La incorporación de lo territorial en el abordaje de los problemas sociales ha cobrado creciente relevancia en el Trabajo Social, dada su profunda relación con la constitución histórica, política, económica y cultural de estos fenómenos. El territorio trasciende la mera dimensión geográfica en los análisis de la realidad social; se corporaliza y explicita en materializaciones, simbologías y en los relacionamientos de quienes lo habitan. Esta complejidad demanda una reflexión epistemológica profunda sobre su significado y sus implicaciones para la intervención social.

El Territorio en las Ciencias Sociales: De la Omisión al "Giro Espacial"
El Desinterés Inicial en la Sociología Clásica
En la tradición de la teoría sociológica, particularmente la desarrollada en contextos anglosajones y europeos, el espacio y la territorialidad no fueron inicialmente concebidos como categorías centrales de análisis para la disciplina. A pesar de que autores fundacionales como Durkheim, Weber o Marx abordaron las relaciones sociales en contextos espaciales determinados (por ejemplo, la ciudad, la fábrica, el campo), su enfoque se centró en dimensiones como la división del trabajo, la racionalización o la lucha de clases, y relegó el territorio a una categoría de segundo orden, de contexto o simplemente instrumental.
Esta omisión reflejó una tendencia más amplia a privilegiar categorías abstractas y universalistas -y, si se quiere, estructurales- sobre configuraciones territoriales específicas, como si los procesos sociales pudieran analizarse al margen de su anclaje espacial. La sociología clásica identificó categorías espaciales desde una perspectiva esencialista o "fija". Conceptos como el Estado-nación, el territorio y la economía nacional eran asumidos como contenedores cerrados y estables. Esta visión "containerizada" del espacio (Beck, 2005) asumía que los procesos sociales estaban confinados dentro de fronteras nacionales claramente delimitadas, lo que invisibilizaba las dinámicas transfronterizas, las territorialidades múltiples y las formas de poder no estatales.
El "Giro Espacial" y la Reconceptualización del Territorio
A partir de los años 80 y 90, con el auge de la globalización, el neoliberalismo y los estudios poscoloniales, esta concepción fue cuestionada. Desde la sociología, autores como Saskia Sassen (1991) elaboran una sociología que problematiza las categorías espaciales, los flujos y los territorios. En las ciencias sociales tuvo lugar el denominado "giro espacial", donde el espacio pasó a entenderse como una construcción social, relacional y en constante transformación (Massey, 1994; Brenner, 2004; Harvey, 2000).
La territorialidad no puede pensarse como un atributo exclusivo del Estado, sino como una dimensión disputada por múltiples actores (Estados, empresas, grupos criminales, comunidades, etc.). Desde el giro espacial, se invita a repensar categorías como región, frontera, escala y lugar, no como unidades fijas, sino como procesos dinámicos, atravesados por relaciones de poder, flujos globales y resistencias locales. La sociología se movió hacia terrenos que consideran enfoques flexibles, multiescalares y territoriales para analizar las sociedades contemporáneas.
Lyman y Scott: Hacia una Visión Multifacética de la Territorialidad
En los años 1960, Lyman y Scott (1967) propusieron una reconsideración crítica del concepto de territorialidad en la sociología. En su artículo Territoriality: A Neglected Sociological Dimension, los autores argumentaban que la sociología heredó una visión biologista del territorio, asociada con el comportamiento animal, y pasó por alto su dimensión simbólica, normativa y cultural. Identificaron formas múltiples de territorialidad en los contextos urbanos y cotidianos, tales como territorios públicos, privados, de interacción y del cuerpo. Cada una de estas formas implica modos distintos de control, acceso, intimidad y vulnerabilidad ante la invasión o el despojo, lo cual destaca cómo la territorialidad estructura profundamente la vida social. El territorio dejó de ser solo un contenedor neutral y fue tomado como un recurso socialmente distribuido y en disputa.
