El concepto de "ser desechado" o "descartado" adquiere diversas connotaciones cuando se relaciona con los "ancianos", ya sea en el ámbito de la guía espiritual, el liderazgo religioso o la experiencia vital de las personas mayores en la sociedad. Este artículo explorará estas facetas, analizando cómo la ayuda de los ancianos puede prevenir el descarte espiritual, la profética crucifixión de Jesús por los líderes religiosos, la importancia de desechar el afecto natural en el liderazgo eclesiástico y, finalmente, el desafío del abandono que enfrentan muchos mayores en la actualidad.
Los Ancianos como Pastores Espirituales: Guía para Evitar el Descuido
Jehová ama a todas sus ovejas, a quienes compró con la sangre de Jesús. Él ha encargado a los ancianos de las congregaciones que las cuiden, deseando que las traten con mucho cariño (Hech. 20:28). Siguiendo las instrucciones de Jesús, quien es la cabeza de la congregación, los ancianos animan al rebaño y lo protegen de los peligros espirituales (Is. 40:11). Jehová se interesa profundamente por todas sus ovejas, pero en especial por las que sufren. Él utiliza a los ancianos para ayudar a quienes están sufriendo en sentido espiritual (Ezequiel 34:15, 16). Por ello, si necesitamos ayuda, Dios quiere que le oremos y que acudamos a los “pastores y maestros” de la congregación (Efes. 4:11).
Cuándo Buscar la Ayuda de los Ancianos
El discípulo Santiago explicó cómo Jehová se vale de los ancianos para ayudarnos. Él escribió: “¿Hay alguien enfermo entre ustedes? Que llame a los ancianos de la congregación” (Santiago 5:14-16, 19, 20). En este pasaje, Santiago se refiere a alguien enfermo en sentido espiritual, lo cual se deduce del contexto. No se insta a llamar a un médico, sino a los ancianos, y la sanación de la persona enferma ocurre al perdonarse los pecados. De manera similar a cómo acudimos a un médico ante una enfermedad física, en la enfermedad espiritual debemos acudir a los ancianos.
El capítulo 5 de Santiago nos anima a pedirles ayuda a los ancianos cuando notamos problemas de salud espiritual. No debemos esperar a que nuestra relación con Dios se haya dañado; es bueno buscar ayuda antes. La Biblia nos advierte que podemos engañarnos pensando que nuestra amistad con Jehová es mejor de lo que realmente es (Sant. 1:22), como les sucedió a algunos cristianos de Sardis que se creían saludables, pero Jesús les dijo que no era así (Apoc. 3:1, 2).
Para revisar nuestro estado de salud espiritual, podemos preguntarnos: “¿Disfruto como antes al leer la Biblia y meditar en ella? ¿Sigo asistiendo a todas las reuniones y preparándome bien para ellas? ¿Sigue siendo la predicación igual de importante para mí? ¿Han ganado protagonismo en mi vida las diversiones y las cosas materiales?” Las respuestas a estas preguntas indicarán si tenemos una debilidad que puede empeorar si no se trata.

Si alguien comete un pecado grave que pudiera llevarlo a ser sacado de la congregación, debe hablar con un anciano (1 Cor. 5:11-13) para reparar su amistad con Dios. Jehová solo perdonará si se demuestra con “obras” un arrepentimiento genuino (Hech. 26:20).
Los ancianos no solo ayudan a quienes han cometido un pecado grave, sino también a quienes están débiles espiritualmente (Hech. 20:35). Si se está luchando contra algún mal deseo y se siente la posibilidad de perder la batalla, especialmente si hay antecedentes de consumo de drogas, pornografía o inmoralidad, no se está solo. Desahogarse con un anciano que escuche con atención puede proporcionar consejos prácticos y recordar que se cuenta con la aprobación de Jehová siempre que no se ceda a los malos deseos (Ecl. 4:12). Si el desánimo surge por persistencia de malos deseos, los ancianos pueden recordar que esto demuestra seriedad en la amistad con Jehová y no confianza en las propias fuerzas.
No es necesario contar a los ancianos cada error cometido. Por ejemplo, si se dijo algo hiriente a un hermano o se experimentó enojo, se podría seguir el consejo de Jesús sobre cómo hacer las paces (Mat. 5:23, 24) o buscar información en publicaciones sobre apacibilidad, paciencia y autocontrol. Sin embargo, si el problema persiste, se puede pedir ayuda a un anciano, como Pablo indicó en su carta a los filipenses al pedir ayuda para Evodia y Síntique (Filip. 4:2, 3).
