La actuación de la psicología en contextos de pobreza en América Latina ha sido un tema de vital importancia, aunque a menudo insuficientemente abordado. Las contribuciones de Ignacio Martín-Baró son fundamentales para comprender y redimensionar la praxis psicológica en estos ámbitos, especialmente en relación con la pobreza y la vulnerabilidad.
Martín-Baró, reconocido como un intelectual latinoamericano con un profundo compromiso ético-político, dedicó su trabajo a la necesidad de transformación de las sociedades latinoamericanas en la búsqueda de mayor justicia social y la promoción de los derechos humanos. Su legado ha sido crucial para entender cómo las políticas públicas deben considerar la actuación del psicólogo en programas de amparo a la pobreza, así como la formación y el desempeño de este profesional en dichas políticas.
La Psicología de la Liberación como Horizonte de Emancipación
El legado principal de Martín-Baró es la psicología de la liberación, la cual propone un horizonte de emancipación para la praxis psicológica. Esta praxis tiene como objetivo principal la transformación de la episteme psicológica y la construcción de conocimiento teórico desde la visibilización de los saberes y experiencias históricas de los pueblos latinoamericanos.
Este horizonte epistémico ha acompañado los procesos de resistencia de los pueblos durante las guerras civiles en Centroamérica y las dictaduras latinoamericanas del Cono Sur en los años setenta y ochenta, así como los efectos de la imposición del neoliberalismo en las últimas décadas. Un problema ineludible para la psicología de la liberación es la construcción de la subjetividad en contextos de violencia sociopolítica, que a menudo se entrelazan con la pobreza y la marginalización.

Conceptos Centrales en el Análisis de la Vulnerabilidad
Para abordar la vulnerabilidad y la pobreza, Martín-Baró y sus colaboradores exploraron y propusieron clarificar diversos conceptos centrales. En los años ochenta, Martín-Baró coordinó la construcción de una amplia línea de investigación, compilada en el libro "Psicología Social de la Guerra: Trauma y Terapia", cuyo objetivo fue contribuir a la praxis psicológica en contextos de violencia, desde una episteme crítica enmarcada en la psicología de la liberación.
En este marco, se exploran conceptos como:
- Violencia sociopolítica: La violencia estructural y directa que afecta a las sociedades.
- Trauma psicosocial: Las profundas heridas psicológicas colectivas e individuales resultantes de la violencia y la opresión.
- Guerra psicológica: Estrategias de combate que buscan destruir la moral y las bases sociales de apoyo del "enemigo".
- Resiliencia: La capacidad de los individuos y comunidades para afrontar y superar adversidades.
- Duelo: El proceso de afrontamiento de pérdidas significativas en contextos de violencia.
Igualmente, se busca situar en el contexto actual regional el desarrollo de líneas de investigación en psicología social de la guerra, tales como la psicología de la tortura, la psicología de la desaparición forzada, la psicología del desplazamiento forzado y los efectos psicológicos de la violencia sexual. Todas estas líneas de investigación son cruciales para entender las múltiples facetas de la vulnerabilidad en las sociedades latinoamericanas.
Salud Mental y la Sociedad Deshumanizada
Entender la psicología de la guerra, y por extensión, la psicología en contextos de pobreza y vulnerabilidad, implica definir la salud mental en un sentido amplio, más allá de la mera ausencia de psicopatología. Según Martín-Baró (1990), la salud mental es "una dimensión de las relaciones entre las personas y grupos más que un estado individual", a través de la cual se desarrollan las posibilidades de humanización de una sociedad. Esto implica la posibilidad de hacer que las condiciones de vida en una comunidad converjan con las necesidades de desarrollo integral de las personas que la integran.
Una sociedad que ha naturalizado la violencia como forma de relación es una sociedad donde las posibilidades de humanización están latentes y, por ende, es una sociedad enferma que niega la humanidad de sus miembros. En este contexto, lo que se reconoce como trastorno mental puede ser "una reacción normal a una situación anormal" (Martín-Baró, 1990). La normalidad y anormalidad son determinadas por los propios sentidos de humanización o deshumanización que una sociedad naturaliza en sus relaciones cotidianas.
La guerra, entendida como un proceso histórico, se constituye en una matriz de sentidos que engloba todas las dimensiones de una sociedad (social, económica, política, cultural) e involucra a todos sus miembros. Sin embargo, su comprensión psicológica implica acercarse diferencialmente a los sentidos encarnados en la realidad de actores sociales concretos y plurales. Por ejemplo, "lo que para unos representa la ruina supone para otros un gran negocio, y lo que a ciertos grupos pone al borde de muerte a otros abre la posibilidad de una nueva vida. Una es la guerra que tiene que sufrir en carne propia el campesino y otra muy distinta la que en sus pantallas de televisión contempla el burgués industrial" (Martín-Baró, 1990).