Su enfoque permitía examinar cómo ciertas poblaciones, algunas de ellas históricamente excluidas -indígenas, afrodescendientes, mujeres, jóvenes, etc.- experimentan privaciones espaciales que refuerzan su exclusión social. La territorialidad, entonces, aparece como una dimensión clave para comprender las formas de resistencia, apropiación y defensa del espacio en contextos de dominación. Por ejemplo, los jóvenes colonizan calles como territorios propios -mediante el grafiti o el skate-, a pesar de la vigilancia policial, para demostrar una forma de agencia territorial que subvierte las reglas del uso público (Hernández et al., 2021; Molohua, 2019).
Limitaciones y la Necesidad de un Enfoque Integral
A pesar de su aporte, la propuesta de Lyman y Scott (1967) mantenía un enfoque en tipologías y conceptos que, si bien enriquece el análisis micro, aún se distanciaba de una mirada territorial más procesual y estructural. No se abordaban las formas en que el territorio se configura históricamente mediante relaciones de poder, ni cómo se imbrican las escalas locales y globales en su producción. Aunque su trabajo propone superar la omisión del espacio en la sociología clásica, su conceptualización de los territorios aún operaba como categorías descriptivas estáticas, y no como ensamblajes dinámicos que articulan materialidades, afectos y estructuras.
Para que el territorio pueda ocupar un lugar central en la sociología contemporánea, es necesario superar tanto su biologización como su abstracción tipológica. Esto implica comprenderlo no solo como un espacio delimitado o controlado, sino como un producto social, histórico y político, atravesado por relaciones de poder, agencia, conflicto y sentidos de pertenencia. Este giro requiere una articulación más compleja entre la teoría del territorio y otros enfoques sociológicos -como la sociología de las desigualdades, la economía política, la sociología ambiental y de los movimientos sociales- que permita entender la territorialidad como dimensión constitutiva de lo social, no como mero contexto o telón de fondo. En esa dirección, las contribuciones recientes desde la sociología crítica latinoamericana y los estudios sobre espacialidades alternativas resultan fundamentales para renovar el análisis sociológico del territorio.
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Dimensiones del Territorio desde las Perspectivas Sociológicas
Tradiciones Sociológicas y el Conflicto
Desde perspectivas sociológicas, las tradiciones europeas y las norteamericanas aportaron marcos para entender los procesos sociales vinculados al territorio (Henslin, 2015). Aunque los enfoques teóricos no siempre se centran explícitamente en el territorio, lo vinculan en conceptos como sociedad, ubicación social, globalización y estratificación mundial.
En la sociología europea, el enfoque más influyente ha sido la teoría del conflicto, con raíces marxistas, que concibe la sociedad como un campo de disputa por recursos, poder y control sobre los medios de producción, entre ellos la tierra. La sociedad está estructurada fundamentalmente por las desigualdades en la distribución del poder y los recursos. El conflicto surge de estas desigualdades, especialmente entre clases, y se considera tanto inevitable como necesario para el cambio social (Marx, 1848; 1867). El territorio -que contiene, entre otras cosas, los recursos que están en disputa- se inscribe como una dimensión material del conflicto de clases, lo cual permite analizar desigualdades estructurales a través de procesos como la acumulación por desposesión o la expansión de fronteras extractivas.
Sociología Americana y Compromiso Social
Por otro lado, en el pensamiento sociológico norteamericano ha predominado una tensión entre investigación teórica y enfoques de reforma o transformación social (Henslin, 2015). Trabajos de autores como Jane Addams (1981 [1910]) o W. E. B. Du Bois (1903) representan una sociología comprometida con los problemas sociales concretos, incluyendo la pobreza, el racismo o la exclusión, en contextos específicos. Esta tradición ha evolucionado hacia formas de sociología pública y aplicada, que resultan útiles para abordar las problemáticas latinoamericanas -y del Sur Global- vinculadas al extractivismo o la marginación rural, al proponer intervenciones empíricas que reconectan análisis y acción social.
