El Archivo Oral del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos tiene como objetivo aplicar la metodología de registro oral para documentar historias personales y colectivas sobre el período de la dictadura. En esta línea de trabajo caben las micro-historias de organizaciones obreras, asentamientos campesinos, sindicatos, experiencias de exilio, por nombrar algunos.
Testimonios de víctimas de centros del Servicio Nacional de Menores (Sename)
La dura realidad de los menores que vivieron en centros a cargo del Estado chileno ha sido revelada a través de diversos testimonios, muchos de los cuales salieron a la luz pública en los últimos años, impulsados por informes de comisiones especiales de investigación del Congreso de Chile y por la propia necesidad de las víctimas de romper el silencio.
Claudio Yáñez: Veinte años de silencio para revelar un infierno
Claudio Yáñez, un empleado de aduanas y psicólogo, miembro de la Agrupación de Ex Menores Víctimas de Prisión Política y Tortura, relata su experiencia en los centros del Servicio Nacional de Menores (Sename). Al momento del Golpe de Estado, Claudio tenía 18 años y estuvo prisionero en el Buque Lebu, donde fue sometido a torturas y malos tratos. Su testimonio, que duró 135 minutos, es uno de los muchos que componen el archivo oral del Museo de la Memoria.
"Había abuso sexual y castigos corporales. Nunca me imaginé que se pudiera ser golpeado tan fuerte. Pero no había acceso a educación, ni a servicios de salud. Y usaban el lenguaje militar con nosotros. Era una situación muy grave", recuerda Claudio.
Contar su historia le tomó 20 años. Claudio siempre prefirió no hablar de su infancia y centrarse en su educación y carrera. Sin embargo, los informes sobre abusos en los centros del Sename lo impulsaron a compartir su vivencia.
Fue internado por primera vez en un centro del Sename a los 10 años. Su infancia estuvo marcada por la inestabilidad familiar: vivió con su madre, su madrina, su abuela y su padre, sin poder establecer vínculos duraderos. Sentía que era un estorbo y que nadie lo quería, lo que lo llevó a tener un comportamiento errático y violento.
Escapó de casa en varias ocasiones, hasta que un adulto lo llevó a un centro público para menores. "Pero esos lugares no son en realidad centros de acogida. Son más bien cárceles, unos lugares muy violentos, muy agresivos", describe.
El maltrato en estos centros era extremo, tanto por parte de los empleados como de los propios menores. "Ocurrían abusos sexuales y castigos corporales. Nunca me imaginé que se pudiera ser golpeado tan fuerte", relata.
A pesar de la gravedad de la situación, no había acceso a educación ni a servicios de salud, y se utilizaba un lenguaje militar con los menores. Claudio menciona un caso de abuso de poder donde un menor fue obligado a golpear a otros.
La falta de apoyo emocional y la ley del más fuerte marcaron su estancia en estos centros. "Estos lugares te mutilan tu emocionalidad. Dejas de ser empático con el otro, dejas de demostrar afecto y camaradería hacia el otro. Te haces indolente al dolor ajeno. Lo que le pasa al otro te da lo mismo", explica.
Tuvo la suerte de que una prueba psicológica reveló su alto coeficiente intelectual, lo que le permitió ser el primer niño del centro en asistir a la escuela. Sin embargo, al regresar, volvía a la "cárcel". Un trabajador social con el que podía hablar sabía lo que ocurría, pero las quejas no eran escuchadas, y podían empeorar su situación si llegaban a oídos de los abusadores.
Conoció a una familia que se alojaba cerca y comenzó a contarles su vida. Ellos lo acogieron, y hasta hoy los considera su familia. A pesar de esto, le costó adaptarse a un entorno de afecto y amabilidad, sintiéndose un extraño y creyendo que era culpable de todo lo que le había sucedido.
Tras finalizar la universidad y conseguir un trabajo como ingeniero civil y funcionario de alto rango, Claudio decidió compartir su historia el año pasado, después de 20 años de silencio. Su temor era ser discriminado y que las puertas se le cerraran debido a su pasado.
