Si la música es una pasión, es bien sabido que asistir a un gran concierto puede mejorar significativamente el estado de ánimo. Más allá de esta percepción común, la ciencia ha comenzado a cuantificar y explicar los profundos impactos positivos que la música en vivo y las actividades culturales tienen en el bienestar, la salud mental e incluso la longevidad de las personas mayores.
El Poder Sanador de la Música en Vivo
Un estudio de Goldsmiths, University of London, afirma que "experimentar regularmente música en vivo es la clave para construir una mejoría duradera para el bienestar". Los sujetos de prueba de este estudio participaron en evaluaciones psicométricas y de frecuencia cardíaca mientras realizaban múltiples actividades. Mientras escuchaban música en vivo, su sensación de bienestar aumentó en un 21%. La música en vivo también resultó en un aumento del 25% en los sentimientos de autoestima y una mejora del 75% en la estimulación mental. Investigaciones adicionales, como la realizada por O₂ y el profesor Patrick Fagan de la Universidad Goldsmiths, revelaron que tan solo 20 minutos de música en vivo cada dos semanas podrían generar un impacto tan positivo en el bienestar que se traduciría, literalmente, en años extra de vida.

El poder de la música se extiende a la medicina. En un estudio de 2013, por ejemplo, 60 personas que sufrían de fibromialgia, una enfermedad que causa un dolor intenso, experimentaron menos depresión y una reducción significativa del dolor después de escuchar música una vez al día durante un período de cuatro semanas. También se ha descubierto que la música es una buena medicina para los pacientes que sufren de Alzheimer, y los investigadores utilizan la música para estimular las habilidades cognitivas en las personas con demencia. Los lentos y a menudo frustrantes impedimentos del movimiento, habituales en la enfermedad de Parkinson, también pueden mejorar tras este tipo de terapia. Además, la música ayuda a las personas mayores a conectarse con sus recuerdos y sentimientos.
Cuando la música se vive en comunidad, el cerebro se enciende, el corazón se sincroniza y el alma encuentra su ritmo. Escuchar una playlist favorita -y más aún, disfrutarla en vivo- puede ayudar a regular el ritmo cardíaco, disminuir los niveles de cortisol (la hormona del estrés), mejorar la calidad del sueño, e incluso aumentar la concentración y la memoria. Los conciertos tienen una energía compartida que ningún auricular logra replicar, activando zonas del cerebro relacionadas con el placer, la empatía y la conexión social, haciendo sentir a las personas parte de algo más grande. Esta sensación de vibrar al mismo ritmo que miles de personas no es solo emocionante, también es profundamente sanadora. Por estas razones, no sorprende que existan terapias musicales aplicadas en pacientes con Alzheimer, adultos mayores con depresión, personas con ansiedad o niños con autismo.
Perspectivas de Expertos
Daisy Fancourt, profesora asociada de psicobiología y epidemiología de la Universidad College de Londres y una de las desarrolladoras de estas iniciativas, explicó que “las actividades artísticas se clasifican como intervenciones de salud ‘multimodales’ porque combinan múltiples factores psicológicos, físicos, sociales y conductuales con una motivación estética intrínseca a la hora de participar”.
La doctora Alejandra Sánchez Cabezas, especialista en ginecología, médica magíster en Epidemiología, Gestión y Políticas de Salud y fundadora de Surcos Asociación Civil, compartió su perspectiva: “Está demostrado científicamente que todas las actividades de integración que estimulan lo que antiguamente se llamaba el cerebro derecho, todo lo que tenga que ver con la creatividad y la imaginación mejoran no solamente la calidad intelectual de las personas, sino que además aumentan la expectativa de vida porque mantiene a las personas más activas, más integradas, más implicadas en la vida social”. Agregó que “la posibilidad de crear nuevas sinapsis y relaciones neuronales disminuye el deterioro cognitivo y físico en las personas en la tercera edad”.

