Tragedia en el Hogar Santa Marta: El incendio que cobró la vida de diez ancianas en Chiguayante

La vida de Juanita Arriagada, quien residió gran parte de su tiempo en Cabrero, estuvo marcada por la crianza de sus siete hijos y la atención a su esposo. Tras un accidente vehicular en el año 2000, Juanita quedó sola, demostrando una fortaleza inquebrantable. Sin embargo, con el paso del tiempo, comenzó a experimentar un deterioro cognitivo. Su hija Nelly Balboa relata a BioBioChile que su madre empezó a olvidar cosas, poniendo en riesgo su vida, lo que llevó a la familia a contratar una cuidadora. La resistencia inicial de Juanita a la idea de tener a alguien en casa dio paso a un empeoramiento de su Alzheimer, generando un desgaste emocional que afectó a la cuidadora. Ante esta situación, la familia tomó la difícil decisión de buscarle un hogar, una elección que Nelly lamentó profundamente, sintiendo que nunca se perdonaría si la dejaban en una institución.

El día del traslado, la familia se reunió para despedirla, comprándole ropa nueva y marcándola con su nombre, a pesar de que Juanita a ratos no los reconocía. Al llegar al Hogar Santa Marta, 15 meses antes de la tragedia, Juanita expresó eufóricamente a quien la recibió: "¡Mira dónde nos vinimos a encontrar!".

Fotografía de una mujer mayor sonriendo en un entorno hogareño

Deyanira Venegas: El adiós a una vida dedicada al arte

Deyanira Venegas, con una voz privilegiada y una vida ligada al arte, incluyendo su participación en el coro de la sinfónica y el grupo de ballet de la Universidad de Concepción, también encontró su destino en el Hogar Santa Marta. Fue profesora, aunque ejerció poco, dedicándose a la crianza de sus hijos. Su encanto y alegría atrajeron a numerosos pretendientes, quienes le escribieron cientos de poesías. Deyanira fue una mujer independiente y activa hasta sus casi 85 años, capaz de desplazarse por su cuenta para visitar a su hijo. Un día, comenzó a sufrir tropiezos y lesiones que culminaron en un diagnóstico irreversible: Alzheimer.

Su familia contrató cuidadoras, pero la falta de personal permanente y la necesidad de atención continua llevaron a su hijo, residente en Concepción, a tomar turnos de emergencia. Finalmente, la decisión fue trasladarla a un hogar. En 2016, dos años antes del trágico incendio, Deyanira llegó al Hogar Santa Marta con 97 años, buscando bienestar en sus últimos años.

Elsa Hidalgo: Una vida de protección y un misterioso final

Elsa Hidalgo vivió sola en Melipilla, sin hijos y con una familia escasa. Fue profesora y trabajó en la Cruz Roja, dedicando parte de su vida al cuidado de ancianos, organizando paseos y buscando financiamiento para ellos. Siempre destacó por su rol protector. Un día, llamó a sus "sobrinos" en Concepción pidiendo que la fueran a buscar. Estaba llena de moretones y casi sin hablar. Nunca reveló lo sucedido, aunque se sospecha de un asalto. El trauma sufrido alteró su vida y requirió cuidados. Llegó al hogar con 87 años, 10 meses antes del incendio. Con el tiempo, comenzó a mejorar y se preocupaba por las demás residentes, negándose a acostarse si no estaban todas en sus camas.

Laurentina Espinoza: El anhelo de viajar y la búsqueda de compañía

Laurentina Espinoza, quien trabajó como minera en Huachipato hasta sus casi 60 años, dedicó su vida a viajar por Chile y Perú. Recordaba con especial cariño la Laguna San Rafael. Su anhelo era conocer la tumba de Carlos Gardel y Leonardo Fabio en Argentina, un viaje que nunca concretó. Vivió un tiempo sola en Chiguayante, pero la falta de socialización la llevó a pedir ser trasladada a un hogar. Con 91 años, 7 meses antes del incendio, Laurentina se enamoró del lugar, disfrutando de sentarse junto a la chimenea, conversar y tener la comida lista. Era fanática de las pantrucas y siempre se repetía el plato.

Sus hijas, Ana y Ximena Sáez, junto a su yerno Gregorio Cuevas, relatan a BioBioChile que toda la familia se enamoró del hogar, visitándola a diario e incluso participando en las actividades. "Fuimos ignorantes. Nunca nos fijamos que el hogar no cumplía. No había extintores, los pasillos eran estrechos… Pero ella era feliz, vivía muy bien", comentaron.

Amanda Riquelme: La lucha contra la depresión y el amor por la vida

Amanda Riquelme, una de las residentes más jóvenes, sufría de glaucoma y depresión con trastorno de personalidad. Su hija mayor, Isabel Marín, confiesa a BioBioChile que su madre expresaba constantemente su deseo de morir. Cada vez que amanecía lloviendo o iban a la playa, Amanda pedía morir y había intentado suicidarse varias veces. A pesar de su lucha interna, era una mujer coqueta, le gustaba estar "arregladita" y ser la más bonita. Se enamoró del kinesiólogo del hogar y nunca quiso depender de nadie. Lloraba para que la llevaran a la casa de reposo y se iba cantando en el auto. Alcanzó a estar dos meses en el hogar antes del incendio.

