La prolongación de la vida humana, un rasgo distintivo de nuestra era tecnológica, ha generado un escenario propicio para profundos cuestionamientos filosóficos. En este contexto, la Bioética emerge como un campo fundamental para encontrar respuestas a dilemas como la institucionalización en los cuidados prolongados o el confinamiento de las personas mayores, planteándose la cuestión de si estas prácticas son bioéticamente correctas. Si bien una apreciación positiva de la vejez se arraiga en las raíces de la cultura occidental, las sociedades tecnológicamente avanzadas tienden a matizarla negativamente, promoviendo un mito antiético centrado en el hombre "joven" y "productivo". Con frecuencia, la sociedad relega a los ancianos de sus obligaciones una vez que su trabajo ya no es deseado.
El enfoque bioético hacia el paciente geriátrico prioriza el respeto inherente a su condición humana, por encima de la lástima, la compasión o la caridad. La hospitalización, por su parte, ha demostrado tener efectos perjudiciales en la capacidad funcional de los ancianos, exacerbando particularmente la soledad. Para combatir este aislamiento, se proponen diversas estrategias, como fomentar el contacto social y emplear nuevas herramientas como la risoterapia y la robótica social, cuya adopción requiere una cuidadosa consideración bioética.
El Envejecimiento: Un Proceso Natural y un Fenómeno Demográfico
El envejecimiento es una fase intrínseca y multifactorial de la continuidad vital, caracterizada por una gradual pérdida de eficiencia operativa, vitalidad y resistencia al estrés. La extensión de la esperanza de vida en la era tecnológica ha propiciado un cambio demográfico significativo, con una creciente acumulación de individuos de edad avanzada y una modificación en la visión de las etapas finales de la existencia humana, así como un aumento en el número de enfermos crónicos.
Estos cambios configuran un escenario para cuestionamientos filosóficos inéditos, cuyas respuestas comienzan a vislumbrarse en la Bioética. La creciente necesidad de atención a los ancianos pone de manifiesto la insuficiencia de recursos materiales y humanos para abordar satisfactoriamente este fenómeno, que se ha tornado en un problema social a nivel global. La población de edad avanzada predomina en los países desarrollados, lo que ha impulsado la transformación de las estructuras sociales de atención a sus necesidades básicas y ha generado un impacto en los ámbitos político, económico y de las políticas de salud, incluyendo la demanda de pensiones.
La Organización de las Naciones Unidas define a partir de los 60 años de edad el inicio de la vejez. En el mundo, existen más de 416 millones de ancianos, y se proyecta que para el año 2030, los mayores de 65 años representarán el 21,1% de la población mundial, con un 72% de ellos residiendo en países en desarrollo. La esperanza de vida en Latinoamérica se incrementará significativamente en las próximas décadas. Estas cifras subrayan la transformación demográfica global, presentando tanto a países desarrollados como en desarrollo el desafío del envejecimiento de su población.
La problemática de las decisiones relativas a este grupo poblacional se torna cada vez más compleja. Las soluciones apresuradas, carentes de una reflexión profunda sobre los beneficios integrales para las personas, pueden derivar en graves injusticias y errores con altos costos humanos.

La Institucionalización y la Concepción de la Vejez
Un aspecto crucial en la atención a los ancianos es la denominada institucionalización en cuidados prolongados o confinamiento, que plantea interrogantes sobre su corrección bioética y su alineación con el bien integral del anciano. La edad cronológica, arbitrariamente fijada en 65 años, no debería ser el único parámetro para determinar el bienestar integral de una persona. La definición de la vejez a menudo se fundamenta en un contexto socioeconómico utilitario y pragmático, basado en el cálculo costo-beneficio, lo cual puede no ser lo más adecuado para una concepción integral del ser humano en esta etapa.
Significado y Percepción de la Vejez a Través de la Historia
El término "vejez" ha adquirido matices semánticos diversos a lo largo del desarrollo cultural, reflejando la postura de cada sociedad ante el tiempo individual y la etapa vital. La percepción universal del Tiempo y la posición social del individuo influyen en cómo este se concibe a sí mismo como un "convertirse en" en lugar de un mero "estar en". El ser humano se percibe a sí mismo como un caminante en el ritmo de la vida, donde el paso de la infancia a la vejez es una progresión inevitable y natural, marcada por el florecimiento y el posterior deterioro.
La existencia se percibe como "ser en el presente", aceptando las transformaciones biológicas sin necesariamente connotarlas con valores morales o funciones sociales específicas. Etimológicamente, el término "vejez" proviene del latín "vetus", que significa "viejo", refiriéndose a la cualidad de ser de edad avanzada, antiguo o senil.