Cultura y Longevidad: Evidencia Científica
De acuerdo con la investigación publicada en la publicación científica The BMJ, las personas que visitan museos, galerías de arte, teatros y asisten a conciertos viven más. Este trabajo fue liderado por científicos de la Universidad College de Londres y partió de informaciones brindadas por más de 6 mil adultos ingleses de más de cincuenta años. Entre 2004 y 2005 se calculó la cantidad promedio de actividades artísticas y culturales en las cuales participaron, y en los años posteriores, cada uno de ellos fue acompañado durante 12 años, durante los cuales su mortalidad fue estudiada por los científicos británicos.
A partir del análisis de los datos recolectados, se determinó que aquellas personas que participaban de actividades relacionadas con el arte una o dos veces al año tuvieron 14% menos riesgo de morir en cualquier momento en comparación con los que nunca se comprometieron con las artes. Aquellos que se dedicaron a actividades de arte receptivo con frecuencia, es decir, cada pocos meses, presentaron una tasa de mortalidad un 31% menor. Estos resultados fueron sólidos independientemente de los comportamientos demográficos individuales, variables socioeconómicas o los aspectos específicos de cada persona relacionados con la salud y los factores sociales.

Una hipótesis que podría explicar este patrón deriva de los diferentes niveles cognitivos, de salud mental y ejercicio físico practicado por aquellos que no se involucraron con el arte. Las conclusiones de este estudio mostraron que el compromiso con las artes receptivas, como ir al teatro, al cine o escuchar música clásica en un espectáculo, tiene una relación de beneficio en lo que respecta a la longevidad de los adultos mayores.
Para Mariano Ramos, doctor en Ciencias Antropológicas de la Universidad de Buenos Aires, el consumo cultural puede beneficiar a la salud, ya que el arte, el cine o la fotografía tienen un impacto positivo debido a que las expresiones artísticas cuentan historias, y uno puede encontrar afinidades, sentirse reflejado en ellas, y de alguna forma canalizar algunos impulsos. Él lo describe como una "vía de escape". Además, los entretenimientos, distracciones y los juegos mismos, así como las relaciones que se establecen en estas salidas, contribuyen a una vida más longeva. “Compartir momentos con amigos, con familiares, impacta de manera positiva en nuestras vidas”, agregó.
Acceso a Conciertos y Actividades Culturales en la Vejez
Cuando la pandemia de COVID-19 obligó a prohibir las visitas a las residencias de ancianos, muchos, como el trompetista profesional Jack Long, echaron de menos los conciertos musicales. En respuesta, la organización sin ánimo de lucro Concerts in Care (CIC) o Conciertos en centros de cuidados, con sede en Toronto, organizó más de 2.100 conciertos para personas mayores en residencias. Elizabeth Dowdeswell, vicegobernadora de Ontario, ayudó a lanzar los primeros conciertos del CIC a través de Zoom a finales de julio de 2020. Pese a que los espectáculos eran virtuales, Dowdeswell describió la experiencia como íntima, permitiendo a los artistas más tiempo para charlar durante y después de las actuaciones.
Sin embargo, el acceso a la cultura sigue siendo un desafío. Un reporte del Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo, “Uso del tiempo libre 60+: Abordaje del ocio, la recreación y cultura en población mayor”, analiza el comportamiento de los chilenos mayores de 60 años, estableciendo que prefieren realizar actividades de carácter pasivo. La falta de recursos, información y oferta especializada son las principales barreras para acceder a panoramas más activos, como los deportivos y culturales.
El estudio constata que tanto la edad, como el género y la vida laboral, influyen en la cantidad de horas dedicadas al esparcimiento. Las mujeres sobre 80 años suelen tener hasta casi 1 hora promedio menos de ocio que sus pares hombres, en parte debido a un estigma social sobre el ocio. Ver televisión es la actividad más recurrente en este grupo etario. Casi el 95% de la población mayor utiliza su tiempo libre para ver televisión, el 88% para compartir con familiares y/o amigos y un 66% para escuchar radio. En orden de preferencias, les siguen la lectura con un 53% y el uso del computador con un 18%. Todas estas son consideradas actividades pasivas, pues requieren bajo esfuerzo físico y mental y se centran en el hogar.
