Las iniciativas y propuestas de participación se presentan unánimemente como acciones positivas, asociadas a las posibilidades de democratización y empoderamiento local que pueden traer aparejadas. En este sentido, es fundamental indagar en profundidad las características y dinámicas de participación de las comunidades, especialmente de aquellas atravesadas por la vulnerabilidad social y la exclusión.
Resulta importante un análisis crítico de las formas de la participación en el contexto actual, que tome en cuenta que esta puede ser un instrumento fundamental para la consolidación y desarrollo de la ciudadanía, pero también, según sus características, un modo de subordinación y control social. Reconociendo la participación como un valor y, principalmente, como un derecho de los ciudadanos en una sociedad democrática, es pertinente analizar las características de su desarrollo.
Contexto de la Participación Comunitaria y Vulnerabilidad Social
El interés se centra en analizar cómo se desarrolla la participación comunitaria en un contexto de amplias brechas de desigualdad social, con grupos sociales fuertemente excluidos. Reconociendo las potencialidades de los procesos de participación, se busca conocer de qué modo estas se ven debilitadas por aspectos simbólicos, como el débil reconocimiento de derechos, el individualismo y la desconfianza, que atraviesan a los actores sociales por su situación de exclusión económica, social y cultural.

Teniendo en cuenta que los procesos participativos se desarrollan en relación estrecha con las características socioeconómicas del contexto, surgen preguntas clave: ¿Qué características toma actualmente la participación en estos espacios de organización comunitaria?, ¿Cómo se propone y desarrolla la participación? y ¿Quiénes participan? Más concretamente, partiendo de la premisa de que la situación socioeconómica actual se caracteriza por amplias brechas de desigualdad social, es crucial entender cómo impacta la vulnerabilidad social de los sectores implicados en el desarrollo de los procesos de participación y qué obstáculos se presentan. Además, considerando que las cualidades que asume la participación a nivel local tienen que ver con la distribución del poder, la democratización de los recursos y los niveles de empoderamiento social y cultural, es relevante analizar cómo significan sus prácticas los actores sociales y cuál es el rol en que ubican al Estado dentro de las mismas.
Metodología de Estudio
Para abordar estos interrogantes, se utilizó una metodología cualitativa, con una muestra de tipo intencional concentrada en los sujetos que participan activamente en las distintas organizaciones comunitarias del departamento de Rawson. La delimitación territorial se enfocó en una zona al sur-oeste de Rawson, provincia de San Juan, donde han sido relocalizadas poblaciones de antiguos asentamientos urbanos de la provincia, de acuerdo a distintos programas de Viviendas Sociales. Para el acceso a diversos informantes y entrevistas, se utilizó la “estrategia de bola de nieve”. De este modo, se desarrollaron cinco entrevistas semi-estructuradas individuales y una entrevista grupal donde participaron cuatro informantes más.
La Participación: Discurso, Realidad y Desafíos
La idea de participación emerge como un discurso siempre bien visto, que paradójicamente puede relacionarse con proyectos sociales y políticos diversos e incluso antagónicos. Como señalan Garcés (1999) y Acoto (2003), los mecanismos favorecedores de procesos de participación genuina demandan preparación, análisis deliberativo, reflexión y madurez organizativa, elementos que hoy pocas Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) poseen. A pesar de esto, es generalizada la “idealización” de la participación y la idea de que el surgimiento y desarrollo de actores sociales y OSC es siempre un potencial positivo para el logro de comunidades empoderadas y, por tanto, de una sociedad más democrática y justa.
Sin embargo, Emir Sader (2001) afirma que el neoliberalismo no solo consolidó las brechas de desigualdad social, sino que también repercutió negativamente en las relaciones sociales, con efectos en la organización social y la lucha política. Se profundizó la fragmentación social, el enfrentamiento y el debilitamiento de los sindicatos, todo ello en relación con el creciente desempleo. La incidencia de las políticas neoliberales fue más allá de los niveles materiales y económicos de vida.
Otro aspecto relevante es que, en numerosas ocasiones, en el enfoque gubernamental, la participación es concebida más que como un derecho ciudadano, “como un medio o recurso, que multiplica las capacidades del sector público para actuar en este campo, prolonga sus brazos y facilita su llegada a las realidades locales y sectoriales diversas, teniendo en cuenta que el Estado tiene “los brazos muy cortos” (Sáez 1998). En la práctica, encontramos entonces, vastas veces la “participación bajo el concepto de redes sociales compensatorias” (Garcés 1999), es decir, “pobres organizados” enfrentando necesidades y problemáticas a nivel local de las que el Estado no se ocupa. Como cita Ziccardi (2004), “mientras que las capas medias y altas de la población tienen garantizados la infraestructura y los equipamientos, las clases populares para tener acceso a los mismos deben aportar trabajo comunitario”.
