La Cultura Apache y el Legado de sus Ancianos

Los apaches eran un grupo de pueblos nativos, culturalmente cercanos, de zonas de Arizona, Nuevo México, Texas, Sonora, Chihuahua, Coahuila y Nuevo León. La primera vez que se tiene constancia de la utilización del término “apache” fue el 9 de septiembre de 1598, por parte del explorador Juan de Oñate, en el pueblo de San Juan (Rio Arriba County, Nuevo México). Oñate lo oyó de los zuñi, parte de los nativos Pueblo del oeste de Nuevo México, quienes les llamaban “apachu”, que significa “enemigo”.

Los españoles aplicaron este término a los nativos de habla atabascana que erraban por los alrededores de las tierras de los nativos Pueblo. Esta es la teoría más aceptada, pero existe otra. La tribu yuma de los yavapai decía “e-patch”, que significa “hombres que luchan” o “la lucha contra los hombres”. Los apaches se denominaban a sí mismos “Ndeh”, “Ndee”, “N’de”, “Dišnë”, “Tišnde” o “Inde”, según la tribu a la que pertenecieran, que quiere decir “la gente”, “hombre” o “el pueblo”. Hablaban un conjunto de lenguas atabascanas meridionales.

Organización Social y Economía Apache

Los apaches nunca estuvieron unidos bajo una misma organización social, sino que formaban grupos familiares relacionados entre sí por lazos matrimoniales o por meras razones de subsistencia. Cada grupo se componía de varias familias. Una familia apache estaba compuesta por los padres, los hijos solteros, casados, hijas y sus esposos e hijos. Los grupos familiares variaban en tamaño, desde 40 hasta 250 personas.

Esta variación estaba determinada por la popularidad del líder del grupo, así como por su capacidad para vivir de los recursos del territorio. Si el grupo era demasiado grande, los recursos se agotaban rápidamente; si el grupo era pequeño, no podía defenderse eficazmente. Varias familias podían formar una banda y varias bandas, una tribu. Los españoles denominaban a las diferentes bandas o tribus por el lugar en el que vivían, por las actividades a que se dedicaban e incluso, en algún caso, por el nombre de su líder.

Cada una de las bandas tenía su propio líder, el cual ejercía de jefe de guerra, aunque también podía ser otro (un destacado guerrero). Debido al carácter individualista del apache, los jefes ejercían relativamente poca autoridad, excepto en la guerra y en las incursiones para conseguir botín. Su economía se basaba en la caza y en la recolección, aunque algunos Western Apaches, como los White Mountain, también cultivaban maíz.

El producto de sus incursiones formaba una parte importante de su subsistencia, y los asentamientos de los nativos Pueblo, españoles, mexicanos y, finalmente, estadounidenses, sufrían las consecuencias de sus acciones. Los apaches no criaban caballos, por lo que se los robaban a sus vecinos sedentarios, al igual que las mulas y el ganado vacuno y ovino. El apache, cuando no necesitaba más su caballo, por agotamiento, por estar enfermo o, simplemente, porque le perseguían, se introducía en una zona rocosa y montañosa, lo mataba y se lo comía. Ya robaría otro.

Guerrero apache montando a caballo en un paisaje desértico

La Familia y la Crianza en la Sociedad Apache

Matrimonio y Estructura Familiar

La familia con residencia matrilocal era predominante en las tribus apaches, es decir, parejas casadas que vivían en la vivienda de la madre de la esposa, practicando la exogamia que obligaba a casarse con una persona de distinto clan. Así, la mujer era el miembro fijo del grupo, mientras el hombre era originario de otro, contribuyendo de esa manera a la estabilidad de dos familias, la suya y la de su cónyuge.

Una excepción era el hijo de un jefe, al que preparaban para suceder a su padre, no yendo al grupo de su mujer, sino que se quedaba en el de su padre. Cada familia tenía su propia vivienda y varias de ellas formaban el grupo. El hombre participaba en la manutención de sus suegros, sobre todo, si eran mayores. Se dirigía a su suegro siempre con respeto y evitaba hablar directamente con su suegra. El vivir con la familia de su mujer no le impedía llegar a ser jefe si lograba el reconocimiento de los demás miembros del grupo.