Infografía detallando las medidas de seguridad contra incendios en residencias de ancianos

El Incendio: Una tragedia anunciada

La madrugada del 14 de agosto de 2018, un incendio devastador envolvió el Hogar Santa Marta en Chiguayante, cobrando la vida de diez mujeres. Horas antes del siniestro, la dueña del hogar ordenó cargar la estufa con poca leña y apagarla, ya que la mayoría de las residentes utilizaba frazadas térmicas o guateros. Sin embargo, casi cuatro horas más tarde, la misma estufa, que debía estar apagada, comenzó a recalentarse, provocando un incendio desproporcionado en el pabellón 2.

Los primeros en llegar fueron dos carabineros, quienes recibieron tres llamados de alerta. En el breve lapso entre la primera y la última llamada, el pabellón 2 ya estaba "declarado", lo que significaba que nada se podía hacer para salvar a las once mujeres que dormían en su interior. Una de las funcionarias declaró haber escuchado una explosión, pero no se sabe si ambas estaban en su puesto de trabajo.

"Cuando dijeron que habían más adultos mayores atrapados adentro de los otros pabellones y que estaban siendo alcanzados por el fuego, sin dudar comenzamos a sacarlos. Fue instinto natural", recuerda el cabo primero José Romero. Los carabineros lograron rescatar a 15 adultos mayores antes de que llegara ayuda, sacándolos en brazos mientras algunos gritaban desorientados. Del pabellón 2, solo sobrevivió una abuelita, quien logró escapar por la ventana con quemaduras, sin ayuda.

"Cuando bajó la adrenalina sentí miedo. Actuamos sin pensarlo, sólo para salvar vidas. Pensé en mi familia, en mis hijos, en mi señora. Yo no me siento un héroe, sólo logré hacer lo que más pude en ese momento junto a mi colega", relata Romero.

#ParaNiños ¿Qué hacer ante un incendio?

Investigación y responsabilidades

El informe de Labocar de Carabineros concluyó que la causa basal del incendio fue el recalentamiento del cañón de la estufa, específicamente en la zona del cañón con el entretecho, que requería una especial aislación. Contrario a lo que se pensó inicialmente, las diez abuelitas no murieron calcinadas, sino por asfixia, según demostraron los informes del Servicio Médico Legal. Algunas fueron encontradas fuera de sus camas, en lo que se presume fue un intento desesperado por escapar o ayudar.

El abogado querellante Enrique Hernández, quien representa a 7 familias, solicitó una nueva pericia para establecer con precisión la responsabilidad individual y descartar factores externos. El Hogar Santa Marta estaba construido de madera, las puertas eran más angostas que las camas y no contaba con alarmas de incendio. Existe una investigación para determinar si las funcionarias tenían capacitación para usar el extintor y actuar ante una emergencia.

"Hoy hablamos de un cuasidelito de homicidio. Hoy no es posible imputar a nadie. Sí existe negligencia, en eso tenemos convicción, pero estamos a la espera del informe para indicar quiénes son las personas responsables penalmente", aclara el abogado.

La versión de la dueña y el cierre del hogar

Marta López, la dueña del Hogar Santa Marta, declara a BioBioChile que el incendio jamás pudo preverse y lo califica como un accidente insospechado. Afirma que se había cambiado la chimenea del comedor grande por una estufa nueva Amesti, y que el sábado anterior, las visitas se calentaban la espalda pegadas a la chimenea, incluso calentando ropa. Sin embargo, la estufa nueva no fue la que se incendió. El origen del fuego fue otra estufa, sin marca, con soldaduras rotas y un cañón proveniente de una caldera.

El hogar, fundado como Casa de Reposo en 1966 y administrado por Marta desde 2010, cerró para siempre meses después del incendio. Para ella, es una herida abierta: "Dejé de ser feliz, salvo la alegría que me da ver a mi familia (…) Todos tratan de alegrarme el día a día, pero nunca sabrán el calvario que he vivido en estos 3 años. No hay noche que no despierte con las imágenes del incendio y las sirenas de los bomberos ingresando al predio".

Memoria y deuda pendiente

Desde la Municipalidad de Chiguayante, se ha intentado honrar la memoria de las abuelitas y fortalecer la oficina del adulto mayor, forjando una alianza con la Corporación de Ayuda Diez Abuelitas para el Adulto Mayor. "Hoy día nuestra sociedad, nuestro Estado, tiene una deuda pendiente con nuestros adultos mayores y en ese contexto nosotros tenemos que por lo menos, honrar la memoria de nuestras abuelitas, porque seguimos en deuda con ellas", expone Gonzalo Díaz, alcalde subrogante de Chiguayante.

Marta Provoste, una de las sobrevivientes, que dormía en otro pabellón, no recuerda el día del incendio. Debido a su demencia senil, su familia decidió llevarla a una casa de reposo para su cuidado, negando que se tratara de un abandono, ya que nunca dejaron de visitarla. Su yerno, Mario Castillo, cuestiona: "¿Qué preocupación tiene el país? Hoy los candidatos hablan, aparecen en las tragedias, pero ¿realmente se preocupan de que la población está envejeciendo?".

El día antes del incendio, Juanita llamó a sus hijos, pero solo tres de siete respondieron. Pierre, uno de sus hijos, la visitaba tres veces por semana y recuerda que hasta el último día ella lo educó con una mirada. Cada 14 de agosto, las familias se reúnen afuera del Hogar Santa Marta para una ceremonia, rezar y compartir anécdotas de las abuelitas, entre risas y lágrimas, con una herida que siempre estará presente.

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