Todos y todas necesitamos referentes, personas que nos inspiren y en las que podamos vernos reflejados. Nuestra lista de personas que nos inspiran es bastante extensa, y en esta ocasión, hemos seleccionado a varias mujeres que la conforman. Todas ellas, a través de sus vidas y experiencias, nos ofrecen valiosas lecciones de vitalidad, resiliencia y sabiduría.

Referentes de Inspiración: Vidas Activas en la Madurez
En los medios de comunicación es fundamental que se hable de las personas adultas mayores desde perspectivas que vayan más allá del dolor, rescatando narrativas que dignifiquen sus vidas y reflejen quiénes son realmente. A continuación, destacamos a algunas mujeres que han trascendido en la esfera pública y se han convertido en verdaderos ejemplos.
Luisa Cantero: La Tata, un Fenómeno Intergeneracional
Recordamos con claridad aquel 13 de marzo de 2020, cuando se declaró el Estado de Alarma y nos vimos confinados en nuestras casas. En ese momento, el actor Miguel Ángel Muñoz decide mudarse a casa de “su tata” para cuidarla y hacerle compañía. Luisa Cantero, su verdadero nombre, por aquel entonces ya se había lanzado al mundo de las redes sociales, pero fue durante el confinamiento cuando se hizo muy conocida.
Con ayuda de Miguel Ángel, transformó el salón de su hogar en un auténtico estudio de grabación donde empezaron a realizar directos en Instagram. Luisa, con 97 años, nos inspira porque muestra el valor de las actividades intergeneracionales y todo lo que se puede experimentar en una relación significativa, que en su caso, está llena de cuidado, cariño y risas.
100 días con la Tata”, la conmovedora historia de amor universal exitosa en Netflix
Concepción García Zaera: Arte Digital sin Edad
Concepción García Zaera es una artista digital española, tiene 92 años y es conocida porque comparte con sus seguidores ilustraciones que realiza únicamente con el programa Microsoft Paint. Su popularidad comenzó en 2017, gracias a que una de sus nietas descubrió la increíble habilidad de su abuela y la animó a compartirla en redes sociales.
A Concha le pareció buena idea y se creó una cuenta en Instagram, donde se describe así: “Soy una señora de 92 años. Me gusta pintar con el programa Paint. Y sobre todo estar con mi familia y con mis amigas”.

Benedicta Sanchez: Un Sueño Cumplido en la Tercera Edad
Benedicta Sanchez es una fotógrafa y actriz española, tiene 87 años. Debutó como actriz en el año 2019 con su interpretación como protagonista en la película “O que arde” de Óliver Laxe. Este filme ganó en el Festival de Cannes el Premio del Jurado de la sección Un certain regard. Además, su papel en esta película también la llevó en el año 2020 a ganar el premio Goya a la Mejor Actriz Revelación.
Benedicta Sanchez nos inspira porque es el vivo ejemplo de que se puede retomar el proyecto de vida laboral en la tercera edad y que incluso pueden cumplirse grandes sueños a raíz de esa decisión.

Sara Blanco: Superando Desafíos con Alegría
Sara Blanco es una mujer vallisoletana de 91 años. Es conocida como Sara is in the kitchen, su cuenta de Instagram, donde manda un mensaje claro y necesario: “se puede vivir y ser feliz siendo mayor y afrontando una enfermedad como el Parkinson”. Gracias a sus redes sociales, comparte consejos de moda y recetas de cocina sin que su enfermedad limite todo su potencial y carisma.
Nos inspira porque, una vez más, comprobamos que tenemos la opción de ver la enfermedad y centrarnos en los síntomas de diagnóstico o, todo lo contrario, podemos elegir seguir viendo a la persona, con virtudes, defectos, dones, intereses y habilidades.

El Legado de las Abuelas: Historias de Resiliencia y Amor
En muchos casos, las abuelas han sido parte fundamental de nuestras vidas. En el marco del Día Nacional de las Personas Adultas Mayores, conocido como Día de los abuelos y las abuelas, un grupo de mujeres nos compartió lo que significan para ellas sus abuelas.

