El presente artículo busca desarrollar una interpretación sobre la relación entre género y vulnerabilidad, basándose en perspectivas teóricas para explicar la precariedad juvenil. Esta precariedad es fomentada por el aumento de las desigualdades sociales, que a su vez son consideradas la causa de la descomposición del vínculo social y la solidaridad, especialmente debido al incremento de las brechas de ingresos y la concentración de patrimonios (Rosanvallon, 2012).
I. Marco Teórico: Género, Vulnerabilidad y Desigualdad Social
El Concepto de Género y su Relevancia
El concepto de género es fundamental para el análisis de la precariedad juvenil, ya que pone de manifiesto las desigualdades entre hombres y mujeres, las cuales han sido perpetuadas por las instituciones sociales y se han transformado en el pilar de una identidad basada en el sexo (Giacomello, 2013). La idea de género, que emana de la existencia de normas heterosexuales, configura un régimen con reglas que definen los atributos de hombres y mujeres en una sociedad, a menudo a través de la coerción y la violencia contra quienes no las cumplen, por ejemplo, aquellos con orientaciones e identidades como la homosexualidad, el travestismo o el lesbianismo (Butler, 2014).
Los sujetos definidos por las estructuras heterosexuales (como una oposición binaria masculino-femenino) son significados culturales que aceptan el cuerpo sexuado como prediscurso, es decir, la producción del sexo como lo prediscursivo debe entenderse como el resultado del aparato de construcción cultural nombrado por el género (Butler, 2014). En consecuencia, el concepto de género permite estudiar no solo las diversas formas de subordinación basadas en la idea de la superioridad de lo masculino, sino también algunas de las consecuencias de esta relación asimétrica, como la desigualdad social, que ha generado situaciones de pobreza, exclusión y violencia que afectan desproporcionadamente a la parte vulnerable de la relación subordinada: las mujeres. Dicha relación, por tanto, configura un sistema de dominación (Vendrell, 2013).

La Precariedad como Manifestación de Desigualdad
Una manifestación de la desigualdad social contemporánea es la precariedad. Esta no solo se vincula con la vulnerabilidad creada por la existencia de un empleo o trabajo con bajos ingresos y escasas o nulas protecciones sociales (garantizadas como derechos sociales), sino también con la presencia de individuos sin empleo que dependen de la caridad pública y privada. Estos individuos carecen de reconocimiento social porque se considera que no son funcionales a la dinámica socioeconómica, sobre todo porque han roto todo lazo o vínculo con las instituciones sociales. Esto los diferencia del llamado "pobre", que ha sido socialmente definido para obtener reconocimiento y acceso a programas estatales de ayuda social (Le Blanc, 2007).
Las construcciones sociales y simbólicas inherentes al concepto de género se han articulado en un nuevo contexto caracterizado por la desigualdad social, dando lugar a la desigualdad de género. Desde una perspectiva general, esta desigualdad impide el funcionamiento de una estructura de posibilidades transformadas en oportunidades y reconocimientos, vinculadas a los principios de igualdad, justicia, autonomía, respeto y derechos (Zaremberg, 2013). La idea de desigualdad de género puede interpretarse con la ayuda de los conceptos de vulnerabilidad y precariedad, que emergieron en un nuevo contexto marcado por la desvinculación paulatina de los derechos sociales del trabajo asalariado (Castel, 2010).
El Papel de las Instituciones Sociales
Es crucial destacar que el papel de las instituciones sociales en dicho contexto era evitar la expansión de la desigualdad social a través de mecanismos de integración social. Estos mecanismos dotaban a los individuos de atributos sociales que les permitían gozar de condiciones materiales para convertirse en individuos sociales, independientes y con derechos (Valero Matas, 2009; Castel y Haroche, 2003).
II. La Vulnerabilidad Social y el Trabajo Asalariado
El Paradigma de la Sociedad del Trabajo y los Derechos Sociales
En las sociedades desarrolladas, el paradigma de la sociedad del trabajo se fundamentaba en los derechos sociales. La condición de asalariado, es decir, el posicionamiento del individuo en la organización del trabajo productivo, estaba protegida por un sistema de bienestar estatal, considerado la única forma de realizar los derechos sociales (Ochando Claramunt, 2002). El trabajo asalariado ganó importancia por la universalización de los derechos sociales a todo tipo de empleo asalariado; en consecuencia, la desigualdad social no se derivaba solo del monto de los salarios, sino de la falta de protecciones sociales (Castel, 2004a).