La decisión de hablar se intensificó ante las recientes revelaciones de muertes y malos tratos en centros del Sename. "Pensé que, por mi posición y porque yo mismo pasé por todo aquello, debía contar mi historia", afirma.
Sus colegas reaccionaron positivamente al conocer su historia, lo que fue muy bueno para él y para ellos.
Claudio reconoce que Chile ha cambiado y es más inclusivo, lo que permite que su historia llegue a la gente. Actualmente, dirige una organización que ayuda a niños en el sistema del Sename, buscándoles motivación y ayudándoles a crear sueños.

Luis Ramírez Rojas: La infancia marcada por el Golpe
Luis Ramírez Rojas, empleado de una firma de tecnología de ultrasonido para fines médicos, tenía 9 años al momento del Golpe de Estado y vivía en Antofagasta. Su testimonio, con una duración de 74 minutos, forma parte del Archivo Oral del Museo de la Memoria.

Soraya Lizama Marchant: La olla común como refugio y resistencia
Soraya Lizama Marchant, empresaria del rubro de la alimentación, tenía 2 años al momento del Golpe de Estado. Junto a su madre, estuvo a cargo de una olla común en la población La Pincoya, en Santiago, la cual funcionó desde la época de la dictadura hasta los primeros años de la vuelta a la democracia. Su testimonio, de 94 minutos, documenta esta experiencia colectiva.

El caso de Lissette Villa y la transformación del sistema de protección
La muerte de Lissette Villa en un centro del Sename, ocurrida dos años antes de la publicación de la investigación, marcó un punto de inflexión que impulsó una profunda transformación en el sistema de protección de menores en Chile.
"Huellas Imborrables": Un retrato coral de la vulneración de derechos
La periodista Rosario Moreno y cinco alumnos de periodismo de la U. del Desarrollo publicaron "Huellas Imborrables", un texto que recoge el testimonio en primera persona de 85 niños, jueces, gendarmes, directores y funcionarios de diferentes centros del Sename a lo largo de Chile. Inspirados en el estilo de Svetlana Aleksiévich, el libro busca ofrecer una visión de 360 grados de la problemática.
Historias destacadas de "Huellas Imborrables"
- María: Una adolescente de 16 años que terminó en el Sename tras reiteradas violaciones de su padre. Destaca su sabiduría al afirmar que el Estado debe tomar en cuenta la vivencia de los niños, no solo las teorías académicas. Relata la falta de documentación y la invisibilidad de los menores en el sistema.
- Jueza de Familia, Mónica Jeldres: Recorrió Chile en 2010 documentando la realidad de los centros y elaboró un informe que, según relata, fue guardado "en un cajón". Señala que las sentencias judiciales a menudo no se cumplían y que la justicia no estaba funcionando.
- Testimonio de un gendarme: Describe situaciones inusuales y preocupantes en los centros de jóvenes delincuentes, como la confusión de roles entre madre e hijo y relaciones que parecían más de pareja.
La multi-culpabilidad: Padres, Sename y el sistema
La investigación revela que el Sename no es el único culpable. Los padres, a menudo ausentes, drogadictos, alcohólicos o involucrados en violencia intrafamiliar, son señalados como los primeros responsables. La pobreza no se considera una excusa para el abandono.
El Sename presenta fallas sistémicas y se violan derechos humanos en plena democracia. Las condiciones laborales de los funcionarios son precarias, con sueldos bajos y un incentivo perverso a las horas extras extremas.
Las actividades en los centros buscan "matar el tiempo" en lugar de formar a los menores.
Andrés: La calle como destino tras el Sename
Andrés, un joven de 19 años, relata su experiencia de haber crecido en hogares del Sename desde que era muy pequeño. Al cumplir 18 años, tuvo que irse a la calle, durmiendo en un albergue municipal.
"Me crié en hogares del Sename desde que era guagua. Y ahora que salí tuve que tirarme a la calle; no me quedó otra solución", afirma.
