En esta obra se presentan episodios nacionales, ilustrados por los señores, cuya existencia es un misterio en cuanto a su origen.
La convalecencia y las cavilaciones de D. Benigno
D. Benigno, aquejado por una dolencia, se encontraba en cama, sufriendo las consecuencias de un incidente que le provocó la rotura de una pierna. Esta situación, lejos de empequeñecerle, le hacía parecer casquivano y pueril, a pesar del temor a perecer. Su amigo, D. Salvador, le acompañaba fielmente, pasando los días en compañía. D. Benigno, aunque postrado, se mostraba menos triste que cuando estaba sano, y su amigo Salvador no se apartaba de él ni de noche ni de día.
En medio de su convalecencia, D. Benigno experimentaba pesadillas y alucinaciones, que lo sumían en profunda angustia. Una noche, exclamó: "¡Santa Virgen del Sagrario, ¡qué sueño he tenido! Sola, atada por los cabellos a la cola de un brioso caballo... quiero contar porque me parece que lo veo otra vez...". Salvador, intentando tranquilizarlo, le dijo riendo: "-Es todo mentira, Sr. D. Benigno-". A pesar de las palabras de su amigo, D. Benigno sentía la angustia y el frío mortal, y las visiones parecían vívidas y reales, como si envolviesen su propia finca. La estatua que veía en sus sueños parecía mover la cabeza en señal de negación, y luego se disipaba como una sombra entre los almendros. D. Benigno, perplejo, se preguntaba: "-¡Bendito sea Dios! ¿qué será esto del soñar? ¿Qué se relaciona la misma verdad?".
La enfermedad de D. Benigno le hizo reflexionar sobre su vida y sus proyectos, incluyendo la posibilidad de casarse. Tras meditar, expresó: "-¡Si yo no existiese!...". Salvador, por su parte, mantenía sus propios proyectos y planes, aunque reconoció que "No deben fundarse cálculos sobre la muerte".
Los disturbios de España y la reconciliación
Los disturbios de España, con la aparición de los "voluntarios realistas", agitaban el país. En medio de este convulso panorama, D. Benigno sentía cómo el rencor hacia quienes le habían causado mal se disipaba durante su enfermedad. Reconocía que sus distracciones eran tan "chuscas como mis sueños".
En este contexto, D. Benigno tenía "ciertos proyectos que usted conoce". Al confesar a Salvador su deseo de casarse, añadió: "yo he creído que Dios ha dispuesto que yo me case. escogí para ser mi compañera es de tal condición...". Salvador, con firmeza, replicó: "-Esos proyectos los tuve-".
Tras una reflexión, D. Benigno propuso una solución: "-Pues yo voy a dar una que creo necesaria. usted a uno de los hombres mejores que existen en el mundo. más ligera oposición a la felicidad de usted... evidentísimo que yo soy el que está demás.-".
Encuentros y reflexiones en tiempos de agitación
En tiempos de agitación política y sediciones, D. Salvador buscaba alojamiento en la posada del Dragón. El mundo parecía fraguar levantamientos, y las ideas de D. Carlos también se agitaban. La vida política y social de la época se reflejaba en los paseos, que incluían "el cadáver embalsamado de Fernando VII". Las relaciones de Salvador con gente de diversas clases le informaban de los pensamientos de "aquel astuto Sr.".
En la casa de Jenara, se mencionan figuras como Francisco Javier de Burgos y Martínez de la Rosa, y el padre Gracián, "hombre de mucha piedad y oración". Se hablaba de la "conversión de esta, o sea su entrada en las buenas vías católicas".
En un encuentro con el coronel de ejército amigo suyo, D. Tomás Zumalacárregui, Salvador comentó: "-Zumalacárregui es una buena adquisición-". La conversación derivó hacia la política y las acciones del gobierno: "¿Con que ese desdichado Gobierno del Sr. emprendido el desarme de los voluntarios realistas?...".
Salvador expresó su deseo de hablar con D. Carlos sobre "asuntos de familia", aunque se le advirtió que este "está enfermo del hígado. Ya se ve ¡ha trabajado tanto! incansable campeón de las buenas doctrinas".
Se mencionan también figuras como el Sr. D. Vizcaya, descrito como "un guapo sujeto", y la posibilidad de que "las piedras tienen corazón para palpitar por D. Carlos".
Reflexiones sobre la familia, la fe y el perdón
En una conversación, D. Benigno, visiblemente afectado, expresó: "-¡Oh! Dios mío...". Ante las palabras de Salvador, D. Benigno meditó y propuso: "-Pues yo voy a dar una que creo necesaria. usted a uno de los hombres mejores que existen en el mundo. más ligera oposición a la felicidad de usted... evidentísimo que yo soy el que está demás.-".