La Importancia de No Ocultar los Problemas Espirituales
Aunque pueda dar vergüenza, es fundamental hablar con los ancianos si se siente que se va a perder la batalla contra malos deseos o si se ha cometido un pecado grave. No debemos dejar que la vergüenza nos impida acudir a ellos, ya que Jehová los ha provisto para que nos ayuden a estar fuertes y sanos espiritualmente. Acudir a ellos demuestra confianza en Dios y en sus instrucciones, confiando en que Él nos ayudará en nuestra lucha (Sal. 94:18).
Pedir ayuda a los ancianos nos beneficia de muchas maneras. Ocultar los pecados, en cambio, puede ser perjudicial, como el rey David sufrió espiritual, emocional e incluso físicamente al esconder sus errores (Sal. 32:3-5). Los problemas espirituales, como las lesiones físicas, empeoran si no se tratan. Por eso, Jehová nos invita a acudir a los ancianos y “arreglar las cosas” (Is. 1:18).
Si escondemos nuestros pecados, también podemos perjudicar a otras personas, impidiendo que el espíritu de Dios fluya libremente en la congregación y amenazando la paz (Efes. 4:30). Si sabemos que alguien de la congregación ha cometido un pecado grave, debemos aconsejarle que hable con los ancianos, pues ocultarlo nos haría culpables a nosotros también (Lev. 5:1). El amor a Jehová debe impulsarnos a contar la verdad.
Cómo Ayudan los Ancianos y la Responsabilidad Individual
La Biblia instruye a los ancianos a apoyar a los débiles espiritualmente (1 Tes. 5:14). Si se ha dañado la relación con Jehová, ellos pueden hacer preguntas bien pensadas para ayudar a expresar pensamientos y sentimientos (Prov. 20:5). Se facilita su labor al expresarse abiertamente, a pesar de la cultura, personalidad o vergüenza (Job 6:3). Los ancianos no sacarán conclusiones apresuradas, sino que escucharán con atención para tener un cuadro completo antes de aconsejar (Prov. 18:13).
CONSEJERÍA BÍBLICA: respuestas eternas para crisis emocionales | Entendiendo Los Tiempos | T6-62
Los ancianos procurarán no hacer nada que incremente la culpa. Más bien, orarán por la persona, y el “efecto poderoso” de esas oraciones puede ser sorprendente. También aplicarán “aceite en el nombre de Jehová” (Sant. 5:14-16), que es la verdad de la Palabra de Dios. Con habilidad, usarán la Biblia para aliviar, consolar y ayudar a recuperar la relación con Jehová (Is. 57:18). Sus consejos bíblicos darán fuerzas para seguir haciendo lo correcto, y por medio de ellos se oirá la voz de Jehová diciendo: “Este es el camino. Anda en él” (Is. 30:21).
Cuando alguien da “un paso en falso”, que significa no actuar de acuerdo con las justas normas de Dios -ya sea un error de juicio o una grave violación de la ley-, el amor impulsa a los ancianos a tratar de “corregir al hombre con espíritu apacible” (Gálatas 6:1). La palabra griega traducida como “corregir” o “reajustar” también se refiere a recolocar un hueso dislocado para evitar una lesión permanente. Así como un buen médico procede con cuidado para minimizar el dolor, los ancianos corrigen con mucha bondad. Además, la Biblia aconseja a cada anciano a “vigilarse a sí mismo”, reconociendo su propia imperfección. Por lo tanto, actúan con humildad y compasión, no con actitud crítica (1 Ped. 5:2, 3).
Podemos confiar en los ancianos de la congregación, pues saben que no deben revelar asuntos confidenciales, han recibido capacitación para basar sus consejos en la Biblia y siguen ayudando a llevar las cargas (Prov. 11:13; Gál. 6:2). Aunque tengan personalidades o experiencias diferentes, podemos hablar con cualquiera de ellos. Sin embargo, no debemos ir de anciano en anciano buscando el consejo que deseamos oír, como quienes prefieren que “les regalen los oídos” en lugar de aprender “la enseñanza sana” (2 Tim. 4:3).
Aunque los ancianos nos cuidan y aconsejan, no nos dictan lo que tenemos que hacer. Cada uno tiene la responsabilidad de demostrar a Jehová con sus palabras y acciones que le ama y desea agradarle (Rom. 14:12). Él nos ayudará a tomar buenas decisiones y a serle fieles. Los ancianos usan la Biblia para ayudar a entender la perspectiva de Jehová y luego permiten que tomemos nuestras propias decisiones, lo que nos permite entrenar nuestra “capacidad de discernimiento” (Heb. 5:14).