Andrés nunca completó la educación básica y le cuesta leer y escribir. A pesar de su deseo de superación, se siente limitado por la falta de estudios y oportunidades.
Como único rescate de su infancia, recuerda a un amigo verdadero en un hogar de Puerto Varas. Jugaban a imaginar que eran militares o zombies, compartiendo una amistad que describe como buena.
Tiene un bajo concepto de sus capacidades: "Yo no sirvo ni para arreglar ni una silla, nada. [...] Se puede decir que yo soy así; alguien de poca fe."
Su familia fue una gran decepción, especialmente su madre. Siente que por culpa de su familia está en su situación actual y que nunca tuvo un apoyo real.
"A mi familia y al Sename. Cada persona que yo conocía me decía 'tú debes exigirle al Sename, ellos son tus protectores, tienen que darte apoyo, ellos deben enseñarte a leer, a escribir, educarte', pero a mí no me dieron nada de eso. Todo lo contrario", expresa.
La residencia Catalina Keim, de Carabineros, donde pasó su cumpleaños número 18, fue un lugar de abusos y peleas, descrito como "el infierno".
Recibe una pensión estatal por una supuesta discapacidad, pero él siente que tiene brazos y piernas buenos y un cerebro bueno. "Claro que yo siento que con esa pensión, me salvo", comenta.
Vivir en la calle es una experiencia horrible, marcada por robos, asaltos y golpes. A pesar de esto, trata de evitar problemas.
Su sueño de ser bombero o entrar a la Armada se vio truncado por la falta de estudios. La necesidad de tener un título de cuarto medio para cualquier trabajo lo limita enormemente.
La mirada experta: Claudine Litvak sobre la vulneración de derechos
La psicóloga Claudine Litvak, jefa del área de desarrollo de la dirección social del Hogar de Cristo, analiza el caso de Andrés, destacando que ha tenido "una vida entera de derechos denegados".
Litvak enfatiza la importancia de los primeros mil días de vida para el desarrollo infantil, período en el que Andrés fue institucionalizado. La falta de apego, estimulación y figuras de referencia significativas mermó su desarrollo.
Se cuestiona por qué el Estado no puso a Andrés en adopción o con una familia de acogida, señalando que un niño no puede pasar 16 años institucionalizado. La falla de las instituciones fue "total", y su salida al sistema y posterior situación de calle son consecuencias lógicas de lo que se le negó.
La merma en su autoestima y la sensación de invisibilidad son consecuencias directas de la falta de herramientas para ser independiente.
Litvak concluye que la precariedad de su protección al cumplir 18 años pavimentó su camino a la exclusión y la situación de calle, y que este caso no es una excepción.
Estadísticas de egreso del Sename
Según datos del anuario estadístico del año 2020 del SENAME, egresaron de la línea de atención cuidado alternativo un total de 6.295 niños, niñas, adolescentes y adultos. El 43,6% permaneció entre "1 a 2 años" y el 26,8% permanece "más de dos años" antes de su egreso. En promedio, los egresados durante el 2020 permanecieron 629,4 días.
La experiencia de una ex-Sename: De la institucionalización a la lucha por los derechos
Una persona que vivió 16 años en el sistema del Sename (desde los 3 años y medio hasta los 19 años) comparte su experiencia, marcada por la privación de un hogar familiar, el derecho a la salud y la infancia.
Huyó del hogar a los 8 años y conoció la indiferencia de la sociedad. Fue devuelta al hogar, donde un número se convirtió en su compañero, experimentando las consecuencias de que el Estado trate a los niños como objetos.
Se pregunta a quién le importaban, quién estaba cerca frente a tantas irregularidades e injusticias: ¿El Estado, la Iglesia, quienes lucran con la vulnerabilidad?
A sus 19 años, se dedicó a auxiliar a los niños olvidados, institucionalizados y vulnerados, fundando la Fundación de Egresados de Casas de Menores (ECAM).
