El Personalismo Fílmico de Leo McCarey en "Going My Way"
La cinematografía de Leo McCarey culmina en un díptico considerado la expresión más lograda de su personalismo: las películas «Going My Way» (Siguiendo mi camino, 1944) y su secuela, un año posterior, «The Bells of St. Mary’s». El propio McCarey avaló esta perspectiva, afirmando que estas dos obras, sus mayores éxitos, “constituyen en sí mismas toda mi carrera”. El crítico Jacques Lourcelles se refiere a la “milagrosa riqueza moral de Going My Way”, un juicio que resalta la capacidad de la película para transformar a cada personaje en su mejor versión, bajo el efecto combinado de la mirada del autor, la música y la presencia del Padre O’Malley (interpretado por Bing Crosby).
Entre las consecuencias que se derivan de esta riqueza moral, destaca la profunda identificación entre el personaje del Padre O’Malley y el proceder de Leo McCarey como director. El Padre O’Malley, con su papel de “promotor”, es un verdadero trasunto de McCarey en la pantalla, reflejo fiel de sus convicciones. Leland Poague y Wes D. Gehring justifican este aspecto, señalando que en su función y método, el Padre O’Malley actúa como un alter ego del director.
Claves de la Cinematografía de McCarey y la "Milagrosa Riqueza Moral"
El estudioso francés Lourcelles acierta al situar las claves de la cinematografía de Leo McCarey en varios aspectos vigentes. A lo largo de un metraje sin crisis ni espectacularidad, cada personaje se transforma bajo el efecto combinado de la mirada del autor y la música. La importancia de la música es plenamente diegética, de hecho, el título de la película está tomado de una de las canciones que interpreta Bing Crosby. El papel del Padre O’Malley como promotor es, en realidad, un verdadero trasunto de McCarey en la pantalla, un reflejo fiel de sus convicciones.
Este elenco de factores genera el clima de “milagrosa riqueza moral” que singulariza la película. La explicación de Lourcelles abunda en otros tres elementos que caracterizan la premisa: el destino individual de cada persona (“siguiendo mi camino”), la atención a los demás y la mutua transformación. En síntesis, se expone una libertad que accede a su cénit. Según la premisa, cada ser vivo conduce su propio destino, pero, al estar atento a los demás, se transforma transformando a los demás. Esta idea se refleja en el estilo, donde el humor y la emoción, a fuerza de rozarse, ya no existen por separado como tales, sino que se transforman en una especie de dicha, una profunda satisfacción del alma que fluye de los personajes al público como una corriente mágica.

Una Propuesta Arriesgada y su Recepción
Llevar a buen puerto una película de estas características, de fascinación absoluta y basada en una alquimia de buenos deseos, no era fácil. El propio McCarey era consciente de la dificultad: una película sobre curas, protagonizada por un cantante de éxito, y que se alejara de los parámetros del cine negro que se impondrían tras la Segunda Guerra Mundial, parecía una propuesta arriesgada. Sin embargo, el éxito arrollador de la película entre el público y los siete Óscar recibidos disiparon rápidamente esas dudas.
Es crucial profundizar en lo que el propio McCarey señalaba en su entrevista en Cahiers: no se trataba de películas religiosas ni piadosas, sino que para la época se las calificaba de “amablemente irrespetuosas”.
McCarey y el Concepto de Sacerdocio: Un Contrapunto a Amédée Ayfre
Para situar la propuesta de McCarey, sirve de contraste el crítico francés y sacerdote sulpiciano Amédée Ayfre, quien mostró sus reservas sobre el modelo de ministro católico que representaba Bing Crosby en su obra «Dieu au Cinéma» (Dios en el cine, 1953). Ayfre argumentaba que el cine, al no presentar al sacerdote desde el punto de vista sacramental, lo mutila o degrada, reduciéndolo a funciones de predicación, caridad o educación, sin diferenciarlo de un pastor o un filántropo.