Antonia, la Joven de 94 Años: Valentía y Esperanza
“Es una joven de 94 años, esa es mi abuela”, nos cuenta la periodista Angélica Jocelyn Soto Espinosa. “Mi abuela representa mucha jovialidad, es una mujer que realmente sí es joven. Luego los viernes vamos a las micheladas y le digo 'le voy a tomar una foto como que se la toma' y de pronto se echa el trago y sí se toma mi michelada”.
Angélica Jocelyn considera a su abuela Antonia una “libertaria en su familia”, fue quien le enseñó “una forma de vida distinta para las mujeres a la que nos contaba la sociedad”. A través de las historias que Antonia contaba a Angélica Jocelyn, le fue mostrando su rebeldía ante las imposiciones que en su época enfrentaban las mujeres. Cuando murió su abuelo, la periodista se dio cuenta de que su abuela, a sus 93 años, pensaba con esperanza en su futuro y lo que venía para ella.
“Mi abuelo ejerció violencia contra mi abuela y me tocó ver cómo se defendía frente a ello, la forma en la que ponía límites. La última vez que se fue de la casa por un hecho de violencia fue cuando cumplió 90 años. Esta capacidad de hacer frente a situaciones opresivas en la medida de lo posible, el intentar salir de ellas, para mí siempre ha sido un ejemplo desde que era chiquita”, recuerda Angélica Jocelyn.
En su columna Jilguera, la periodista escribe: “Mi abuela tenía 15 años de edad, y muchos anhelos, cuando mi abuelo decidió robarla porque necesitaba una mujer que lo atendiera. Se conocían de antes. Ella vendía flores en los bailes. Vivían en pueblos cercanos. La abuela le hizo saber que se iría para trabajar y ya no quería verlo. Él la citó para despedirse… El abuelo se hizo ayudar de un cómplice. La subió al caballo frente a la cara asustada de sus hermanitos. Le puso una pistola en la cabeza y se la llevó”.
Angélica Jocelyn explica que después de la muerte de su abuelo, la familia atravesó un proceso de duelo, pero al mismo tiempo de libertad para Antonia. “Justo la noche del velorio ella no se impactó, ella estaba pensando ya en su futuro”, la periodista se emociona y repite “a los 94 años piensa en su futuro".
Antonia nunca imaginó que después de una vida dedicada a cuidar de su esposo, seguiría para ella viajar, conocer nuevos lugares y seguir compartiendo con su familia. En un viaje a Oaxaca, mientras cenaban, su abuela vio pasar una calenda con un ambiente festivo que invitaba a bailar. Angélica Jocelyn comparte: “Fue para mí tan bonito verla brindar por esta felicidad que estábamos sintiendo y que ella a sus 94 años pudiera sentirla. Eso representa ella, esa capacidad de mirar en positivo y mirar la vida con tanto entusiasmo, fuerza, alegría pese a cualquier situación o contexto”.
La bondad de mi abuela Antonia
Los primeros 20 años de su vida, Angélica Jocelyn los vivió en casa de su abuela, quien la cuidaba mientras su mamá salía a trabajar. “Me enseñó muchas cosas desde entonces, éramos compañía. Ella me narraba lo que había vivido mientras era chiquita, historias de su vida, su visión de la vida. Ella me dijo que si fuera por ella nunca se hubiera casado. Ella no estaba enamorada, quería hacer muchas cosas de su vida, tenía muchos planes como seguir trabajando, aprender otros oficios, pero ya no pudo”, lamenta Angélica Jocelyn.
La periodista le agradece a su abuela todo el apoyo económico que le brindó cuando no tenía dinero para ir a la escuela. “Siempre se preocupaba por mí y eso me parece muy admirable de ella. Me inspira mucho esta capacidad de sentir amor, de ser muy bondadosa. Mi abuela representa una sabiduría muy grande sobre el camino de las mujeres de mi familia, al contar sus historias me contó también la historia de su abuela, su mamá, su tía”, concluye Angélica Jocelyn.
Antonia es una mujer originaria del Estado de México, desde muy chica cuidó a sus hermanos menores y a otros niños y niñas. Fue cocinera, trabajadora del hogar, trabajó con el maguey y conoce todo el proceso del pulque. Actualmente se dedica al hogar y es una adulta mayor que intenta vivir su vejez con mucha dignidad. Antonia siempre repite: “La edad está en la mente y yo me siento joven”. Tan joven que aprendió a ver la vida desde otra perspectiva, disfrutando de su profunda sabiduría y las ganas de vivir que le transmite a su familia.

