La Vejez en la Antigua Roma

Establecer la edad exacta en la que un romano era considerado anciano resulta difícil, en parte porque no existía un rito simbólico que marcara el comienzo de esta etapa de la vida, a diferencia de la transición de la adolescencia a la edad adulta. Las fuentes clásicas llamaban senex o senior a hombres de entre 46 y 60 años, pero es realmente a partir de esta última edad cuando las consecuencias de la vejez se hacían más notorias y quienes la experimentaban empezaban a ser llamados, incluso por ellos mismos, "viejos". Para un romano, la vejez comenzaba alrededor de los 60 años para los hombres y de los 50 para las mujeres, una edad que coincidía con la menopausia y con la exención del servicio militar y cívico obligatorio.

¿Cuándo se Consideraba Anciano un Romano? Definición y Longevidad

Es frecuente leer que la esperanza de vida en la Antigua Roma rondaba los 30 años, de lo que se deduce erróneamente que casi nadie llegaba a viejo. Sin embargo, esta cifra es una media estadística distorsionada por la altísima mortalidad infantil, ya que casi la mitad de los niños romanos morían antes de cumplir los cinco años. Aquellos que lograban superar este umbral crítico tenían muchas posibilidades de alcanzar la mediana edad, y no era raro que llegaran a los 60 o incluso 70 años.

Los propios romanos tenían una concepción muy clara de las etapas de la vida. Al estadista ateniense Solón, cuya influencia permeó toda la cultura romana, se le atribuía una división de la existencia humana en varias fases que culminaban en una vejez productiva. El astrónomo Claudio Ptolomeo, en su obra Tetrabiblos, estableció siete períodos de duración variable, asociando los últimos con la sabiduría, la deliberación y la dignidad. Este umbral de la vejez no significaba el fin de una vida activa, sino su transformación. Como escribió Ptolomeo, la edad avanzada conllevaba "la renuncia al trabajo manual, la fatiga, la agitación y la actividad peligrosa, y en su lugar trae el decoro, la previsión, el retiro, junto con la deliberación, la admonición y el consuelo". Era el momento de cosechar lo sembrado, de ejercer la autoridad moral y de disfrutar del respeto que la sociedad romana, con todas sus contradicciones, otorgaba a quienes habían sabido perdurar.

Los censos romanos nos ofrecen pistas sorprendentes sobre la longevidad real de la época. Plinio el Viejo, en su Historia Natural (Libro VII, capítulo 49), menciona un censo realizado por el emperador Vespasiano entre los años 73 y 74 d.C. en el que, solo en el territorio entre los Apeninos y el Po, cuatro personas declararon tener más de 120 años, dos más de 125, otras dos más de 130 y tres más de 135. El escritor Flegón de Trales, utilizando la misma fuente, elaboró una lista de 99 personas que superaron los cien años. Aunque es probable que en una época sin registros de nacimiento fiables hubiera exageraciones, el hecho de que estos números se consideraran verosímiles indica que la posibilidad de una vida muy larga ya formaba parte del imaginario romano.

El número de hombres ancianos era mayor que el de mujeres, sobre todo debido a la alta mortalidad en los partos, incluso entre las clases dominantes. El resultado fue una gran cantidad de viudos, que muchas veces volvían a casarse con mujeres mucho más jóvenes que ellos. Esto tuvo su reflejo literario en el personaje del viejo libidinoso enamorado de la misma mujer que su hijo, como el que describía Plauto en su obra Asinaria: "Es el más pillo de todos los mortales, un borracho, un don nadie, un libertino que no puede ver a su mujer ni en pintura […] ¡Mira que ponerse de copeo con el hijo y repartirse con él la amiga, el viejo ese decrépito que se dedica a corretear por locales de mala fama!"

Pintura mural romana representando una escena de la vida cotidiana en la ciudad

El Respeto y la Autoridad: El Rol del Anciano en la Sociedad Romana

Aunque en muchas ocasiones se presente una visión negativa de los ancianos, en realidad eran respetados por su sabiduría y por los papeles de importancia que adoptaron en la sociedad romana. Este respeto se aprecia en los retratos de los personajes de la élite, bustos llenos de realismo al mostrar los rasgos de la vejez (arrugas, pómulos caídos, boca hundida), pero cuyos modelos fueron representados con gran dignidad. El papel de la vejez en la Antigua Roma era, sin duda, de peso. Los años se vinculaban a la auctoritas, un término de prestigio que se oponía al de potestas. Mientras que la potestas era el mando que se imponía a través de un cargo, la auctoritas representaba la valía reconocida a la persona, una suerte de realce moral que no se ponía en duda. El respeto concedido a los ancianos en la Antigua Roma era absoluto, pues eran los depositarios de la sabiduría y ocupaban los puestos de mayor privilegio en la sociedad de su tiempo.