Modelos Sociales y Culturales de la Vejez
Históricamente, la vejez ha sido asociada con la decadencia, la fragilidad y la proximidad a la muerte. En épocas pasadas, incluso se consideró al envejecimiento como una enfermedad en sí misma, reconociendo los síndromes geriátricos y la condición de fragilidad del anciano. Paralelamente, la vejez podía ser vista como un testigo de virtudes pasadas o como una manifestación de vicios humanos, sin necesariamente implicar marginación o anulación social.
Una apreciación positiva de la vejez se encuentra en las raíces de la cultura occidental, como lo evidencia la obra "De senectute" de Marco Tulio Cicerón. En este diálogo, Catón el Viejo defiende la vejez como una etapa vital aceptable, refutando las críticas comunes sobre la debilidad física, la disminución de las capacidades intelectuales, la imposibilidad de gozar de placeres sensoriales, la rareza del carácter y la avaricia.
Con el surgimiento de la civilización urbana y el abandono de la mentalidad agraria tradicional, la noción del tiempo evolucionó de un modelo cíclico a uno lineal. Esta transformación, gradual y coexistente con diversos ritmos sociales, acentuó la conciencia de la brevedad de la vida y la percepción del tiempo como algo capitalizable, medible y explotable.

La Longevidad: ¿Un Valor Positivo o un Mito Antiético?
En el contexto de la sociedad contemporánea, el concepto de vejez tiende a cargarse de matices negativos. En contraste con la imagen del anciano patriarca, poseedor de sabiduría y tradición, emerge la figura del viejo sedentario e improductivo, considerado una carga en una sociedad dominada por las leyes del capitalismo. Si en épocas modernas la "tercera edad" aún ofrecía oportunidades laborales y de desempeño, en la sociedad actual prevalece un proceso de negativización de la vejez, a pesar de los discursos hipócritas y falsos principios.
La longevidad, lejos de conferir un valor positivo a la vejez, ha dado forma a un nuevo mito antiético: el del hombre "joven" y "productivo". Este mito refleja una incapacidad para relacionarse serenamente con la evolución biológica, un miedo a la decadencia corporal y a la muerte, que conduce al aislamiento de la persona mayor, destinándola a consumirse en la soledad de hospitales y asilos. El anciano es víctima de este proceso, al ser testigo de la decadencia natural y ser marginado o eliminado, y actor al verse obligado a mantener una apariencia de "bien conservado" hasta su liberación final. Su situación se agrava en una cultura basada en la filosofía del "tiempo es dinero", donde lo social ha sido absorbido por la "comunidad global" y los medios de comunicación son los únicos portadores de valores, despojando al anciano de su papel natural como memoria histórica y aprisionándolo en una jaula temporal que culmina con la jubilación.

El Respeto a las Canas: Diversidad Cultural
El respeto a las canas es un valor más o menos universal, aunque su arraigo varía entre sociedades. Las culturas latinas, por ejemplo, muestran una mayor cercanía con la mentalidad china en este aspecto, en contraste con la estadounidense, que venera la juventud y fomenta la independencia familiar temprana, con una proliferación de "casas para ancianos" utilizadas de forma indiscriminada.
La cultura china, de manera aún más marcada que las latinas, otorga una gran importancia a la cercanía familiar y al lugar del anciano en la jerarquía social. Tradicionalmente, las sociedades latinas también seguían una pauta similar, con múltiples generaciones conviviendo. En China, el amor filial (孝, xiào) es una virtud cardinal, formalizada en el "Libro del Amor Filial", que subraya la importancia de este valor en la educación formal e informal, presente en cuentos y leyendas.
Las crónicas históricas chinas y textos clásicos como el "Libro de los Ritos" (禮記, Lǐjì) detallan la exaltación de la vejez y los principios de respeto a los mayores como fundamento de un gobierno honorable. Se establecían normativas para honrar a los ancianos, otorgarles privilegios en la corte, asegurar su bienestar en el campo y en el ejército, y promover la piedad filial como base de la conducta honorable. Ejemplos históricos, como el respeto de reyes y consejeros hacia los ancianos, ilustran la profunda integración de esta virtud en la cultura china.
La Revolución Cultural (1966-1976) en China continental supuso una trágica subversión de esta tradición milenaria, reemplazando el ancestral respeto por los mayores con un rechazo extremista. Sin embargo, tras este periodo, China ha retornado a sus raíces culturales. En la sociedad moderna, las "Asociaciones de Ancianos" organizan actividades, y es común ver grupos de personas mayores paseando en lugares turísticos. El énfasis en el discurso público recae ahora en el "regresar a casa a visitar a tus padres" (回家看看, huí jiā kàn kàn), evidenciando la persistencia de esta virtud en el código genético chino.

