En diversas culturas indígenas, la figura del anciano ha sido tradicionalmente sinónimo de sabiduría, autoridad y respeto. Esta veneración se fundamenta en la experiencia acumulada a lo largo de una vida y en el conocimiento ancestral que poseen, transmitido de generación en generación. El concepto de viejura, utilizado en algunas regiones de México, como Chiapas, encapsula esta percepción positiva de la vejez como una etapa de oportunidades y optimismo.
Históricamente, la generación de ancianos nacidos en el primer cuarto del siglo XX (1900-1924) experimentó una vejez venerada. En esta época, la edad adulta mayor, a menudo iniciada con la llegada de los nietos, conllevaba un incremento del estatus social. Caracterizados por el analfabetismo y el dominio de lenguas nativas, estos ancianos ejercían una autoridad civil y moral significativa en pueblos con propiedad comunal de la tierra, donde el control sobre el territorio era un factor clave.
A mediados del siglo XX, el estudio de la vejez captó la atención de las ciencias sociales, particularmente de antropólogos y etnólogos. El Consejo de Ancianos, órgano de gobierno supremo en muchos pueblos indígenas, se convirtió en un foco de interés. Ser anciano significaba, en muchos casos, ser abuelo después de los 35 o 40 años, lo que implicaba alcanzar un alto estatus social que se incrementaba con la edad y el dominio de artes y oficios. La escasez de personas mayores, que constituían aproximadamente el uno por ciento de la población a principios del siglo XX, contribuía a la percepción de la vejez como algo digno de admiración, enigmático y exótico. Esta visión se ve reforzada si consideramos que la esperanza de vida en la época prehispánica, por ejemplo, para los hombres mayas, rondaba los 37 años, y la mayoría vivía menos de 35.
El criterio social predominante para definir la vejez era el ser abuelo, distinción que se alcanzaba a edades tempranas, alrededor de los 35 años en promedio. Los criterios biológicos incluían la aparición de canas, arrugas, calvicie y la presencia de enfermedades crónicas como ceguera, sordera, cuadros demenciales, infartos, enfermedades reumáticas, pérdida de piezas dentales y de control de esfínteres, entre otros padecimientos degenerativos.
En Chiapas, a los ancianos, independientemente de su parentesco, se les conocía genéricamente como "abuelos" o "abuelas". Las ciencias sociales, especialmente la antropología y la etnología, se dedicaron a estudiar el rol social de los mayores, enfocándose en las formas de gobierno indígena, los sistemas normativos para la convivencia comunitaria y las habilidades de los ancianos en artes mágicas, medicina y partería. El selecto grupo integrante del Consejo de Ancianos llegó a ser conocido como "papá del pueblo".
Sin embargo, alcanzar una edad avanzada no garantizaba automáticamente la membresía en el Consejo de Ancianos. Individuos con bajo estatus social, pobreza, enfermedades crónicas, deterioro cognitivo avanzado o débiles redes de apoyo afectivo y solidario, eran excluidos, constituyendo un contraejemplo a la visión idealizada de la vejez.
La gerontocracia, es decir, el gobierno de los ancianos, era posible en pueblos cuya propiedad de la tierra era comunal, ya que esto favorecía un ejercicio vertical del poder. Quienes atentaban contra un anciano eran puestos a disposición del Consejo para recibir un castigo ejemplar, que podía incluir el destierro. Esta autoridad se extendía al ámbito familiar, donde los ancianos ejercían control y reprimían conductas inapropiadas.

Los ejemplos de Felicia y Felipe ilustran la severidad de los castigos impuestos para mantener el orden y el respeto a los mayores, revelando que las relaciones familiares y comunitarias no siempre eran armónicas, sino que a menudo se regían por reglas estrictas.
La capacidad de los ancianos para sobrevivir y su sabiduría los convertían en depositarios de conocimientos ancestrales en artes y oficios. La magia y la hechicería eran habilidades asociadas a los mayores, quienes podían ser percibidos como aliados o enemigos según el caso. Don Juan, por ejemplo, acrecentó su fama de hechicero al sobrevivir a un atentado, mientras que don Pedro, un indígena zoque de 85 años, era reconocido por su habilidad como casamentero, habiendo facilitado más de la mitad de las uniones en su aldea mediante un discurso elocuente y florido.