El Anciano en el Corazón de la Familia: Pater Familias y Pietas

La jefatura de la familia, integrada por un gran número de personas, recaía en manos del hombre de mayor edad, el pater familias. A pesar de las tensiones, el respeto a los ancianos dentro de la familia aparecía como una obligación moral a través de la pietas. Este precepto incluía tanto el deber de los padres de criar y dar sustento a sus hijos como la obligación por parte de los hijos de apoyar económica, emocional y físicamente a los progenitores en su vejez. Esta virtud filial ya se encuentra en los relatos fundacionales de Roma, cuando Eneas, antepasado de Rómulo y Remo, huyó del incendio de Troya llevando a su viejo padre Anquises cargado a su espalda. Sin embargo, la demencia, según el poeta Juvenal, era "peor que cualquier pérdida de facultades físicas" y el que la sufría "ni recuerda los nombres de los esclavos ni reconoce la cara del amigo con el que cenó la noche anterior ni a los hijos que ha engendrado, a los que ha educado".

La Influencia de las Matronas y Abuelas

El mismo deber de pietas se tenía para con las madres, hacia las cuales los hijos sentían una gran responsabilidad si quedaban viudas. Estas matronas ejercían su autoridad y se hacían respetar por su riqueza, por sus conexiones familiares y por una fuerte personalidad. En ausencia de la madre, la función de cuidar a los niños recaía en la abuela, que a cambio recibía el afecto de sus nietos, tal y como lo atestiguan las inscripciones funerarias dedicadas a las abuelas. El historiador Suetonio cuenta que el propio emperador Vespasiano, criado por su abuela Tertulla, aun después de la muerte de esta visitaba su casa y honraba su memoria en numerosas ocasiones.

La vejez femenina en la Antigua Roma presentaba una diversidad de formas según el género, la edad y la clase social de las vetulae, como eran denominadas las ancianas en Roma. Las fuentes escritas de la época a menudo reflejan una voz masculina. Las ancianas podían ser abuelas, haber enviudado o divorciado en varias ocasiones, y su posición en el ámbito privado podía ser significativa. Los romanos atribuían a las ancianas un valioso conocimiento del pasado. Algunas matronas, especialmente aquellas de gran fortuna, podían participar en el evergetismo, realizando buenas obras con su dinero, lo que les otorgaba prestigio en su comunidad. Se dice que los senadores obedecían a sus mujeres, lo que subraya la influencia que podían llegar a tener. Sin embargo, también existían expectativas sobre las matronas al finalizar sus años reproductivos: debían deshacerse de todo comportamiento sexual. Las ancianas que se obstinaban en querer inspirar amor eran a menudo ridiculizadas, animalizadas o rechazadas por la sociedad, como en los versos de Marcial que las caracterizan como "monstruos" o las interpelan: "¿Por qué deseas con tu decrépito coño? ¿Por qué atizas los rescoldos de tus propios despojos? Estas cosas están bien en las jóvenes; pero tú ya ni vieja puedes parecer. Ligeya, no resulta bonito que lo haga la madre de Héctor, sino su esposa muerta". En estos casos, la vejez adquiría connotaciones repulsivas ligadas al deterioro del cuerpo, a pesar de la existencia de representaciones positivas por parte de autores como Plinio el Joven, Tácito u Ovidio.

Mosaico romano representando a una matrona anciana con sus nietos

Líderes Políticos: Del Senado al Imperio

Desde los primeros tiempos de la República, los ancianos eran los garantes del respeto a las tradiciones y los encargados de tomar las decisiones más importantes. Así nació el Senado, una asamblea de ancianos (senes) compuesta por magistrados con experiencia y hombres destacados por sus cualidades y su posición social. Muchos personajes ilustres de la política romana llegaron a la ancianidad desempeñando sus cargos, como Catón el Viejo, que estuvo en activo hasta su fallecimiento en 149 a.C., a los 85 años.

La llegada del Imperio mermó el poder del Senado, aunque diversos personajes ejercieron cargos de importancia en su vejez, empezando por los propios emperadores. Augusto, si bien soñaba con retirarse en algún momento, terminó ejerciendo el poder hasta que falleció a los 76 años. Vespasiano accedió al trono después de cumplir los 59, y sus retratos no disimulan los rasgos de la vejez de este emperador, que murió a los 69 años. El emperador Marco Aurelio, que murió a los 59 años, hizo honor a su apelativo de "filósofo" haciéndose representar durante sus últimos años de vida a la manera de los intelectuales griegos -cuya imagen se asociaba con la vejez durante la Antigüedad- en contraposición con sus retratos y esculturas previos, que mostraban al emperador como un militar fuerte que gobernaba el mundo.

