América es reconocida como la tierra de la oportunidad para las mujeres. Actualmente, ellas poseen alrededor del ochenta y cinco por ciento de la riqueza del país, y se espera que en breve se hagan con su totalidad. El divorcio se ha convertido en una operación lucrativa, de sencillo arreglo y fácil olvido, que las mujeres ambiciosas pueden repetir cuantas veces gusten negociando beneficios que alcanzan cifras astronómicas.

Sucesivas generaciones de jóvenes estadounidenses no se desaniman lo más mínimo ante ese panorama de divorcio y defunción. Cuanto más aumenta el índice de divorcios, mayor se hace su ahínco. Los jóvenes se casan apenas entran en la pubertad, y una buena proporción de ellos tiene en nómina un mínimo de dos exesposas antes de cumplir los treinta y seis años. Mantener a esas señoras conforme al tren de vida a que están acostumbradas les exige trabajar como esclavos.
La historia de la señora Bixby y el coronel
En este contexto, se desarrolla una historia particular que, aunque no es de las muchas invenciones fatuas y picantes que circulan, destaca por el mérito de ser auténtica y es de extraordinaria popularidad entre maridos defraudados. La historia de los señores Bixby se sitúa en un apartamento pequeño en el centro de Nueva York.
El matrimonio Bixby y la tía Maude
El señor Bixby era dentista con ingresos normales. La señora Bixby, en cambio, era una mujer vigorosa a la que le gustaba la bebida. Una vez al mes, siempre un viernes por la tarde, la señora Bixby tomaba el tren a Baltimore desde Pennsylvania Station para visitar a su anciana tía. Pasaba la noche con ella y regresaba a Nueva York al día siguiente a tiempo de prepararle la cena a su marido. El señor Bixby aceptaba con benevolencia este arreglo.
Sin embargo, la anciana tía era para la señora Bixby poco más que una coartada conveniente. El verdadero motivo de sus viajes era un caballero conocido como el coronel. Con este "canalla", nuestra heroína pasaba la mayor parte de sus estancias en Baltimore. Este placentero trato se prolongaba año tras año sin el menor tropiezo. Se veían con tan poca frecuencia -doce veces por año- que corrían poco riesgo de cansarse el uno del otro.

El inesperado regalo de Navidad
Con las Navidades ya en puertas, la señora Bixby esperaba en la estación de Baltimore el tren de regreso a Nueva York. Se encontraba de buen humor, ya que la visita con el coronel había resultado más agradable de lo habitual. En el tren, recibió una caja. "¡Válgame Dios!", exclamó, "¿qué enormidad de caja!". Era un regalo navideño del coronel. Ella pensó que seguro era un vestido, o prendas interiores. Después de cerrar los ojos y deslizar la mano al interior de la caja, sintió el tacto del papel de seda.
De pronto, exclamó: "¡Dios mío, no puede ser verdad!". Abrió los ojos y se quedó mirando el abrigo. Lo sacó de la caja con las manos, asombrada. Era visón. "¡Y qué soberbio color!", pensó. Era de un negro casi puro, pero al acercarlo a la ventanilla, notó un punto de azul, intenso y vivo, como el cobalto. La etiqueta decía: VISÓN SALVAJE DE LABRADOR. No había ninguna indicación sobre dónde había sido comprado, lo que la señora Bixby atribuyó a la astucia del coronel para borrar toda pista. Se preguntó cuánto podría haber costado: "¿Cuatro, cinco, seis mil dólares?".
Ardiendo en deseos de probárselo, se quitó presurosa su abrigo rojo corriente. Jadeaba ligeramente mientras se ponía el de visón. "¡El tacto de aquella piel...!", "¡Y las mangas, anchas, enormes, con sus espesos puños vueltos!". El maravilloso abrigo negro parecía adaptársele al cuerpo como una segunda piel. Se miró en el espejo: "Era fantástico. Toda su personalidad había cambiado de golpe y por completo. Se la veía deslumbrante, esplendorosa, rica, brillante, voluptuosa, todo ello a un tiempo. ¡Y la sensación de poder que le confería! Vestida con aquel abrigo podría entrar donde quisiera y la gente se le alborotaría alrededor, como conejos".
