La esclavitud, a menudo percibida como una práctica del pasado superada, sigue siendo una cruda realidad en el siglo XXI. Aunque las imágenes de la compra de personas para trabajos forzados puedan parecer lejanas, hoy día al menos 40 millones de individuos en el mundo son forzados a realizar actividades en contra de su voluntad o bajo condiciones de semi-esclavitud y alta precariedad (WFF, 2018). Esto significa que 5.4 personas por cada 1,000 habitantes en el planeta sufren de esclavitud moderna (ILO, WFF e IOM, 2017).
El término esclavitud moderna, si bien no es un concepto legal, se utiliza para abarcar situaciones de explotación donde una persona no puede negarse a realizar ciertas acciones debido a amenazas, violencia, coacción, engaño o abuso de poder (WFF, 2018). Este fenómeno se concentra en ciertos géneros, regiones y ocupaciones, afectando principalmente a mujeres y niñas (71%) y localizándose mayoritariamente en África y Asia (WFF, 2018). Dentro de esta situación, más de 15 millones de personas son forzadas a casarse y 25 millones son obligadas a trabajar en la pesca, labores agrícolas o en la producción de accesorios electrónicos y ropa. Además, 16 millones de personas son forzadas a trabajar por deudas (debt bondage), con un 70% de ellas empleadas en el trabajo doméstico, la agricultura y la producción de bienes (ILO, WFF e IOM, 2017).
El Trabajo del Hogar Remunerado y la Esclavitud Moderna
El trabajo del hogar remunerado es un sector donde muchas trabajadoras experimentan condiciones de esclavitud moderna, no solo por deudas. Con pocos o nulos derechos laborales, operando en la clandestinidad de espacios privados y aisladas de otras trabajadoras, los niveles de explotación son extremadamente altos. En muchos casos, la discriminación por origen racial y étnico agrava el maltrato recibido (Durin, S., De la O, M. y Bastos, 2014; De la Hidalga, 2018). Las trabajadoras del hogar migrantes, tanto documentadas como indocumentadas, también son altamente explotadas (Chang, 2016; Romero, 2018).
A pesar de los esfuerzos globales para reducir la explotación laboral en este sector (Chun, 2009; Cruz y Abrantes, 2014; Fish, 2017; ILO, 2011; 2021; Piñeyro Nelson), sigue siendo uno de los más desprotegidos y abusados.
La Manipulación Emocional como Herramienta de Explotación
Un aspecto central para comprender por qué muchas trabajadoras del hogar permiten relaciones de abuso o tienen dificultades para detenerlas, son los afectos y sentimientos de amor que desarrollan hacia quienes cuidan. Muchos empleadores reconocen y utilizan esta conexión emocional para obtener trabajo no remunerado. Esta manipulación emocional es una particularidad del trabajo del hogar pagado que a menudo se pasa por alto al analizar los niveles de explotación.
Este artículo explora las prácticas esclavistas actuales en el trabajo del hogar, enfocándose en los vínculos emocionales y las condiciones que lo convierten en uno de los trabajos más precarizados. La investigación se basa en un trabajo etnográfico de 10 años con organizaciones de trabajadoras del hogar en Estados Unidos, particularmente en Nueva York (Piñeyro Nelson, 2010, 2018, 2020, 2021a; Piñeyro Nelson y Varela, 2018).
El Trabajo Reproductivo y su Desvalorización
El trabajo reproductivo se refiere a las actividades diarias del hogar necesarias para el mantenimiento de la vida, como la preparación de alimentos, la limpieza, la socialización de los hijos y el cuidado de sus miembros (Federici, 2012, p. 31; Glenn, 1992, p. 1). Históricamente, este trabajo ha sido despreciado, considerado no esencial, fácil, sucio y no productivo, es decir, que no genera mercancías ni valor agregado (Mies, 2014, p. 45-48; Romero, 2002, p. 21).
