La Jubilación y el Exilio de José de San Martín: Vida Después de la Independencia

José Francisco de San Martín y Matorras (Yapeyú, virreinato del Río de la Plata, 25 de febrero de 1778-Boulogne-sur-Mer, Francia, 17 de agosto de 1850) fue un militar y político argentino, reconocido como el libertador de la Argentina y Chile, y uno de los principales artífices de la emancipación del Perú. En Argentina, se le valora como el principal héroe y prócer del panteón nacional, siendo conocido como el Padre de la Patria y el «Libertador».

San Martín fue protagonista de gestas históricas como el cruce de los Andes y la liberación de Argentina, Chile y Perú. Tras concluir las guerras de independencia, el prócer inició un largo exilio en Europa, donde vivió en distintos países mientras seguía de cerca la situación política argentina. Su preocupación por los conflictos internos y su relación distante, pero no ajena, con líderes como Juan Manuel de Rosas, marcaron sus últimos años lejos de la patria que había liberado.

Retrato de José de San Martín

La Decisión de Retirarse: De Guayaquil al Apartamiento

El retiro del prócer argentino no fue un gesto de derrota, sino una decisión estratégica tomada tras la entrevista de Guayaquil en 1822, donde se evidenciaron tensiones con Simón Bolívar. En 1822, tras lograr la independencia de Chile y Perú, San Martín intentaba concluir la última etapa de su plan libertador. Sin embargo, la causa independentista que él sostenía, la cual implicaba la unificación de los estados de América en una “gran nación de repúblicas”, era muy diferente a la visión de la élite porteña y los grupos de poder locales.

San Martín centró entonces sus expectativas en lograr un acuerdo con Bolívar en vistas a unificar esfuerzos para derrotar al español. La famosa entrevista de Guayaquil, en Ecuador, se realizó entre los días 26 y 27 de julio de 1822. Pronto se hizo evidente que había entre ellos diferencias políticas y militares. Otro tema polémico surgió al tratarse sobre quién conduciría el nuevo ejército libertador que resultaría de la unión de las tropas comandadas por ambos. Mientras tanto, durante la ausencia de San Martín, se producía en Perú la destitución de un hombre de su confianza, Bernardo de Monteagudo, y crecía el descontento.

Mapa de Guayaquil durante el encuentro entre San Martín y Bolívar

Su renuncia buscaba facilitar la consolidación de la independencia en América del Sur, culminando con la victoria de Ayacucho en 1824. Este gesto, sin embargo, le generó incomprensiones y rumores entre las élites de Buenos Aires, que cuestionaron su lealtad y sus supuestas intenciones políticas.

En una carta a Bernardo O’Higgins del 25 de agosto, San Martín manifestaba: “Ya estoy cansado de que me llamen tirano, que en todas partes quiero ser rey, emperador y hasta demonio. Por otra parte, mi salud está muy deteriorada. En fin, mi juventud fue sacrificada al servicio de los españoles, mi edad media al de mi patria, creo que tengo derecho de disponer de mi vejez”. Así, San Martín tomó la drástica decisión de retirarse de todos sus cargos y dejarle sus tropas a Bolívar para que este concluyera la campaña de independencia.

El Libertador consideraba cumplido su deber de liberar a los pueblos y no quiso participar en las luchas intestinas por el poder. En sus propias palabras, plasmadas en una proclama a los peruanos, expresó: “Presencié la declaración de la independencia de los estados de Chile y el Perú; existe en mi poder el estandarte que trajo Pizarro para esclavizar al imperio de los Incas; y he dejado de ser hombre público. He aquí recompensados con usura diez años de revolución y guerra. Mis promesas para con los pueblos en que he hecho la guerra están cumplidas: hacer su independencia y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos. La presencia de un militar afortunado (por más desprendimiento que tenga) es temible a los estados que de nuevo se constituyen. Sin embargo, siempre estaré pronto a hacer el último sacrificio por la libertad del país, pero en clase de simple particular y no más. En cuanto a mi conducta pública, mis compatriotas (como en lo general de las cosas) dividirán sus opiniones. Los hijos de éstos darán el verdadero fallo. Peruanos, os dejo establecida la representación nacional.”

