Las mujeres ancianas, un grupo demográfico creciente y fundamental, han estado notablemente ausentes en gran parte de los trabajos de género. En la edad adulta y senecta, la mujer se ve triplemente oprimida y marginada por su condición de género, su condición de clase y por su edad. La mayor esperanza de vida que experimentan las mujeres ha provocado que en las últimas etapas de su ciclo vital sea común que se vean orilladas a enfrentar solas la sobrevivencia de sus hogares. El incremento de hogares jefaturados por mujeres ancianas es un hecho cada vez más patente, y la familia se constituye en una institución social básica que tiene un papel fundamental en la vida de la mujer anciana.

La Percepción del Envejecimiento Femenino
La palabra «mayor, vieja o anciana» tiene un matiz casi malicioso, porque no es aquello que durante la juventud aspiramos a ser. No nos convertimos en mujeres mayores hechas y derechas de forma automática, ni por el hecho de cumplir años. Sin embargo, una mujer mayor puede ser, como un mago, alguien con la capacidad de alterar las cosas. Sus consejos pueden animar y facilitar que otras personas crezcan y florezcan, siendo una influencia curativa determinante y creando un efecto ola para otras generaciones, con visión e intención gracias a su presencia influyente. Es casi como si la mujer mayor fuera un arquetipo, una mujer sabia que tiene dosis de niño, de hombre y de todo lo que representa el mundo; un potencial y talento inherente que precisa ser reconocido y llevado a la práctica para poderse desarrollar. Esta presencia madura llega cuando confiamos en la existencia de una sabia en nuestro interior y estamos preparadas para escucharla.
Un ejemplo visible de esta redefinición del envejecimiento femenino es Licia Fertz, modelo e influencer italiana. A sus 93 años, Fertz da visibilidad al cuerpo, la sexualidad y las diferentes formas de envejecer de las mujeres. A sus 89 años posó desnuda para la revista Rolling Stones y fue elegida entre las 100 mujeres más influyentes del mundo por la BBC en 2023. Fertz representa en gran medida un fenómeno reciente: la vejez de las mujeres que lideraron los cambios sociales y las revoluciones feministas.

Desafíos y Desigualdades Específicas en la Vejez Femenina
Las condiciones de envejecimiento son sustancialmente distintas entre hombres y mujeres. Las mujeres ancianas a menudo tienen menos recursos económicos debido a mayores dificultades para acceder a pensiones y oportunidades laborales. También enfrentan mayores dificultades para desplazarse solas o de manera autónoma, pues un gran porcentaje no conduce vehículos. Además, su menor participación social puede llevar a la imposibilidad de crear redes de apoyo distintas a las familiares, lo que aumenta la incidencia de enfermedades mentales como la depresión. Se observa una falta de atención médica y social que atienda sus necesidades específicas y los cambios en su salud y sexualidad, así como una mayor exposición a la violencia basada en género.
Se estima que las mujeres tienden a envejecer solas y son las que más acuden a centros de atención geriátrica. También son las que sufren en mayor proporción todo tipo de maltrato, tanto físico como psicológico y sexual. Esta exposición a la violencia se reproduce intergeneracionalmente y es más marcada entre las mujeres que crecieron en ambientes machistas.
El edadismo y la misoginia también se manifiestan en los estereotipos sociales respecto a las mujeres y su sexualidad. Existe la paradoja de que, aunque los cuerpos de las mujeres ancianas son invisibles, su cuerpo es todo lo que se ve, lo que lleva a la construcción de discursos de rechazo y discriminación hacia la forma en que asumen su vejez. Esto ha sido particularmente visible en mujeres que fueron consideradas como “sex symbols”. Tal es el caso de la actriz Carrie Fisher, quien a sus 53 años manifestó en su cuenta de X: “Please stop debating about whetherOR not👁aged well.unfortunately it hurts all3 of my feelings.My BODY hasnt aged as well as I have.Blow us👌🏼”.
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La Gerontología Feminista: Un Enfoque Transformador
En este marco de desafíos, surge la gerontología feminista como una apuesta por desvelar el carácter socialmente construido de los significados y valores que rodean la vida de las mujeres mayores. A partir de los conceptos epistemológicos del feminismo, esta disciplina analiza las normas culturales que limitan su existencia libre en la vejez, examina los antecedentes y las condiciones de vida derivadas de la diferencia sexual, e informa sobre sus consecuencias en la vida de las mujeres mayores (Farré, 2008). Para enfrentar el edadismo, se requiere un enfoque de género que responda a las realidades de las mujeres y los entornos en los cuales se encuentran.
