El trágico crimen que impactó a Fito Páez: La historia de un doble homicidio en Rosario

La mañana del viernes 7 de noviembre de 1986 fue particularmente calurosa en Rosario, según recuerdan los vecinos de Balcarce y San Lorenzo. Ese día, Pepa, de 80 años y tía abuela de Fito Páez, salió a comprar a un boliche de la esquina alrededor del mediodía. De haber demorado un poco más, quizás se habría encontrado con Walter y Carlos, dos plomeros que habían visitado la casa una semana antes, cobrando una cifra alta por un arreglo que había quedado inconcluso.

En el hogar familiar convivían Pepa y Belia, de 76 años, madre de Rodolfo (el padre de Fito Páez, fallecido meses atrás) y dueña de la casa. La casona, que había conocido días más concurridos, ahora guardaba momentos y personas que solo resurgían en los recuerdos y los objetos dispersos por las habitaciones. Sin saberlo, aquel día se convertirían en las últimas protagonistas de una historia con fecha de vencimiento.

Crimen a sangre fría: El día que la tragedia golpeó a la familia Páez

Casa familiar de Fito Páez en Rosario, fachada o interior

Mientras Pepa realizaba sus compras, Belia atendió el timbre. Los plomeros, Walter y Carlos, consiguieron entrar a la casa bajo la excusa del trabajo inconcluso. En ese momento, la empleada Fermina lustraba el living. Los hombres no tardaron en mostrar sus verdaderas intenciones al cruzar el zaguán.

Walter atacó a Belia en la entrada del dormitorio. Fermina intentó defenderla, pero su intervención solo provocó que el asesino aumentara su brutalidad. Carlos, por su parte, disparó a la empleada, quien estaba embarazada, y luego mató a Belia. Tras los crímenes, los atacantes se volcaron a revisar las pertenencias de la casa, llevándose pulseras, anillos y un viejo grabador del nieto. Sin embargo, no encontraron el dinero que buscaban.

El regreso de Pepa y el hallazgo macabro

Fito Páez, quien había vivido en esa casa familiar antes de instalarse en Buenos Aires en 1981 para convertirse en un músico famoso, visitaba a sus dos "madres" de vez en cuando. Tras la muerte de su madre, Margarita, en 1963, abuela y tía abuela habían asumido roles maternales. La última vez que Fito las había visto fue un mes antes; las despedidas solían ser emotivas, con ambas mujeres mirándolo y saludándolo desde la ventana mientras él se subía al taxi, sin dejar de llorar.

Por ese mismo vidrio, Carlos vio a Pepa regresar de su diligencia. Tras entrar, la mujer dejó la bolsa con sus compras. En una de las paredes de la casa, un cuadro pequeño lucía una frase del Martín Fierro: “Naides sabe en qué rincón se oculta el que es su enemigo”. Pepa pasó junto al cuadro con la indiferencia de quien conoce algo de memoria. Hasta hoy, nadie sabe en qué rincón se ocultó Walter ni en qué momento dejó a la anciana sin control de sus movimientos. Tampoco se sabe si Pepa alcanzó a darse cuenta de lo que estaba sucediendo.

Cuando la policía llegó al lugar de los hechos, la bolsa de compras de Pepa estaba tirada en el piso, con la mercadería desparramada y la sangre empozada.

La noticia en Río y el impacto en Fito Páez

El teléfono sonó de madrugada, pero Fito Páez y su pareja Fabiana Cantilo ya estaban despiertos en su habitación de hotel en Río de Janeiro. Minutos antes, alguien había golpeado la puerta. Al otro lado de la línea, Jorge Fortunato le comunicó una noticia muy difícil, pidiéndole que la tomara lo mejor posible.

En ese momento, Páez venía de llenar el Luna Park con la gira de su disco Giros y ya tenía grabado La la la, un álbum doble en colaboración con Luis Alberto Spinetta. Había sido invitado a presentarse en Circo Voador, un local de gran prestigio. Charly García también estaba en la ciudad con su novia, Zoca, y se había unido a la delegación.