Sin embargo, el trabajo reproductivo es fundamental; sin él, la fuerza de trabajo, esencial para el funcionamiento del capitalismo, no podría existir (Federici, 2012, p. 31; Gottfried y Chun, 2018, p. 998). A pesar de su importancia, sigue siendo minimizado y desvalorizado, lo que lleva a que a menudo no sea remunerado o, si lo es, con salarios muy bajos y discriminación social.
La Demografía del Trabajo Doméstico Remunerado
El trabajo del hogar remunerado es una fuente laboral principal para muchas mujeres. Se estima que hay al menos 67 millones de trabajadores del hogar en el mundo, de los cuales el 80% son mujeres. Esto significa que una de cada 25 trabajadoras en el planeta es una empleada del hogar (ILO). Del total mundial, casi el 23% son inmigrantes. En Norteamérica, esta cifra aumenta significativamente, con más del 70% de las trabajadoras del hogar nacidas en otros países (ILO, 2015).
Empleadas domésticas en Asia | ZonaDocu
La Convención 189 de la Organización Internacional del Trabajo (ILO, 2011, art. 1) define el trabajo doméstico remunerado como aquel realizado en uno o varios hogares por una persona contratada para ciertas funciones. Aunque esta definición incluye jardineros, mayordomos y chóferes, el 80% son mujeres que se dedican a la limpieza, cocina, cuidado de niños y/o adultos mayores y personas enfermas.
Las trabajadoras de este sector suelen dividirse en cuatro subgrupos: aquellas que realizan una variedad de tareas, niñeras, cuidadoras (de adultos mayores o enfermos) y limpiadoras. También varían las modalidades de contratación, desde horas sueltas hasta jornada completa o residencia en el hogar de trabajo.
Los términos "trabajadora del hogar" y "trabajadora doméstica" se utilizan indistintamente en este contexto, aunque para las trabajadoras latinas en EE. UU. y otras partes, la palabra "doméstica" en español puede tener una connotación peyorativa, a diferencia de su equivalente en inglés ("domestic worker") que es reivindicado por las mismas trabajadoras.
Breve Historia del Trabajo Doméstico en EE. UU.
La historia del trabajo doméstico en EE. UU. se divide en tres períodos principales:
- 1450-1860: Las trabajadoras domésticas eran principalmente esclavos y sirvientes.
- 1870-1970: La fuerza laboral estaba compuesta mayoritariamente por mujeres afroamericanas y migrantes europeas pobres.
- 1970-actualidad: Predominan las mujeres inmigrantes de color del sur global.
Durante el período colonial hasta la Guerra Civil, la relación amo-sirviente era la más común (Romero, 2002, p. 101-103). La mayoría de los sirvientes eran esclavos africanos o sus descendientes nacidos en EE. UU., concentrados en el sur. Los hombres trabajaban la tierra, y las mujeres esclavas se ocupaban de las labores domésticas en las casas de los amos.
También hubo un número significativo de inmigrantes europeos que se les pagó el traslado a cambio de trabajar por un período de tiempo. Aunque las relaciones podían ir desde la familiaridad hasta el abuso brutal, existía una diferencia crucial: los esclavos no eligieron venir a EE. UU. y no tenían posibilidad de ascenso social, mientras que los inmigrantes sí lo eligieron y podían, hasta cierto punto, ascender. Era casi imposible para los trabajadores agrícolas o las trabajadoras domésticas afroamericanas cambiar de ocupación, incluso después de la abolición de la esclavitud en la década de 1860, debido al racismo y las leyes de Jim Crow (Romero, 2002, p. 101-103).
Cambios Demográficos en el Siglo XX
Desde el siglo XIX hasta principios del XX, las esclavas y trabajadoras domésticas afroamericanas, junto con las sirvientes inmigrantes europeas, constituían la mayoría. Las mujeres afroamericanas dominaban en el sur, mientras que en el noreste y medio oeste había una presencia significativa de mujeres blancas nativas e inmigrantes europeas. Las trabajadoras del hogar mexicanas y mexicoamericanas ("chicanas") eran más numerosas en el suroeste, y las chinas y japonesas se empleaban principalmente en el oeste (Glenn 1992, p. 8-10; May, 2011; Nadasen, 2015, p. 19-20).