Constantina: Amor en Gestos y Fortaleza Inquebrantable
Daniela Aguilar conserva las palabras de su abuela, esos modismos del bajío que se le fueron pegando con la convivencia. Aunque Constantina no expresaba el afecto a través de las palabras, Daniela aprendió a leer su amor en otros gestos y formas.
Descifró su manera de amar cuando Constantina la descubrió observando sus pericos australianos y sin dudarlo le dijo “llévatelos”. “Me sorprendió mucho ese gesto, cómo podía desprenderse de sus animales con tanta facilidad. Lo hizo porque hoy entiendo que esa es una forma de demostrar cariño, aunque no lo diga”, reflexiona Daniela.
También logró leer su manera de dar amor cuando su abuela buscaba cómo relacionarse con ella pese a las diferencias: “Algo que valoro mucho de mi abuela es que, aunque no sabía cómo comunicarme su afecto, me dejó ser y eso no es muy común, porque lo común es que esperan que te amoldes a una idea previa de lo que se espera de ti”, relata Daniela.
Daniela asegura que Constantina era muy distinta a ella. “Mi abuela era una mujer curtida por la vida, a veces podía ser muy estruendosa y yo era una niña muy sensible. Fui una niña de ciudad, ella creció en el campo”, dice. Reflexiona que entre su abuela y ella hay un salto de contexto enorme y cuestiona “¿cómo logramos comunicarnos con estas generaciones de nuestra familia con las que tenemos distancias tan grandes?”. Comprende que su abuela no sabía cómo mostrar su afecto por el contexto en el que vivió.
Cuando Daniela creció, aumentó la curiosidad hacia la historia de su abuela y las ganas de querer entenderla: “¿A qué jugabas con tu mamá?”. Desconcierto, ceño fruncido, voz bajita: “Mi mamá no jugaba con nosotros, era muy despegada”. ¿Quién te enseñó a amar, abuela?”, escribe Daniela en este texto.
Constantina con nombre de emperador y una gran fortaleza
“Mi abuela se casó porque no tenía otra opción, ella no quería hacerlo”, dice Daniela, “yo creo que de alguna manera se dio cuenta que en la sociedad en la que estaba iba a estar desprotegida si no elegía ese camino”. “Dos hombres rondaban su casa y en algún punto se dio cuenta de que, si no escogía a uno pronto, el otro se la llevaría por la fuerza. Así, la siguiente vez que mi abuelo le propuso que se fuera con él, lo hizo. Tuvo ocho hijos y luego muchos nietos”, escribe Daniela.
Daniela recuerda a su abuela como una mujer sumamente fuerte, a quien no le daba miedo enfrentarse a la gente. Un día en San José del Jaral, Guanajuato, pueblo en el que Constantina vivía, una señora se acercó a ella para recomendarle a su hijo. “Mi abuela representa los cuidados, trabajo incansable, la provisión, la fortaleza como mujer de seguir a pesar de las circunstancias”, afirma Daniela.
Después de casarse y tener hijos, Constantina y su familia se mudaron a la Ciudad de México, donde ella tuvo que buscar una forma de generar recursos, pues aunque su esposo trabajó toda su vida como obrero y era una persona constante y disciplinada, su salario no alcanzaba para ocho hijos. Aprendió a comerciar con frutas y verduras, les enseñó a sus hijos y después puso una tiendita.
“Mi abuela nació en Guanajuato en un lugar que se llama San José del Jaral. Ella fue una mujer que quedó huérfana muy chica, era la más chica de sus hermanos y vivió muchas carencias. Tuvo que trabajar desde muy pronto para ayudar a su familia”, recuerda Daniela.