La noticia llegó como un mazazo: “Acaban de asesinar a tu abuela y a tu tía abuela, en tu casa, en Rosario”. Según Federico Anzardi en su investigación Hay cosas peores que estar solo: Fito Páez y Ciudad de pobres corazones (2021), el músico tardó en asimilar la información. Empezó a repetir: “No puede ser”. De repente, algo hizo clic y la angustia lo invadió por completo. Rompió algunas cosas y, sumido en una tristeza que lo acompañaría por años, comenzó lo que él mismo describiría como “Pánico y locura en Río de Janeiro”, horas de tristeza, bronca y desesperación. La gira había perdido todo sentido, pero por consejo de su manager, Fito decidió quedarse unos días más para conseguir asesoramiento legal.

Charly García y la "lluvia púrpura"

Fue en medio de este caos emocional que Fito divisó una videocasetera y el VHS de Purple Rain, la película de Prince. Ensimismado y borracho, escuchó frases como: “Estamos aquí reunidos para atravesar esta cosa llamada vida” y “hay algo más, un mundo donde nunca termina la felicidad y siempre se puede ver el sol”. La película terminaba con un solo de guitarra épico, melodramático y exagerado.

Fito miraba en silencio cuando Charly García, con su habitual perspicacia, resumió la película en una observación: “¿Y este, cuando se caiga del caballo?”. Esta frase, que cambiaba el clima pesado del living, provocó un ataque de risa en Fito. Charly había percibido el contraste entre el dolor que vivían y el delirio de la película. Fue la primera sonrisa del día para Fito, un momento que siempre agradecería. “Él (Charly García) me hizo reír en una de las noches más negras de mi vida”, recordó Fito.

La fuga en tabú y la búsqueda de justicia

El lunes 10 de noviembre, Fito Páez aterrizó en Buenos Aires. En Ezeiza lo esperaban fanáticos, periodistas y un angustiado Luis Alberto Spinetta. Ambos se abrazaron, charlaron y lograron salir a escondidas del aeropuerto para evitar a la prensa. Al día siguiente, Fito tuvo que declarar en una comisaría de Rosario. Relató el ritmo de la casa, los movimientos cotidianos de sus abuelas y el cariño que les tenían los vecinos del barrio. Declaró a la policía que estaban solas desde la muerte de su padre, Rodolfo.

En esos días, surgió una leyenda de que Fito estaba tan afectado que respondía a los policías a través de un sampler. Lo cierto es que el músico solía llevar un Casio SK-1, un pequeño teclado para grabar y distorsionar voces, que usaba por diversión. Sin embargo, el autor Anzardi aclara que Fito no estaba bajo ningún efecto sedante o depresivo, no le faltaban las palabras y era improbable que esas respuestas quedaran en una declaración oficial.

En una improvisada conferencia de prensa, Fito declaró: “Es muy poco lo que puedo decir con todo el lío que tengo en el mate. Vine a contar cómo vivía mi familia en su casa, porque puede servir a la investigación; a contar cómo vivían esas maravillosas mujeres.” Sobre los posibles autores, dijo que lo más probable era que se tratara “simplemente de un loco” y negó cualquier posibilidad de robo o venganza. La prensa, sin embargo, insistía con la teoría de un crimen relacionado con drogas, preguntándole si era adicto a alucinógenos o si el mensaje de sus canciones podría haber provocado el crimen. Fito solo respondió: “Lo único que tengo ahora es mi música.”

"Ciudad de pobres corazones": El disco que Fito "nunca quiso escribir"

Portada del álbum

Sin familia ni hogar en Rosario, y con Fabiana en Buenos Aires, Fito Páez no sabía adónde ir después de declarar en la comisaría. Decidió quedarse en la ciudad para cumplir con los trámites judiciales, pero comenzó a consumir pastillas como Lexotanil y Emotival, además de alcohol en cantidades superiores a las habituales. Se instaló en el departamento de Liliana, una amiga de la época de Baglietto, mientras el caso se teñía de una aparente venganza por drogas y la fiscalía intentaba implicarlo.