Los ancianos desempeñaban funciones sociales protagónicas como músicos, danzantes, artesanos, rezadores, mediadores de conflictos, consejeros, negociadores, pintores, escultores, albaceas y terapeutas con especialidades en medicina (sobadores, hueseros, culebreros, levantadores de espanto, sanadores de caída de mollera, extractores de piezas dentales, hierberos, curadores de vergüenza y envidias). También se destacaban en el manejo de la magia y la hechicería, actuando como agoreros, intérpretes de sueños, lectores de oráculos y manejadores del calendario ritual y agrícola.
La generación de ancianos nacidos en el segundo cuarto del siglo XX (1925-1949) vivió el inicio de la ruptura del modelo anterior de vejez. Las transformaciones sociales, la modernización y los avances tecnológicos incidieron en la concepción y el trato de la vejez, a menudo de manera negativa para la población envejecida.

El crecimiento demográfico de la población de ancianos, sin precedentes en la historia, se explica por fenómenos epidemiológicos y demográficos mundiales. Si a principios del siglo XX el porcentaje de viejos era escaso (a veces el 1% en pueblos indígenas) y la esperanza de vida rondaba los 35 años, para 1980 alcanzó el 3%, duplicándose al 7.3% en 2000 y al 10.7% en 2015, con una esperanza de vida de 77 años. Este crecimiento llevó a que la atención a la vejez pasara de ser responsabilidad familiar y social a depender de redes de apoyo como redes vecinales, compadrazgo e Iglesias.
El envejecimiento continuo de la población indígena, a partir de 1980, facilitó alcanzar edades avanzadas, desvaneciendo el velo de misterio que cubría la figura del anciano. Sin embargo, el aumento de la esperanza de vida no siempre se tradujo en una mejora de la calidad de vida, y el envejecimiento poblacional tomó por sorpresa a las políticas sanitarias, que no preveían servicios integrales para adultos mayores. El perfil epidemiológico se caracterizó por enfermedades crónico-degenerativas asociadas a la edad avanzada.
La introducción de la educación escolarizada en comunidades indígenas, a través del proyecto de la Escuela Rural iniciado en 1921, tuvo un impacto notable. Al dominar el castellano, las personas buscaron información más allá del conocimiento tradicional de los ancianos, lo que provocó su relegación en muchas áreas y la percepción de sus ideas como atrasadas. Los jóvenes bilingües y con mayores conexiones externas comenzaron a ocupar puestos de dirección política, arrebatando gradualmente el poder a las generaciones mayores. La distinción entre monolingües y bilingües, analfabetas y alfabetizados, creó profundas diferencias en el estatus social, desplazando a los ancianos a ámbitos tradicionales como rituales, lengua y "costumbres".
El estatus social en la vejez dejó de ser automático y pasó a depender del manejo de habilidades en diversos artes y oficios "propios" de los viejos, como la religión, la magia, la hechicería, la medicina y las artes.
En la cultura mapuche, un relato antiguo narra la creación del mundo por la "anciana sagrada del cielo", quien envió a su hija para dar vida en la tierra. El mandato de no olvidar el origen sagrado, respetarse mutuamente, hacer ceremonia a la tierra y hablar la lengua, sigue siendo fundamental para muchos mapuches.
En la vida de los pueblos indígenas, los mayores son valiosos y desempeñan roles importantes, manteniendo la sabiduría, la espiritualidad, participando en la socialización de los niños y en la vigilancia de la vida comunitaria. La comunidad indígena es la institución principal para formar este tipo de liderazgo y sabiduría, transmitida de generación en generación. Investigadores, activistas y académicos han acudido a las conversaciones con los mayores para aprender y recopilar historias y consejos.
La pandemia de COVID-19 puso en evidencia la vulnerabilidad de los ancianos en muchos países. En algunos casos, sus vidas fueron sacrificadas para salvar a los más jóvenes, y se denunciaron casos de negligencia. Los ancianos indígenas, además, enfrentan la discriminación racial y la marginación social y económica al acceder a servicios de salud, lo que los sitúa en una posición de desventaja frente a otros pacientes.
La sociedad actual, enfocada en la producción y el éxito, tiende a valorar a las personas en función de su utilidad social, lo que puede entrar en conflicto con el mandato ético de "no matarás a tu prójimo". La indiferencia de algunos gobiernos hacia los pueblos indígenas, como se ha observado en Brasil y Colombia, agrava esta situación, llegando a denuncias de genocidio y graves insultos que niegan derechos constitucionales.