El Edadismo: Discriminación por Edad y Protección Jurídica
El concepto de "persona mayor" no se determina exclusivamente por la edad, sino por una amalgama de factores contextuales, incluyendo entornos físicos y sociales, y herencia genética. Sin embargo, la comprensión de este término varía significativamente.
El edadismo, o la discriminación por edad, produce la invisibilidad, marginación y exclusión social de las personas mayores, vulnerando el principio de igualdad. Este fenómeno se origina cuando el "estándar de normalidad" se construye en torno a individuos jóvenes, independientes y laboralmente insertos, considerados el grupo más valorado. Las personas mayores, al no ajustarse a esta norma, son minusvaloradas y relegadas a un estatus de segunda clase, con sus necesidades y vidas tratadas como menos importantes.
El edadismo tiene efectos perjudiciales en la autoestima, fomenta el trato basado en estereotipos y prejuicios, ignora la individualidad, convierte a la persona mayor en socialmente vulnerable, obstaculiza su participación plena en la sociedad e impide el diálogo intergeneracional. Los estereotipos de "estar anticuado" o "ser de otra generación", sumados a la pérdida del rol laboral activo, intensifican los prejuicios, percibiendo a los mayores como una carga para el sistema.
Esta discriminación afecta el ejercicio de los derechos humanos en igualdad de condiciones, exponiendo a las personas mayores a la pobreza y a ser ignoradas. Esta realidad es fruto de estereotipos culturales y sociales que perpetúan una percepción negativa de la vejez. La discriminación por edad no es unívoca, sino multidimensional, pudiendo agudizarse por otros factores.
A lo largo de la historia, los Derechos Humanos han evolucionado, pero las personas mayores, a diferencia de otros grupos como la infancia o las personas con discapacidad, carecen de un instrumento de protección internacional específico de rango universal o incluso regional europeo.
La vulnerabilidad y la dependencia son inherentes a la condición humana. Sin embargo, el escenario pandémico ha resaltado la urgencia de atender a grupos especialmente vulnerables, entre los cuales las personas mayores han sufrido el índice de letalidad más alto. El virus generó temor hacia las personas mayores, considerándolas portadoras y transmisoras, y un peligro para la gestión hospitalaria, dando lugar a una "gerontofobia". Las condiciones de las residencias de personas mayores, epicentros de letalidad, han sido cuestionadas.
¿Qué es el edadismo? Cuando la discriminación se produce por la edad
Las Personas Mayores como Sujeto de Protección Jurídica
A pesar de la existencia de numerosos tratados, legislación y estudios, la realidad de abandono y vulnerabilidad a la que se exponen las personas mayores contrasta con los avances en los Derechos Humanos. Se hace necesaria una acción pública integral y cambios fundamentales en la concepción del envejecimiento, promoviendo un nuevo concepto de capacidad funcional y alejando los sistemas de salud del modelo curativo hacia la prestación de cuidados integrales centrados en las personas mayores.
Los rasgos que describen el envejecimiento contemporáneo incluyen un declive sentido como irreversible y desfavorable, decrecimiento de la curiosidad y admiración, refugio en la rutina, desconfianza hacia los demás, miedo a la inminencia del sufrimiento y la muerte, ambivalencia en la relación con coetáneos e invisibilidad social. La vejez puede ser percibida negativamente, ya sea por la propia persona mayor (conciencia de lo no logrado) o por la sociedad (sentimiento de inutilidad, estorbo), generando un horizonte de futuro poco alentador.
La Filosofía y el Acto de Caminar
La reflexión sobre la vejez, a menudo relegada, es crucial para visibilizar a este sector de la población cada vez más numeroso. Los estereotipos y prejuicios asociados a la ancianidad impiden una comprensión cabal y propician la vulneración de sus derechos humanos. Es fundamental analizar el significado de la ancianidad en una sociedad persuadida por estándares de belleza y juventud.
El arte, a lo largo de la historia y en diversas culturas, ha reflejado la imagen del viejo, ofreciendo un legado en la literatura y las artes visuales. En la cultura griega antigua, la vejez a menudo se representaba como una etapa aberrante y dolorosa, un enemigo a vencer, como en las representaciones de Hércules combatiendo a Geras, el daimon que personifica la vejez. Sin embargo, figuras como Platón y Sócrates consideraban la ancianidad como sinónimo de experiencia y sabiduría, virtudes morales como la prudencia y el buen juicio.