El Embarazo y el Nacimiento

Los niños eran muy apreciados entre los apaches. Con los primeros signos del embarazo, la mujer apache tomaba medidas para salvaguardar el parto y la buena salud del feto. Para evitarle lesiones, se abstenía de tener relaciones sexuales tan pronto como se interrumpía la menstruación. Las restricciones alimenticias que observaba no eran excesivas: comía poca carne grasienta para que el feto no se hiciese demasiado grande y el parto no fuese difícil. Evitaba comer intestinos de animales, porque los apaches los asociaban con la muerte de niños estrangulados por el cordón umbilical.

Las mujeres embarazadas seguían haciendo sus quehaceres, aunque no estaban obligadas a realizar actividades extenuantes. Se abstenían de caminar demasiado, de levantar pesadas cargas y de sentarse durante largos períodos, instándoles a descansar lo necesario. La consideración con que era tratada reflejaba el amor que sentían por los niños. “Una mujer a punto de ser madre era tratada como una niña”.

Evitaban montar a caballo y asistir a las ceremonias de “Gaan” o danzarines enmascarados porque creían que su visión podía “lastimar tanto a la madre como al niño”, quien podría no nacer y matar a la madre. Algunos de los futuros padres tenían mucho cuidado con esto porque el danzarín llevaba una máscara en su cabeza y el niño, según sus creencias, podía nacer con una membrana amniótica sobre su cara.

Al inicio de los dolores del parto acudían las mujeres parientes de la mujer: su madre, su abuela, sus tías y sus hermanas mayores. Si la familia del marido vivía cerca, su madre o su hermana también podían ayudar. Cuando entre las parientes había una experta en partos, no se pedía ayuda externa. De lo contrario, se buscaba el servicio de una mujer que tuviera experiencia. Esa mujer, a menudo, era seleccionada sobre la base de “la buena suerte que hubiera tenido en traer bebés al mundo”. Si tenía “varios hijos”, era un feliz augurio.

Cuando llegaba el parto, el marido salía del hogar. A menos que hubiera una emergencia, no podía estar presente durante el nacimiento. La mujer apache daba a luz en cuclillas. Para acelerar el nacimiento podían darle de comer cuatro trozos pequeños de las hojas interiores de la yuca con sal, uno tras otro. La matrona masajeaba el abdomen de la mujer hacia abajo y recibía al niño. Cortaba el cordón umbilical a una pulgada y media del ombligo del bebé con un trozo de pedernal negro o con el borde afilado de un trozo de hoja de caña o yuca, y anudaba el extremo o lo ataba con un cordón de hoja de yuca. Si el niño no lloraba ni respiraba, se echaba agua fría sobre su cuerpo.

Entre los apaches jicarillas era costumbre frotar al bebé con una mezcla de ocre rojo y grasa antes de envolverlo en una manta suave y también lavarlo con agua de, al menos, dos de sus cuatro ríos sagrados: el Canadian, el Chama, el Pecos y el Río Grande (el antropólogo Morris Edward Opler enumeró el río Arkansas en lugar del Chama). El cordón umbilical se envolvía en la tela sobre la que la mujer estaba en cuclillas.

En el libro “Apache Legends & Lore of Southern New Mexico” de Lynda A. Sánchez, aparece: “Si el bebé era hombre, el cordón umbilical se enterraba con oraciones especiales entre huellas de animales. Por ejemplo, si uno deseaba que su hijo fuera un poderoso guerrero o líder, entonces se enterraba entre huellas de caballos; si deseaba que fuera un gran cazador se enterraba entre huellas de ciervos o alces. Colocaban al niño junto a un arbusto o árbol frutal “porque el árbol cobra vida cada año, y querían que la vida del niño se renovase como la vida del árbol”.

