La violencia sexual es una de las grandes injusticias de nuestra sociedad. El caso conocido como La Manada, que evidencia una agresión sexual múltiple, es un ejemplo muy relevante a nivel mediático y social. Este caso ha generado no solo un debate jurídico, sino también una profunda reflexión sobre cómo se construyen las relaciones de poder, la masculinidad y la cultura en torno a la sexualidad.
Contexto de la agresión
Los hechos ocurrieron cuando una joven de 18 años, que estaba de fiesta, se encontró con cinco hombres mayores (uno de 24 años, dos de 26 y dos de 27), quienes la condujeron a un espacio reducido y sin salida junto a un portal de un edificio. Allí, rodeada por estos cinco hombres, ella se sintió impresionada y sin capacidad de reacción, lo que la llevó a una actitud pasiva y sometida.
En ese espacio, los cinco hombres realizaron diversos actos sexuales sin consentimiento, entre los que se incluyen penetración bucal, vaginal y anal, además de grabar vídeos y tomar fotos durante la agresión. Estos hechos, cometidos sin preservativos y con el robo del teléfono para impedir que pidiera ayuda, fueron calificados en la sentencia como abuso sexual con prevalimiento, creando incertidumbre sobre la consideración legal de la violencia e intimidación presentes.

Análisis jurídico y social del caso
Según el Código Penal, la agresión sexual implica el uso de violencia o intimidación para atentar contra la libertad sexual, mientras que el abuso sexual no necesariamente incluye estas acciones. En este caso, la sentencia determinó la ausencia de violencia e intimidación aunque las pruebas y descripciones de los vídeos demuestran un claro uso de superioridad, presión y coacción contra la víctima.
En palabras de la sentencia, “los procesados conformaron de modo voluntario una situación de preeminencia sobre la denunciante”, abusando de esta posición para impedir que actuara libremente; situación que configura un claro escenario de intimidación.
Además, los vídeos muestran a la víctima acorralada y asustada, sometida a la voluntad de los acusados, quienes se jactan y sonríen a la cámara, confirmando su dominio y disfrute derivado de este acto violento.
El problema de la definición legal
La controversia judicial pone en cuestión la distinción entre abuso y agresión sexual, planteando la necesidad de revisar los delitos sexuales para proteger mejor a las víctimas. La definición vigente no contempla que la coerción psicológica y la superioridad manifiesta sean formas de violencia o intimidación cuando se practica la penetración sin consentimiento, lo que puede dejar a las víctimas desprotegidas.

Masculinidad hegemónica y su vínculo con la violencia sexual
Para entender cómo ocurre este tipo de violencia, es imprescindible analizar el concepto de masculinidad hegemónica, que se refiere a un modelo normativo de ser hombre que sostiene y reproduce el patriarcado, legitimando la desigualdad entre hombres y mujeres. La socialización masculina impulsa a los hombres a distanciarse de lo femenino, entendido como inferior o débil, favoreciendo un machismo que se expresa incluso en la violencia sexual.
El modelo de masculinidad hegemónica no es algo fijo, sino algo que debe demostrarse continuamente ante el grupo de iguales, la “fratría”. Esta demostración se traduce en reafirmar la superioridad sobre las mujeres, lo que puede manifestarse a través de conductas violentas y de dominación sexual.
En el caso de La Manada, la actitud de jactancia y complicidad entre los acusados, mostrada en los vídeos y mensajes previos en los que hacen referencias a violaciones, evidencian cómo la sexualidad masculina es un terreno para satisfacer deseos y, simultáneamente, para estimular el dominio y la subordinación de lo femenino.

La cultura de la violación y el deseo masculino
La violación como expresión de poder está conectada a la cultura de la violación, que erotiza la devaluación de lo femenino para construir la masculinidad y la identidad del hombre hegemónico. Los acusados expresan placer y disfrute al ejercer violencia sexual, lo que refuerza este modelo normativo.
Además, existe una falta de reconocimiento por parte de los agresores sobre el sufrimiento y el no consentimiento de la víctima, una carencia que puede obedecer tanto a la negación como a la voluntad consciente de imponer sus deseos.
Patriarcado, roles de género y socialización femenina
Históricamente, el patriarcado ha asignado a las mujeres roles de madres y cuidadoras, promoviendo empatía y atención al bienestar ajeno, a menudo por encima del propio. Estas características pueden dificultar la reacción oportuna en situaciones de violencia sexual.
La socialización femenina, que potencia la preocupación por el otro, contrasta con la masculina, que impone la demostración de fuerza y dominio, elementos que se manifiestan trágicamente en los hechos relatados.
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Reflexiones finales
Este análisis demuestra que la violencia sexual es un fenómeno profundamente arraigado en un sistema social patriarcal y una cultura que justifica y perpetúa la dominación masculina. Las legales distinciones y fallos judiciales evidencian una laguna que puede dejar desprotegidas a las víctimas.
La construcción social de la masculinidad hegemónica, con su demanda de demostrar superioridad frente a las mujeres y los pares, juega un papel crucial en la ejecución y justificación cultural de la violencia sexual.
Superar esta realidad requiere no solo cambios legales sino también un proceso de desaprendizaje y reconstrucción de identidades masculinas y femeninas, hacia una sociedad más equitativa y respetuosa.