Lo social se relacionaba con la existencia de un sistema de bienestar estatal que armonizaba las desigualdades económicas capitalistas con el principio de igualdad democrática. En otras palabras, implicaba la obligación del Estado de reorganizar la sociedad según principios igualitarios expresados como derechos que generaban solidaridad (Donzelot, 2007). La igualdad social fue una tarea esencial del Estado social, llevada a cabo mediante mecanismos que generaban sentido de pertenencia de los individuos a determinados colectivos, creando solidaridad y reforzando la integración social (Castel, 2010). Sin embargo, esto fue socavado por el nuevo régimen del capitalismo neoliberal, que promovió una competencia individual sin responsabilidad estatal, ligada a las posibilidades construidas por los méritos personalizados (Steger y Roy, 2011; Chul Han, 2013).
Lucha por los derechos, ¿invento del neoliberalismo? - Punto y Contrapunto
La Sociedad de Individuos y el Despojo de Atributos Sociales
En el contexto descrito, emergió una sociedad de individuos donde el proceso de individualización se caracterizó por respuestas personales a desafíos que tenían un origen social. Esto llevó a una crisis de las organizaciones e instituciones, vistas negativamente como limitaciones para el desarrollo de las capacidades individuales (Castel, 2010).
Según Castel (2004b), el individuo alcanzaría su autonomía cuando existieran condiciones o soportes de identidad, como la propiedad, las protecciones sociales y los derechos al trabajo. Por lo tanto, la sociedad de individuos significaría el despojo de atributos sociales para algunos, quienes vivirían de manera precaria y degradada, sin protección estatal (Bauman, 2013). El despojo de atributos o identidad social también podría implicar la criminalización de individuos que encuentran funcionalidad en el crimen o en actividades económicas de subsistencia, lo que reproduce la pobreza y la miseria (Wacquant, 2000).
Wacquant (2000) y Agamben (2007) coinciden en que la pérdida de atributos sociales crea individuos que pueden ser considerados enemigos del orden estatal, ya que viven en una situación de excepción sin soportes o condiciones objetivas de posibilidad. Así, la situación de excepción individual se manifestaría como la ausencia de atributos sociales en la escena pública, visible a través de eventos disruptivos (violencia, enfermedad, muerte, sufrimiento) que antes se ocultaban en los dominios privados de la vida social, como la familia (Garland, 2007).
La integración social a través del trabajo asalariado también demostró que la justicia social implicaba una distribución equitativa de posiciones o lugares mediante la compactación de la jerarquía de ingresos (Dubet, 2013). La solidaridad generaba sociedad a través de organizaciones que moldeaban las subjetividades de sus miembros mediante la integración. Esto ha sido gradualmente abandonado, siendo sustituido por la cohesión, bajo la cual los individuos están unidos solo por acciones recíprocas que generan identidades particulares, y donde la socialización efímera conecta a los individuos solo por instantes (Dubet, 2013).
Género y Vulnerabilidad en el Ámbito Laboral
En la sociedad del trabajo, la perspectiva de género se vinculaba con la socialización o el aprendizaje de roles específicos para hombres y mujeres a través de instituciones como la familia y la escuela. En este contexto, la desigualdad de género se explicaba a partir de una socialización diferenciada, supuestamente necesaria para la construcción de una identidad masculina y una femenina (Giddens, 2010).
Esta dinámica cambió con la expansión de la vulnerabilidad social, causada por la generalización del trabajo precario, temporal y de bajos ingresos, convirtiéndose en una nueva vía para reproducir la desigualdad de género (Ehrenreich, 2014). En México, la participación económica femenina ha estado más relacionada con el autoempleo precario y el trabajo doméstico con baja remuneración, o con un empleo sin salario, considerado como una ayuda familiar. Esta situación ha incrementado la vulnerabilidad de las mujeres pobres (Ortiz, 2014), aunque el orden social heterosexual también reproduce la vulnerabilidad en las mujeres mediante la violencia.