La gerontología feminista emerge de las bases de la gerontología crítica anglosajona y norteamericana, y frente al cuestionamiento intelectual de mujeres mayores que no se sentían parte de los movimientos feministas de la segunda ola. Esta exclusión no solo se refería a la participación política, sino también a una no-representación dentro de las epistemologías y teorías feministas. El enfoque propone el género como eje que marca diferentes trayectorias y experiencias en el envejecer, visibilizando el cruce entre género y vejez. Su propuesta metodológica busca develar el carácter estereotipado y androcéntrico de la vejez femenina, indagando en los discursos de las propias mujeres mayores para comprender sus experiencias como mujeres envejecientes.
Teóricas de la gerontología feminista, que fueron activistas en la segunda ola feminista, observaron a través de sus reflexiones como mujeres “maduras” y/o envejecientes el desplazamiento de la edad como eje de opresión y desigualdad diferencial. En la década de 1990, se empezó a producir conocimiento científico desde áreas como las Humanidades y Ciencias Sociales en relación al envejecimiento femenino. Actualmente, el corpus teórico en la gerontología feminista, conjugada con las teorías interseccionales, posibilita indagar en el nexo entre género y vejez, integrando múltiples dimensiones que posicionan a las mujeres mayores en estructuras de diferenciación, opresión, resistencia y agencia.
Se entiende que las estructuras de posicionamiento social (edades, racialización, pertenencia étnica, identidades de género, orientaciones sexuales, clases sociales, entre otras) son categorías relacionales y dinámicas durante el curso de vida. La interseccionalidad, como teoría de la diferenciación y diversidad contemporánea, abre espacios para profundizar las interrelaciones de subordinación y resistencia entre diversas categorías sociales encarnadas por mujeres mayores.

El Rol de las Mujeres Mayores en la Sociedad y el Activismo
Una realidad demográfica en muchos países, como España, es que las mujeres son mayoritarias en la composición de la población de edad avanzada. Las consecuencias de esto, escasamente apreciadas, tienen sin embargo gran importancia para la comprensión cabal del actual proceso de envejecimiento demográfico y de sus efectos sobre el conjunto del sistema social. Este desequilibrio poblacional tiene efectos acumulativos en edades avanzadas y exige un análisis de las características de género diferenciales en las generaciones implicadas: su relación con la actividad, ingresos, patrimonio, estado civil, corresidencia y estructuras familiares, así como su nivel de instrucción y de salud.
El cuadro así dibujado evidencia lo erróneo de un análisis de las características sociales y económicas de la población de edad avanzada y de los efectos del envejecimiento demográfico para el sistema social en su conjunto, cuando la imagen que se maneja es la del hombre jubilado. Esta imagen es responsable en buena medida de las alarmas suscitadas en torno al tema y de la visión asistencial y protectora sobre la vejez. Un reenfoque que haga honor al carácter fundamentalmente femenino de dicho colectivo es posible incluso al margen de las reivindicaciones y los estudios de género, más centrados en las mujeres jóvenes en edad laboral. Este enfoque debe servir para relativizar la importancia de la no contribución productiva de nuestros mayores, habida cuenta de las muchas otras funciones económicas, sociales, familiares, intergeneracionales y de solidaridad basadas precisamente en las características propias de las mujeres pertenecientes a las generaciones que hoy superan los 60 años.
Participación Política y Activismo Femenino en la Vejez
Se ha reflexionado y visibilizado la participación política y activismo femenino en la vejez, con estudios que buscan conocer y analizar las prácticas de activismo y participación de mujeres mayores, por ejemplo, en Chile. Si bien la participación social de las personas mayores ha sido un ámbito promovido y destacado desde la política pública institucional, esta se orienta principalmente a lo recreativo, a actividades físicas y de ocio. En otro ámbito, la participación política y el activismo de personas mayores en movimientos sociales más amplios, aparecen como fragmentados e invisibilizados en la escena pública actual.