A nivel internacional, los adultos mayores de 65 años han sido los más vulnerables al COVID-19. En Italia y España, se implementaron protocolos éticos que restringieron el acceso a respiradores en UCI para pacientes adultos mayores. En Chile, a pesar de contar con instrumentos de derechos reconocidos, los pueblos indígenas enfrentan dificultades para acceder a atención médica de calidad, incluyendo camas UCI, debido a la clasificación de hospitales como de "baja complejidad" y a la prevalencia de problemas estructurales como la pobreza y la marginación.

La falta de políticas indígenas específicas para abordar la pandemia es preocupante. A pesar de la existencia de mesas sociales, la participación de representantes indígenas en el debate sobre sus derechos es limitada. El Colegio Médico y otros profesionales de la salud tienen un papel crucial en sensibilizar sobre la importancia de la vida de los adultos mayores indígenas y en la toma de decisiones sobre el acceso a cuidados intensivos.
El modelo de gobierno en el contexto de la pandemia a menudo vulnera los derechos indígenas, prioriza intereses económicos y el despojo de recursos naturales, ignorando principios éticos fundamentales. Sin embargo, la sabiduría ancestral y la resiliencia de los pueblos originarios ofrecen un camino hacia la esperanza.
En el Valle Sagrado de Perú, dos venerados sabios Q'ero comparten su sabiduría ancestral, transmitida a través de sus vidas. Ante la incertidumbre global, la desconexión de la naturaleza y la comunidad, la sabiduría de los ancianos, pilares de la sociedad, se vuelve indispensable para guiar el camino hacia adelante. Don Sebastián Sucli, Pampa Mesayoq de 82 años, encarna la Sabiduría de la Medicina de la Tierra, en sintonía con el Camino Andino y los ritos ancestrales Incas. Don Andrés Apaza, Guardián de la Tierra Inca, trabaja para restaurar la armonía entre la tierra y su gente a través de ceremonias sagradas.
El concepto de comunidad en la cosmovisión andina implica una forma de pensar circular y de apoyo mutuo, donde el trabajo colectivo ha permitido la supervivencia a lo largo de 500 años. El Ayni, más allá del intercambio, es una filosofía de elevación mutua para el florecimiento de todos. La preservación de la sabiduría ancestral es fundamental ante la globalización y la colonización que amenazan las formas de vida indígenas.
La cosmovisión andina se estructura en tres planos: Uhku Pacha (mundo de abajo, de raíces y curación, simbolizado por la serpiente), Kay Pacha (nuestro mundo ordinario, reino de Pacha Mama, encarnado por el puma) y Hanaq Pacha (mundo superior, reino de los espíritus, simbolizado por el cóndor). La conexión con la Madre Tierra enseña sobre la vida, las raíces de las enfermedades modernas y la sanación a nivel del alma. La vida urbana, en contraste, ha generado una desconexión vital con las fuerzas de la tierra.
Los ritos de paso, como los pagos a la tierra, son esenciales para mantener una relación simbiótica con la Madre Tierra y asegurar su vitalidad y la nuestra. La hoja de coca, utilizada en la práctica sagrada de ofrecer tres hojas (kintu), actúa como un conducto para unir los tres mundos y permitir la comunicación con el reino de los espíritus.

En las comunidades Q'ero, la salud está intrínsecamente ligada a una relación correcta con las energías de la tierra, sus elementos y su cosmovisión. Los ritos de paso constantes son parte de la vida cotidiana, y la iniciación de curanderos y guardianes de la sabiduría implica la conexión con las fuerzas de la naturaleza. Las Nustas, portadoras de medicina, trabajan con energías femeninas y pueden realizar sanaciones.
La vejez es otro rito de paso significativo, donde el anciano se convierte en guardián de la comunidad y de la sabiduría ancestral. La muerte y el morir son procesos respetados, marcados por ritos de iniciación que separan el cuerpo físico del energético y del alma. La esperanza reside en la invitación a personas de "corazón puro" para que aprendan las tradiciones ancestrales, tejiendo un allyu (red de familias) que traerá sanación a la vida, la tierra y las relaciones.
La figura del anciano en las comunidades indígenas es la de un pilar fundamental, guardián de conocimientos, historias, canciones, rituales y lecciones invaluables. Lejos de la desmemoria asociada a la vejez en la sociedad hegemónica, los mayores indígenas poseen sabiduría epistemológica y ontológica, hablan la lengua, conocen las plantas medicinales y la interpretación de los sueños. Su rol trasciende la edad y se basa en la capacidad de dar consejos y compartir experiencias de vida.