Con tono reflexivo, y sabiendo que su figura sería juzgada por la historia, San Martín le anticipó a su entrañable amigo Tomás Guido: “Cuando deje de existir, Vd. encontrará entre mis papeles (…) documentos originales y sumamente interesantes. (…) Ellos (…) manifiestan mi conducta pública y las razones de mi retirada del Perú (…) sí, amigo, la desgracia, porque estoy convencido de que serás lo que hay que ser, si no eres nada”. Lamentablemente, esos papeles jamás llegaron a manos de su amigo; su destino es hoy un misterio.

Los Primeros Años de Exilio en Europa (1824-1830)

Tras dejar América, San Martín llegó a Londres en 1824. Residió un tiempo en Gran Bretaña y de allí se trasladó a Bruselas (Bélgica), donde vivió modestamente. En Europa, San Martín priorizó la educación de su hija Merceditas y la administración de sus propiedades en Buenos Aires, Mendoza y Chile. En Londres buscó consolidar la educación de Merceditas y mantenerse informado sobre la situación en el continente mediante contactos con funcionarios del gobierno de Bolívar.

Sin embargo, la interacción con compatriotas en la capital inglesa resultó difícil, ya que Carlos María de Alvear y Bernardino Rivadavia difundieron rumores sobre supuestos planes monárquicos del Libertador, deteriorando su imagen.

Un Regreso Frustrado al Río de la Plata

En 1829, José de San Martín regresó al Río de la Plata tras años de vivir entre Londres y Bruselas para gestionar rentas de sus propiedades, dejando administradores a cargo. Encontró un escenario político complejo con la breve presidencia de Rivadavia (1826-1827) y el fusilamiento de Manuel Dorrego tras el enfrentamiento con Juan Lavalle, que generaron inestabilidad y allanaron el camino para la llegada de Juan Manuel de Rosas al gobierno de Buenos Aires en 1829.

Su estancia en el Río de la Plata fue efímera y simbólica: al llegar a Buenos Aires y enterarse de que Lavalle había fusilado a Dorrego, decidió no desembarcar. Su espada, sentenció, no se mancharía con sangre de hermanos. Lo atacaron desde la prensa y fue visitado por viejos compañeros como Álvarez Condarco, Guido y Olazábal, pero San Martín permaneció siete días en un buque frente a la ciudad y se alejó sin pisar tierra. Nunca más volvería. Según algunos historiadores, San Martín mantuvo una actitud indiferente frente a estas turbulencias, dado que su mundo eran las armas, no la política.

Mapa de los viajes de San Martín durante su exilio en Europa

La Vida en Francia: Grand Bourg y el Círculo Familiar

En 1830, tras la Revolución de Julio en Francia, que provocó la caída del Borbón Carlos X y el ascenso de Luis Felipe I de Orleans, San Martín se instaló definitivamente en Europa, viviendo en Francia una modesta vida de retiro voluntario. Se trasladó a París, alquilando en 1835 una casa en la calle Neuve Saint Georges, que más tarde pudo comprar. De regreso a Europa, San Martín se instaló en Francia y apoyó el matrimonio de su hija Mercedes con Mariano Balcarce, hijo del general Antonio Balcarce, amigo íntimo y compañero de campañas, lo que fortaleció los vínculos familiares. Esta unión fue un lazo de sangre y memoria que unió dos familias patriotas.

Posteriormente, adquirió una residencia en Évry-sur-Seine, conocida como Grand Bourg, donde pasaba desde Semana Santa hasta el Día de los Difuntos. La propiedad contaba con tres plantas, sótano, jardín y espacios para actividades domésticas y recreativas. El general residió en esta finca junto al Sena entre 1834 y 1848.

Representación de la casa Grand Bourg de San Martín en Francia

Familia, Nietas y Aficiones

El retiro no fue soledad absoluta. Tras la boda de Mercedes y Mariano, la pareja viajó a Buenos Aires, donde nació la primera nieta del prócer, María Mercedes en 1833. En 1837, desde Francia, San Martín escribió a Pedro Molina con ternura y orgullo: “Mis hijos llegaron [de América] con buena salud (…) y a los pocos días la mendocina dio a luz a una niña muy robusta: aquí me tiene usted con dos nietecitas cuyas gracias no dejan de contribuir a hacerme más llevaderos mis viejos días”. Mientras Mariano se desempeñaba como diplomático argentino, Mercedes criaba a sus hijas con amor y disciplina. La pintura era una de sus aficiones compartidas con su padre.