Según Flor Delia Portiño (2003), el ámbito comunitario presenta un “claro-oscuro”, conviviendo en el mismo espacio y tiempo. Esto quiere decir que la comunidad es tanto un espacio de cooperación, ayuda mutua, identidad y pertenencia, como, por el contrario, frustración, violencia, desconfianza, discriminación y no cooperación. No se pueden negar las ventajas democráticas de las transferencias de recursos y poder de decisión hacia los ámbitos locales. En relación con esto, Ziccardi (2004) ofrece un diagnóstico de la participación a partir del impacto de las políticas de la década de los 90, destacando un elemento que quizás persista en estos tiempos y que resulta importante para el análisis: la “representación no representativa”.
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La autora afirma que uno de los dilemas que suelen presentarse es el tema de la representación, ya que la sociedad local no está plenamente representada. Lo más generalizado es que los gobiernos locales sean quienes decidan la conformación de las comisiones o comités, e incluso en los casos en que se decide por el voto, hay alguna injerencia política partidaria. Esto sucede en gran parte porque, como dice Auyero (2002), “una de las maneras de satisfacer las necesidades básicas de alimentación y salud de los pobres es a través del partido político con acceso directo a recursos estatales”.
Clientelismo y su Impacto en la Acción Colectiva
El clientelismo se hace parte, según Auyero (2002), de la resolución rutinaria de problemas en los sectores populares, formando parte de una red de relaciones cotidianas. Si bien el tejido de redes sociales para la obtención de recursos es algo positivo en tanto contribuye a la satisfacción de necesidades locales, se acuerda con Evelin Arraigada (2013) en que, a diferencia de otras formas de capital social, el clientelismo se basa en una relación desigual, marcada por la presencia de transacciones jerárquicas y asimétricas.
“Quien controla mayores recursos distribuye bienes y otorga servicios a sujetos con menos recursos y estatus, a cambio de lealtad y apoyo político. Se trata, a su vez, de una relación paradojal, puesto que implica reciprocidad y voluntarismo, pero también involucra explotación y dominación, con aspectos simbólicos involucrados en la construcción y mantención de dichas relaciones”. Estos vínculos, según la autora, conectan a los ciudadanos con la estructura municipal, principalmente a través de los dirigentes sociales de base.
Aunque la estructura burocrática municipal puede funcionar de manera relativamente eficiente y transparente, esto no implica que el trato entre funcionarios y otros agentes locales solo responda a lógicas racionalizadas y universalistas. Estas formas de vinculación conviven con relaciones informales y personalizadas de mediación. Entonces, ¿de qué manera impacta el clientelismo en la acción colectiva y organización comunitaria? Es pertinente destacar, junto a Auyero (2012), que: “Lejos de ser un reino de posible cooperación, las redes clientelares son, por el contrario, una estructura (des)movilizadora (…) los vínculos patrón-cliente son vistos como el exacto opuesto de las redes horizontales del compromiso cívico”.

Este autor concluye que “la inserción en relaciones clientelares es entendida como supresora de la participación en los contextos relacionales más horizontales que fueron pensados como conducentes a varias formas de compromiso colectivo (…) El predominio del clientelismo entre los pobres no solo frustra el reclamo colectivo, sino que también aísla y atomiza a los ciudadanos”.
La Dimensión Simbólica del Clientelismo
Atendiendo a todo lo mencionado, se debe tener en cuenta, en sintonía con Auyero (2002) y Zapata (2016), que las prácticas clientelares funcionan como un sistema cuyas relaciones trascienden lo material y operan en el campo de lo simbólico. De este modo, “hay una contradicción entre los lados objetivos y subjetivos del arreglo clientelar” (Auyero 2002). Por un lado, se trata de relaciones desiguales que confunden ejercicio de derechos sociales básicos (como alimentos o medicinas) con intercambios personales, que perpetúan relaciones de dominación; pero por el otro se incorporan a la representación social comunitaria como relaciones basadas en sentimientos de agradecimiento, confianza, reciprocidad y solidaridad. Auyero (2002) lo define como un autoengaño colectivo inscripto en las estructuras subjetivas, que excluye la posibilidad de pensar de otro modo: “la autoridad de patrones y punteros como actores generales, proviene de la habituación que el propio funcionamiento de la red genera”.