Es un privilegio ser ovejas de Jehová. Él envió a Jesús, “el pastor excelente”, para rescatarnos y darnos la oportunidad de vivir para siempre (Juan 10:11). Además, por medio de los ancianos de las congregaciones ha cumplido su promesa: “Les daré pastores que actúen de acuerdo con mi voluntad, y ellos los alimentarán con conocimiento y entendimiento” (Jer. 3:15). Por lo tanto, si estamos débiles o enfermos en sentido espiritual, no debemos dudar en “llamar” a los ancianos para pedirles ayuda.
El Rechazo de Jesús por los Ancianos Religiosos
Isaías 52:14 declara: “Cómo se asombraron de Ti muchos, de tal manera fue desfigurado de los hombres Su parecer, y Su hermosura más que la de los hijos de los hombres”. Jesús sufrió terriblemente a través de todas Sus pruebas, tortura y crucifixión (Mateo capítulo 27; Marcos capítulo 15; Lucas capítulo 23; Juan capítulo 19). Su sufrimiento fue emocional, pues “todos los discípulos, dejándole, huyeron” (Mateo 26:56). Su sufrimiento fue espiritual: 2 Corintios 5:21 dice: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él”. Jesús cargó el peso de los pecados de toda la humanidad sobre Él (1 Juan 2:2). Fue el pecado el que causó que Jesús clamara: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). El sufrimiento físico brutal de Jesús se aumentó al tener que cargar con la culpabilidad de nuestros pecados y morir para pagar nuestro castigo (Romanos 5:8).

Isaías capítulo 53, especialmente los versos 3 y 5, predicen el sufrimiento de Jesús: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de Él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos… Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por Su llaga fuimos nosotros curados”. Este pasaje especifica la razón del sufrimiento de Jesús: “por nuestras transgresiones”, por nuestra sanidad y para traernos la paz. Jesús les dijo a Sus discípulos que su sufrimiento era cierto: “Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día” (Lucas 9:22; cf. 17:25). La palabra “necesario” subraya que el sufrimiento de Cristo fue el plan de Dios para la salvación del mundo.
El Salmo 22:14-18 es otro pasaje poderoso que predice los sufrimientos del Mesías: “He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron; mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte. Porque perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies. Contar puedo todos mis huesos; entre tanto, ellos me miran y me observan. Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes”. Para que esta y otras profecías se cumplieran, Jesús tuvo que sufrir.
¿Por qué Jesús tuvo que sufrir tan terriblemente? El principio de que los inocentes mueran por los culpables fue establecido en el jardín del Edén: Adán y Eva recibieron vestiduras de piel de animal para cubrir su vergüenza (Génesis 3:21), lo que implicó el derramamiento de sangre. Más tarde, este principio fue establecido en la Ley de Moisés: "la misma sangre hará expiación de la persona" (Levítico 17:11; cf. Hebreos 9:22). Jesús tuvo que sufrir porque el sufrimiento es parte del sacrificio, y Jesús era "el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29). La tortura física de Jesús era parte del pago requerido por nuestros pecados. Somos redimidos "con la sangre preciosa de Cristo, un cordero sin mancha ni defecto" (1 Pedro 1:19).
El sufrimiento de Jesús en la cruz mostró la naturaleza devastadora del pecado, la ira de Dios, la crueldad de la humanidad y el odio de Satanás. En el Calvario, se le permitió a la humanidad hacer lo peor al Hijo del Hombre cuando se convirtió en el Redentor de la humanidad. Satanás pudo haber pensado que había ganado una gran victoria, pero fue a través de la cruz que el Hijo de Dios triunfó sobre Satanás, el pecado y la muerte. "Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera" (Juan 12:31; cf. Colosenses 2:15). Jesús sufrió y murió para asegurar la salvación de todos los que creerían. La noche de su arresto, mientras Jesús oraba en Getsemaní, lo entregó todo a la causa: "Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lucas 22:42). La copa del sufrimiento no se le quitó a Cristo; Él la bebió toda por nosotros, ya que no había otra manera de salvarnos.
El Descarte del Afecto Natural en el Liderazgo Eclesiástico
En el contexto del servicio a Dios y el liderazgo en la iglesia, se subraya la necesidad de desechar el afecto natural. Aunque existía una clase de amistad entre Jesús y Sus discípulos, era una amistad espiritual, no basada en el afecto natural (Jn. 11:11; 3 Jn. 14). El afecto natural debe ser desechado en la obra del Señor y en el liderazgo de la iglesia, de manera similar a la prohibición de añadir miel a la ofrenda de harina (Lv. 2:11).