Florencio Balcarce, hermano de Mariano, los visitaba con frecuencia en París y dejó un retrato de aquella vida tranquila: “Tengo el placer -escribió- de ver la familia un día sí y otro no. Iría todas las semanas si los buques de vapor estuvieran del todo establecidos. El general goza a más no poder de esa vida solitaria y tranquila que tanto ambiciona. Un día lo encuentro haciendo las veces de armero y limpiando las pistolas y escopetas que tiene; otro día es carpintero y siempre pasa así sus ratos en ocupaciones que lo distraen de otros pensamientos y lo hacen gozar de buena salud. Mercedes se pasa la vida lidiando con las dos chiquitas que están cada vez más traviesas. Pepa, sobre todo, anda por todas partes levantando una pierna para hacer lo que llama volantín; todavía no habla más que algunas palabras suel­tas; pero entiende muy bien el español y el francés. Merceditas [nieta mayor de San Martín] está en la grande empresa de volver a aprender el a b c que tenía olvidado; pero el general siempre repite la observación de que no la ha visto un segundo quieta”.

José de San Martín con su hija Mercedes y sus nietas

Salud y Relación con Rosas

Durante este período en Grand Bourg, San Martín enfrentó problemas de salud crónicos como reuma, úlceras estomacales, heridas de guerra, cólera y tuberculosis. Los tratamientos incluían baños termales y consumo de opio. Su vida en París combinaba actividades familiares, cuidados médicos, tareas domésticas y una recreación ligera por los amplios jardines de su vivienda.

Su relación con Juan Manuel de Rosas evolucionó lentamente; aunque inicialmente fue crítico de la persecución política, con los años reconoció la necesidad de un gobierno fuerte. Incluso llegó a ofrecer sus servicios militares durante el bloqueo francés de 1838, oferta que fue declinada por Rosas de manera diplomática.

Desafíos Económicos y el Apoyo de un Amigo

A lo largo de su retiro de 25 años, San Martín vivió cómodamente, aunque también pasó por períodos de estrecheces económicas. Hacia 1827, su salud se deterioró, resentida por el reumatismo, y su situación económica se complicó, ya que sus menguadas rentas apenas le alcanzaban para su manutención. Entre los negocios que San Martín dejó en el país al partir, estaba su quinta de Barriales, en Mendoza, y algunas propiedades en Buenos Aires, incluyendo la esquina frente a la Plaza de Mayo, donde actualmente se encuentra la sede del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Los problemas económicos comenzaron cuando el peso se depreció durante la Guerra con el Brasil, y el gobierno peruano se vio en dificultades económicas para pagar el empréstito en libras esterlinas que el mismo San Martín había contraído durante el Protectorado. Estando en Chile, junto a O’Higgins, abrieron una cuenta conjunta en Londres para cobrar una comisión por la compra de armas a Inglaterra, una práctica común en la época. Sin embargo, la caída de la bolsa de Londres e inversiones desafortunadas de Álvarez Condarco (quien manejaba estos fondos), desbarataron el dinero destinado a cubrir las erogaciones de su retiro. La concesión de bienes y 500.000 pesos por parte de San Martín a figuras de la política peruana, con el fin de comprar voluntades, había creado un malestar entre las tropas argentino-chilenas, lo que generó un enfrentamiento con el almirante escocés, quien lo acusó ante el gobierno de Chile.

Mientras su hija y su yerno se encontraban en Buenos Aires, San Martín se reencontró con su antiguo compañero de armas del ejército español, Alejandro María de Aguado, un poderosísimo banquero que se había alejado de su país al adherir a las políticas de José Bonaparte. Gracias a la solicitud de este pródigo amigo, San Martín pudo pasar el postrero tramo de su vida sin vergonzosas estrecheces. La activa participación de Aguado en las finanzas de España le había granjeado el título de marqués de las Marinas del Guadalquivir, y a su muerte acumuló una fortuna de 190.000.000 de francos, cifra inmensa que causó sorpresa al mismo San Martín, quien sabía que su amigo era rico, pero no “tan” rico. A instancias de su amigo, San Martín compró un predio vecino a la casa de campo de Aguado, el ya mencionado Grand Bourg, por el que abonó 13.500 francos (un franco equivalía a 4 gramos de plata fuerte en ese entonces). Gracias a esta bonanza económica, aparejada por el vínculo con Aguado, el general decidió cederle a su amigo Tomás Guido las 50 hectáreas de la quinta de Barriales.