En Esparta, el estatus político de los ancianos era superior, con la Gerusía, un órgano de gobierno compuesto por ancianos, encargado de la legislación y la administración política. La geriatría, disciplina dedicada al estudio de las enfermedades de la tercera edad, también deriva de la raíz griega "geron" (anciano).
Aristóteles, en su "Retórica", presenta una visión más negativa, asociando la vejez con la mezquindad, el egoísmo, la cobardía y la falta de espíritu, producto de las adversidades de la vida. La obra de Simone de Beauvoir, "La vejez", critica la visión capitalista y productiva de la edad, resaltando la importancia y diversidad de la vejez en la historia y haciendo un llamado al respeto y la dignidad.
Norberto Bobbio describe al "viejo" como alguien destinado a rezagarse, lento en pensamiento y movimiento, cuya conciencia de esta situación resulta penosa. Esta imagen denuncia la conspiración de silencio o hipocresía que rodea al envejecimiento, y plantea la pregunta fundamental: "¿qué hacemos con los viejos?".
Frédéric Gros, en "Andar, una filosofía", aboga por la costumbre de caminar como una forma de vivir más despacio y conectar con la intensidad del mundo. Caminar se presenta como un acto de libertad, una "desconexión provisional" que permite experimentar la vida fuera del sistema, una protesta contra una civilización corrupta y alienante. Filósofos como Nietzsche, Rimbaud, Rousseau, Kant, Proust y Benjamin utilizaron el caminar como una técnica para pensar, buscando ideas en el movimiento y en la naturaleza.
Nietzsche creía que los pensamientos surgidos al aire libre y en movimiento eran los más auténticos, huyendo de las "morales sedentarias". Rousseau, al caminar por el bosque, descubrió al homo viator, el hombre no desfigurado por la cultura. La filosofía moderna, marcada por la industrialización y la crisis ambiental, ha visto a pensadores deambular, buscando nuevos referentes y valores en paisajes naturales, a menudo contrastando el provecho económico con el beneficio vital del caminar.
El acto de caminar se convierte en una experiencia que permite la introspección, la conexión con el entorno y la disolución de la identidad rígida. Si bien algunos filósofos, como John Muir, se centraban en la naturaleza sin reflexionar explícitamente sobre el caminar, otros, como Heidegger, lo conectaron intrínsecamente con el pensar. Pensadores como Hegel, Wittgenstein y Adorno también exploraron la relación entre el movimiento, el entorno y el pensamiento.
El caminar, más allá de ser una simple rutina, puede ser una fuente de reflexión profunda. La ética del caminar, a menudo presentada como una invitación a la humildad y al goce del instante, puede revelar también una imagen más oscura de la existencia, marcada por la ansiedad, el aburrimiento y el miedo. El tedio, lejos de ser evitado, puede ser una ventana a la infinitud del tiempo y a nuestra propia insignificancia, un recordatorio de nuestra finitud y de la vacuidad de ciertas aspiraciones.
El caminar puede ser un proceso de conocimiento propio y ajeno, un cambio de escenario del conocimiento. Sin embargo, la ética de la vida cotidiana ha comercializado el arte de caminar, presentándolo como una receta para la felicidad. El caminar no solo inspira humildad y solidaridad, sino también temor y desorientación, pudiendo llevarnos hasta la Nada. La reflexión sobre la vejez, el caminar y la filosofía nos invita a reconsiderar nuestra relación con el tiempo, la vida y la muerte, y a encontrar un lugar más significativo en el mundo.

La Vejez en el Contexto de la Sociedad Paliativa
La sociedad paliativa, caracterizada por la evitación del dolor y la búsqueda de la placidez, influye en la percepción y el trato de la vejez. El miedo, el tiempo, el dolor y la muerte, temas centrales en la reflexión filosófica, adquieren una dimensión particular en la experiencia de las personas mayores en este contexto.
El miedo, experimentado universalmente en escenarios pandémicos, se agudiza en las personas mayores, quienes son percibidas como un grupo vulnerable y, en ocasiones, como portadores del virus, generando una "gerontofobia". El tiempo, para el anciano, puede experimentarse de manera diferente, marcado por la lentitud y la conciencia de su finitud. El dolor, tanto físico como emocional, es un aspecto de la vida que la sociedad paliativa tiende a evitar, pero que las personas mayores a menudo enfrentan de manera prolongada.
La muerte, un tabú en muchas sociedades, se convierte en una presencia más inminente para los ancianos. La reflexión sobre la finitud y el significado de la muerte, abordada por filósofos como Epicuro, cobra relevancia en este contexto. La sociedad paliativa, al buscar la eliminación del dolor, puede inadvertidamente negar la importancia de estos aspectos existenciales para la comprensión y aceptación de la vejez.