Durante la mayor parte del siglo XX, las mujeres afroamericanas fueron el grupo dominante. Con la industrialización y la expansión del sector de servicios, las mujeres blancas de clase trabajadora pudieron dejar el trabajo doméstico y encontrar otras ocupaciones (Glenn, 1992, p. 11-12; Nadasen, 2015, p. 11). La migración europea se detuvo por leyes restrictivas en la década de 1920, creando escasez de mano de obra en el noreste, que fue cubierta principalmente por mujeres afroamericanas que escaparon de las políticas de segregación del sur. Así, las mujeres afroamericanas pasaron del 26% de los trabajadores domésticos en 1900 al 60% en 1950 (Nadasen, 2015, p. 11).
La demografía comenzó a cambiar en la década de 1970, con la presión del movimiento por los derechos civiles que abrió oportunidades para que muchas mujeres negras accedieran a trabajos mejor remunerados. La cantidad de trabajadoras domésticas afroamericanas disminuyó drásticamente, pasando del 60% en 1950 a solo el 9% en la actualidad (Nadasen, 2015, p. 152; Theodore et al. 2019, p. 11).
Hoy en día, la mayoría de las trabajadoras del hogar en EE. UU. son mujeres inmigrantes de color, principalmente de América Latina, el Caribe y el sudeste asiático. En 2012, el 78% de las trabajadoras domésticas nacieron en el extranjero, el 60% de ellas en América Latina (Theodore, et al., 2019, p. 11).
Características de Explotación en el Trabajo Doméstico
Cuatro características hacen del trabajo del hogar remunerado uno de los más explotados globalmente y en Estados Unidos:
- Las empleadas suelen trabajar aisladas en espacios privados, fuera del "ojo público".
- El trabajo requiere un esfuerzo físico y emocional.
- En casi todos los países, este trabajo no está regulado, por lo que las trabajadoras carecen de derechos laborales.
- Dicha ocupación no se considera un "verdadero" trabajo (Hondagneu-Sotelo, 2007, p. 3-28).
En el contexto de EE. UU., la mayoría de las trabajadoras son mujeres inmigrantes indocumentadas de color.

Casos Reales y la Red de Explotación
El caso de Ayote, una cuidadora nicaragüense de 30 años en España, ilustra la brutalidad de la esclavitud moderna. Forzada a trabajar más de 60 horas semanales por menos de 300 euros al mes, debía una suma exorbitante a la mafia que la trajo, una deuda que nunca dejaba de crecer. Las tarifas abusivas para medicamentos, comida y enseres básicos, sumadas al coste inflado de su billete de avión y un préstamo inicial, la mantenían encadenada. Ayote, un nombre simbólico de la operación que la rescató, fue una de las 49 jóvenes explotadas por una organización de trata de seres humanos.
Loida Muñoz, directora en España de A21 (asociación internacional contra la explotación de la mujer), y Vicente Calvo, capitán de la Unidad Técnica de Policía Judicial de la Guardia Civil, confirman que este tipo de explotación va en aumento debido a la alta demanda de personal de atención. Calvo lo describe como "la esclavitud de esta era".
Modus Operandi de las Redes de Trata
La captación se realiza en los países de origen con la promesa de contratos de trabajo y una vida digna en España. Si la oferta no es suficiente, se recurre a amenazas contra las mujeres y sus familias. Una vez en España, son "puestas en el mercado" mediante anuncios en webs de empleo y redes sociales, ofreciendo "chicas latinas trabajadoras que limpian y atienden a ancianos. Económica".

Se les prohíbe hablar de su situación con las personas que atienden, quienes en la mayoría de los casos desconocen el destino de los honorarios que pagan. Las trabajadoras deben entregar a la mafia el 85% de sus ganancias. La operación Ayote reveló la lucratividad de este negocio, con incautaciones de 750,000 euros a los delincuentes.