La Deshumanización como Estrategia y Consecuencia de la Violencia
Un sentido central en la guerra y en los contextos de opresión es la deshumanización del otro. Esta estrategia política central busca salvaguardar los intereses del grupo dominante justificando el desprecio a la vida de personas o grupos por sus características físicas, sociales, psicológicas, ideológicas o económicas. La deshumanización implica la pérdida o empobrecimiento de capacidades esenciales, tales como:
- Capacidad de pensar lúcidamente, lo que lleva a la identificación con prejuicios y temores irracionales.
- Capacidad de comunicarse con veracidad y eficacia.
- Sensibilidad ante el sufrimiento del otro y sentido solidario.
- Pensamiento utópico, es decir, puesto en función de la esperanza de construcción de un mundo mejor.
Martín-Baró (1975) vio en la deshumanización un concepto clave que establece la represión política, donde el uso desmedido de la fuerza suprime conductas que van en contra del orden social establecido. Esta represión es efectiva al involucrar la deshumanización para superar la disonancia cognitiva en quienes la ejercen y en los espectadores. Al justificar que el otro carece de humanidad, los represores vuelcan la violencia contra él, una técnica eficaz en manuales militares que autoriza excesos y atentados contra los derechos humanos.
Esta violencia represiva y la deshumanización también se institucionalizan en las prácticas culturales cotidianas de una sociedad, a través de la educación y los medios de comunicación. Generan representaciones sociales que naturalizan la violencia y la inhumanidad de quienes piensan diferente al consenso imperante. De este modo, represor, reprimido y espectadores participan de la violencia, consumiendo y movilizando representaciones que la legitiman.

Guerra Psicológica y Control Social
La guerra psicológica es un instrumento táctico que combate al "enemigo" no solo con armas, sino destruyendo su moral y sus bases sociales de apoyo mediante tácticas de persuasión, sugestión y terror. Su objetivo es conquistar al rival sin el uso de la fuerza, infundiéndole inseguridad y miedo. Martín-Baró (1990b) la describe como la continuación de la guerra sucia por otros medios, buscando el control de la mente y las actitudes de la población.
Ignacio Martín-Baró: aportes a la psicología latinoamericana desde El Salvador
Fundamentos Epistemológicos y el Carácter Estructural de la Pobreza
La perspectiva de Martín-Baró se asienta en un marco epistemológico que subraya la interdependencia entre los niveles objetivos y subjetivos de la realidad. En un ensayo de 1963, planteó la existencia de "seres reales que no son materia", que más tarde agruparía en torno a la ideología. Esto lo llevó a definir la psicología social como "el estudio científico de la acción en cuanto ideológica" (Martín-Baró, 1983).
Esta postura enfatiza que no se pueden obviar los condicionamientos objetivos de la subjetividad. A pesar de que la realidad objetiva sea "no visible y con frecuencia resulte de difícil o cuestionable medición, no quita para que constituya una realidad objetiva, conocida o no" (Martín-Baró, 2016). Estos condicionamientos remiten al "carácter estructural e histórico de las realidades y los actos humanos", lo que aleja cualquier reflexión ética idealista que no tome en cuenta dicho carácter de forma directa e inmediata (Martín-Baró, 2016).
Es precisamente en lo estructural y lo histórico donde lo social encuentra su regularidad y constancia, elementos que son vitales para entender la perpetuación de la pobreza y la vulnerabilidad no como problemas individuales, sino como resultados de sistemas y procesos socioeconómicos. La conciencia individual, si bien es el receptáculo de las experiencias, no deja de ser una huella compartida con raíces histórico-sociales, que afecta a las personas en su pertenencia grupal y categorial. Esta huella perdura gracias a la constancia y regularidad de la estructura social en forma de normas, leyes, valores y creencias, convirtiendo una parte de la realidad subjetiva en una realidad parcialmente objetiva que debe ser el foco de la praxis psicológica comprometida.
Redimensionando la Praxis Psicológica
Se espera que, al explorar las contribuciones de Martín-Baró, se realice un aporte para redimensionar la praxis psicológica en nuestras sociedades. Esto implica una apuesta ético-política desde la conciencia de nuestros procesos sociohistóricos y el compromiso con la transformación de las condiciones estructurales e históricas que someten a nuestros pueblos en el ciclo de las violencias y, por ende, de la pobreza y la vulnerabilidad. La propuesta se hace más relevante en el contexto actual, ante la emergencia de nuevos gobiernos con orientaciones que profundizan el neoliberalismo y debilitan los movimientos sociales, exacerbando las condiciones de vulnerabilidad.
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