Antonia (Toñis): Ser Fiel a Sí Misma y la Fuerza de la Resiliencia
Antonia, Toñita o Toñis, como le dice su nieta Angeli Vázquez, a sus 87 años no tiene miedo de ser ella misma. Y le ha enseñado a sus nietas la importancia de cuidar de su salud mental.
Durante la pandemia, Antonia se fue a vivir con sus nietas y su hija, pues necesitaba de cuidados. “Por el deterioro cognitivo se le olvidaba tomarse las pastillas. Toma medicamentos psiquiátricos, así que era fundamental que sí o sí se las tomara”, narra Angeli. Cuando Toñis vivía sola sufría muchas crisis de ansiedad, “de repente nos hablaba que se sentía mal y no podía respirar”, apunta Angeli; para ella, estudiar psicología fue una manera de devolverle a su abuela un poco de los cuidados que le dio cuando era niña. “Yo veía que se ponía muy mal y le decía qué hacer, la veía muy frágil. De esa manera yo le pude agradecer este apapacho, este cuidado que ella me brindó en mi infancia, le pude decir “tú me arropaste, aquí estoy yo para ti”, enfatizó entre lágrimas.
Antonia no tiene miedo de ser ella misma, pese al dolor
Para Angeli, su abuela Toñis significa “la valentía de estar viva. La vi crecer en un mundo tan violento y ella se ha arraigado tanto a la vida y a sus ganas de seguir siendo ella, la admiro mucho. Nunca ha perdido su esencia y siempre ha sido fiel a sí misma”.
Antonia es la menor de sus hermanos. Cuando tenía aproximadamente 28 años la obligaron a casarse. “Ella me cuenta que no se quería casar, de alguna forma ella supo salir adelante. Mi abuelo fue una persona sumamente machista, violenta. Yo lo recuerdo con mucho amor porque cuando yo nací él quedó ciego, hasta cierto punto lo idealicé pero soy muy consciente de que la violentaba”, reconoce la psicóloga. Angeli recuerda que su abuelo le gritaba constantemente a Antonia por cualquier motivo, le rechazaba la comida, entre otras groserías. “Ver que a pesar de esto vuelve a ser ella, para mí es como este significado de resiliencia, pero también de lealtad a sí misma”, dice.
Cuando él falleció, ella sufrió mucho. “Una de mis hermanas se cuestionaba ‘¿cómo lloraba esa pérdida sabiendo todo el daño que le había hecho?’”, recuerda Angeli. Aunque transitar por el duelo le costó mucho trabajo, su abuela fue retomando su vida poco a poco. La muerte de su esposo fue un parteaguas en su vida: antes era una mujer autónoma, pero con la ausencia dejó de prepararse comida o tomar sus medicamentos. Por ello, sus nietas e hija la llevaron a vivir con ellas.
Angeli notó que su relación con su abuela cambió cuando comenzaron a vivir juntas. “Empecé a reconocerla como a ella misma, la empecé a cacharla en travesuras, como a esta Toñis juguetona que a la vez piensa en ser productiva. Piensa que cuando vemos una película estamos haciendo algo malo, obviamente por estas creencias de vida que ella trae”, comparte.
Esta nueva cercanía hizo que Angeli recordara cuando ella y su abuela dedicaban días enteros a coser ropa para sus muñecas, pues Antonia era modista. “Este ha sido mi mayor vínculo con ella, porque desde muy niña ella me enseñó a tejer, bordar y hacer otras cosas”. Siempre recordará el verano en el que Toñis le enseñó a hacer una camisa, en el que la descubrió como una mujer valiente y, más allá de ser su abuela, como una mujer llena de sabiduría.
“Siento que esa experiencia fue muy fuerte para mí porque diario me iba desde la mañana y ella me hacía de comer una sopa aguada con las verduras que se encontraba en el refri. Para mí fue una experiencia que me vinculó mucho a ella y la vi como esta mujer llena de valentía, pero también fortaleza, con mucha sabiduría”, concluyó Angeli entre risas.