Busto de un anciano romano, posiblemente un senador o figura pública, siglo I d.C.

La Otra Cara de la Vejez: Pobreza y Vulnerabilidad

La situación de los ancianos más humildes era bien distinta. La temida combinación de vejez y pobreza en época romana era, en opinión de Cicerón, la mayor carga que una persona podía sufrir. Las calles de las ciudades estaban llenas de ancianos que se buscaban la vida como mensajeros, jornaleros, vendedores, mendigos o músicos. El escritor Dion Crisóstomo refiere que "a menudo vemos cómo, incluso en una gran agitada muchedumbre, el individuo no tiene dificultad en realizar su trabajo; por el contrario, el hombre que toca la flauta o enseña a un alumno a tocar, se concentra en ello, a veces dando clase en plena calle, y ni la multitud ni el barullo de los transeúntes le distraen en absoluto".

También deambulaban por esas callejas mujeres adivinas, consideradas brujas o alcahuetas, dos de las figuras más denostadas en la literatura romana por representar la antítesis de la matrona ideal. Es curiosa la cantidad de representaciones de pescadores viejos, delgados y vestidos con harapos que se dan en la escultura romana, lo que lleva a pensar que la pesca debía de ser una ocupación frecuente entre los ancianos más pobres. Las diferencias sociales marcaban profundamente la experiencia de la vejez: mientras los nobles podían aspirar a una vida larga con dignidad, no era así en el caso de los humildes y, qué decir de los esclavos, a los que a menudo se les abandonaba en la calle al hacerse viejos, considerándolos inútiles.

La Vejez a Través de la Literatura Romana

A través de los textos de autores que han llegado hasta hoy se ve el trato a la senectud, y, como en Grecia, es doble. Juvenal retrata a los viejos de un modo cruel: «Tienen la cara deformada, horrible, y las mejillas colgadas. Les tiembla la voz y todos sus miembros». Plinio el Joven, en contraste, muestra una cara más compasiva y, en una de sus cartas, alude al cariño que siente por el abuelo de su esposa. Séneca tiene una opinión más equilibrada de la vejez, considerándola un momento para el aprendizaje y el disfrute. En su carta XII, expresa que el anciano "tiene el placer de no necesitar ya placer alguno", y en la carta LXXXVI, invita a seguir "aprendiendo". Además, sugiere que si la vejez se vuelve insoportablemente penosa, no hay que dudar en suicidarse, abriendo una puerta a esta salida.

Es de destacar el elogio a la vejez de Marco Tulio Cicerón en su tratado De senectute (Sobre la vejez), escrito cuando él mismo contaba con 62 años. Cicerón defendía apasionadamente que la edad avanzada, lejos de ser una carga, podía ser la etapa más plena de la vida si se cultivaban la sabiduría, la amistad y el amor por el conocimiento. Para Cicerón, la vejez, como cada estación, tiene sus ocupaciones adecuadas, y aunque es obvio que abundan las enfermedades, estas ¿no son también propias de los jóvenes? Afirma que la naturaleza sabiamente quita el deseo de ciertos placeres para que la mente y el espíritu puedan prosperar, y que la vejez debe ser para reponer las fuerzas, no para ahogarlas.

El "Código de Bienestar" Romano para una Larga Vida

A eso de nuestras cinco de la tarde, la Roma imperial entera parecía vaciarse de sus calles para llenar las termas. Este ritual diario, repetido por senadores, plebeyos, filósofos y gladiadores, no era solo una cuestión de higiene o lujo; era una prescripción médica. La existencia de ancianos con vitalidad asombrosa, como el de unos setenta años descrito en las termas, demuestra que para algunos, la vejez era larga y digna. Los propios romanos tenían un verdadero “código de bienestar” que, leído a la luz de la ciencia moderna, resulta sorprendentemente sensato.

Documental. INGENIERÍA ROMANA. Termas. En castellano.