La invisibilidad de esta explotación, que ocurre dentro de domicilios privados, dificulta su detección. "Al contrario que la prostitución ejercida en pisos, en la que es más fácil detectar movimientos, esta es una explotación silenciosa, casi indetectable", señala Calvo.
Vulnerabilidad y Anulación de la Voluntad
En la mayoría de los casos, estas mujeres no son conscientes de que son explotadas. Los delincuentes anulan su voluntad aprovechándose de su terrible situación económica y social en sus países de origen. El perfil típico es una mujer joven, procedente de Latinoamérica (donde "se valora mucho que hablen español"), con familias a su cargo y en una situación de vulnerabilidad.
La demanda de cuidados a domicilio se ha disparado, en parte por el temor social a las residencias de mayores tras la pandemia. A largo plazo, la demografía española, con un millón de dependientes (la mayoría ancianos) que se duplicará en una década, asegura un suministro constante de trabajo para estas esclavas.
La opacidad del sector de los cuidados y la atención doméstica, tradicionalmente asentado en el mercado negro español, facilita aún más el camuflaje del crimen organizado.
La Realidad de las Cifras y la Precariedad
Oficialmente, en España hay 374,395 personas afiliadas al Sistema Especial de las Empleadas de Hogar, con un 42% de extranjeras. Sin embargo, Carolina Elías, presidenta de Servicio Doméstico Activo (Seodac), estima que la cifra real de limpiadoras y cuidadoras oscila entre 600,000 y 700,000 personas, casi el doble de las registradas. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) apunta que la economía sumergida en este sector ha pasado del 30% antes del COVID-19 al 40% actual.
La crisis económica agrava la vulnerabilidad de estas trabajadoras. Muchos empleadores se niegan a pagar la seguridad social, y algunas personas mayores, aunque quieran, no tienen ingresos suficientes para regularizar la situación de quienes las cuidan. La fragilidad es tal que, además del abuso laboral, estas mujeres a veces enfrentan malos tratos e incluso abusos sexuales que nunca salen a la luz. El miedo a perder su fuente de ingresos o, en el caso de las indocumentadas, a la expulsión del país, las obliga a callar.
Detectando la Esclavitud Doméstica: El Papel de los Vecinos
Loida Muñoz de A21 considera que la colaboración ciudadana es crucial para combatir este problema. Para detectar a las esclavas domésticas, que son casi invisibles, Muñoz propone "indicadores silenciosos":
- No hablan nunca con los vecinos, ya que tienen prohibido hacerlo.
- Suelen ir desaliñadas y apenas se cambian de ropa porque no tienen.
- Casi nunca abandonan el lugar de trabajo y, cuando lo hacen, no manejan dinero.
- Si una mujer no latinoamericana habla muy mal el español después de varios años en el país, indica falta de interacción social y sugiere que "algo raro pasa".
Afortunadamente, se están dando pasos para combatir esta explotación. El Ministerio de Trabajo en España avanza en un Plan General contra la Trata, con la posibilidad de ampliar su cobertura más allá de la explotación sexual para incluir la doméstica. Además, España en 2017 firmó el Protocolo del Convenio de Naciones Unidas que exige a los Estados adoptar medidas efectivas contra el trabajo forzoso, incluyendo el trabajo por servidumbre de deudas, el trabajo doméstico y la trata de personas, así como la protección de sus víctimas.
Otros Casos de Explotación de Personas Vulnerables
Recientemente, en Uruguay, se llevó a cabo la Operación Resplandor en Tacuarembó, una acción conjunta de la policía, el Mides y el MSP, para intervenir un residencial en Rincón de Tranqueras. En este lugar, habitaban unas treinta personas, "adultos mayores y jóvenes con distintas problemáticas", quienes, según investigaciones, sufrían "malos tratos de todo tipo, incluidos la privación de alimentos, el encadenamiento y los golpes".