El juicio severo de Ayfre revela por oposición la verdadera voluntad de Leo McCarey. El Padre O’Malley, lejos de ser una explicitación de tesis teológica, representaba una manera más audaz e innovadora de dinamizar la vida parroquial. Como señaló el New York Post, “la historia no es lo de mayor importancia… la belleza de ‘Going My Way’ brota del tratamiento de las relaciones humanas”. Esta visión de la película puede aplicarse a la mayoría de las obras de McCarey, cuya filosofía era que, si bien el número de historias disponibles era finito, el mundo estaba repleto de personajes interesantes. McCarey concentra la atención en dos personas que crean yuxtaposiciones atractivas, una estrategia que ya había explorado con Laurel y Hardy.

Estas “extrañas parejas” de Leo McCarey abarcan desde los cómicos como Stan y Ollie, hasta el dúo screwball de Cary Grant e Irene Dunne, y sus batallas cómicas hasta su reconciliación. Mientras que Laurel y Hardy son contrapuestos por su aspecto físico y Grant-Dunne por el género, el equipo de Crosby y Fitzgerald es un contrapeso entre la edad y la juventud. El éxito de «Going My Way» sugiere que el contraste entre juventud y ancianidad había conseguido un encanto particular para el público de los años cuarenta. McCarey tenía una gran afinidad con la gente mayor, como demostró en «Make Way for Tomorrow» (Beulah Bondi y Victor Maure) o con la abuela (Maria Ouspenskaya) de «Love Affair» (1939).
Es importante enfatizar que McCarey no busca hacer proselitismo católico. Si bien directores como McCarey, Capra o Ford no mutilaban la dimensión trascendente de la persona en sus películas, carecían del propósito de hacer un ejercicio catequético a través de la pantalla. Ayfre se muestra desenfocado al considerar que el Padre O’Malley está lejos del “vencer el mal por el bien” de San Pablo. Basta con observar las primeras escenas de la película, donde el Padre O’Malley es expuesto a continuas reacciones de rechazo: una beata criticana, un vecino enojado por un cristal roto, un vehículo cisterna que lo empapa, o el escepticismo del Padre Fitzgibbon. En todos esos lances, O’Malley actúa con contención, venciendo esas pequeñas provocaciones con mansedumbre y dulzura, un lema de actuación a lo largo de toda la película.
Bing Crosby recibe el Oscar - 1945
La película no busca explicitar preguntas profundas sobre el alma o la relación solitaria del hombre con Dios. McCarey simplemente las deja “fuera de campo”. Un joven que lea atentamente lo que ocurre en la pantalla no se quedará solo en los medios que el Padre O’Malley emplea para comunicarse con los muchachos, sino que verá a un Padre O’Malley feliz haciendo el bien, retirándose discretamente al final para cumplir otra misión con abnegación y eficacia. Tampoco es cierto que McCarey contraponga la vieja iglesia del Padre Fitzgibbon con la nueva del Padre O’Malley, ya que la interpretación de Barry Fitzgerald como este anciano, con sus tics y sus santas iras, es asombrosa.
Sor Juana Inés de la Cruz: Defensa de la Educación Femenina y Pensamiento Crítico
Sor Juana Inés de la Cruz (México, 1651-1695) fue una extraordinaria escritora, autora de teatro, prosa y poesía. Su obra es una muestra excelente de lo mejor de la literatura barroca, y expresa un sofisticado pensamiento crítico sobre el amor, la tradición, la existencia y la religión. Aborda con audacia temas sociopolíticos como la discriminación racial y las relaciones de género. Se la puede considerar pionera del feminismo en América, pues luchó por participar como igual en la esfera intelectual. Varios de sus poemas denuncian cómo la figura femenina se construye socialmente según el deseo y las expectativas de una sociedad públicamente gobernada por hombres.