Dieta y Hábitos Alimenticios

El médico Galeno de Pérgamo (129-216 d.C.), figura cumbre de la medicina romana, documentó minuciosamente los hábitos de quienes alcanzaban edades avanzadas. Uno de sus casos más célebres fue el de Telephus, un gramático que vivió casi cien años siguiendo una rutina de una sencillez casi monástica: tres comidas diarias a base de gachas hervidas con miel de alta calidad, acompañadas de vegetales, pescado o aves, y al caer la noche solo pan humedecido en vino mezclado. Otro de sus contemporáneos, el médico Antíoco, que superó los ochenta años, seguía un régimen similar: pan tostado con miel al despertar, pescados de roca o de mar profundo al mediodía, y gachas con oximiel (una mezcla de vinagre y miel) para cenar. La clave, insistía Galeno, no estaba en alimentos exóticos ni en pociones milagrosas, sino en la moderación, la regularidad y la preferencia por alimentos naturales poco procesados.

La dieta del romano común era, de hecho, notablemente vegetal. La base la constituían cereales integrales como la espelta, la cebada y el trigo, transformados en panes densos o en el puls, una papilla espesa que constituía el plato esencial de las clases populares. Las legumbres (lentejas, habas, garbanzos) proporcionaban proteínas vegetales, mientras que el aceite de oliva aportaba grasas saludables. La carne era un lujo ocasional, reservada para festividades o para las mesas más pudientes; el cerdo era la opción más común, seguido de la cabra, el cordero y las aves de corral, mientras que el ganado vacuno se consideraba casi exclusivamente un animal de trabajo. Un elemento sorprendente de la cocina romana era el garum, una salsa fermentada que se elaboraba con pescado entero pequeño o vísceras, macerado con sal y dejado fermentar al sol.

Ejercicio Físico y Actividad

Para los romanos, el ejercicio no era una opción ni un lujo, sino una parte tan natural del día como comer o dormir. Galeno, quien además de médico de emperadores fue un “médico deportivo”, atendiendo a los gladiadores de sus lesiones, distinguía cuidadosamente entre diferentes tipos de ejercicio según la edad y la constitución de cada persona. Para los ancianos, sus recomendaciones eran claras: ni la inmovilidad ni el esfuerzo desmedido. Recomendaba ejercicios pasivos, masajes con aceite de oliva y, sobre todo, paseos diarios. Antíoco, el médico octogenario, caminaba cada mañana y recurría a paseos en carro o en silla gestatoria (una especie de litera portátil) para mantenerse conectado con el entorno urbano sin agotarse. Pero quizá la recomendación más curiosa de Galeno era su defensa entusiasta del “ejercicio con la pelota pequeña”, calificando esta actividad de “conveniente, accesible y completa”, y sosteniendo que “agudiza la mente”. No se trataba de un deporte competitivo ni agotador, sino de un juego que combinaba coordinación, reflejos, movimiento cardiovascular suave e interacción social. Galeno, quien vivió lo que predicaba, se estima que alcanzó unos asombrosos 87 años.

Las Termas: Higiene, Salud y Vida Social

Alrededor de las cinco de la tarde, Roma se vaciaba para llenar las termas. Estos complejos monumentales, como las Termas de Caracalla (140.000 metros cuadrados) y las de Diocleciano (150.000 metros cuadrados), eran mucho más que baños públicos; eran el corazón social de la ciudad, espacios donde la higiene se entrelazaba con el ejercicio, la relajación, la lectura, la conversación y hasta los negocios.

El ritual termal seguía una secuencia precisa: se comenzaba por el tepidarium (sala templada) para aclimatar el cuerpo, se pasaba luego al caldarium (sala caliente con vapor) para sudar y abrir los poros (según la teoría humoral), y se terminaba con una inmersión en el frigidarium (piscina de agua helada) que cerraba los poros y revitalizaba el organismo. Entre medias, se realizaban masajes con aceites perfumados, ejercicios suaves en la palestra, juegos de pelota, lecturas en las bibliotecas anexas y, por supuesto, largas conversaciones con amigos y conocidos. Una inscripción romana resume con ironía y sabiduría la filosofía termal: “Los baños, el vino y el amor corrompen nuestros cuerpos, pero constituyen la salsa de la vida”. Los romanos entendían que el placer y la salud no eran enemigos sino aliados.

Plano de las Termas de Caracalla mostrando sus diferentes salas y funciones

Bienestar Mental y Emocional

Galeno identificó diversos factores externos que influían en la salud, como el aire, la dieta, el sueño o el ejercicio. Su doctrina fue posteriormente sistematizada por médicos medievales en la famosa teoría de las ‘seis cosas no naturales’: el aire y el ambiente, la comida y la bebida, el trabajo y el descanso, el sueño y la vigilia, las secreciones y excreciones, y, notablemente, “los afectos del ánimo”. Esta inclusión de las emociones y las relaciones sociales como factor de salud es extraordinariamente moderna. Los romanos intuían que una mente serena y unos vínculos afectivos sólidos eran tan importantes para una vida larga como una buena digestión. Los ancianos romanos, especialmente las mujeres, seguían desempeñando un papel activo en la familia extensa, ejerciendo autoridad, transmitiendo conocimientos y recibiendo a cambio cuidado y respeto.