El Territorio como Base de Organización Social y Estratificación Global
Un aporte transversal en estos enfoques es una idea de territorio como base de organización social. La sociedad implica compartir un territorio, lo cual da lugar a “ubicaciones sociales” diferenciadas. Las categorías espaciales -lugar, espacio, territorio- no solo son un espacio físico, sino configuraciones históricas y políticas, y pueden ser vistas como un componente determinante en la experiencia de vida de los sujetos. En el análisis del extractivismo, por ejemplo, estas categorías permiten vincular lo local (comunidades afectadas por megaproyectos) con lo global (cadenas de valor, relaciones geopolíticas).
Igualmente, el concepto de estratificación global, donde las naciones se posicionan de forma desigual en la economía mundial, refuerza un análisis espacial del poder. Teorías como la sociología del poscolonialismo (Bhambra, 2010) o el sistema-mundo (Wallerstein, 1998) integran el territorio como una unidad política y económica sometida a relaciones de subordinación. Estas perspectivas han sido especialmente útiles en América Latina para comprender los efectos de la globalización neoliberal, la dependencia de exportaciones primarias y el resurgimiento de proyectos extractivos que reconfiguran las territorialidades y profundizan las desigualdades.
En conjunto, la sociología latinoamericana ha podido dialogar con algunos de esos enfoques sociológicos -por ejemplo, el Sistema Mundo, y la teoría marxista del conflicto- (Lander, 2006), articulando críticamente los vínculos entre espacio, poder, desigualdad y territorio, abriendo camino a enfoques que integran conflictos socioespaciales, ecologías políticas y luchas campesinas como ejes de análisis estructural y transformación social.
Aportes de la Sociología Rural Latinoamericana
Un campo importante de la sociología latinoamericana ha sido la sociología rural. Autores como Cristóbal Kay han estudiado varios hilos temáticos que estructuran el campo o los territorios rurales, desde los años ochenta, a raíz del giro neoliberal (Kay, 2007). Sus principales aportes incluyen:
- La declinación de las grandes teorías estructuralistas, como el marxismo, y el auge de enfoques más empíricos y descentralizados, que priorizan la agencia de los sujetos, las estrategias de vida y la heterogeneidad rural.
- La expansión del paradigma de la "nueva ruralidad", que desplaza el foco exclusivo en lo agrario para reconocer la pluriactividad, la importancia que han ganado las actividades no agrícolas, las migraciones y las articulaciones entre lo rural y lo urbano, y entre lo local y lo global.
- La profundización de la diferenciación campesina bajo el neoliberalismo, donde solo una minoría logra mejorar su situación mientras la mayoría sobrevive con empleos precarios o remesas.
- La crítica a la brecha estructural entre la agricultura empresarial y la campesina, agudizada por políticas que privilegian a las clases agroexportadoras capitalistas.
- El análisis de visiones campesinistas que apuestan por un desarrollo rural alternativo, basado en la autonomía, la soberanía territorial y el fortalecimiento de la economía campesina.
Esta sociología rural no abandonó el estructuralismo, y toma el territorio desde las tensiones de los mundos campesinos con el avance del neoliberalismo, los conflictos de clase, la reproducción y los proyectos políticos locales.
Economía Política del Territorio y Redes de Producción Globales
La Complejidad del Territorio en el Capitalismo Global
En el marco de la sociología económica crítica, los estudios recientes sobre lo que podemos denominar una economía política del territorio han avanzado hacia una articulación más compleja entre los procesos capitalistas globales y las configuraciones territoriales locales. Desde esta perspectiva, el territorio no es un mero contenedor pasivo de relaciones económicas, sino un elemento constitutivo de las dinámicas del capital, que opera como espacio de disputa, control, apropiación y resistencia. Trabajos como los de Harrison (2013) y Dorn y Hafner (2023) aportan marcos analíticos complementarios para comprender cómo las formas territoriales se entrelazan con las redes globales de producción, distribución y acumulación de capital.