La Infancia y la Educación

Al nacer, la partera podía sugerir un nombre para el bebé. Sin embargo, cuando nada excepcional marcaba el nacimiento o distinguía al bebé recién nacido, su nombre no podía llegar hasta pasar dos o tres meses. Al cuarto día del parto, cuando había una razonable esperanza de que el bebé sobreviviera, se le ponía en un cesto-cuna, que los apaches llamaban “tsoch”, mientras el “hombre-medicina” realizaba un ritual consistente en alzar el “tsoch” hacia los cuatro puntos cardinales.

A pesar de la vida seminómada, tenían apego al lugar de nacimiento. Al niño se le decía dónde había nacido y cuando volvía al lugar, “lo ponían en tierra hacia los cuatro puntos cardinales. No viajaban por eso, pero lo hacían si pasaban por allí. Incluso cuando el niño se estaba haciendo grande”. Construían el cesto-cuna de roble, fresno o nogal, utilizando el tallo de la yuca para las piezas del fondo si era para una niña y de sotol si era para un niño. La piel de ciervo o ante forraba el armazón. Mientras se construía, el “hombre-medicina” rezaba para que el niño tuviera una larga y fructífera vida.

El bebé pasaba los primeros meses (de seis a diez) en la cuna que la madre transportaba sobre su espalda. Mientras trabajaba, la madre solía apoyar el cesto-cuna en el suelo o contra un árbol. Para proteger al bebé de los espíritus malvados, se ponían amuletos de turquesa o bolsas de polen sobre la parte del cesto-cuna que protegía su cabeza. A las pocas semanas de nacer el niño, su madre o su abuela materna le perforaban los lóbulos de las orejas para que pudiera “oír mejor” y obedecer más rápido. Los apaches practicaban la obediencia a los padres.

A los bebés se les enseñaba a una edad temprana a guardar silencio, debido al peligro que su llanto podía representar para el campamento cuando un enemigo estaba cerca. Si un bebé buscaba la atención de su madre llorando, esta colgaba su “tsoch” de un arbusto, no haciéndole caso hasta que se callaba. Se conocen casos de mujeres apaches que mataron a su bebé por llorar cuando su campamento era atacado para conseguir salvar al resto de su familia.

Las relaciones sexuales no se reanudaban hasta que el niño había sido destetado. Durante ese período de casi tres años todos esperaban que la pareja se contuviese. Por supuesto, el tener más de una esposa solucionaba el problema. Algunos hombres buscaban “otras mujeres” con quienes tener relaciones. Pero la presión social obligaba a cumplir esa norma de contención sexual en la mayoría de los casos. Si un hombre quería mantener relaciones sexuales con su esposa demasiado pronto, estaba sujeto a agudas críticas, las cuales decían que actuaba “en contra” de su hijo. “Se creía que no era bueno que un hombre tuviera una mujer embarazada cuando su hijo aún no caminaba. Se criticaba el tener un segundo hijo de camino cuando el primero aún no se había destetado”.

Al acabarse o alterarse la leche de la madre por su nuevo embarazo, creían que el lactante podría venir débil al estar “hambriento”. Cuando eso ocurría había otro rito: “La ceremonia del corte de pelo”. Cuando una madre estaba embarazada teniendo ya un niño de un año que todavía estaba amamantando, y ese niño enfermaba, la madre, por lo general, llevaba al niño a una anciana o a alguien que sabía qué hacer. Esa anciana cortaba el cabello del niño y ponía pintura roja sobre su cuerpo. Entonces ella le daba alguna medicina.

Durante la infancia, se le hacía varios rituales que representaban las situaciones vividas por los seres mitológicos de los apaches, el “Matador de Monstruos” y el “Hijo del Agua”, hijos los dos de “La Mujer Pintada de Blanco”. Al cumplir los siete meses de edad, se le hacía “la ceremonia de los mocasines”, en la que se le calzaba por primera vez. Durante el rito se le llamaba “Hijo del Agua”, y al realizar sus primeros cuatro pasos, el “hombre-medicina” cantaba una oración tras cada uno de ellos.