Filósofos estoicos como Séneca y el propio emperador Marco Aurelio enseñaban a aceptar lo inevitable y a no desgastarse por ansiedades futuras. Cicerón, en su tratado De senectute, defendía que la edad avanzada podía ser la etapa más plena de la vida si se cultivaban la sabiduría, la amistad y el amor por el conocimiento.

La Sabiduría Antigua Validada por la Ciencia Moderna

Cuando los nutricionistas modernos hablan de la “dieta mediterránea” como patrón alimentario ideal para la longevidad, están describiendo algo muy parecido a lo que comía un romano corriente del siglo II: cereales integrales, legumbres, verduras, frutas, pescado, aceite de oliva como grasa principal, consumo moderado de vino y carne solo ocasional. Esta es exactamente la fórmula que docenas de estudios epidemiológicos han asociado con una menor mortalidad por todas las causas, menor incidencia de enfermedades cardiovasculares y menor riesgo de deterioro cognitivo. La dieta mediterránea ha demostrado reducir la inflamación crónica de bajo grado y preservar la longitud de los telómeros, cuyo acortamiento se asocia con el envejecimiento. Los antioxidantes presentes en el aceite de oliva, las verduras y las frutas combaten el estrés oxidativo, mientras que la fibra de los cereales integrales y las legumbres alimenta una microbiota intestinal diversa y saludable.

La Dieta Mediterránea, un Legado Romano

Hablando de microbiota: el garum romano, esa salsa fermentada que condimentaba casi todos los platos, es un fascinante ejemplo de cómo la fermentación puede transformar un alimento. El proceso no solo conservaba el pescado y potenciaba su sabor umami, sino que también generaba compuestos bioactivos (péptidos, aminoácidos libres y ácidos grasos) que la ciencia actual asocia con una mejor digestibilidad y una mayor biodisponibilidad de nutrientes. Además, estudios recientes sobre alimentos fermentados sugieren que ciertos compuestos presentes en ellos podrían influir positivamente en la salud intestinal y, de forma indirecta, en el sistema inmunitario. Los romanos no sabían nada de bioquímica ni de microbiota, pero su paladar les guio hacia una práctica que hoy la ciencia sigue estudiando con creciente interés.

Beneficios del Ejercicio: La Visión de Galeno Confirmada

Galeno recomendaba paseos diarios y ejercicios suaves para los ancianos. La ciencia moderna no solo le da la razón, sino que ha cuantificado con precisión los beneficios de esta práctica. Numerosos estudios han demostrado que caminar regularmente, incluso a paso moderado, reduce significativamente el riesgo de enfermedad cardiovascular, mejora el control glucémico en personas con diabetes tipo 2, fortalece la densidad ósea y, en definitiva, disminuye la mortalidad por todas las causas.

Más interesante aún es su defensa del “ejercicio con la pelota pequeña”. Lo que Galeno intuyó (que esta actividad combina beneficios físicos y cognitivos) ha sido confirmado por la neurociencia contemporánea. Los ejercicios que implican coordinación, reflejos y cierta imprevisibilidad (como los juegos de pelota) estimulan la neuroplasticidad, es decir, la capacidad del cerebro para formar nuevas conexiones neuronales incluso en edades avanzadas. Además, al practicarse en grupo, añaden el componente social que es otro pilar de la longevidad. El concepto galénico de ajustar el ejercicio a la capacidad individual es también profundamente moderno. La geriatría actual insiste en la importancia de la “prescripción personalizada de ejercicio físico”, adaptando la intensidad, duración y tipo de actividad a las condiciones específicas de cada persona mayor, evitando así tanto el sedentarismo como el sobreesfuerzo.

La Sanidad Romana: Un Contexto Ambivalente

Los romanos estaban orgullosos de sus termas y de su avanzada ingeniería hidráulica (acueductos, alcantarillado, letrinas públicas) con razón. Sin embargo, la evidencia bioarqueológica y los estudios modernos sugieren que estas infraestructuras, por impresionantes que fueran, no necesariamente mejoraron la salud pública de forma drástica, y en algunos casos, pudieron incluso tener consecuencias negativas debido a la concentración de personas y la falta de un conocimiento profundo sobre la transmisión de enfermedades.

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