Estudios recientes han abordado las experiencias de acción colectiva de mujeres mayores en distintas organizaciones sociales-reivindicativas y espacios políticos. El tema general que comprenden estas investigaciones es la relación estructural entre el género y la vejez. En la vejez, la participación de la mujer es considerablemente más alta en organizaciones de adulto mayor, de padres y apoderados, y de organización territorial y/o juntas de vecinos. Esta participación de mujeres mayores en diversos movimientos y colectivos sociales se da en un contexto sociodemográfico de envejecimiento poblacional, no solo en Chile sino en América Latina.
La participación social de las personas mayores es considerada un derecho y ha sido resguardada en distintas convenciones internacionales desde la declaración de los “Principios de las Naciones Unidas en favor de las Personas de Edad” en 1991. En esta carta se señalan, entre otros derechos fundamentales, el derecho a la independencia, la participación, la autorrealización y la dignidad. Sin embargo, en el recorrido de 30 años de la creación de instrumentos internacionales y la promoción de los Derechos Humanos de las personas mayores, la participación plena suele verse truncada, o al menos dificultada, por los estereotipos negativos asociados y atribuidos a la vejez, así como por la falta de reconocimiento ―y, en ocasiones, de autorreconocimiento― como colectivo.
Fuera de estos marcos institucionales, las personas mayores se organizan, ya sea en sus espacios territoriales cercanos o en movimientos sociales de mayor envergadura. En el caso de Chile, la IV Encuesta Nacional de Calidad de Vida en la Vejez señala que un 44.2% de las personas mayores participan en alguna organización social. En el contexto latinoamericano, es posible identificar movimientos sociales conformados por personas mayores, ya que sus reivindicaciones y luchas tienen relación con desigualdades y discriminaciones basadas en la edad. También existen grupos articulados por la reparación de Derechos Humanos vulnerados por conflictos políticos y armados, como la Confederación de Personas Mayores Víctimas en Colombia (2012).
Movimientos sociales de familiares de detenidas/os desaparecidas/os y ejecutadas/os políticos, que nacieron en la década de 1980 en el contexto de dictaduras cívicas militares, son hoy en día conformados y liderados principalmente por mujeres mayores. Son, por ejemplo, las “Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo” en Argentina o la “Agrupación Mujeres por la democracia en Chile”. Actualmente, se han conformado organizaciones comunitarias que han logrado generar redes de protección para grupos de mujeres marginadas socioculturalmente, y que experimentan sus procesos de vejez desde la estigmatización y exclusión social, como “La Casa Xochiquetzal” en México y “Sueños de Mariposas” en Argentina.
A pesar de esta actividad, las mujeres mayores tienen una baja participación política al experimentar discriminaciones basadas en “la desigualdad que se construye socialmente a partir de una supuesta inferioridad de las mujeres (razón de género) y de las mayores (razón de edad)”. Esto se manifiesta en la falta de respeto a sus derechos, la desconfianza hacia ellas, la infravaloración de su capacidad o la duda sobre ella, y su exclusión en representaciones políticas, sociales y en la dirección de instituciones (donde se prefiere a personas jóvenes). Además, hay escasez de espacios y lugares de encuentro para las adultas mayores. La edad termina siendo un factor importante en la exclusión política de las mujeres mayores, ya que al transitar a la vejez se manifiesta una pérdida de privilegio y un menosprecio hacia este grupo.
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Trayectorias de Activismo y Resistencia
Para comprender el activismo y la organización política en las experiencias de mujeres mayores, es necesario generar un recorrido biográfico que dé cuenta de la construcción política en sus cursos de vida. Se enuncia como un proceso dado en relaciones sociales y socio-histórico, el cómo y por qué se han integrado a distintos espacios de participación política y activismo en diferentes momentos vitales.
Como testimonio de ello, una activista chilena expresó: “Siempre me he repetido [...] el que nace chicharra muere cantando. Yo voy a ser [así] hasta el final. [...] Hay varias razones, pero yo creo que la principal es porque viene en los genes [...] Mi padre y mi madre eran dirigentes. Lo mío ha sido un compromiso social, ha ido mutando entre temas de derechos, y a medida que fue pasando el tiempo, se fue perfilando mucho más en los temas de diversidad sexual [...] He participado, de acuerdo a mi edad, y a mi proceso histórico y de vida, he ido mutando distintos compromisos.”
