Los Estudios de Ciencia, Tecnología y Género (CTG) han sido fundamentales para visibilizar cómo las estructuras de género patriarcales y androcéntricas han moldeado los campos científicos. Estos estudios demuestran cómo se han establecido las reglas sobre quién puede producir conocimiento válido y qué saberes son considerados legítimos. Su relevancia es particularmente alta en el contexto actual, marcado por un resurgimiento del biologicismo como justificación de desigualdades y por la proliferación de información y desinformación digital.
La persistencia de marcos explicativos androcéntricos en diversas disciplinas, incluso frente a críticas constantes, subraya la importancia de las interpelaciones impulsadas por los estudios CTG al biologicismo.

Orígenes y Desarrollo de los Estudios de Género
A partir de la década de 1970, las ciencias sociales experimentaron una crisis que cuestionó no solo los paradigmas explicativos, sino también los métodos de acceso y construcción del conocimiento. Las visiones universalistas fueron desafiadas por las políticas de la identidad, impulsadas por movimientos sociales como el feminismo del "primer mundo". Las críticas feministas a la influencia de la variable de género en la construcción del conocimiento dieron origen a los Estudios de la Mujer, precursores de los actuales estudios de género.
Estos estudios, nutridos por la crítica y revisión constante de sus investigadoras e investigadores, han introducido nuevas perspectivas, temáticas y enfoques interdisciplinarios, revitalizando las ciencias sociales a nivel global y, de manera significativa, en el contexto latinoamericano.
El Género como Categoría Analítica y su Impacto en las Ciencias Sociales
El género, como categoría social, representa una de las contribuciones teóricas más importantes del feminismo contemporáneo. Surgió como una herramienta para explicar las desigualdades entre hombres y mujeres, enfatizando la multiplicidad de identidades. Lo femenino y lo masculino se entienden como construcciones mutuas, culturales e históricas.
El género es una categoría transdisciplinaria que ofrece un enfoque globalizador, refiriéndose a los rasgos psicológicos y socioculturales atribuidos a cada sexo en un momento histórico y sociedad determinados. Las elaboraciones históricas de los géneros son sistemas de poder con un discurso hegemónico, capaces de dar cuenta de los conflictos sociales. La problematización de las relaciones de género ha logrado desnaturalizar la idea de que estas son inherentes y fijas.
Lo femenino y lo masculino no se refieren al sexo biológico, sino a las conductas consideradas como tales. En este contexto, el género se entiende como una explicación de las formas que adoptan las relaciones entre los sexos, ofreciendo una alternativa superadora a otras matrices explicativas, como la teoría del patriarcado.

La Evolución Conceptual del Término Género
Aunque Simone de Beauvoir ya en 1949 abordó la distinción en "El segundo sexo", el término género comenzó a circular en las ciencias sociales y el discurso feminista con un significado específico a partir de los años setenta. Su consolidación e impacto en América Latina se produjeron a finales de los ochenta y principios de los noventa.
John Money propuso en 1955 el término "papel de género", pero fue Robert Stoller quien estableció de manera más clara la diferencia conceptual entre sexo y género. Reflexiones sobre género abarcan todas aquellas que, a lo largo de la historia, han analizado las consecuencias y significados de pertenecer a cada uno de los sexos.
Perspectiva de Género y Epistemología
La perspectiva de género adopta una concepción epistemológica que se aproxima a la realidad desde las miradas de los géneros y sus relaciones de poder. Sostiene que las relaciones de desigualdad entre géneros tienen efectos en la producción y reproducción de la discriminación, manifestándose en todos los ámbitos de la cultura: trabajo, familia, política, organizaciones, arte, ciencia, sexualidad e historia.
La mirada de género no está limitada a las mujeres ni es exclusivamente para ellas. Existe un consenso sobre la necesidad de distinguir entre sexo y género. El sexo se refiere a un hecho biológico, mientras que el género es una definición histórica y social de roles, identidades y valores atribuidos a hombres y mujeres, internalizados a través de la socialización.
Debates y Controversias en torno al Concepto de Género
La generalización del concepto de género ha generado debates sobre su uso, pues en ocasiones se ha tergiversado y banalizado. A veces, la desagregación por sexo en estudios macrosociales se denomina género, vaciando el concepto de su contenido. Similarmente, la palabra género sustituye a "mujeres" sin un análisis profundo.
En América Latina, el debate y la confrontación teórica sobre el género no han tenido la misma fuerza que en el mundo anglosajón. Un aspecto relevante es el traslape conceptual entre género y diferencia sexual, que a menudo genera confusión. La diferencia sexual es un concepto fundamental para comprender la base sobre la que se construye el género en el debate sobre las relaciones entre hombres y mujeres.