Perspectivas de Harrison: Territorio, Red y Escala
Harrison (2013), desde una óptica socioespacial, problematiza la dicotomía tradicional entre territorio y red en el estudio de las regiones, y propone una visión "polimorfa y multidimensional" donde los elementos de territorio, red, escala y lugar coexisten en tensión. En este enfoque, los territorios son producto de procesos simultáneos de territorialización y desterritorialización que configuran formaciones sociales, como el capitalismo regional. Su análisis de mapas estratégicos en el norte de Inglaterra revela cómo las políticas de desarrollo regional alternan o combinan lógicas territoriales (ligadas al Estado y a la escala político-administrativa y técnica) con lógicas relacionales (basadas en redes urbanas y flujos económicos translocales). Así, el territorio aparece como una dimensión mutable y relacional, cuya importancia empírica debe evaluarse en función de las estrategias concretas de actores, organizaciones e instituciones.
Los "Cinco P" de la Territorialidad según Dorn y Hafner
Por su parte, Dorn y Hafner (2023) proponen una profundización teórica y conceptual del papel del territorio en las Redes Globales de Producción (GPN), integrando enfoques de tradiciones anglófonas, francófonas y latinoamericanas. Mientras que el enfoque anglófono tiende a concebir el territorio como unidad estática controlada por el Estado, la tradición francófona lo entiende como un espacio vivido y relacional, y la latinoamericana lo asume como categoría plural, política y espiritual, anclada en las luchas de los pueblos y su relación con la tierra. Desde esta convergencia, los autores introducen los "cinco P" de la territorialidad para analizar cómo las GPN territorializan, desterritorializan y reterritorializan espacios a través de procesos extractivos, de desplazamiento y de recomposición social y ecológica:
- Pluralismo
- Polisemia
- Proceso
- Poder
- Espacio Físico
Ambas propuestas permiten avanzar hacia una sociología de la economía que integre de manera más robusta la dimensión territorial.
Enfoques Críticos y Decoloniales en la Conceptualización del Territorio
Colonialidad y Descolonialidad Territorial
Incorporar la historicidad de los territorios implica preguntarse por las implicaciones de la colonización, el patrón de poder instaurado y su actualización con la modernidad colonial, reproducida en la existencialidad y en las instituciones en que se soporta. Es imposible que los procesos de transformación social logren su cometido mientras la colonialidad se reproduzca en el orden social que los naturaliza, los hace imperceptibles e incuestionables.
La descolonialidad territorial es un desprendimiento de la matriz colonial, y el Trabajo Social puede aportar para que la intervención se abra a otros saberes, otras formas de habitar y vivir en los territorios. Esta perspectiva destaca la importancia de la colonización como elemento determinante en la constitución histórica de los territorios, cuya colonialidad es menester indagar en las biografías, los contextos y las cotidianidades. Esto se asume, desde el Trabajo Social crítico, a través de teorías decoloniales y la antropología del No Lugar, en coherencia con un acercamiento a la comprensión reflexiva sobre sentidos y significados del territorio: cómo se ha tratado desde Trabajo Social.
Epistemologías del Sur y Transdisciplinariedad
Desde el enfoque crítico de las Epistemologías del Sur, se desarrolla un proceso metodológico que incluye la Sociología de las Ausencias (lo disponible), la Sociología de las Emergencias (lo posible) y el trabajo de Traducción, promoviendo un diálogo entre diversas fuentes de las ciencias sociales y del Trabajo Social. Este abordaje permitió la construcción y documentación de categorías analíticas para una comprensión crítica del territorio.
La transdisciplinariedad es un aporte fundamental para conceptualizar el territorio, pues contribuye con una forma alternativa y emergente de construir conocimientos a partir del diálogo de saberes. Este enfoque territorial ha nutrido las metodologías participativas del Sur Global. El desarrollo de estos campos requiere profundizar en la articulación entre la sociología rural, la economía crítica del capitalismo, la sociología de las materialidades y emociones y los enfoques ANT, con tradiciones latinoamericanas como la crítica del extractivismo, la IAP y las territorialidades en disputa.