Los titulares de la época graficaban un ambiente de morbo y especulación: “Una salvaje orgía de sangre que hace pensar en un crimen ritual” y “¿Fito Páez víctima de una satánica venganza?”. Fito volvió a declarar y reconoció que había marihuana en la escena del crimen, pero negó saber de dónde venía y acusó a alguien de haberla plantado.

Entre el asedio de la prensa y los curiosos, en el departamento de Liliana, Fito improvisaba en un teclado Yamaha DX 100. Sumido en una angustia permanente, probaba ideas y desarrollaba su creatividad, que había quedado comprimida por el estado que portaba. El sábado 15 de noviembre, ocho días después de los crímenes, entre esas paredes con un cuadro de Violeta Parra, Fito comenzó a traducir todas sus emociones.

Ese día, La Capital publicó un artículo en su contratapa que hablaba de la “cuota de excelencia forestal” de Rosario, con un titular que decía: “Ciudad de bellos parques y jardines”. Poco después, a Fito se le ocurrió una versión más negativa del mismo lugar. Creía que Rosario no tenía nada bello para ofrecer. Así empezó a escribir una advertencia para todos los que no habían caído en la desgracia que él ya conocía, con odio y miedo de que en ese pueblo maldito todo se perdía, dando origen a "Ciudad de pobres corazones".

La creación en el exilio y la repercusión

Tras sus días en Rosario y sus responsabilidades con la justicia, Fito Páez regresó a Buenos Aires, al hogar que compartía con Fabiana Cantilo. Volvía también el tedio; pasaba todo el día como un trapo, tirado en un rincón de la cama, perdido y con una dieta de whisky, cerveza y calmantes. Según Anzardi, Fito era una víctima que incomodaba a quienes intentaban ayudarlo, sin querer hacer nada ni hablar con nadie.

Fabiana fue clave para sacarlo de ese estado de “permanente borrachera, empastillamiento y anestesia”. En palabras de Fito: “Fabi me agarró de los pelos una tarde, me puso en un Fiat y me llevó a la sala con Luis Alberto a ensayar La la la. Si eso es salvarle la vida a alguien, ella lo hizo. Y no fue la única vez que lo hizo.” A pesar de esto, su relación estaba casi rota y él no lograba deshacerse de sus demonios.

Un día, Fito vio un anuncio de Tahití en una agencia de turismo. Quería desconectarse, pero también volver a trabajar. Ya tenía una canción, Ciudad de pobres corazones, como inspiración. En ese paraíso de clima cálido y aguas tropicales, que contrastaba con la brutalidad del triple homicidio, se refugió en el anonimato para drenar su dolor y acabar las composiciones que editaría en 1987. Lo que iba a ser solo una canción se convirtió en su cuarto disco de estudio, el más rabioso y oscuro de su carrera, al que alguna vez presentó diciendo: “Es tal vez el disco que nunca quise escribir.” Bajo la dirección de Fernando Spiner, cada tema tuvo un videoclip, que sumados formaron un mediometraje.

La captura de los homicidas

En Rosario, después de un año con pocas pistas, la policía finalmente dio con Walter de Giusti y su hermano Carlos, los homicidas. Siguiendo una de las escasas pistas del caso, un efectivo se infiltró por semanas en el mundo de la prostitución en Rosario. La clave resultó ser Paola, una joven trans que confesó que el collar que usaba, un accesorio que había pertenecido a la abuela de Fito Páez, había sido un regalo de Walter.

Lo más escalofriante es que el homicida, Walter de Giusti, había sido compañero de Fito en el colegio. Hasta el día de hoy, el motivo exacto del crimen no está completamente comprobado.

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