El "Informe Jeldres" de 2012 detalló las graves fallas del sistema de protección de menores, revelando la vulnerabilidad de la infancia en Chile y cuestionando la responsabilidad política y moral del Estado.
La situación de muchos niños en el sistema actual no ha mejorado respecto a los años 90, con la delincuencia juvenil transformándose en delincuencia infantil.
Se señala la culpabilidad del Estado por alimentar un sistema que, prometiendo protección, ha vulnerado aún más a los niños, reduciendo sus oportunidades. Se critica la encapsulación de las violaciones a los derechos de los niños a un período específico, sin considerar toda la historia del Sename.
Se admira a la Jueza de Familia Mónica Jeldres por su valentía y profesionalismo en la defensa de los derechos de los niños.
Christian: Un ejemplo de reinserción posible
Christian, joven egresado del Servicio Nacional de Menores, se encuentra trabajando de apoyo administrativo en una constructora y terminando su enseñanza media. A los 12 años dejó el colegio, comenzó a robar para ayudar a su familia, y a los 17 fue enviado a un centro del Sename.
La directora ejecutiva de la Fundación Proyecto B, Soledad Burgos, destaca que el testimonio de Christian muestra que los cambios son posibles y que la reinserción juvenil es un tema relevante. Se enfatiza que nadie sabe lo que lleva a una persona a delinquir, y que al salir de un hogar sin recursos, la delincuencia puede ser una obligación.
El calvario de los abusos y la lucha por la dignidad
Una ex-Sename relata la aplicación de lindano en su cuerpo sin protección, lo que le dejó secuelas en las piernas y la obligó a caminar arrastrando una pierna durante dos años. Los abusos duraron toda su vida, hasta que logró escapar.
Su salida del hogar implicaba ver a otras compañeras ser recogidas por sus familias, mientras ella no tenía a nadie. Los días nublados le traen pésimos recuerdos.
A los 6 años, fue violada y sufrió abusos constantes, hasta que intentó quitarse la vida a los 12 años.
Tras escapar a los 17 años, consiguió trabajo y pudo independizarse. Tuvo momentos de consumo de drogas y sufrió al dormir en la calle al llegar a Santiago.
Como madre, trabaja desde casa para no abandonar a sus hijos. Ha superado su dificultad para establecer relaciones estables y el miedo a ser dañada.
Su hija mayor, Daniela, estudia Trabajo Social, inspirada en parte por la historia de su madre.
Al visitar el hogar donde estuvo internada, revivió su infancia y sintió que estaba ayudando a otras niñas. Su sueño es estudiar derecho o trabajo social y preguntarle a los políticos por qué se les quitan los hijos a las madres pobres, en lugar de ayudar a esas familias.
Denuncia que a los niños se les entregan artículos básicos (como ropa interior) marcados por el gobierno, lo cual considera denigrante.
Considera que el Sename es un negocio, donde los niños son enviados a Italia porque reciben dinero, y que se compra un niño como si fuera al shopping.
Quiere increpar a la ministra Blanco como ex-Sename y denunciar lo que viven los niños.
Lamenta que los niños salgan de los centros sin apoyo suficiente y que las ONG solo los visiten en fechas específicas.
Al volver al hogar cerrado y abandonado, sintió que devolvía todos sus malos recuerdos, liberándose de una gran mochila.
No puede dormir con las luces apagadas debido a los recuerdos de abusos y violaciones sufridos por parte de quienes trabajaban allí, visitantes y su propia familia.
Tras 10 años de abusos y golpes con el padre de sus hijos, se separó, afirmando que ahora se siente libre, a pesar de no saber si es feliz.
Está preparando una demanda al Estado, denunciando la falta de cambios reales y el compromiso aparente de los gobiernos con los niños del Sename.
Admiración por René Saffirio, quien se ha comprometido con los niños y ha sacado la problemática a la luz pública.
Se cuestiona por qué Lisette no ha tenido justicia y por qué muchos niños han muerto sin investigación.