Retrato de Alejandro María de Aguado

Los Últimos Días en Boulogne-sur-Mer y el Legado

En junio de 1848, tras los disturbios revolucionarios en París, que forzaron a la familia a dejar la capital, San Martín se mudó a Boulogne-sur-Mer. Esta ciudad, de 30.000 habitantes y ubicada sobre el Canal de la Mancha, era conocida por sus baños de mar y su puerto histórico. Allí, San Martín disfrutaba paseos por el jardín de Tintelleries y recorridos al campamento de Boulogne, siguiendo las huellas de Napoleón, a quien admiraba pese a haberlo combatido. Mercedes se empeñaba en que sus hijas hablaran castellano y conocieran todo sobre Argentina, aunque solo lo hicieran desde la nostalgia y los relatos.

El Dr. Adolphe Gérard ofreció a San Martín el segundo piso de su casa en la Grande Rue 105, donde residió junto a su hija Mercedes, su yerno Mariano Balcarce y sus nietas Mercedes y Josefa. San Martín amaba con locura a sus nietas, pero también disfrutaba de la soledad, solía decir: “Muy contento de no tener la menor relación con ninguna persona”. Gérard lo describió como un hombre alto, amable, instruido y lúcido, que hablaba varios idiomas y mantenía una vida cultural activa a pesar de las cataratas y problemas estomacales que lo aquejaban.

Fachada de la última residencia de San Martín en Boulogne-sur-Mer

Vivía en una casa de dos plantas, sencilla, con su jardín bien cuidado, aunque la vista comenzaba a fallarle por las cataratas. En su dormitorio, colgaba el sable corvo con el que venció a los realistas. Hasta el final, habló de Cuyo, de su gente, de Mendoza. Ricardo Rojas lo resumió con emoción: “Nunca dejó de amar a Mendoza (…) la recordaba siempre, como si ella fuese toda la patria o algo necesario en su vida”.

El 17 de agosto de 1850, a los 72 años, San Martín falleció en su residencia de Boulogne-sur-Mer. Los relatos destacan su serenidad y lucidez hasta sus últimos momentos, rodeado de su familia y atendido por su médico y su fiel sirviente Eusebio Soto. Fue velado y enterrado temporalmente en la catedral de la ciudad, cumpliendo posteriormente su deseo de trasladar sus restos a Buenos Aires en 1861. Así vivió sus últimos días el Libertador: entre recuerdos, nietas, pinceles, herramientas y un silencio digno. No pidió homenajes. Solo deseó que su causa, la independencia, triunfara. Y triunfó.

Reconstrucción: Los años de San Martín en Mendoza

La Casa Museo del General San Martín

El inmueble donde San Martín vivió sus últimos años en Boulogne-sur-Mer fue adquirido en 1926 por el Estado argentino por 400.000 francos, gracias a fondos recolectados mediante suscripción escolar. Actualmente, depende del Ministerio de Relaciones Exteriores y de la Embajada Argentina en Francia, y funciona como museo histórico.

La casa aún mantiene su distribución original. El primer piso albergaba el despacho de San Martín; el segundo piso incluía su dormitorio y la habitación donde falleció, con su cama y objetos personales; mientras que el tercer piso estaba reservado a su familia. También fueron preservados elementos como acuarelas realizadas por el general y tablas originales del piso. Además de la conservación patrimonial, el museo organiza actividades culturales como conciertos de música clásica, conferencias y exposiciones, y celebra anualmente el aniversario del fallecimiento del Libertador. Otros sitios en Boulogne-sur-Mer, como el Monumento ecuestre de Henri Allouard y la Cripta de la Catedral, complementan la memoria histórica de San Martín.

Interior de la casa museo de San Martín en Boulogne-sur-Mer

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