Las feministas norteamericanas tienden a circunscribir la diferencia sexual a lo anatómico, limitándola a una distinción sustantiva entre dos grupos de personas en función de su sexo. Esto las lleva a elaborar sus planteamientos teóricos a partir de la diferencia de género. Las feministas europeas, más cercanas al psicoanálisis lacaniano, incorporan la diferencia sexual en su complejidad psicoanalítica al analizar la contradicción mujer/hombre.
Según esta teoría, mujeres y hombres son producidos por el lenguaje, las prácticas y las representaciones simbólicas, así como por procesos inconscientes vinculados a la simbolización de la diferencia sexual. La perspectiva de género, aunque en desarrollo, favorece una lectura crítica de la realidad para analizar y transformar la situación de las personas, buscando crear nuevas construcciones de sentido para vínculos no jerarquizados ni discriminatorios.
Aportes de los Estudios de Género a Áreas Específicas
Género y Trabajo
Los estudios de género y la economía feminista ofrecen herramientas analíticas para comprender las condiciones de trabajo de las mujeres. La categoría género agudiza el examen de los procesos sociales, culturales, económicos y políticos. Las relaciones de género implican relaciones de poder, haciendo de la mirada de género una mirada política.
La categoría de género, acuñada en el seno del feminismo en los años setenta, se utiliza hoy en ámbitos académicos y políticos, a pesar de su reciente separación del feminismo. Para el feminismo, los conceptos no solo explican la realidad, sino que también la politizan y transforman. La conceptualización es politización, y la eficacia de los conceptos radica en su capacidad para nombrar la realidad.
El referente social detrás de la categoría de género es el de las mujeres como colectivo, que enfrenta problemas crónicos de exclusión, explotación y subordinación. Mientras esta realidad persista, la noción de género seguirá siendo relevante para las mujeres.
En el marco de transformaciones socioeconómicas y la consolidación del movimiento feminista, se reeditan debates sobre las condiciones de producción/reproducción, los espacios privados y públicos, y la interrelación entre trabajo extra-doméstico y la emancipación de las mujeres.
El concepto de trabajo, tradicionalmente asociado a la actividad remunerada, presenta debilidades. La Modernidad separó el espacio de producción (fuera del hogar, remunerado) del de reproducción (dentro del hogar, no remunerado), lo que reforzó una división sexual del trabajo que discrimina a las mujeres en tareas de menor valor social y económico. Esta división sexual del trabajo, basada en principios de separación y jerarquía, ha asignado prioritariamente a los varones la esfera productiva y a las mujeres la reproductiva, considerando el trabajo masculino de mayor valor.
Es necesario ampliar la concepción del trabajo para incluir el conjunto de actividades que producen bienes y servicios destinados a satisfacer necesidades humanas. El trabajo doméstico y de cuidado, realizado mayoritariamente por mujeres, cumple estas características, consumiendo tiempo y energía, generando valor al cuidar de la vida y contribuyendo a la producción de nueva mano de obra.
El reconocimiento del cuidado como trabajo es una deuda histórica con la población femenina, cuya labor ha sido invisibilizada junto a su aporte productivo y económico. El cuidado implica la atención y satisfacción de necesidades físicas, biológicas, afectivas y emocionales.
La división sexual jerarquizada ha ocultado las vinculaciones entre el trabajo doméstico y el productivo, generando inequidad en la distribución de las tareas. El trabajo doméstico y de cuidado no remunerado se ubica en el centro de la reproducción social, y su falta de valoración económica y distribución desigual son raíces de las inequidades de género y la pobreza.

Género y Pobreza
Desde las últimas décadas del siglo XX, los estudios sobre género y pobreza han profundizado el concepto de "feminización de la pobreza", asociado a hogares con jefatura femenina y a menores ingresos promedio de las mujeres.
La noción de pobreza debe complejizarse para comprender su impacto en la vida de las mujeres. No se reduce a ingresos o necesidades básicas, sino que contempla aspectos tangibles e intangibles. Las mujeres sufren distintos tipos de pobreza interrelacionados, como la pobreza de tiempo, donde el cuidado de la familia restringe el tiempo para actividades productivas, recreación o descanso. La pobreza de trabajo, caracterizada por empleos de baja productividad y precariedad, también afecta a las mujeres, quienes a menudo deben priorizar actividades flexibles para conciliar con sus responsabilidades familiares, limitando sus opciones laborales.
La invisibilización del trabajo no remunerado ha generado una falsa distinción entre mujeres que "trabajan" (perciben remuneración) y las "amas de casa" (no reciben retribución), quienes no reconocen sus actividades diarias como trabajo, sino como obligaciones de género.