La vinculación con espacios sociales y políticos a menudo comienza a edades tempranas. En Chile, por ejemplo, esto se observa en los procesos de transformaciones políticas y culturales experimentados desde la década de 1950, que condujeron al fortalecimiento de un movimiento de izquierda popular en los primeros años de la década de 1970. Otra entrevistada relató: “De joven siempre fui muy activa [...] no tanto en lo político, pero en lo social sí. Siempre tuve interés en organizarme. Trabajé, de hecho, muy presente en el gobierno de Salvador Allende [...] participé muy activamente en su gobierno y me abrió un sentido de la necesidad de organizarse. Mi participación con temas sociales ha sido de siempre, cuando estaba en el colegio [...] fui presidente del centro de estudiantes y fui presidenta en la Facultad de Educación cuando estudié.”
En los relatos de las mujeres, la dictadura cívico militar (1973-1990) se transformó en un punto de inflexión, desarticulando instituciones públicas y orientando la política estatal con un carácter neoliberal. A niveles generacionales, el trauma afectivo de la violencia física y estatal es parte de la memoria de estas mujeres. Una participante compartió: “Le tengo miedo a las consecuencias que la tortura puede tener en mí cuando sea más vieja [...], o sea cuando yo me olvido de una palabra ¡sufro! que no te digo, o sea me muero.”
En estos relatos se identifica la importancia de las trayectorias de vida en la construcción de diversos activismos. Por ejemplo, aquellas mujeres que comenzaron luchando por mejoras en el ámbito del trabajo, hoy, siendo mayores, continúan enfocadas en la mejora de las pensiones. Otro ejemplo es el caso de una entrevistada que inició su activismo por las demandas en torno a la salud sexual y reproductiva de las mujeres, y quien actualmente visibiliza con su activismo la particularidad de la salud de las mujeres siendo mayores.
Las trayectorias biográficas también dan paso a la identificación de desigualdades y problemáticas sociales en la vejez femenina. Una de las manifestaciones de violencia identificadas es en torno al trabajo doméstico y de cuidados. Si bien existe una continuidad de este trabajo por el mandato de género al interior de sus grupos familiares, también las mujeres mayores se emplean formalmente en los trabajos domésticos. Se ha señalado que el 90% de la violencia ejercida hacia una trabajadora doméstica proviene de otra mujer.

La Deuda del Feminismo con las Mujeres Mayores
Una de las deudas históricas y contemporáneas del feminismo en sus diferentes olas ha sido incorporar la vejez y a las mujeres mayores como parte del movimiento feminista. La problematización de las posiciones políticas y sociales que han ocupado las mujeres mayores desde una perspectiva histórica permite observarlas como parte de la orgánica y su acción feminista. Los primeros movimientos organizados de mujeres, consensuados bajo la primera ola del feminismo (el sufragismo a mediados del siglo XIX en Inglaterra), estuvieron conducidos por mujeres burguesas adultas y mayores.
Sin embargo, el feminismo de las décadas de 1960 y 1970 se construyó como un movimiento principalmente de mujeres jóvenes, cuyo eje de lucha política eran los derechos sexuales y reproductivos. La centralización del eje biológico/reproductivo desplazó la vejez femenina como lugar de enunciación feminista. El momento de inflexión indudable es la segunda ola feminista, donde activistas afroamericanas denunciaron opresiones diferenciales entre género, raza y clase, como posiciones encarnadas no compartidas con feministas “blancas”. El feminismo “negro” robusteció la teoría feminista en ejes invisibilizados y naturalizados anteriormente, profundizando en la interrelación de estas categorías de diferenciación y opresión estructurales e históricas. Esta lucha política sentó las bases para que en la década de 1980 se articulara el concepto de interseccionalidad.
La crítica de los feminismos negros permitió ver algunas cuestiones relacionadas con la edad como sistema de diferenciación social. Sin embargo, al posicionarse la tríada de exclusión y opresión estructural entre género, clase y raza, la edad continuó invisibilizada como sistema de diferenciación. Esta es la brecha que la gerontología feminista busca cerrar, reconociendo la vejez como una dimensión crucial en la experiencia de opresión y resistencia de las mujeres.