Los síndromes geriátricos en el adulto mayor

Debido a que la geriatría y la gerontología son disciplinas jóvenes, el concepto de síndromes geriátricos también lo es; de hecho, no es hasta la década de 1960 cuando comienzan a definirse como tal. Es fundamental comprender que la definición de síndrome geriátrico no nos puede hacer caer en el error de equiparar la vejez con la enfermedad. Los cambios fisiológicos del mayor son los que hacen que sus manifestaciones ante las patologías sean diferentes, constituyendo una forma de presentación propia de la edad.

Esquema explicativo sobre la diferencia entre enfermedad típica y manifestación a través de síndromes geriátricos en el paciente mayor.

Naturaleza y características de los síndromes geriátricos

Los síndromes geriátricos son condiciones clínicas frecuentes en personas mayores que no encajan del todo en una enfermedad específica, pero que impactan fuertemente su funcionalidad, autonomía y calidad de vida. Se definen como una serie de signos y síntomas cuya presentación típica solo ocurre en la mitad de los pacientes geriátricos. La heterogeneidad de las personas mayores, la pluripatología y la polifarmacia hacen que llegar a un diagnóstico certero sea una tarea compleja.

Frecuencia y vulnerabilidad

Si bien pueden aparecer a cualquier edad adulta, su frecuencia se dispara en la vejez. Son muy frecuentes en mayores de 65 años y extremadamente frecuentes en quienes superan los 80 años. Las personas más frágiles, hospitalizadas o residentes en centros de larga estancia presentan un riesgo significativamente mayor.

Modos de aparición

Existen diversas formas en las que estos síndromes se manifiestan:

  • Etiología única: Un proceso concreto desencadena un síndrome.
  • Etiología múltiple: Un mismo factor puede provocar varios síndromes simultáneos.
  • Síndromes en cascada: Conocida como “cascada maligna”, ocurre cuando un síndrome desencadena otro sucesivamente (por ejemplo: infección urinaria → confusión aguda → caídas → inmovilidad → úlceras por presión).
Infografía ilustrando la

Los grandes síndromes geriátricos

Aunque el listado es extenso, destacan cinco grandes síndromes que comprometen la autonomía del adulto mayor:

1. Deterioro cognitivo

Supone un rendimiento mental por debajo de lo esperado para la edad y nivel educativo. Se manifiesta como la alteración en uno o más dominios de la cognición. Su etiología es compleja y multifactorial. Entre los abordajes se incluyen la estimulación cognitiva, la terapia ocupacional y, bajo supervisión médica, el uso de fármacos específicos.

2. Inmovilidad

Se define como la restricción, generalmente involuntaria, en la capacidad de transferencia o desplazamiento. Cerca del 20% de las personas mayores de 65 años presentan dificultades relacionadas con la movilidad. El tratamiento idóneo es la prevención, contando con el apoyo de fisioterapeutas para mejorar el bienestar funcional.

3. Inestabilidad y caídas

Es el síndrome geriátrico por excelencia y un indicador fiable de fragilidad. El 30% de los mayores de 65 años sufre al menos una caída al año, cifra que se eleva al 50% en mayores de 80. Su impacto trasciende lo físico, aumentando significativamente la dependencia y la mortalidad.

4. Incontinencia urinaria

Pérdida involuntaria de orina que afecta al 15-25% de los mayores de 65 años. No debe aceptarse como una consecuencia inevitable del envejecimiento. El abordaje requiere un manejo integral para prevenir complicaciones mayores como infecciones o lesiones cutáneas.

5. Fragilidad

Considerada la antesala de la discapacidad, se define como una disminución de la reserva fisiológica o estado de homeoestasis. Afecta aproximadamente al 10% de la población mayor de 65 años y requiere una valoración geriátrica integral para establecer un plan de cuidados individualizado.

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Abordaje y prevención

Desde la geriatría se considera que la mayoría de los síndromes son prevenibles. Un equipo multidisciplinar con un seguimiento multinivel es fundamental para disminuir su impacto. La prevención debe basarse en tres pilares:

  1. Ejercicio físico: Para mantener la masa muscular y el equilibrio.
  2. Nutrición adecuada: Controlando el peso, la masa grasa y la hidratación.
  3. Estilos de vida saludables: Evitando el consumo de alcohol, tabaco y otros tóxicos.

Es crucial evitar la iatrogenia (daño provocado por la propia asistencia), como el uso innecesario de sujeciones que derivan en inmovilidad o el uso inadecuado de fármacos (polifarmacia). El objetivo final es siempre preservar la dignidad y la calidad de vida, evitando que el entorno o la falta de conocimiento conviertan el envejecimiento en un proceso de dependencia.

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