La lucha por el logro de una sociedad más justa y democrática, entonces, no puede dejar de lado la dimensión simbólica de las prácticas, en tanto cotidianamente la política clientelar es la política normal (y normalizada) de vastos sectores. Esta práctica emerge en el contexto de un mercado y un Estado que relega a grupos sociales. Estos grupos son excluidos y/o precarizados en el mercado de trabajo, imposibilitados de cumplir con el requisito fundamental de inserción al mundo capitalista: ser “consumidores”; y con un Estado que combina ausencia con una “particular y perniciosa presencia: intermitente, selectiva, sesgada y contradictoria” (Auyero 2013).
En el caso de las relaciones de estos grupos con los organismos y servicios estatales, encontramos prácticas cotidianas que impactan en las subjetividades o representaciones comunitarias: “en sus interacciones con el Estado, los más destituidos aprenden a ser ignorados, pospuestos; aprenden a ser no ciudadanos, sino pacientes del Estado” (Auyero 2012). Reconociendo todos estos aspectos y posibilidades, el desafío se trata entonces de “hacer visible las manifestaciones y experiencias sobre las violencias que experimentan los actores, aprehender y evidenciar lo que estas prácticas sociales violentas significan y representan en su correspondiente campo socio-simbólico”.
Realidad de la Participación en Sectores Populares: Necesidades y Obstáculos
¿Cuál es la realidad de la participación en los sectores populares? Aún luego de años de un modelo de ampliación de derechos sociales, persisten grupos excluidos del sistema de trabajo o precarizados en el mismo, con necesidades básicas insatisfechas. Encontramos comunidades que enfrentan amplias problemáticas sociales. Se identifican, en primer lugar, necesidades básicas insatisfechas como la alimentación y la vestimenta. “Acá nos entregan módulos de mercadería y no hay nadie que no venga a buscarlo, no queda ni uno y la gente te pregunta todo el tiempo”, es un testimonio que puede vincularse a lo que ratifican numerosos autores: “La manifestación más elocuente del éxito del neoliberalismo y de las llamadas políticas de ajuste estructural es el enriquecimiento vertiginoso de un pequeñísimo grupo de empresarios al amparo del régimen, mientras el resto de la población se hunde en la pobreza” (Sader; 2001).
Sumada entonces a la inseguridad producida por la precariedad cotidiana de la vida (Lorey 2012), encontramos que estas comunidades viven signadas por la vulnerabilidad ante situaciones de violencia a las cuales se suman también gran cantidad de robos, hurtos, etc. Por otro lado, se destaca la imposibilidad de recreación sana y segura para niños y adolescentes de estas comunidades. Los referentes barriales señalan la presencia de plazas descampadas sin mantenimiento municipal, falta de espacios verdes y juegos en comunidades con gran cantidad de niños, y espacios sin iluminación no seguros para la recreación.
Se destaca la urbanización y servicios no garantizados: encontramos que los pobres, tal como lo afirma Ziccardi (2004), deben participar para tener servicios que otros sectores tienen garantizados. “Acá viven hasta siete niños por familia y juegan en la calle porque esa plaza ¿viste como esta?”. Esta descripción de la realidad comunitaria intenta dar cuenta del contexto en el cual se desarrollan las propuestas e iniciativas y la serie de obstáculos con los que se encuentran las comunidades de sectores pobres urbanos en la cotidianidad, planteando que estas condiciones moldean una particular forma de pensar y actuar. La participación como proceso comunitario, lejos de ser “mágica”, se produce en un aquí y un ahora, en un contexto que la condiciona.
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Se refleja en los relatos de los entrevistados que los referentes barriales, miembros de organizaciones y comisiones, desarrollan acciones aisladas y débiles en relación a la precariedad económica y social. Los testimonios directos ilustran esta situación:
- “Cuando llegamos a este barrio no recibían a los chicos en la escuela de acá, si eras de este barrio no te lo inscribían, será por lo que veníamos de la villa, no se… Muchos perdieron el año y otros no siguieron más.”
- “Yo les hago cuando se puede talleres a los chicos, porque ellos vienen acá a tomar algo o a pasar el tiempo y algo hay que hacer, me consigo unos tachos y hacemos “caras sucias” o cosas así de reciclaje.”
- “Acá los chicos desde los doce años se están bolseando y vos los ves a toda hora, hay muchos que están perdidos.”
- “Con dos o tres módulos que sobran les decimos, a ver, usted sabe de electricidad ¿Por qué no me arregla los enchufes de la unión vecinal?”
Elizabeth Lorey (2012) nos ayuda a entender la fragilidad de estas estructuras.
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