Cuando un niño nacía muerto o fallecía mientras iba en la cuna, su cuerpo era enterrado apresuradamente en una pendiente y se cubría con rocas, ramas y tierra. Si la cuna estaba hecha, tenía un destino diferente: después de hacer hendiduras en la piel de ante o ciervo, la colgaban en un árbol que estuviera al este del campamento donde había ocurrido la muerte. Nadie se atrevía a tocarla porque estaba prohibido. También se colgaba aunque el niño ya caminara antes de fallecer. Ocasionalmente, se quemaba la cuna a la muerte del niño, al igual que las posesiones de un adulto que, normalmente, se quemaban a su fallecimiento. Una cuna en buen estado, si el niño vivía, podía ser usada por un hermano recién nacido del mismo sexo, aunque había que hacer una ceremonia para el nuevo bebé.

A los siete años se le cortaba el pelo, dejándole únicamente uno o dos mechones, y a partir de entonces, no se lo volvía a cortar, lavándolo constantemente con una espuma elaborada de la raíz de la yuca. En esta etapa, recibían de su padre u otro pariente un arco para que pudiera cazar pájaros y conejos. Los juegos incluían concursos de tiro con arco, carreras corriendo con la boca llena de agua, combates de lucha libre y otros en los que se ponía a prueba la resistencia del muchacho.

Los parientes enseñaban al niño la religión de la tribu, poniendo especial atención en “Usen”, el creador de la vida, la “Mujer Pintada de Blanco” y sus hijos “Matador de Monstruos” e “Hijo del Agua”, así como los “Espíritus de las Montañas”, divinidades protectoras de los apaches. Si el niño era el primogénito del jefe, se esmeraban en las enseñanzas con la esperanza de ser reconocido en el futuro como jefe de la banda.

El Rol del Guerrero Apache y su Formación

A medida que los niños maduraban se les enseñaba las tareas propias de su sexo. A los niños se les enseñaba a cazar y las habilidades esenciales para convertirse en un guerrero. A los 14 años, el joven comenzaba su entrenamiento como guerrero novato, llamado “dikohe”, teniendo que participar cuatro veces en incursiones haciendo de ayudante de los guerreros. Durante esas incursiones, el “dikohe” llevaba una gorra ceremonial para protegerle de los espíritus malignos, bebía agua a través de un pequeño tubo y comía únicamente alimentos fríos.

El “dikohe” no combatía salvo en casos de extrema necesidad. Los guerreros le ponían a prueba, obligándole a realizar tareas menores como cuidar de los caballos, recoger leña y preparar la comida para enseñarle la autodisciplina y la supervivencia en un territorio agreste y peligroso. Las enseñanzas se completaban con la obtención del “poder sobrenatural”, que aparecía de repente, la mayoría de las veces por medio de un sueño y otras, a través de un animal salvaje. Ese “poder” podía incluir oraciones o rituales para curar a los enfermos o como protección en la guerra. Era importante para los guerreros que su jefe tuviera ese “poder”.

Las muchachas eran consideradas aptas para el matrimonio después de alcanzar la pubertad. Los jóvenes podían casarse, después de regresar de una exitosa incursión o partida de guerra, por lo general a la edad de 18 años. Para los apaches, la primera menstruación de la mujer tenía mucha importancia y todavía, hoy en día, se practica la “ceremonia de la pubertad” que dura cuatro días, incidiendo en la importancia de la longevidad como anhelo de tener una vida larga y saludable. La mujer que enseñaba a una joven debía pertenecer a un clan distinto y hacer de “madrina”, antes y durante el ritual. La muchacha llevaba un “vestido de l..." (la frase se corta aquí).

Nombres Apache

Los apaches eran considerados por el ejército de los Estados Unidos como guerreros valientes y muy buenos estrategas. Un nombre apache para un bebé estaba lleno de energía. Algunos ejemplos incluyen:

  • Nantan (niño) - Portavoz
  • Ela (niña) - Tierra
  • Onawa (niña) - Despierta, espabilada
  • Eknath (niño) - Poeta
  • Elan (niño) - Amistoso
  • Bly (niña) - Alta
  • Tarak (niño) - Estrella
  • Yuma (niño) - Hijo de un jefe
Diseño de una cuna tradicional apache o

Gerónimo: El Rostro de la Resistencia Apache

La figura de un anciano apache como Gerónimo encarna la sabiduría, la resistencia y el profundo conocimiento de su cultura, forjadas a través de una vida de desafíos y liderazgo.