En cuanto a panoramas activos, menos del 13% de los adultos mayores en Chile practica deporte o actividad física, casi el 11% asiste a celebraciones cívicas o religiosas, y alrededor de un 8% realiza algún juego o actividad fuera de casa como baile, canto, dibujo o clases de alguna índole. La asistencia a conciertos apenas llega a un 12%, y menos del 8% vio una obra de teatro en el último año. Las principales barreras identificadas son:
- La disponibilidad de recursos económicos.
- La distancia geográfica y la dificultad del uso del transporte público.
- El miedo ante posibles peligros en la vía pública o la inseguridad nocturna.
- Las responsabilidades del cuidado de un tercero.
- Los canales de acceso a información, que suelen ser en redes sociales, excluyendo a la población con menor manejo de herramientas tecnológicas.
- La falta de compañía, ya que la mayoría de las experiencias culturales en la vejez son colectivas (el 91,4% asiste al cine acompañado y el 89,5% va a conciertos de música en vivo).
Fomentando una Participación Cultural Inclusiva y Activa
El estudio del Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo demuestra que las actividades recreativas y culturales son esenciales para mantener buenos índices de bienestar y calidad de vida, a la vez que refuerzan el rol activo de la población mayor en la sociedad. La participación en instancias como teatro, cine o museos en Chile disminuye de manera sostenida a lo largo del ciclo vital: mientras que en el grupo de 50 a 59 años esta alcanza un 67,2%, desciende a un 51% entre los 60 y 69 años, y llega a su nivel más bajo -36,6%- en las personas mayores de 70 años, según la Encuesta Nacional de Participación Cultural 2024.
Estos datos revelan que la caída en la participación no responde a una falta de interés, sino más bien a barreras del entorno. El hecho de que el 70,4% de las personas mayores de 70 años presente una baja variedad de actividades da cuenta de que la oferta actual no está logrando sortear obstáculos como la falta de redes de apoyo, la inseguridad, la movilidad reducida y otras limitaciones funcionales, así como brechas territoriales que afectan especialmente a quienes viven en contextos con menor acceso a infraestructura y servicios.
En este contexto, el espacio digital emerge como un ámbito con potencial para ampliar las oportunidades de participación. Según los datos, el 82% de las personas entre 60 y 69 años declara haber participado en actividades culturales digitales, proporción que alcanza al 58% entre quienes tienen 70 años o más. No obstante, la evidencia cualitativa muestra una clara preferencia por formatos híbridos, donde la virtualidad actúa como complemento -y no como reemplazo- de la presencialidad, especialmente cuando se trata de actividades culturales que favorecen el vínculo social y el sentido de pertenencia.
Las desigualdades socioeconómicas profundizan la brecha: el 71,9% de los mayores con educación superior participa en cultura, frente a un 43,7% de quienes solo cuentan con educación secundaria. Por su parte, Mauricio Fasce, gerente general de Confuturo, menciona que “es fundamental comprender que participar en actividades culturales durante la vejez tiene efectos protectores frente al deterioro cognitivo y contribuye a mitigar la soledad”.
Para asegurar el derecho a la cultura en la vejez, el estudio del Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo recomienda:
- Territorializar la oferta: Acercar las actividades a los barrios para reducir los tiempos de traslado, siendo este un factor decisivo en la participación.
- Mejorar la difusión: Crear plataformas de información accesibles y utilizar dispositivos locales (como CESFAM o juntas de vecinos) para llegar a quienes no usan redes digitales.
- Promover espacios intergeneracionales: Fomentar instancias donde las personas mayores sean reconocidas como creadoras y transmisoras de cultura, y no solo como espectadoras.
- Seguridad y movilidad: Ajustar horarios y facilitar el transporte para asegurar que la oferta sea realmente asequible para todos.