El afecto natural, aunque no tan maligno como la levadura y siendo incluso dulce, no debe estar presente en el liderazgo eclesiástico. Si la familia se introduce sin límites claros, puede haber una verdadera impureza. Esto no significa que las esposas e hijos no deban participar en los intereses del Señor, sino que deben establecerse límites claros. Si no se traza una línea en las relaciones, incluso con hermanas que ayuden en el hogar, pueden surgir problemas, llegando incluso a asuntos pecaminosos como la fornicación.
Los líderes, en particular, deben tener discernimiento como un cirujano para saber qué mantener y qué cortar en sus relaciones. No se trata de rechazar a todos los hermanos y hermanas o impedirles las visitas, ya que los ancianos deben ser accesibles y abiertos a otros para cumplir eficazmente su responsabilidad. Sin embargo, existe un peligro: se debe trazar una línea, permitiendo que la relación llegue solo hasta cierto punto.
Con el tiempo, en congregaciones establecidas, es más fácil mezclarse con ciertas familias y desarrollar un afecto natural hacia ellas. Incluso al hospedar santos en casa, se debe trazar una línea y no permitir que la hospitalidad dé ocasión a un afecto natural que podría echar a perder lo que se hace para el Señor. Lo único que debe cultivarse es la comunión espiritual, sin afecto natural ni amistad.

El esfuerzo por evitar el desarrollo de amistades ha sido visto por algunos líderes como una forma de ser guardados de problemas y sufrimientos futuros que podrían surgir de tales afectos.
La Soledad y el Descarte de los Ancianos en la Sociedad
Dios nunca abandona a sus hijos, ni siquiera cuando la edad avanza y las fuerzas flaquean, cuando aparecen las canas y el estatus social decae, o cuando la vida se vuelve menos productiva y corre el peligro de parecernos inútil. Él no se fija en las apariencias (cf. 1 S 16,7) y no desdeña elegir a aquellos que para muchos resultan irrelevantes. La Sagrada Escritura, en su conjunto, es una narración del amor fiel del Señor, del que emerge una certeza consoladora: Dios sigue mostrándonos su misericordia, siempre, en cada etapa de la vida, y en cualquier condición en la que nos encontremos, incluso en nuestras traiciones. Los salmos están llenos del asombro del corazón humano frente a Dios, que nos cuida a pesar de nuestra pequeñez (cf. Sal 144,3-4); nos aseguran que Dios nos ha plasmado en el seno materno (cf. Sal 139,13) y que no entregará nuestra vida a la muerte (cf. Sal 16,10).
Y, sin embargo, en los salmos encontramos además esta sentida súplica al Señor: «No me rechaces en el tiempo de mi vejez» (Sal 71,9). Esta es una expresión fuerte y cruda. En la Biblia, pues, hallamos la certeza de la cercanía de Dios en cada etapa de la vida y, al mismo tiempo, encontramos el miedo al abandono, particularmente en la vejez y en el momento del dolor. No se trata de una contradicción. Mirando a nuestro alrededor no nos resulta difícil comprobar cómo esas expresiones reflejan una realidad más que evidente. Con mucha frecuencia, la soledad es la amarga compañera de la vida de los que son mayores y abuelos.
Causas del Abandono de los Ancianos
Las causas de esa soledad son múltiples. En muchos países, sobre todo en los más pobres, los ancianos están solos porque sus hijos se han visto obligados a emigrar. También en numerosas situaciones de conflicto, muchos ancianos se quedan solos porque los hombres -jóvenes y adultos- han sido llamados a combatir y las mujeres, sobre todo las madres con niños pequeños, dejan el país para dar seguridad a los hijos. En las ciudades y en los pueblos devastados por la guerra, muchas personas mayores se quedan solas, como únicos signos de vida en zonas donde parece reinar el abandono y la muerte.
En otras partes del mundo, existe una falsa creencia, muy enraizada en algunas culturas locales, que genera hostilidad respecto a los ancianos, acusados de recurrir a la brujería para quitar energías vitales a los jóvenes. De modo que, en caso de una muerte prematura, una enfermedad o una suerte adversa que afecte a un joven, la culpa recae sobre algún anciano. Esta mentalidad se debe combatir y erradicar.

Esta acusación dirigida a los mayores de “robar el futuro a los jóvenes” está muy presente hoy en todas partes, incluso en las sociedades más avanzadas y modernas bajo otras formas. Por ejemplo, hoy en día está muy extendida la creencia de que los ancianos hacen pesar sobre los jóvenes el costo de la asistencia que ellos requieren, y de esta manera quitan recursos al desarrollo del país y, por ende, a los jóvenes. Se trata de una percepción distorsionada de la realidad, como si la supervivencia de los ancianos pusiera en peligro la de los jóvenes, o como si para favorecer a los jóvenes fuera necesario descuidar a los ancianos o, incluso, eliminarlos. La contraposición entre las generaciones es un engaño y un fruto envenenado de la cultura de la confrontación.