Los Orígenes de Goyaalé

En febrero de 1909, Gerónimo, el último jefe indio en resistir a las fuerzas norteamericanas, cayó de su caballo completamente borracho, a orillas del río Lawton, en Oklahoma. Aquella helada noche la pasó sumergido en el agua y el 17 de ese mismo mes fallecía a causa de una pulmonía. Su propia hija Naiche dijo de él: "No era un buen hombre. Nunca oí nada bueno de él. La gente nunca dice que hizo cosas buenas".

Gerónimo nació el 16 de junio de 1829 en un campamento cercano al río Gila, que por aquel entonces formaba parte del territorio de Sonora, en México. Bautizado en su lengua nativa como Goyaalé, "el que bosteza", ha pasado a la historia como Gerónimo. Algunos sugieren que el nombre surgió como una mala pronunciación por parte de los mexicanos de su auténtico nombre indio.

Los apaches bedonkohe, una de las cuatro tribus principales de los chiricahuas -al igual que sus parientes chokonen, chihenne y nedni-, eran ya en aquel entonces una población prácticamente sedentaria que se dedicaba a cultivar judías, maíz y patatas. Esporádicamente realizaban algunos robos -apachu significa enemigo en lengua zuñi, y de ahí deriva el nombre que les pusieron los españoles-, pero generalmente sus relaciones con los mexicanos eran pacíficas.

Retrato histórico de Gerónimo, líder apache

Atributos Místicos y Campo de Actuación

Quienes le odiaban y temían creían firmemente que Gerónimo poseía atributos místicos, entre los que destacaban que era capaz de hacer encasquillar los rifles de sus enemigos y que hacía inmunes a las balas a todos aquellos que cabalgaban junto a él. La principal diferencia entre Gerónimo y otros célebres jefes indios como Toro Sentado o Caballo Loco fue su campo de actuación, que en su caso fue México, en torno a la Sierra Madre, más que al territorio estadounidense.

De hecho, su enemigo por antonomasia fue el ejército mexicano, del mismo modo que para los apaches del sur lo fueron los españoles. La sociedad chiricahua estaba dividida entre los que colaboraban con el ejército norteamericano (que eran la mayoría) y los que llevaban una vida depredadora: saqueaban y robaban ganado para luego esconderse en las estribaciones de la Sierra Madre. En este segundo grupo se encontraba Gerónimo, que era considerado un paria por la mayoría de sus compatriotas, y en la reserva de San Carlos, donde acabarían confinados, contaba con pocos partidarios.

Confinamiento y Rebelión

En 1861, el ejército de Estados Unidos comenzó una guerra contra Gerónimo con la intención de acabar con él y sus incursiones. Para lograr su objetivo, durante diez años las tropas norteamericanas perpetraron atrocidades de todo tipo contra las poblaciones apaches. En supuestas reuniones de paz, el ejército de EE. UU. asesinó a sus caudillos y les impuso como condición para poder salvar sus vidas la reclusión de su tribu en reservas.

En 1871, el jefe apache Cochise aceptó rendirse y su pueblo fue confinado en cuatro reservas situadas en Nuevo México y Arizona. Aquella "paz" duró poco ya que en 1877 las autoridades norteamericanas dieron la orden de trasladar a los apaches a la reserva de San Carlos. Aquella decisión también enviaba un mensaje a Gerónimo que acudió a parlamentar. Sin embargo, no se respetó la tregua: los soldados estadounidenses lo atraparon, cargaron de cadenas y encerraron en una prisión militar durante cuatro meses.

De allí salió sólo para ser trasladado a la reserva de San Carlos, junto con sus compatriotas. El 30 de septiembre de 1881 hubo una sublevación en la reserva ante el miedo a una supuesta operación para arrestar a los elementos más beligerantes. En aquella revuelta, 375 apaches, entre ellos 74 guerreros, escaparon de San Carlos y sembraron, con Gerónimo a la cabeza, el terror allí por donde pasaron.