Margarita y Leticia: Vínculos que Transforman
Margarita y Leticia, las abuelas de Jennifer Cabeza, han sido muy importantes en su vida, en su manera de verla y vivirla. Aunque durante algún tiempo estuvo un poco distanciada de Leticia.
La distancia entre ambas comenzó a manifestarse porque Leticia es una mujer dedicada casi completamente a su matrimonio, algo que causaba un poco de desesperación en Jennifer. “Habíamos tenido una clase de separación muy pequeñita, yo pensaba: ¿por qué sigues ahí (en su matrimonio)? Se necesita mucha fuerza para cambiar tan drásticamente y dejar todo lo que amas solo porque la gente te dice que así tiene que ser”, apunta.
Sin embargo, la distancia creció cuando Jennifer se dio cuenta de que estaba embarazada y decidió interrumpir la gestación. “Mi abuela me estuvo diciendo ‘por favor ten al bebé y nosotros te ayudamos’, pero decidí no hacerlo”, compartió. Durante algunos años, ella percibió que Leticia la trataba diferente después de haber abortado. “Al poder ver que no estaba pasando, me dije ‘wey, no eres el centro de atención, estás perdiendo a tu mejor amiga solo porque crees que te está juzgando’, aunque yo era la que me estaba juzgando a mí. Decidí soltarlo y, como magia, la siguiente vez que la vi fue como antes, fue como un mensaje claro de que no era ella, era yo”, enfatizó Jennifer.
Jennifer describe a su abuela Leticia como una mujer muy creativa, a quien le gusta escribir y tocar el piano. “Siempre hay mucho arte a su alrededor y muchas historias”, dice. Recuerda que cuando era estudiante, acompañaba a su abuela a tomar clases de literatura y música, después iban a comer. Una actividad que disfrutaba mucho, porque era algo de ellas dos.
Una confidente para Margarita
“Mi abuela Margarita murió el año pasado. Los últimos 15 años de su vida, después de enviudar, subió, bajó, dio clases de catecismo porque era super dedicada a la iglesia. Literalmente murió a los 89 años y una semana antes de morir seguía manejando el carro. Estaba superbien, era superalegre, se reía muchísimo. Era muy cagada, pero a pesar de eso era muy dura. Yo escuché que me dijo te quiero una vez en la vida, igual a mi papá", comparte Jennifer.
Recuerda uno de los fines de semana más bonitos que tuvo con su abuela Margarita. Durante esos días, la creadora de contenido se convirtió en una confidente para su abuela, quien le contó secretos que no había compartido ni siquiera con sus hijos. "Ella vivía muy lejos y la fui a visitar, aproveché el viaje me quedé con ella todo el fin de semana. Solo me acuerdo que fue hermoso porque estuvimos viendo películas, me enseñó fotos de cuando era joven, me contó secretos, me dijo que nunca se lo había contado a mi papá o mis tías", recuerda Jennifer. Pese a que una de las cosas que menos le gustaban a Jennifer era que su abuela le hablara sobre la religión, ese fin de semana entre las largas pláticas logró entender "por qué le encantaba".

Enfrentando Prejuicios: Desafíos y Dignidad en la Vejez
Las experiencias de las mujeres mayores a menudo se enfrentan a prejuicios y estereotipos que menoscaban su dignidad y limitan su participación en la sociedad. Estas son algunas vivencias que reflejan los desafíos de la edad en la vida cotidiana.
Más Allá de los Estereotipos: Plena Vitalidad a los 77
Una mujer de 77 años comparte su amor por la natación: “Toda mi vida he amado nadar. Mi padre me enseñó a nadar cuando tenía 8 años. Nadar me relaja, me hace sentir activa; es parte de quien soy. Me pongo la gorra de baño y me sumerjo en la piscina mientras me siento llena de alegría. Sé que es algo que haré hasta que mi vida termine.”
“Estaba nadando en la piscina, había muchas personas y dentro de esas personas habían dos niños. Tenían aproximadamente 11 años, la misma edad de cuando gané mi primera medalla. Sus risas llamaron mi atención, y fue cuando me di cuenta que me señalaban y le decían a sus amigos ‘Miren, la vieja está nadando’ como si fuera un alíen. Claro, he olvidado decirles mi edad. Tengo 77 años, pero nado igual que cuando tenía 11, 21, 41 o 61. ¿Será que creen que a nuestra edad no estamos aptas para adentrarnos en una piscina? Todas estás preguntas me las planteo de la siguiente manera, ¿es la ignorancia la que está hablando o es una mentalidad que tiende a ser negativa en cuanto al envejecimiento y las edades mayores? ¿Será que aún no se entiende que el envejecimiento no tiene que ser negativo?”