El Valor de Cada Persona y el Peligro del Individualismo
El salmo citado anteriormente -en el que se suplica no ser abandonados en la vejez- habla de una conspiración que ciñe la vida de los ancianos. Parecen palabras excesivas, pero comprensibles si se considera que la soledad y el descarte de los mayores no son casuales ni inevitables, sino más bien fruto de decisiones -políticas, económicas, sociales y personales- que no reconocen la dignidad infinita de toda persona «más allá de toda circunstancia y en cualquier estado o situación en que se encuentre» (Decl. Dignitas infinita, 1). Esto sucede cuando se pierde el valor de cada uno y las personas se convierten en una mera carga onerosa, en algunos casos demasiado elevada.
Por otra parte, hoy son muchas las mujeres y los hombres que buscan la propia realización personal llevando una existencia lo más autónoma y desligada de los demás que sea posible. Las pertenencias comunes están en crisis y se afirman las individualidades; el pasaje del “nosotros” al “yo” se muestra como uno de los signos más evidentes de nuestro tiempo. La familia, que es la primera y la más radical oposición a la idea de que podemos salvarnos solos, es una de las víctimas de esta cultura individualista. Pero cuando se envejece, a medida que las fuerzas disminuyen, el espejismo del individualismo, la ilusión de no necesitar a nadie y de poder vivir sin vínculos se revela tal cual es: uno se encuentra en cambio teniendo necesidad de todo, pero ya solo, sin ninguna ayuda, sin tener a alguien con quien poder contar.
Superar el Descarte: El Ejemplo de Rut
La soledad y el descarte se han vuelto elementos recurrentes en el contexto en el que estamos inmersos. Estos tienen múltiples raíces: en algunos casos son el fruto de una exclusión programada, una especie de triste “complot social”; en otros casos se trata lamentablemente de una decisión propia. Otras veces también se los sufre fingiendo que se trate de una elección autónoma.
En muchos ancianos podemos advertir ese sentimiento de resignación del que habla el libro de Rut, cuando relata que la anciana Noemí -después de la muerte del marido y de los hijos- invitó a sus nueras, Orpá y Rut, a regresar a sus países de origen y a sus casas (cf. Rut 1,8). Noemí -como tantos ancianos de hoy- teme quedarse sola, pero no consigue imaginar algo distinto. Como viuda, es consciente de valer poco ante la sociedad y está convencida de ser un peso para esas dos jóvenes que, al contrario de ella, tienen toda la vida por delante. Por eso piensa que sea mejor hacerse a un lado y ella misma invita a las jóvenes nueras a dejarla y a construir su futuro en otros lugares (cf. Rut 1,11-13).
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El relato bíblico nos presenta en este momento dos opiniones diferentes frente a la invitación de Noemí y, por tanto, frente a la vejez. Una de las dos nueras, Orpá, que le tiene cariño a Noemí, con un gesto afectuoso la besa, pero acepta lo que ella también cree que es la única solución posible y sigue su propio camino. Rut, en cambio, no se separa de Noemí y le dirige palabras sorprendentes: «No insistas en que te abandone» (Rut 1,16). No tiene miedo de desafiar las costumbres y la opinión común, siente que esa mujer anciana la necesita y, con valentía, permanece a su lado, dando inicio a una nueva travesía para ambas.
A todos nosotros -acostumbrados a la idea de que la soledad es un destino inevitable- Rut nos enseña que a la súplica “¡no me abandones!” es posible responder “¡no te abandonaré!”. No duda en trastocar lo que parece una realidad inmutable: ¡vivir solos no puede ser la única alternativa! La libertad y la valentía de Rut nos invitan a recorrer un camino nuevo. Sigamos sus pasos, hagamos el viaje junto a esta joven mujer extranjera y a la anciana Noemí, no tengamos miedo de cambiar nuestras costumbres y de imaginar un futuro distinto para nuestros ancianos. Nuestro agradecimiento se dirige a todas esas personas que, aun con muchos sacrificios, han seguido efectivamente el ejemplo de Rut y se están ocupando de un anciano, o sencillamente muestran cada día su cercanía a parientes o conocidos que no tienen a nadie.
Rut eligió estar cerca de Noemí y fue bendecida con un matrimonio feliz, una descendencia y una tierra. Es vital mostrar ternura a los abuelos y a los mayores de nuestras familias, visitar a los que están desanimados o que ya no esperan que un futuro distinto sea posible. Reciban una bendición junto con una oración.