Instalado en la Sierra Madre, Gerónimo buscó la manera de liberar a los que se habían quedado en San Carlos. Para ello propuso una expedición para sacar de allí a los descontentos, que en realidad eran una minoría, y robar de paso todo el ganado que pudieran. El 16 de abril, el líder apache atacó la reserva al grito de: "¡Cogedlos a todos! ¡Disparad a todo aquel que se niegue a venir con nosotros!". En realidad, muchos de los 179 apaches chihenes "liberados" que se vieron obligados a partir con el grupo de Gerónimo lo hicieron a punta de rifle. En aquella época, los apaches llevaron a cabo la más violenta razia de su historia, robando, quemando a mujeres, arrojando a niños blancos contra cactus y torturando a blancos e indios sin excepción.

La verdad de lo que pasó con Gerónimo El LEGENDARIO Guerrero Apache

La Persecución y la Rendición Final

Durante los años siguientes, el escurridizo Gerónimo esquivó a mexicanos, estadounidenses y a cuantos cazarrecompensas se cruzaron en su camino. En mayo de 1883, el Gobierno de EE. UU. ordenó realizar operaciones en México, sin contar con la autorización del Gobierno de aquel país, para dar caza a los saqueadores. Una interminable hilera de exploradores apaches se ofreció a unirse a la captura de Gerónimo, que finalmente fue cercado por el general Crook en la Sierra Madre.

Crook prometió tratar como amigo al líder apache si se rendía y le acompañaba a Estados Unidos de forma pacífica, a lo que Gerónimo, temeroso de que llegaran los mexicanos, accedió. Con las raciones de comida bajo mínimos y sin la capacidad de hacer tantos prisioneros, a Crook no le quedó más remedio que confiar en la palabra dada por el caudillo apache. Pero en una cosa sí tenía razón Gerónimo: los mexicanos estaban muy cerca. En enero de 1883, éstos sorprendieron a uno de los lugartenientes de Gerónimo. En la escaramuza murieron 14 hombres y numerosas mujeres fueron capturadas, entre ellas una esposa del líder indio.

Como consecuencia, el general Crook esperó a Gerónimo durante meses, e incluso en el Congreso estadounidense se llegó a debatir con sorna si no sería Crook el que había sido capturado y no al revés. No fue hasta finales de 1883 cuando Gerónimo, sin escapatoria en México, apareció por sorpresa en la reserva de San Carlos.

Nueva Rebelión y Decadencia Final

Durante algún tiempo, Gerónimo dio algún que otro problema en la reserva debido a su adicción al alcohol. Cansado de aquella vida y de las prohibiciones del "Gran Padre Blanco" (como los indígenas llamaban al Gobierno estadounidense), el líder organizó una nueva revuelta y huyó con un pequeño grupo de partidarios. Sorprendido en la Sierra Madre occidental, por un grupo de soldados estadounidenses que habían realizado otra incursión ilegal en territorio mexicano, Gerónimo y sus lugartenientes prometieron verse con Crook en la frontera.

El 25 de marzo de 1886 fueron fieles a su cita, aunque lo hicieron completamente borrachos. El general permaneció con gesto pétreo y se limitó a lanzarles un ultimátum: "O se rinden o les mataré aunque me lleve 50 años". A lo que Gerónimo respondió: "Me entrego. Una vez fui como el viento. Ahora me entrego ante ti, y eso es todo". Al final, como apuntó Crook, "la rendición final de Gerónimo y su reducido grupo se consiguió sólo gracias a los chiricahuas que permanecieron fieles al Gobierno".

El Legado de Gerónimo

Gerónimo todavía viviría 23 años más, reasentado como un pacífico granjero en Fort Sill, Oklahoma. El mito del gran jefe Gerónimo proviene de esa época, cuando el antiguo caudillo empezó a ser invitado como si de una gran celebridad se tratase a ferias y festivales dedicados al Viejo Oeste. En 1905, incluso participó en el desfile inaugural del presidente Theodore Roosevelt y dictó su autobiografía en términos exagerados y casi legendarios.

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