas urbanas y a 10% en rurales. El mismo estudio revela que las mujeres, más que los hombres, reciben ayuda económica de sus hijos (72% de las mujeres de 60 años y más en áreas rurales, en comparación con el 58% de los hombres).
Acceso a servicios de salud
En muchos países, el acceso a los servicios de atención a la salud está determinado por la participación en el mercado laboral en el sector formal. Las mujeres que han trabajado toda su vida para generar ingresos, generalmente, se incorporan a la economía informal y no cotizan en las instituciones que aseguran una vejez libre de problemas o que otorgan servicios de salud en la senectud.
Para México, los datos del ENASEM muestran que, entre personas de 60 años y más, aproximadamente el mismo porcentaje de hombres y mujeres tienen derechohabiencia (77% en las áreas urbanas y 40% en las rurales). Esto se debe a que la población de mayor edad tiende a tener cobertura, no solamente por su propia derechohabiencia relacionada con la actividad laboral, sino también por ser padres dependientes de algún asegurado. Por otra parte, tradicionalmente, las mujeres usan los servicios de salud con mayor frecuencia que los hombres.
Marcos normativos y acciones para la protección
Diversos instrumentos internacionales y regionales han sentado las bases para la protección de los derechos de las personas mayores y la promoción de la igualdad de género:
- La Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW) de 1979, es el primer tratado con carácter vinculante basado en el principio de igualdad sustantiva, no discriminación y obligatoriedad del Estado.
- El Plan de Acción Internacional de Viena sobre el Envejecimiento de 1982 brindó herramientas guía en intersección con la vejez.
- Los Principios de Naciones Unidas de 1991 (Independencia, Participación, Cuidado, Autorrealización, Dignidad) también aportaron a los derechos de este grupo poblacional.
- La Recomendación general Nº 27 “sobre las mujeres de edad y la protección de sus derechos humanos”, realizada en 2010 por el Comité que supervisa la aplicación de la CEDAW, destaca la necesidad de abordar las violencias ejercidas sobre las personas mayores por razones de género.
- La Década del Envejecimiento Saludable (2021-2030) propone un marco hacia la igualdad, una iniciativa aprobada por resolución de la Asamblea General de la ONU en 2020.
- El 15 de junio, “Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez”, enfocado en reducir y erradicar las violencias ejercidas sobre las personas mayores, entre varias, por razones de género.
- La decimocuarta Reunión del Grupo de Composición Abierta sobre Envejecimiento (OEWGA) de las Naciones Unidas, celebrada del 20 al 24 de mayo de 2024, en la sede de Nueva York, con el fin de identificar las deficiencias en la protección de los derechos de las personas mayores y proponer medidas correctivas.
Es indispensable que los principios de la Convención Interamericana sobre la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores, uno de los instrumentos más completos del sistema interamericano, sean conocidos, respetados y fomentados activamente para desafiar esta exclusión histórica que afecta a las mujeres mayores.