La falta de políticas universales que garanticen el derecho al cuidado de personas dependientes contribuye a la reproducción de "círculos viciosos de la pobreza". Se requiere una organización social del cuidado que articule hogares, Estado, mercado y comunidad. Los hogares de bajos ingresos, al no poder contratar servicios de cuidado privados, enfrentan mayores probabilidades de inserciones laborales precarias para las mujeres.
Las crisis económico-sociales agudizan esta situación, exponiendo a las mujeres a mayor precariedad e informalidad laboral, aumento de la jornada laboral y reducción de horas de descanso, autocuidado, formación y participación social o política.
La reducción de gastos en los hogares durante crisis económicas a menudo implica recortes en el trabajo doméstico y de cuidado remunerado, afectando tanto a quienes venden estos servicios como a quienes deben absorber estas tareas en sus propios hogares, multiplicando su carga laboral.
Participación Femenina en la Gestión Colectiva
La participación femenina en la vida pública, especialmente para aquellas con menores recursos económicos y capital cultural, resulta dificultosa y a menudo inaccesible. Estas actividades públicas buscan incidir en las condiciones de vida de un colectivo, requiriendo encuentro, identificación de necesidades comunes, intercambio de saberes y acuerdo de objetivos.
El proceso de ampliación participativa femenina se refleja en nuevas formas de acción que rompen con la demarcación tradicional entre lo público y lo privado. Las actividades comunitarias, la defensa de derechos humanos y la búsqueda de justicia acumulan aprendizajes ciudadanos para las mujeres.
Existen visiones que enmarcan estas participaciones en la reproducción de roles tradicionales de género (madres, esposas, cuidadoras), mientras que otras las entienden como oportunidades para la participación en procesos autogestionarios y reivindicativos (consumo, reproducción familiar, justicia), que colaboran en el desarrollo de su autonomía. Estas últimas valoran positivamente estas luchas por promover la solidaridad, la cooperación, las prácticas democráticas y los derechos humanos.
Las actividades laborales generadoras de ingresos, como microcréditos productivos y cooperativas de trabajo, surgidas de la necesidad de subsistencia económica y defensa de fuentes laborales, también han operado como escenarios de participación social y política.
Es necesario revisar los aspectos estructurales que condicionan las relaciones de trabajo autogestivas desde un marco capitalista, a la luz de las experiencias femeninas y su potencial transformador, construyendo lazos más democráticos en los espacios colectivos y en la distribución de tareas domésticas y de cuidado no remuneradas.
Las perspectivas económicas que valorizan las unidades domésticas y no se limitan al lucro deberían resaltar la importancia de la equidad de género en los ámbitos del trabajo: hogares, emprendimientos y comunidad.
La configuración de los mercados laborales se ve modelada por las intersecciones de clase, género, generación, sexualidad, región y pertenencias étnico-nacionales.
El crecimiento de la desocupación, subocupación y precariedad laboral ha llevado a procesos de reorganización de la fuerza de trabajo, dando lugar a formatos como fábricas recuperadas, cooperativas de trabajo y emprendimientos asociativos.

Estudios de Género y la Historiografía de la Ciencia
La categoría género suscita debates y controversias en las ciencias sociales debido a sus implicancias políticas e ideológicas. Sin embargo, es una categoría analítica fundamental para estudiar las construcciones sociales y culturales de los diferentes géneros a lo largo del tiempo.
La conciencia de género se ha integrado en campos tan diversos como la historia, la literatura, la ciencia, la filosofía, la economía, la sociología, la arquitectura y el trabajo social. Los estudios de género ofrecen una variedad de enfoques, desde reflexiones teóricas hasta estudios de casos particulares.
Aportes a la Historia de la Ciencia
Los estudios de género han realizado aportes significativos a la historiografía, especialmente a la historia de la ciencia. Estos estudios proponen reconstruir las diferentes líneas de la historia de la ciencia desde una perspectiva de género y explorar las indagaciones realizadas en este campo.
La investigación sobre el pensamiento de Carla Lonzi, ubicada en la línea del feminismo de la diferencia, sirve como disparador para pensar el feminismo argentino contemporáneo. Los estudios de caso incluyen la recuperación de mujeres economistas británicas de los siglos XVIII y XIX, clasificadas desde divulgadoras de ideas de economistas varones hasta creadoras de planteamientos económicos propios.
Se han abordado temas como la participación femenina en las primeras décadas de la Sociedad Argentina de Antropología (1930-1940), la historia de las mujeres en la química, la inserción social de universidades, la figura de Rebeca Gerschman como científica en los años cincuenta, y la participación de la mujer en el sistema argentino de ciencia y tecnología.