La Vulnerabilidad en la Vejez: Un Clamor por Dignidad y Cuidado
Una mujer relata su experiencia hospitalaria: “Me encuentro tirada en la cama de un hospital donde puedo oír y ver, pero no mover o contestar a las preguntas que me hacen. Los doctores y las enfermeras se turnan para verme; mis familiares vienen de visita pero me encuentro cansada y débil. Sé que soy una carga para sus finanzas ¿Cómo puedo cambiar esto?”
“Los peores momentos los paso a la hora de la comida. Las enfermeras te ponen un plato en la mesita de noche; el problema es mi hambre y que me encuentro muy débil para poder alcanzar el plato. Pero en cambio, cuando la enfermera regresa y ve que no he podido comer me grita ‘¿Ahh con qué no vas a comer?, pues qué mimada y princesa eres.’ Y se lleva mi plato lleno. Me convenzo que no importa tanto, al final no es que tuviese tanta hambre. Mi hijo vendrá más tarde a visitarme, si es que puede salir del trabajo, y me traerá algo de comer. Solo espero que lo dejen salir durante las horas de visita.”
“Ahora que me encuentro aquí, he estado pensando en lo difícil que es estar débil y sin poder alguno. He perdido mi nombre y me he convertido en solo una ‘vieja enferma’. Si solo pudiera lavar mi cabello, visitar el salón de belleza. Ahora no me han lavado el cabello en 15 días. Antes yo trabajaba en este hospital, de hecho era enfermera y los que me atienden solían ser mis colegas.”

Libertad de Elección: Desafiando Normas de Vestimenta por Edad
Una mujer comparte su frustración al comprar ropa: “En mi país, la típica persona pensaría ‘¿Para qué esta abuelita necesita ropa nueva?’ Claro que me doy cuenta de las reacciones de las personas, así como cuando las vendedoras en las tiendas primero me escanean de pies a cabeza con sus ojos intentando adivinar mi edad. Por lo general me han dicho cosas como: ‘Señora, nos parece que esto no es apropiado para su edad, eso es para jóvenes.’ ¿Cuántos años tiene? ¡Qué estrés! ¿De quién debería ser la decisión sobre lo que compro? Estoy consciente de lo que me gusta vestir y de los colores que amo. Lo malo es que cada vez este tipo de situaciones se vuelven peores.”

Espacios Inclusivos: El Derecho a Existir en el Ámbito Público
“Un día de primavera estaba con una amiga, buscábamos un lugar lindo para tomarnos un café, la mayoría estaban llenos pero aún así logramos encontrar una mesa vacía en uno de los establecimientos. En cuanto nos acercábamos a la mesa, el mesero nos dijo que estaban llenos, a lo que respondí ‘¿A qué te refieres con llenos? si esa mesa está vacía’. Esto me generó confusión, sorpresa y vergüenza. No había mesas libres para mujeres mayores como nosotras. ¿Será que no quieren mujeres mayores a los 20, 30 años? Mientras estaba parada pensando, dos mujeres jóvenes entraron al lugar y se sentaron en la mesa libre.”

Las historias mencionadas no son inventadas. Cuando empieces a hablar sobre personas que su edad empieza con un número 6, 7, 8 o 9, que tienen arrugas en la cara y que han nacido en la primera mitad del siglo XX, recuerda que estás hablando contigo mismo en el futuro, un futuro que llegará antes de lo que crees. Ten en mente que estas mujeres que han trabajado, amado y llorado lo siguen haciendo.