III. Precariedad Social y Juventud Vulnerable
La Precariedad como Transferencia de Riesgos
La vulnerabilidad social conduce a la precariedad social mediante la transferencia de riesgos e inseguridad a los individuos, riesgos que antes eran gestionados por el sistema de bienestar estatal. La precariedad social designa una realidad en la que los individuos deben adaptarse a un nuevo sistema global que no ofrece seguridad ni protecciones (Standing, 2013). El desempleo también es una manifestación del declive de la institución de bienestar organizada a través del trabajo. El aumento del desempleo ha afectado los principios organizativos de instituciones como la familia y la escuela, que tradicionalmente ayudaban a los individuos a construir su identidad social (Gilbert Ceballos, 2012).
El Surgimiento del Precariado
El "precariado" ha emergido en un contexto social fragmentado, donde la desigualdad social tiene diversas causas (Dubet, 2000). El precariado está compuesto por individuos que sufren el desempleo y se encuentran más cerca de la desafiliación social, es decir, en tránsito hacia su conversión en "parias", una situación en la que ya no existen lazos sociales, sino abandono por parte de las instituciones (Polavieja, 2003). Por lo tanto, el precariado es un individuo y no un sujeto social, porque su integración en la sociedad es mínima.

Vulnerabilidad y Precariedad Juvenil en México
En el contexto de los jóvenes mexicanos, su vulnerabilidad y precariedad también se deben a la baja capacidad de integración de las instituciones mexicanas. Se ha intentado solucionar esto mediante programas de asistencia social focalizada, cuya selectividad implica excluir de sus beneficios a otros cuyas necesidades no han sido reconocidas como parte de la extrema pobreza. Esto incluye a una importante franja de jóvenes que luego buscan alternativas de excepción para satisfacer sus necesidades a través de la economía informal o actividades ilícitas (Paugam, 2007; Bauman, 2008).
En México, la condición de vulnerabilidad juvenil no significa la vigencia de derechos sociales, sino asistencialismo y relaciones sociales frágiles, que no han logrado construir sentido de pertenencia o adscripción con la sociedad en los jóvenes. Ante esto, una de las alternativas para algunos ha sido la construcción de lazos de pertenencia a grupos juveniles con identidades particulares (Valenzuela, 2009).
Metodológicamente, a través de sus percepciones y opiniones, se puede comprender cómo los jóvenes mexicanos viven su vulnerabilidad y precariedad en un contexto de desigualdad social reproducida desde las instituciones orientadas por la directriz heterosexual. Para visualizar esto, se analizan los datos recopilados en la Consulta de tendencias juveniles 2013, Ciudad de México (Instituto de la Juventud del Distrito Federal, 2013).
En dicha consulta, la desigualdad de género se observa a través de la construcción de la categoría "juventud", que imposibilita distinguir las opiniones de hombres y mujeres, acorde con una idea de igualdad que neutraliza las diferencias. En otras palabras, hombre y mujer son reconocidos como semejantes, partiendo del supuesto de que son individuos iguales en derechos (Rosanvallon, 2012).
Desconfianza y Educación en la Juventud Mexicana
La desconfianza expresada por los jóvenes que habitan la Ciudad de México es resultado de un proceso de socialización débil, donde los estudios escolares, por ejemplo, son vistos como un medio solo para mejorar sus ingresos y no para fortalecer los compromisos sociales. De acuerdo con Dubet (2011), la igualdad de posiciones se vinculaba con la existencia del Estado social y sus políticas de redistribución, que otorgaban derechos a las posiciones derivadas de las relaciones asalariadas.
La idea de igualdad de oportunidades también ha contribuido a la reproducción de la desigualdad de género, ya que se mantiene un acceso desigual de hombres y mujeres a las ventajas sociales, justificado ahora por la existencia de méritos (Ariza y De Oliveira, 2001). Por ello, la desigualdad de género ha encontrado su legitimación no solo en el mantenimiento de la desigualdad sexual del trabajo, sino en la creencia en la igualdad de oportunidades, lo cual ha reforzado la idea de que las desigualdades son justas cuando dependen de los conocimientos y habilidades que poseen los individuos, independientemente de su sexo (aquí entra la consideración de la igualdad abstracta).
Los jóvenes se transforman en actores sociales no solo por los procesos de socialización tradicional (a través de la familia y la escuela), sino por situaciones diversas vinculadas, por ejemplo, con el narcotráfico, la migración, el género y la economía informal (Reguillo, 2012).
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