Autoras como Londa Schiebinger, Sandra Harding, Evelyn Fox Keller y Donna Haraway han sido fundamentales en la reflexión sobre género y ciencia, cuestionando la objetividad científica y visibilizando las experiencias y contribuciones de las mujeres en la producción del conocimiento científico.
La perspectiva de género en la ciencia permite analizar las estructuras de poder, los sesgos androcéntricos y la exclusión histórica de las mujeres. Busca desuniversalizar el sujeto "mujeres" y reconocer la multiplicidad de experiencias y saberes.

Economía de la Vida: Aportes de Estudios Feministas y de Género
Los estudios feministas y de género han contribuido significativamente a la comprensión de la economía, la reproducción y sus implicancias mutuas. Este enfoque, que retoma la experiencia femenina, constituye una ruptura epistemológica con la mirada científica dominante y amplía la noción de trabajo, el alcance de la economía y reposiciona la reproducción social como categoría de análisis.
La categoría de reproducción, recuperada de la teoría marxista, ha sido fundamental para pensar el trabajo y la posición de las mujeres en las sociedades. Las pensadoras feministas han mostrado el vínculo entre la reproducción de la mano de obra y la reproducción del sistema económico.
La economía tradicional, tanto la ortodoxa como la marxista, ha priorizado la reproducción del capital, descuidando la reproducción de la vida. Sin embargo, la "economía empírica", orientada a la satisfacción de necesidades materiales básicas, ha sido descubierta desde tiempos inmemoriales.
Aristóteles ya diferenciaba entre la ciencia doméstica (satisfacción de necesidades básicas) y la ciencia del adquirir (objeto de la riqueza). Karl Polanyi distinguió entre el significado formal de lo económico (relación medios-fines) y el sustantivo (proceso instituido de interacción hombre-medio ambiente para el abastecimiento de medios materiales).
Edward Palmer Thompson identificó dos modalidades de concebir el tiempo de trabajo: la "orientación al quehacer" (ritmo de trabajo dictado por ciclos naturales y procesos laborales) y el "tiempo regulado" (tiempo medido en dinero, propio del capitalismo industrial).
Existe una economía fundamental, oculta para el pensamiento económico dominante, donde las personas se orientan a la satisfacción de necesidades materiales básicas. En Latinoamérica, diversas perspectivas teóricas ponen la reproducción de la vida en el centro, cuestionando la economía neoclásica y marxista y destacando la relevancia de los aspectos culturales y sociales.
Estos marcos interpretativos se apoyan en prácticas concretas de actores sociales: estudios campesinos, desarrollos del Buen Vivir, experiencias de mutualismo, cooperativismo y trueque. Las prácticas de trabajo de las mujeres y las preguntas sobre su posición en la sociedad, concentradas en tareas reproductivas y no remuneradas, han contribuido a una comprensión más acabada de la vida económica y su vínculo con la reproducción social.
Economía del cuidado
Contribuciones de Estudios Feministas y de Género a la Economía
Desde la década de 1970, activistas y pensadoras feministas han rescatado el concepto de relaciones de reproducción de la teoría marxista, generando debates y alternativas analíticas. Estas reflexiones, al preguntar por la posición de las mujeres y sus prácticas económicas, replantean el alcance de lo económico, la noción de trabajo y los procesos de reproducción social.
Pensadoras como Karen Sacks y Eleanor Leacock interpretaron la subordinación de la mujer como un producto histórico ligado a la división del trabajo social, diferenciando el trabajo del hogar (valores de uso) del trabajo fuera del hogar (valores de cambio).
Los debates sobre el trabajo doméstico en sociedades industrializadas surgieron de la invisibilización del trabajo femenino y la concentración de mujeres en tareas reproductivas no remuneradas. La Teoría del Valor Trabajo de Marx y la forma en que medía el valor de la fuerza de trabajo se encontraban en el centro de estas discusiones.
Es preciso advertir que temáticas importantes de los estudios feministas y de género, como el cuestionamiento a la economía neoclásica, los aportes del feminismo ambiental y ecofeminismo, la contabilización del trabajo no remunerado y la integración de la economía feminista a proyectos como el Buen Vivir, quedaron fuera de este recorrido. Las discusiones del feminismo marxista y socialista cobran relevancia en el contexto de los procesos de acumulación por despojo del capitalismo neoliberal.
Los estudios feministas y de género generan quiebres fundamentales para pensar la economía y la reproducción, al poner en el centro la reproducción de la vida y las experiencias de las mujeres, visibilizando la "otra economía" fundamental para la subsistencia humana.