Interculturalidad como Proyecto de Transformación
La Interculturalidad es un hecho inevitable de relacionamiento que puede constituirse en un proyecto de transformación y liberación. Los colectivos, pueblos, comunidades y organizaciones intentan cambiar y mejorar su diario vivir. Una crítica del capitalismo y las desigualdades se fortalece en la medida en que se reconocen las múltiples desigualdades, las diversas escalas, las relaciones de poder y las conflictividades asociadas al territorio. Las perspectivas como la IAP (Investigación-Acción Participativa) han cobrado creciente relevancia en su diálogo con la sociología del territorio.

El Territorio en la Intervención del Trabajo Social: ¿Territorio o Comunidad?
Cuestionando la dicotomía: Comunidad vs. Territorio
En la práctica docente universitaria en contextos de profundas desigualdades, surge una pregunta recurrente por parte de los estudiantes en sus procesos de inserción en contextos territoriales: ¿es el barrio el territorio a explorar para construir el “diagnóstico situacional” (Matus, 1987) o es la comunidad? ¿Por qué en algunos textos se habla indistintamente de comunidad o territorio? ¿Ambos refieren a lo mismo y su diferencia es solo su origen temporal?
Ante estas preguntas tan pertinentes para las intervenciones socioeconómicas territoriales y los procesos de planificación social territorial, es crucial indagar: ¿qué aporta de nuevo el concepto de territorio a lo que ya se aprendió como “comunidad”? ¿Es pertinente seguir referenciando el quehacer con lo comunitario? ¿Es el territorio un concepto más abarcativo o superador de comunidad? O, por el contrario, ¿es un concepto más sesgado? ¿A qué se debe la amplia aceptación del concepto de territorio? En todo caso, ¿cuál es el contexto de surgimiento, la intencionalidad de ambos?
Implicaciones para la Planificación Social y la Acción
El desafío se particulariza a la hora de enmarcar la intervención social en situaciones problemáticas territorializadas, no solo en las diversas formas de despliegue de las estrategias habitacionales populares de “construcción de ciudad”, sino en las múltiples dimensiones que asumen el ser y estar colectivos en la apropiación del espacio por parte de los actores sociales. En el marco de esta diversidad de prácticas de territorialización popular y de políticas públicas, la acción social y política de los actores genera efectos materiales y simbólicos en ese espacio que habitan.
La pertinencia de las nociones espaciales para los objetivos de conocimiento, formación e intervención social es fundamental, pues el territorio es el escenario dinámico y conflictivo de las vidas cotidianas. El Trabajo Social asume que no solo transitamos los territorios, sino que "los llevamos puestos", lo que resalta la profunda conexión entre los sujetos y sus espacios de vida.
El Territorio como Constitutivo de lo Social y Campo de Intervención
El territorio, en Trabajo Social, se entiende como un elemento constitutivo de las relaciones sociales que configuran a los sujetos y las familias. Es el escenario de la vida social, donde se manifiesta una especificidad propia, histórica y social. Reconocer la territorialidad urbana, por ejemplo, implica entender las reguladas de circulación y asentamiento, la importancia y el sentido que le otorgan sus habitantes en sus vidas, y la construcción de un conjunto de normas, valores y representaciones sociales. El territorio no es homogéneo, ni implica la ausencia de conflicto, pero sí es un factor clave en la construcción de identidad social y pertenencia.
El Trabajo Social, por lo tanto, debe describir y explicar este mundo y operar en él, facilitando la pertenencia y la apropiación del territorio. Esto requiere abordar las problemáticas desde una comprensión crítica del territorio, reconociendo su dimensión material como simbólica, y articulando lo micro y lo macro como niveles imbricados, para superar un modelo hegemónico de la intervención y desarrollar estrategias de cambio y transformación de lo real que generen soluciones, articulando procesos sociales y naturales, y atendiendo las demandas de grupos, familias y sujetos sociales.