La memoria colectiva es esencial para la identidad de un pueblo. El rescate de testimonios orales, especialmente de mujeres mayores, permite visibilizar saberes culturales, modos de habla con regionalismos, términos en lenguas originarias y relatos antiguos con enseñanzas. Las mujeres han sido pilares en la transmisión de prácticas culturales como la pachamama, la preparación de alimentos tradicionales, ceremonias, medicina y tejidos.
En las comunidades, los ancianos viven con la familia y son autoridades en el hogar, aconsejando y guiando a las nuevas generaciones. Su partida es dolorosa, ya que representan la fuerza para defender la cultura. La pandemia ha generado pérdidas significativas de abuelos y abuelas de pueblos originarios, pero su legado permite sostener la memoria colectiva.
En el pueblo mapuche, las ceremonias (trawun) conducidas por ancianos son espacios de conocimiento y transmisión de cuentos y formas de vida ancestrales. Los jóvenes recuperan el conocimiento ancestral y la lengua gracias a los mayores, quienes han sostenido el territorio y enfatizan lo perdido por generaciones anteriores. La práctica de ceremonias como el Wiñoy Tripantu (año nuevo mapuche) es guiada por ellos, quienes son guardianes de la cultura.
La sabiduría de los ancianos es amplia y su guía es fundamental para que las nuevas generaciones no pierdan las tradiciones. El idioma mapuzungun se está recuperando, y los ancianos comparten sus recuerdos, a menudo para evitar que sus descendientes sufran las mismas dificultades que ellos experimentaron. La memoria mapuche es una conversación donde las experiencias individuales se conectan con el legado ancestral.
Los ancianos y ancianas acompañan los procesos de lucha de las comunidades, cuidando a los más jóvenes en un rol a menudo anónimo. En el ámbito político, se les otorga respeto y atención, y nunca se les interrumpe al tomar la palabra. El rol de anciano es un lugar de prestigio al que se espera llegar, y su guía es imprescindible en la reconstrucción de saberes, filosofías y formas de convivencia con la naturaleza.
El Servicio Nacional del Adulto Mayor (SENAMA) en Chile trabaja en la generación de datos sobre el envejecimiento en pueblos originarios, reconociendo el "rol social" de los adultos mayores. A pesar de la aculturación, persisten demandas por el reconocimiento y preservación de las culturas ancestrales, incluyendo el derecho a las medicinas tradicionales. Sin embargo, persisten estereotipos y la creencia de que la migración a zonas urbanas es necesaria para el bienestar.
Los adultos mayores con roles ceremoniales vigentes contribuyen a la persistencia de actividades culturales, aunque sus funciones se ven cada vez más limitadas a momentos específicos. En el ámbito familiar, asumen la crianza de nietos debido a la migración de sus hijos. La percepción externa los considera importantes representantes del acervo cultural, pero la alta prevalencia de adultos mayores viviendo solos en zonas rurales aumenta la noción de vulnerabilidad, a menudo debido a factores estructurales como la migración laboral y educativa.
La firma de convenios de cooperación busca abordar de manera multidimensional las problemáticas de las personas mayores, considerando elementos como sexo, etnia y religión. La Organización Panamericana de la Salud (OPS), la CEPAL y la OEA han resaltado el papel fundamental de las personas mayores indígenas como transmisores de cultura y conocimientos, guías espirituales y autoridades en sus comunidades.

A pesar de los avances, la situación sanitaria de los pueblos indígenas mayores suele ser invisible y marginada, con desigualdades en los datos de salud. La OEA aboga por dar visibilidad a los derechos de las personas mayores indígenas, promover su participación en políticas públicas y fortalecer el marco jurídico existente, incluyendo la Convención Interamericana para la Protección de los Derechos Humanos de las Personas Mayores.
El envejecimiento de la población es una realidad en toda la región, y las comunidades indígenas no son la excepción. Aunque el índice de envejecimiento suele ser más bajo en poblaciones indígenas, con estructuras demográficas distintas y tasas de fecundidad más elevadas, las personas mayores indígenas continúan viviendo en hogares multigeneracionales, desempeñando un papel central en la familia. Sus hogares son más numerosos, y una menor proporción vive sola en comparación con la población no indígena.
Se enfatiza la necesidad de políticas con enfoque de derechos humanos que reconozcan las concepciones propias de la vejez y el envejecimiento de los Pueblos Indígenas, así como la importancia de la investigación, la recopilación de datos y la participación de las personas mayores en el diseño e implementación de políticas que les afectan. El fomento del diálogo intergeneracional es crucial para conservar el invaluable conocimiento y las tradiciones indígenas.