La carta de despedida
Dentro de la caja encontró una carta: "Como una vez te oí decir que te gustaba el visón, te he comprado este. Me aseguran que es de calidad. Te ruego que lo aceptes, junto con mis mejores y más sinceros votos, como regalo de despedida. Por razones personales, no podré volverte a ver."
Transformación de un abrigo de visón en un nuevo modelo mas actual.
El dilema del abrigo
La señora Bixby exclamó: "¡Pero ése está loco!". Pensó que la tía Maude no tendría dinero para algo así y que el coronel lo había hecho a propósito para torturarla. "¡Necesito tener este abrigo!", exclamó en voz alta. Decidió que debía pensar una solución. Dos horas y media más tarde, la señora Bixby se apeaba del tren en Pennsylvania Station, vestida con su viejo abrigo rojo y llevando la caja de cartón.
El prestamista
Entró en un taxi que la llevó a una casa de empeño. Se quedó junto al mostrador, lo más lejos posible de un gato enorme que comía cabezas de pescado. "Por más bobo que le parezca", dijo la señora Bixby al hombre, "no se me ha ocurrido mejor cosa que perder el billetero, y, siendo sábado, con los bancos cerrados hasta el lunes, es preciso que consiga un poco de dinero para el fin de semana". Cuando sacó el visón y dejó que la espesa y magnífica piel cayese sobre el mostrador, el hombre alzó las cejas, dejó el gato y se acercó a mirarlo.
La señora Bixby insistió en que solo necesitaba un préstamo hasta el lunes y que no quería anotar nombre ni señas en la papeleta de empeño. Aunque el hombre le sugirió añadir una descripción para el caso de querer vender la papeleta, ella se negó, afirmando que no estaba en apuros económicos, solo había perdido el bolso. Finalmente, aceptó una papeleta sin descripción, con la única condición de que cuidaran bien el abrigo.
El regreso a casa y la sorpresa final
En el taxi de vuelta a casa, su marido, el señor Bixby, la esperaba. Ella inventó una excusa por el retraso y le transmitió el cariño de la tía Maude. El señor Bixby, un hombre que parecía pensar que era Beau Brummel a pesar de su estilo anticuado, le mostró una probeta que había comprado para medir el vermut, mientras ella planeaba cómo hacerle cambiar de forma de vestir. Él solía atender a sus pacientes femeninas con la bata desabrochada, en un intento de dar una impresión de "canalla" que la señora Bixby consideraba "baladronada" y subsexual.
Mientras tomaba un martini, la señora Bixby sacó un pañuelo de su bolso y "encontró" la papeleta del prestamista. "¿Sabes qué es esto?", preguntó a Cyril. Él identificó el recibo de un prestamista. "Desencanto ¿por qué?", repuso Cyril Bixby, creyendo que valía la pena averiguar de qué se trataba, sobre todo por la anotación de cincuenta dólares. Pensó que mucha gente no quería que se supiera que habían acudido a un prestamista y que la papeleta les facultaba para desempeñarlo por solo cincuenta dólares.
La señora Bixby se mostró "tremendamente emocionante" ante la posibilidad de que fuera un auténtico tesoro, a pesar de que Cyril le recordaba que era imposible saber de qué se trataba. Ella insistió en que la papeleta era suya, pero él argumentó que conocía a los prestamistas y que había que disponer de cincuenta dólares. Finalmente, llegaron a un acuerdo: si el objeto resultaba ser algo masculino, sería el regalo de Navidad de Cyril; si era femenino, sería para ella. Cyril se ofreció a ir a la casa de empeño de inmediato, y la señora Bixby, aunque moría de impaciencia, aceptó su ofrecimiento. Poco después, Cyril regresó exclamando: "¡Lo tengo!", "¡Es fantástico! ¡Espera a vértelo delante!" La señora Bixby preguntó: "Cariño, ¿de qué se trata?", a lo que él respondió: "Por supuesto que lo es. Aunque ni que me aspen comprenderé cómo demonios pudieron empeñar eso por cincuenta dólares". "¡Cyril, basta, me tienes sobre ascuas!", gritó la señora Bixby, mientras Cyril Bixby hizo una pausa...