En otro momento, D. Benigno, con tono "entre serio y festivo", se retiró. Las vicisitudes de la vida, como "Corte por entre nieves y hielos", se sucedían.
El padre Gracián, tras una visita, se dirigió a Navarro: "-Padre, padre-dijo D. bajo el insoportable peso del sermón-, eso no puede ser. no pueden soldarse nunca, nunca, ni en el cielo. muere, que se salva, que es santa, que es pura como un ángel...". El jesuita, "perplejo, mirando a su amigo con espanto", finalmente cedió: "-Todo sea por Dios.-".
Navarro, queriendo cambiar de tema, añadió: "-¡Ah! ya me acuerdo... aquí la apuntación. hablar con usted.-". Se hacía referencia a una carta de D. Felicísimo.
En una tensa discusión entre hermanos, Salvador exclamó: "-¡Pobre hombre!-". Navarro, enfurecido, respondió: "-benigno-dijo Navarro empezando a enfurecerse-. boca y a los ojos la hiel de mis entrañas!...". La conversación se tornó amarga, con acusaciones mutuas y reproches. Salvador insistió: "-Esas cosas-dijo-no se pueden creer sin algo que lo pruebe...".
La carta de D. Felicísimo, devuelta por Salvador, se describía como un documento que "respira honradez, paciencia y bondad".
En medio de la disputa, Salvador replicó: "-¡Oh! La disputa se agriaba. conciliación.-". La mención de una figura femenina provocó una reacción vehemente: "-No la nombres, no la nombres, porque volveremos a las andadas...". La desesperación y el remordimiento se manifestaron en sus palabras: "-Soy un menguado, porque no he sabido castigar.-".
Ante la negativa de Navarro a renunciar a sus ideas, Salvador insistió: "-Renuncia a toda idea de violencia y asesinato. imposible, te envenenas el alma.-". Las calles de la Puebla parecían repetir sus pasos como "ecos de cementerio".
Compartiendo sus experiencias, ambos hermanos coincidieron en la sensación de ser perseguidos por los perros del pueblo. Los recuerdos de la niñez, de su madre y de "aquella Doña Perpetua que vivió más de cien años", surgieron en su conversación.
Navarro, reconociendo su propio carácter, afirmó: "-carácter entero y de mi honor.-", pero también admitió: "la mala tentación de mi vida, y tú... ver nunca sin violentísima antipatía.-".
Con un tono de resignación, Navarro señaló la puerta a su interlocutor: "Diciendo esto le señaló la puerta.-Adiós. No te buscaré.-".
Reflexiones sobre la realeza y la política en el siglo XIX
La obra también se adentra en las intrigas palaciegas y la política de la época, con referencias a la Reina Nuestra Señora, el Rey Don Francisco, y otros personajes de la corte. Se describe la ceremonia de la entrega de la Rosa de Oro, y las complejas relaciones entre los distintos actores del poder.
Se mencionan las intrigas diplomáticas, la influencia de figuras religiosas como el Padre Fulgencio y la Madre Patrocinio, y las tensiones entre facciones políticas. La Reina, descrita como "libre de miedos, candorosa y desmemoriada", se veía envuelta en estas disputas.
La corte se describe en medio de grandes fiestas, con Capilla, besamanos, banquete de gala y "rigodón diplomático". La solemnidad del acto de la entrega de la Rosa de Oro se realza con detalles sobre la indumentaria y las ceremonias religiosas.
Se reflexiona sobre la figura de la Reina y sus decisiones políticas, como la posibilidad de enviar "un millón de reales para la limosna de San Pedro". La Duquesa de Fitero, personaje de "gran linaje", también es descrita en sus temores y reflexiones religiosas.
La conversación entre la Reina y Narváez revela las tensiones políticas y las decisiones tomadas en relación con asuntos de familia y cargos en la corte. Se menciona el deseo de la Reina de "atraer a mi lado con algún cargo al hijo de un leal servidor que no ha sido recompensado".
El personaje del Sumiller de Corps, D. Jerónimo Fernando Baltasar de Cisneros y Carvajal, es presentado en su rutina y sus aspiraciones, así como en sus interacciones con la Reina. Se describe su carácter "vano, charlatán, muy cortés, un poco falso".
La Reina expresa su deseo de hacer la felicidad de los españoles, pero también su frustración ante la "ingratitud" recibida. Se mencionan las conspiraciones para destronarla y la sorpresa de una carta del "franchute a Serrano".
El pasaje concluye con la descripción del besamanos, la solemnidad del Trono y la presencia de la Familia Real, incluyendo al Príncipe de Asturias, cuya figura se describe con detalles que evocan su fragilidad.