"Respuesta a Sor Filotea de la Cruz": Contexto y Argumentación
Uno de los textos en prosa más famosos de Sor Juana es la «Respuesta a Sor Filotea de la Cruz»: una astuta y erudita defensa de los derechos de las mujeres a educarse y enseñar. El contexto de esta carta es el siguiente: en 1690, un obispo publicó, usando el pseudónimo de “Sor Filotea”, una carta que alababa el conocimiento de Sor Juana, pero la acusaba de haber descuidado sus deberes religiosos para favorecer sus exploraciones filosóficas. “Sor Filotea” argumentaba que el estudio de las letras podía conducir al pecado del orgullo y a la rebeldía, especialmente en las mujeres, y aconsejaba a Sor Juana que se concentrara en estudiar exclusivamente los textos y temas sagrados.
La respuesta que escribió Sor Juana en 1691 (y que solo fue publicada póstumamente casi diez años después en Madrid) es, en primer lugar, una defensa ante las acusaciones del obispo. Ya que en esa época los herejes podían ser perseguidos y ejecutados por la Inquisición, la carta no solo defendía sus derechos, sino su vida. La carta es también una autobiografía de la escritora, quien explica su sed de aprender y la oposición social que, como mujer, tuvo que enfrentar para educarse y escribir.

Las Razones de Sor Juana para Escribir y Estudiar
Sor Juana describe la carta del obispo como “doctísima, discretísima, santísima y amorosísima”, mientras que a sí misma se describe “de poca salud, con justo temor, torpe, ignorante, humilde, deseosa de callar, inmensamente agradecida”.
Ella afirma: “Yo nunca he escrito sino forzada y por dar gusto a otros, porque nunca he juzgado de mí que tenga el caudal de letras e ingenio que pide la obligación de quien escribe.” Su respuesta ordinaria a quienes la instaban a escribir, especialmente sobre temas sagrados, era: “¿Qué entendimiento tengo yo, qué estudio, qué materiales, ni qué noticias para eso, sino cuatro bachillerías superficiales? Dejen eso para quien lo entienda, que yo no quiero ruido con el Santo Oficio, que soy ignorante y tiemblo de decir alguna proposición malsonante o torcer la genuina inteligencia.”
Aclara su motivación para el estudio: “Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí colosal soberbia), sino solo por ver si con estudiar ignoro menos.” Sin embargo, no niega su profunda inclinación: “lo que es verdad -y no lo negaré, (lo uno, por ser notorio a todos, y lo otro, aunque me maltraten, me ha puesto Dios en el alma una vehemencia amorosa a la verdad)- es que, desde que me asisitió la primera luz de la razón, fue tan vehemente y tan poderosa mi inclinación a las letras, que ni reprehensiones, que he tenido muchas, ni yo misma me bastaron a estorbar este natural impulso que puso Dios en mí. Él sabe por qué y para qué.” Incluso, ella revela que ha pedido a Dios que apague la luz de su entendimiento y deje solo lo necesario para guardar su Ley.
Bing Crosby recibe el Oscar - 1945
Propuesta para la Educación Femenina
Sor Juana enfatiza la necesidad de la educación femenina con un argumento práctico y moral: “¡Oh, cuántos daños se excusarían en nuestra república si las ancianas fueran doctas y supieran enseñar como manda San Pablo y mi Padre San Jerónimo!” Lamenta la “suma flojedad en que han dado en dejar a las pobres mujeres”. La necesidad y la falta de ancianas sabias fuerzan a algunos padres a llevar maestros hombres para enseñar a sus hijas a leer, escribir, contar, tocar y otras habilidades.
De esta situación, señala Sor Juana, “no pocos daños resultan de esto, como se experimentan cada día en lastimosos ejemplos.” Por ello, muchos padres prefieren dejar “bárbaras e incultas” a sus hijas, antes que exponerlas a “tan notorio peligro como la familiaridad con los hombres”. Su solución es clara: “¿Porque qué inconveniente tiene que una mujer anciana, docta en letras y de santa conversación y costumbres, tuviese a su cargo la educación de las jóvenes? De esta manera, las últimas no se perderían por falta de instrucción o por la opción peligrosísima de ser enseñadas por hombres.”
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